miércoles, 7 de mayo de 2014

SUSURROS



Reducciones, Jaime Huenún, Lom Ed., Chile,  2012.


Estas son mis reducciones, nos señaló el poeta, y abrió su caja, una especie de costurero plegable, que contenía, en sus diversos compartimentos, palabras aparentemente azumagadas que alguien o algo puso en su boca: osamentas de tormentas,  sal roja brotando de la piel azotada,  probablemente –imaginé-, guardadas en los siniestros sótanos de la desmemoria, y que me remitieron a tiempos ya lejanos en que aún yo no sabía que debajo del comedor abundante y del vino que compartíamos, se conservaban las cadenas, ya derrotadas por las telarañas y el lento óxido sin lamentos: eran grises días de Boroa, caían palomas despanzurradas por nuestras  escopetas, y las tórtolas huían de esa pólvora incendiada.

El dueño de casa -gran señor y rajadiablos-,  contaba con orgullo  cómo a los indios se les encerraba y engrillaba en esos sótanos húmedos por semanas si no cumplían sus órdenes.



Debí haberle dicho ni a los perros se les trata así, don Braulio, pero era demasiado niño aprendiendo a ser hombre soportando aquellos culatazos en el hombro como patadas de yegua.

Eran días de bonanza económica, y los hermanos aún no se agarraban a balazos por los potreros disputándose los últimos retazos de la tierra usurpada, y juntos regalaban un pabellón de cirugía al hospital local. Días en que huyendo del frío del invierno chileno, atravesaban el Atlántico, para sumirse en el sopor de Montmartre, para putear y beber.

En silencio el poeta nos muestra ajadas fotos de estudio tomadas por científicos europeos de la época: una niña indígena desnuda en 1907; un joven yámana; un cráneo mapuche.

El fotógrafo, y su explicación, parecen retratarnos bestias acobardadas frente al lente, especies de chimpancés que lloran, que defecan, que menstrúan, y que, sorprendentemente, hablan. Naturalmente los fotografiados no alcanzaron a conocer la palabra fotografía, o si la descubrieron, ya fue demasiado tarde: les habían robado el alma, sin mencionar la vida.  

El poeta nos hace evocar rancheras que brotan del tocadiscos del bar que atendía siendo muy joven, mientras fluyen en sus sueños y su memoria inundaciones que muchos olvidaron, ríos desmadrados que ahora se llaman de otra forma, un litoral que ya no es el mismo. Y nos habla de cementerios solos que quizás no existen, donde están sepultados quienes vivían en las  tierras de los Huenún, y sus anteriores, antes que se inventara la palabra Huenún.

Y es esa voz la que me susurra algo que debo mirar en los sueños. El retazo de las palabras de mi abuela, el Marinao escueto y lejano, que se retrata junto  al sefardí que habita en el perfil de mi memoria.

Hojeo pues las palabras del poeta  llamadas a  convocar tanto como  a conmover desde su historia, pero que me permiten mirar la mía, la de otros mestizos como yo. Por ejemplo mi tío, al lado del río Toltén, defendiendo a punta de balazos su campo, y mi tía abuela, escondida, escuchando en sordina  los truenos  de los disparos: un cuerpo cayendo en cámara lenta, como saco, y luego meses o años de cárcel. Por mucho tiempo siguieron brotando balazos desde la anónima distancia alcoholizada, que débiles, caían chicoteando el techo, como granizos. 

O bien, me permiten evocar los hualles centenarios de mi abuela que talaron allá en la Quinta Faja. O el apellido Marinao mutado en Mariné por una morenísima tía que optó por disfrazar con francesa determinación sus orígenes: las abuelas de mis tías abuelas prestaron servicios de lavanderas al ejército triunfante, a veces atravesando a nado los poderosos ríos nuestros.

Resignación menos o resignación más,  existe en la poesía de Jaime Huenún, algo que fluye, nos habita y nos emplaza sin esfuerzo. Una sensación apátrida que unifica y fortalece la certidumbre de que la condición humana, como el océano, se alimenta de todas las vertientes. Que tenemos una pertenencia a cierta tierra austral, sin la cual nuestro destino indefectiblemente sería  solo impostación.