domingo, 18 de mayo de 2014

ALL THE ODES/ PRESENTACIÓN EN CHILE



Por Bernardo Reyes 

 

Si hay alguna frase, poética o no, que a ratos provoca fastidio por su reiterado uso, o
Edición de Ilan Stavans/ 
Farrar, Straus, Giroux Ed. 2013, NY

al menos a mí me fastidia, es la de un orador que dice ser “la voz de los sin voz”. Toda una multitud silenciada, con motivo o sin él, rescatada de su mudez, gracias a esta supuesta voz, impostada o natural, de quien por algún motivo puede ser escuchado por una multitud gracias a, digamos, cierta amplificación.

Y parece ser que por aquí se funda cierta secta del rencor chileno, de cierta odiosidad por las odas nerudianas: basta con que el poeta opte por bailar, para que venga alguien intentara destruirle, o al menos escupirles, sus maracas, su bongó, y su alegría. Nada de ser la voz de los sin voz: cada cual en estos tiempos, siente que tiene su propia voz, y cada voz tiene por supuesto cierta cuota de lucidez, tanto como de confusa o arrogante percepción de sí mismos. Mejor que cada cual vuelva a sus aldeas. Mejor que vean caer la tarde, gastando sus codos en la barra del bar, y se conformen con la cuota esquiva de dicha que les tocó.



Por eso hoy estamos ante dos inmejorables exégetas, que eventualmente podrían ayudarnos a dilucidar este intríngulis. Uno, un estudioso que cogió el largo, irregular y abundante manojo de ofidios odalísticos de Neruda, para sacarlos de sus aguas y dejarlo en la superficie, culebreando de asfixia o de goce.



Y por otro lado, este poeta mayor, que quiéralo o no, tiene en efecto una voz que desde hace tiempo se escucha reverberar de muy lejos. Recientemente, y esto lo digo para fortalecer la anémica memoria nuestra, a nuestro querido Raúl Zurita se le ha dado el reconocimiento del Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante, hecho que muy escuetamente ha sido comentado por nuestros cuasi prostibularios medios de información.



Teniendo ya definido que serán estos dos generosos y didácticos hermanos quienes nos darán una interpretación acerca del bicho poético que le picó a Neruda, entre los aproximadamente cinco años dedicados a las odas, quisiera solamente referirme a la relación personal con estos a ratos flacuchentos textos, tan odiados por Miguel Arteche, que hasta inspiraron un finísimo vómito crítico, cuya validez nadie discute. O repetir, el consabido lugar común de otro hermano mayor, fraterno y lúcido, nuestro entrañable Gonzalo Rojas, que apenas se presentaba la ocasión sacaba a relucir esto de que Neruda le reprochaba que el escribía poquitito, a lo que el respondía que Neruda escribía demasiadito.

En este caso, el chiste-anécdota, no solo suena a repetido, sino que habría que decir que derechamente es una lata de quién lo saca a relucir.

Pero convengamos que tipográficamente se les sacó provecho a versos que en casos calificados tienen como extensión una letra, y usualmente dos letras, con lo que bastaría para legitimar a dos grandes poetas nuestros, entre varios, que derechamente fueron detractores de esta forma de hacer poesía.



Volviendo al pueril camino de la relación personal con estas odas, mezcla naturalmente de lo que recuerdo y de lo que invento: mediados de la década del 60, llega el poeta y comitiva a la casa de mis padres en Temuco, y deja como obsequio uno de los libros de odas, no recuerdo cual pero de tamaño robusto, con dedicatoria y flores, todo en tinta verde. Junto con eso una copia grande, un afiche de “Oda al día feliz”, que por años nos observó, también con su verde recomendación caligráfica al borde del texto.

Hubo momentos de tristeza infinita, sobre todo en esos años de los primeros desamores, en que el mentado afiche, y el libro mismo, con gusto lo hubiera tirado a la chimenea.

Sin embargo ahí quedó, ahí debe estar, poniéndose amarillo, y su tinta mutando desde el verde al definitivo color fantasmal de la trasparencia.

Pasados los años, ya fuera en un funeral, un acto político cultural, una kermese, no faltaba alguien que agarrara estos “versos sencillos” del poeta que hablaba por los sin voz, que infligía una bofetada de versos, que contra todo pronóstico terminaban emocionándome.

