viernes, 1 de mayo de 2015

MUERTOS CARGANDO ADOBES



Por Bernardo Reyes

Hay proverbios usados en Chile que nadie sabe a ciencia cierta de dónde provienen. Como las semillas del cardo, a ratos apenas visibles. 


El asunto es que cualquier día nos cruzamos con una maleza miserable, que antes no estaba y que alguien, de puro aburrido, termina por darle atributos medicinales, o de pócima mortal.


Es lo que de alguna forma pasa con eso de que “se han visto muertos cargando adobes”. El escritor Alfredo Lefevre (1917-1971), en su libro “Artículos de malas costumbres”, sin establecer la procedencia  dice que “cuando se oye esta sentencia lanzada en la conversación como un ladrillazo de sabiduría, uno padece de inmediato apoplejía”.
Bandera invertida internacionalmente significa "S.O.S."


En mi caso, fuera de la perplejidad, no fue tan dramática la reacción al ver el espectáculo de un ciudadano, que dueño de un descaro insuperable, lanzó el escupitajo de su sentencia, en la que admite tener una deuda impaga conmigo y otros, pero, al mismo tiempo sugiere que, previamente, yo tendría que acreditar que en efecto yo soy hijo de mi padre y nieto de mis abuelos.


Adicionalmente, agregó que debía indagar la posibilidad de una eventual falta de paternidad de mi abuelo, lo que supondría un desliz de mi sacrosanta abuela, que desde su tumba me vendría a penar con su pierna coja, si acaso no escribo estas palabras. En definitiva, para materializar el pago de la deuda que admite, se tendrían que realizar tres exhumaciones, y practicar cuatro exámenes de ADN.


Esto que parece un chiste, y que efectivamente lo es, sin embargo es la descripción acotada de un hecho real, apegado a la ley. Y el infeliz tiene rostro y domicilio conocido. Pero sobre todo, como señeramente me lo aclarara uno de mis hijos, tiene una insustituible cara de maricón sonriente.


No sé cómo pasé de la ira a la carcajada, cuando se trata de algo serio, apegado a derecho, y además, dentro de las reglas éticas y judiciales que nos rigen. 


Nada es lo que parece en nuestro país, todo es ilusionismo puro: el hijo de la mandataria sostiene que él solamente miraba los muebles de la oficina, mientras su mujer cerraba un préstamo descomunal, para comprar unos sitios eriazos que en la reventa le significaría forrarse, luego de “intuir” que inmediatamente su valor subiría hasta las nubes.


Para quienes no son de Chile: el préstamo era de $ 6.500 millones pesos para comprar tres terrenos en la comuna de Machalí que se valorizarían con el cambio del plan regulador, por lo que firmaron una promesa de venta por $ 9.500 millones  de pesos.


Me pregunto qué se entiende por “duda razonable” en nuestro país. O bien, hasta dónde la ley se puede torcer para simular un acto ético, en vez de un delito.


Este ratón de alcantarilla que nos ha estafado -aficionado, como se ve, al hobby de las exhumaciones-, es por cierto un pobre hombre mareado con el hedor de sus propias heces. Una mala copia de bandidos de verdad. De idéntica calaña de otro microbio con trastornos mentales, burdamente utilizado para ser testigo de un magnicidio, ya que durante cuarenta años “no supo cómo realizar la denuncia”.


Suenan a lo lejos las sirenas de la policía. Nítido se escucha el ladrido del perro de mi barrio espantando no sé a quién. Ancianos torturados, mantienen hace días una peligrosa huelga de hambre que pone en riesgo sus vidas, a pocas cuadras de mi casa.


Conversé con una doctora que los controla a diario y me decía que ningún dirigente de ningún partido los ha visitado. Nadie ha solidarizado con ellos, salvo alguien de la democracia cristiana, creo. Nadie sabe lo que piden: se trata de un pequeño reajuste de sus pensiones, que aunque tampoco les alcanzaría para vivir, por lo menos les alcanzaría para soñar.


Creo escuchar la música del acto de los trabajadores. ¿Los encapuchados estarán interrumpiendo el acto de los trabajadores agarrando a patadas a los quioscos, asaltando los negocios, tirándoles piedras a los carabineros? Estarán los dirigentes anunciando alguna ridícula mejora de algunas monedas para los trabajadores?


¿Dejarán los infames su infamia y de pronto recordarán que cuando niños soñaban que Santiago podría poblarse nuevamente de dinosaurios y tiritando de miedo cerrarían abruptamente el libro aquél que hablaba de los volcanes de la metrópolis y la posibilidad de volver a hacer erupción?


No, ya no son los mismos tiempos. Ya no nos asombraría ver muertos cargando adobes. La verdad es que ya nada nos sorprende.

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