domingo, 30 de marzo de 2014

EL PICHULEO* MEDIÁTICO



Fotografía de B. Reyes. Muro de Casa Memoria José Domingo Cañas.


No solo jueces en la opereta de los litigios infundados,  cuya verdad presunta es establecida por testimonios de enfermos mentales o arribistas. No. 


Tampoco los montajes absurdos, esas emotivas cadenas  de solidaridad buscando presuntos niños desaparecidos, basados en mentiras urdidas por algún pornógrafo de la soledad.


Mucho menos las verdades de prostitutas, transmitidas entre lágrimas pagadas por canales de TV “dando su versión de los hechos” del rompimiento de sus noviazgos, a sabiendas que la historia de sus lechos es la de transacciones comerciales consecutivas.


Ni mencionar la huevonería institucionalizada, otorgándonos salmos de lugares comunes para justificar lo injustificable, como constatar la bufonada de un arrogante que sin saber los rudimentos de la estadística, “omite” a un millón y medio de ciudadanos en el último censo. O cómo en cosa de semanas, el discurso político puede mutar desde la más ruda concepción de una multitud ofendida y movilizada como consecuencia de abusos sistemáticos, a una reflexiva e inocua  postal de sonrisas, apropiada para vender la imagen. No sería nada el maquillaje, pero la frivolidad de creer que todos somos interdictos, es un exceso.


Un amigo de un partido de izquierda me decía una frase que podría haber sostenido un hombre de derecha: “la militancia no se improvisa, compañero”. Y, efectivamente, parece ser que el condicionamiento es un proceso sin retorno. Como cuando a los niños se les enseña a ir al baño.

El punto es que luego, los ex niños quieren seguir siendo niños, y no hay fuerza que pueda destetarlos, y el reguero de mierda que dejan sus vidas, resulta fastidioso.

La imagen de sí, multiplicada por millones, es finalmente lo que sentimos que somos: pero no lo que somos.


Creo que sería una necedad referirse a las aberraciones descaradas y homicidas, de éste y anterior gobierno, que provocan, por ejemplo,  que a una ciudad como Tocopilla se le contamine el aire, el agua, se les prive de hospitales. Se les mate. O que el estado comprometa su palabra, en títulos de merced a los mapuches, y se perpetúe la usurpación a sus tierras a vista y paciencia de todo el país, bajo la conveniente discreción política de este lado y el otro.
 

No: es mucho más o menos que todo lo anterior: es el esplendor, la saciedad del disgusto, y la acidez que puebla y enmudece la garganta, la fatiga crónica, el día mutilado por mordiscos del desdén, la cuerda del ahorcado movida por la brisa.


Alguien cae, se rompe en la caída los dientes y la esperanza, pero nadie lo puede ayudar a levantarse, pues todos tienen que registrar con cámaras fotográficas la imagen del sangramiento, el hilo de baba sanguinolenta brotando en vez de palabras.


Anoche, recién anoche, el loco de mi barrio atravesaba el parque con todas sus pertenencias y furia. Disparaba sus maldiciones en un idioma que ni él mismo entendía. Era un lenguaje nuevo, recién inaugurado, sin más vida que el instante de la cabalgadura de su rabia. Creo no sabía por qué estaba tan enojado, tan dolido, increpando a todos, a los perros, a los árboles, al frío que le mordía sus pies desnudos.


Un gobernante guiado por el canto de pajaritos,  otro convencido de que un premio nobel de la paz, puede blanquearle su alma, son, por decir algo, parte de la puesta en escena del escalofrío diario de los informativos que terminan convenciéndonos que todo sigue bien mientras se siga sosteniendo que la estitiquez del alma, tenga que ver con la impostación del falso yogurt de turno.

* ACEPCIONES SEGÚN LA RAE:
pichulear.
1. tr. coloq. Arg. y Ur. Buscar afanosamente ventajas o ganancias pequeñas en compras o negocios.
2. tr. Chile. tomar el pelo.
3. tr. C. Rica. camaronear (tener trabajos ocasionales).

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