Recuerdo por ejemplo, con viva emoción al gran Roberto Parada, leyendo la Oda a la poesía, cuando recién inaugurada la dictadura viajábamos desde Temuco, convencidos que íbamos a derrocarla a punta de versos. O cuando incineraron el cuerpo de mi tía Laura. O en esos años terribles, en el Cementerio General de Santiago, cuando el poeta no contaba con la multitud de familiares de la actualidad, y el aire del módulo México, donde se encontraba sepultado por ese entonces, se llenaba de gas lacrimógeno y de odas.



Recomienda Ilan Stavans que la Oda Stalin debe leerse con  al menos algunas copas en el cuerpo. Y mi querido amigo Darío Oses, por su parte, sostiene que la figura de Stalin obedece a cierta figura paterna dominante, quizás odiada y amada en partes iguales. Y, pareciera que ambos tienen razón.

 En estos días que a nadie le reprocharían por pintar de azul los hospitales, quisiera compartir con uds. el entrañable recuerdo de una conversación entre Raúl, mi viejo, y el poeta.

Fue cuando comenzaron las tomas de algunas fábricas y de campos subutilizados por terratenientes, y el rumor de que se acercaba a pasos agigantados el temido fantasma que recorriera Europa.

Mi padre, con sincera ingenuidad le preguntó directamente qué pasaría con su panadería, ya bastante próspera, en el caso de una eventual toma de sus obreros. A lo que el poeta respondió con solemnidad patriarcal y excesiva: mira Raúl, en el proceso revolucionario tú tendrás que seguir cumpliendo con tu rol de industrial.



Mi padre tradujo para mí esas palabras en apretada síntesis: el mundo está cambiando y hay que aceptar ese cambio. La respuesta me dejó en las mismas, ya que si nada cambiaría en la panadería, entonces el cambio resultaba derechamente críptico.

Años más tarde mi viejo amigo Martín Painemal, quien era dirigente en el sindicato, me dilucidó el asunto, muerto de la risa: varias veces cuando le tomaron la panadería a mi viejo, mi papá se encargaba de quebrar la huelga con los bomberos de Temuco, donde él era capitán.  Patrón y obrero, fueron amigos hasta que la muerte los separó.

Recuerdo que ese mismo día, para la cena, se sirvieron perdices escabechadas, cazadas por Antonio Palomo, amigo del poeta, de mi padre, y finalmente mío. Años más tarde supe que Antonio  había combatido en el frente antifacista en España, y que había sido rescatado en Francia por Neruda en el Winnipeg.

No recuerdo haber escuchado ni en esa cena ni en ninguna otra ocasión alguna referencia explícita a alguna  revolución. Mucho menos existió una lectura poética de oda alguna, engolada como cierto poeta denominado Neruda, en una película llamada Neruda, que, cosa rara, no es Neruda.

Nuestro afán adolescente se centraba en la fiesta, en robarle wiski al poeta desde su inexpugnable maleta, en disfrazarnos con Thiago de Mello, con Miguel Otero Silva, tal vez con Alberto Mántaras y tantos otros.

Para nosotros, para mis hermanos, niños provincianos de cepa, que jamás alcanzamos a conocer al personaje sino a la persona, el incidente atroz de ser el centro de atención en las calles de Temuco, cuando ocurriera  el premio Nobel, nos legó un bochorno difícil de superar.

Raúl Zurita/ Ilan Stavans/ Bernardo Reyes/ La Chascona 13/5/2014


En cambio, nos dejó como herencia esta oda sin palabras, esta luna imaginaria. La esperanza que la navegación por un mar oscurecido terminará en un faro lejano.

Agregar algo más al tema sería caer en un exceso mayor.

Muchas gracias querido Ilan, por este afecto tuyo que nos permitirá una mirada globalizadora sobre cierta estética que ha pervivido no obstante el desdén propio y colectivo, y sobre todo del lugar común que omite los actuales expulsados de la alegría, como son los presos políticos mapuches, o los marginados en guetos inhumanos que sismos e incendios dejan al desnudo. Y muchas gracias, querido Raúl por ayudar a colgar las guirnaldas de esta fiesta a la que nos ha convocado Ilan.