viernes, 11 de julio de 2014

WALKING AROUND/ 110 AÑOS DE LUZ POR NERUDA/ 12 JULIO 2014

Por Bernardo Reyes

 Los estereoscopios fueron una debilidad de Neruda. Aún existe uno en Isla Negra, con sus respectivas fotos del siglo XIX: unas muchachas desnudas, magníficas, en inocentes aunque efectivas poses eróticas.
Laura Reyes/ Neruda y Matilde Urrutia en "La Chascona"

A veces son fotos retocadas con tristísimos toques de rosado o azul, en un fallido intento por embellecer lo bello. Y lo bello estriba justamente en la proporción de sensualidad reprimida y explicita. Las muchachas lo muestran todo, pero no pierden su mirada inocente y pastoril.
En la casa de mis padres, en Temuco, había uno magnífico, por cierto solo con imágenes de paisajes, mansiones, calles. También lo había enviado el poeta de regalo para que los niños jugáramos. Recuerdo haber pasado horas frente al visor, mirando cómo el paisaje se volvía real, con profundidad, como si uno mismo estuviera ahí.
Estos instrumentos fueron los antecesores de las tarjetas holográficas, que empezaron a llegar al sur, mucho después que aparecieran en todo el mundo.
Los actuales hologramas en movimiento, tridimensionales, son una continuación de esa búsqueda persistente por atrapar el tiempo pasado, pero en este caso específico que nos convoca –el cumpleaños 110 del poeta- es además el instrumento técnico para proporcionar uno de los tapabocas más estruendosos que se recuerde.
Habla mejor que nosotros la cumbia “El muerto vivo”, referido a una fiesta que se hace con el ominoso regreso a su casa del parrandero, que “no estaba muerto, solo andaba de parranda”.

Como todo el mundo sabe, hace rato que los huesos del poeta andan dando vueltas lejos de su sepultura, gracias a las buenas artes de mitómanos, especialistas profesionales en complots y sobre todo arribistas venidos a menos, propietarios indiscutidos del mierdal de su alma.

Sin embargo para esta suerte de corte de los milagros, clamando por la limosna de reconocimiento social, imprescindible para liberarse del martirio de su pequeñez, esta aparición fantasmal de Neruda por las calles de Santiago, ha sido un balde de agua fría: no, no estaba muerto, el muerto.
Y como si fuera poco, más encima aparece la noticia reciente del descubrimiento de 20 poemas inéditos: si la sincronicidad de Carl Jung existe, como creo que existe, esta debe ser la patada en el trasero más evidente que el poeta  pueda haber propinado a estos fracasados exégetas, moviendo desde el más allá los hilos de lo invisible.

Sin embargo esta santiaguina caminata circular de Neruda, este Walking Around, esta suerte de retorno del poeta desde el otro lado del río de la muerte, para avivar su propia fiesta de cumpleaños, nos remite también a la poesía turbia y espesa de “Residencia en la Tierra”. A ese instante en que un joven se suicida colgándose de un árbol dejando abierto el libro, y el poeta clamando a los cuatro vientos que los jóvenes no contaminen sus corazones leyendo estos poemas.
Los periodistas sostienen que el poema que leía el suicida era “Significa sombras”, yo sigo pensando que fue este magistral “Walking Around”: la furia contenida, la sublimación de la desesperanza, la conciencia de los límites, que busca un remanso, parece ser que, estando en las antípodas de lo festivo, de esta caminata circular por las calles de Santiago, es como el reverso de la misma moneda.

La Fundación Pablo Neruda, los jóvenes poetas que coordinan esta fiesta que nos convoca, al cumpleaños 110 del poeta, nos devuelven pues al ser luminoso y festivo. Y brindamos por ello.

Hay también otras voces: el audiovisualista  Pablo Reyes es uno de ellos, autor de los textos, música, y guion del video clip, que nos permite una relectura del poema en una versión contemporánea, cercana al rock, sin rehuir de lo clásico. Dicho trabajo contó además con la participación de actores, maquilladores y músicos profesionales.

Ese es el Neruda que nos habita: el cercano a la sangre, más que a la tinta. El que hace noticia por su poesía, y no por complots decadentes.  

domingo, 18 de mayo de 2014

ALL THE ODES/ PRESENTACIÓN EN CHILE



Por Bernardo Reyes 

 

Si hay alguna frase, poética o no, que a ratos provoca fastidio por su reiterado uso, o
Edición de Ilan Stavans/ 
Farrar, Straus, Giroux Ed. 2013, NY

al menos a mí me fastidia, es la de un orador que dice ser “la voz de los sin voz”. Toda una multitud silenciada, con motivo o sin él, rescatada de su mudez, gracias a esta supuesta voz, impostada o natural, de quien por algún motivo puede ser escuchado por una multitud gracias a, digamos, cierta amplificación.

