sábado, 16 de abril de 2016

TESTIMONIO DE VOLODIA TEITELBOIM/ HISTORIA DE LA MANIPULACIÓN DE UNA FOTO (falso asesinato Neruda)

(“Soy el sueño de otros VII”)

Allende, Teitelboim, Neruda, 2 Feb 1973. Renuncia Of. Em de Francia
Por Bernardo Reyes

En esta septima entrega, referida al falso asesinato, lo hago transcribiendo íntegro el capítulo 29 del libro de nuestro querido Volodia Teitelboim “Voy a Vivirme”, editado por Editorial Dolmen en 1998. Curiosamente coincidimos con Volodia en la FIL de Bs. Aires en la misma mesa, para realizar el lanzamiento de este libro y mi primer ensayo nerudiano.
Agrego una fotografía donde aparece Allende, Neruda y Volodia en Isla Negra, dedicada por Allende, y fechada el 12 de julio de 1973. En ella se ve a un poeta bastante bien y se ha prestado para múltiples y equivocadas interpretaciones, que contradicen el estado calamitoso que se encontraba el 12 de julio.
2 Feb 1973. Idéntica situación.
Primero porque el 12 de julio de 1973 Salvador Allende no viajó a Isla Negra. Recién a fines del mes de junio había tenido una intentona golpista, eran días intensos, pero quiso enviarle esta foto a Neruda como recuerdo de la jornada donde fue tomada: esto sucedió en el verano, en febrero de 1973, cuando Allende viaja en helicóptero a Isla Negra y recibe oficialmente la renuncia del poeta a la embajada de Francia. Por ello Allende aparece en mangas de camisa. Y por eso esta foto se ha prestado para la elaboración de la plenitud de su estado de salud.
Nadie se tomó la molestia de leer biografía de Volodia. Nadie se percató de este montaje en los diarios y testimonios. Y los escasos que se dieron cuenta no quisieron ver lo que veían. O guardaron silencio.
Mi padre y un hermano mío estuvieron en esa jornada, y efectivamente constataron que el poeta estuvo solo un rato con algunos invitados. Mi viejo me contó que cantó después de una soprano. Lo hacía siempre. Luego cuando regresaron a Temuco nos dijo que el poeta estaba muy mal.


29. INVASIONES DEL CÁNCER

1.- Siete libros y un escalofrío

En sus últimos diez años escribió veintidós libros de poesía. Catorce fueron publicados antes de su fallecimiento y ocho después.

El 12 de julio de 1973, día de su cumpleaños sesenta y nueve, fuimos a saludarlo, junto con los diputados Gladys Marín y Rosendo Huenumán, llevándole un regalo. La conversación se enhebró junto a su lecho de enfermo, en Isla Negra. Neruda charló largo rato con Huenumán, poeta mapuche. Le explicó su iniciativa de crear en Temuco la Universidad de la Araucanía, donde la cultura aborigen se desplegara por sí misma en todas las áreas y en lengua mapudungún. Volvió a asombrarme la pasión que ponía en sus grandes proyectos, los cuales casi siempre realizaba. Estoy seguro que si hubiera sobrevivido esa universidad mapuche ya existiría.

Observaba de vez en cuando el ancho ventanal del dormitorio, con el mar rugiente en ese mediodía de invierno. El cáncer se lo iba comiendo. La cortisona le dibujaba una cara lunar; pero se sentía animado. Me pregunté si no se le ocurriría levantarse y organizar las cosas para celebrar esa noche de Isla Negra otra de las fiestas inigualable con que festejaba sus natalicios.

De pronto nos recorrió un escalofrío. Neruda intercambió presentes con el hijo de su editor Losada. El poeta le entregó los originales de siete libros inéditos escritos en cama. Gonzalo Losada hijo les echó una mirada rápida (Eran El mar y las campanas, 2000, Jardín de Invierno, El Corazón amarillo, Libro de las Preguntas, Elegía, Defectos escogidos). Luego preguntó: -¿Son para publicación inmediata?

Neruda respondió:- No. Quiero que se publique para mi setenta cumpleaños, uno por cada década.

2. Tiempo de cavilaciones y preguntas

El hombre se preparaba para cumplirlos, aunque la enfermedad lo asediaba desde fines de 1970. En esos libros se cuela la angustia ante los mensajes de la muerte, ya mencionados en Geografía Infructuosa. Lo acompañé en un viaje de París a su casa en Condé-Sur-Iton. Matilde hacía de chofer. El iba adelante y escribía. A ratos miraba el paisaje todavía invernal y luego volvía a anotar algo en el el pequeño block que sostenía sobre sus rodillas.

Así, con el sol frío de Francia, en mes de marzo,/ a fines del invierno dibujado/ por negros árboles de la Normandía / con el cielo entreabierto ya al destello / de dulces días, flores venideras, yo encogido , sin calles ni vitrinas,/ callada mi campana de cristal,/ con mi pequeña espina lastimosa/ voy sin vivir, ya mineralizado, /inmóvil esperando la agonía, /mientras florece el territorio azul/ predestinado de la primavera…

Ha surgido la pregunta si todos estos libros últimos tienen algo en común. Los analistas sin duda descubrirán nuevas interrelaciones entre ellos y a la vez la singularidad de cada uno. Parece claro que los poemas escritos entre mil novecientos sesenta y cuatro y mil novecientos setenta están dominados por un “élan” vital. A los que vinieron después los impregna un sentimiento inquietante, angustioso. Reflejan a ratos el hombre que se siente cercado por el espectro temible.
Podría tal vez trazarse una línea divisoria entre estos dos períodos de la década, el de la salud y el de la enfermedad. Está claro que en su segunda etapa el poeta se aferra a la existencia. Su voluntad de escribir se hace mas imperiosa. Presionado por la inminencia, plantea un torrente de preguntas. Se vuelve meditabundo, nunca plañidero. Su obra va perfilando sombras atormentadas, muy íntimas, una desnuda sinceridad. Se adentra en espacios llenos de cavilaciones y preguntas, con tonos desacostumbrados. De paso deja en evidencia que el poeta conservó intacta hasta el fin su facultad creadora. De no mediar el cáncer hubiera seguido escribiendo con una lucidez fresca no se sabe por cuantos años más.