Y parece ser que por aquí se funda cierta secta del rencor chileno, de cierta odiosidad por las odas nerudianas: basta con que el poeta opte por bailar, para que venga alguien intentara destruirle, o al menos escupirles, sus maracas, su bongó, y su alegría. Nada de ser la voz de los sin voz: cada cual en estos tiempos, siente que tiene su propia voz, y cada voz tiene por supuesto cierta cuota de lucidez, tanto como de confusa o arrogante percepción de sí mismos. Mejor que cada cual vuelva a sus aldeas. Mejor que vean caer la tarde, gastando sus codos en la barra del bar, y se conformen con la cuota esquiva de dicha que les tocó.



Por eso hoy estamos ante dos inmejorables exégetas, que eventualmente podrían ayudarnos a dilucidar este intríngulis. Uno, un estudioso que cogió el largo, irregular y abundante manojo de ofidios odalísticos de Neruda, para sacarlos de sus aguas y dejarlo en la superficie, culebreando de asfixia o de goce.



Y por otro lado, este poeta mayor, que quiéralo o no, tiene en efecto una voz que desde hace tiempo se escucha reverberar de muy lejos. Recientemente, y esto lo digo para fortalecer la anémica memoria nuestra, a nuestro querido Raúl Zurita se le ha dado el reconocimiento del Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante, hecho que muy escuetamente ha sido comentado por nuestros cuasi prostibularios medios de información.



Teniendo ya definido que serán estos dos generosos y didácticos hermanos quienes nos darán una interpretación acerca del bicho poético que le picó a Neruda, entre los aproximadamente cinco años dedicados a las odas, quisiera solamente referirme a la relación personal con estos a ratos flacuchentos textos, tan odiados por Miguel Arteche, que hasta inspiraron un finísimo vómito crítico, cuya validez nadie discute. O repetir, el consabido lugar común de otro hermano mayor, fraterno y lúcido, nuestro entrañable Gonzalo Rojas, que apenas se presentaba la ocasión sacaba a relucir esto de que Neruda le reprochaba que el escribía poquitito, a lo que el respondía que Neruda escribía demasiadito.

En este caso, el chiste-anécdota, no solo suena a repetido, sino que habría que decir que derechamente es una lata de quién lo saca a relucir.

Pero convengamos que tipográficamente se les sacó provecho a versos que en casos calificados tienen como extensión una letra, y usualmente dos letras, con lo que bastaría para legitimar a dos grandes poetas nuestros, entre varios, que derechamente fueron detractores de esta forma de hacer poesía.



Volviendo al pueril camino de la relación personal con estas odas, mezcla naturalmente de lo que recuerdo y de lo que invento: mediados de la década del 60, llega el poeta y comitiva a la casa de mis padres en Temuco, y deja como obsequio uno de los libros de odas, no recuerdo cual pero de tamaño robusto, con dedicatoria y flores, todo en tinta verde. Junto con eso una copia grande, un afiche de “Oda al día feliz”, que por años nos observó, también con su verde recomendación caligráfica al borde del texto.

Hubo momentos de tristeza infinita, sobre todo en esos años de los primeros desamores, en que el mentado afiche, y el libro mismo, con gusto lo hubiera tirado a la chimenea.

Sin embargo ahí quedó, ahí debe estar, poniéndose amarillo, y su tinta mutando desde el verde al definitivo color fantasmal de la trasparencia.

Pasados los años, ya fuera en un funeral, un acto político cultural, una kermese, no faltaba alguien que agarrara estos “versos sencillos” del poeta que hablaba por los sin voz, que infligía una bofetada de versos, que contra todo pronóstico terminaban emocionándome.

Recuerdo por ejemplo, con viva emoción al gran Roberto Parada, leyendo la Oda a la poesía, cuando recién inaugurada la dictadura viajábamos desde Temuco, convencidos que íbamos a derrocarla a punta de versos. O cuando incineraron el cuerpo de mi tía Laura. O en esos años terribles, en el Cementerio General de Santiago, cuando el poeta no contaba con la multitud de familiares de la actualidad, y el aire del módulo México, donde se encontraba sepultado por ese entonces, se llenaba de gas lacrimógeno y de odas.



Recomienda Ilan Stavans que la Oda Stalin debe leerse con  al menos algunas copas en el cuerpo. Y mi querido amigo Darío Oses, por su parte, sostiene que la figura de Stalin obedece a cierta figura paterna dominante, quizás odiada y amada en partes iguales. Y, pareciera que ambos tienen razón.

 En estos días que a nadie le reprocharían por pintar de azul los hospitales, quisiera compartir con uds. el entrañable recuerdo de una conversación entre Raúl, mi viejo, y el poeta.

Fue cuando comenzaron las tomas de algunas fábricas y de campos subutilizados por terratenientes, y el rumor de que se acercaba a pasos agigantados el temido fantasma que recorriera Europa.

Mi padre, con sincera ingenuidad le preguntó directamente qué pasaría con su panadería, ya bastante próspera, en el caso de una eventual toma de sus obreros. A lo que el poeta respondió con solemnidad patriarcal y excesiva: mira Raúl, en el proceso revolucionario tú tendrás que seguir cumpliendo con tu rol de industrial.



Mi padre tradujo para mí esas palabras en apretada síntesis: el mundo está cambiando y hay que aceptar ese cambio. La respuesta me dejó en las mismas, ya que si nada cambiaría en la panadería, entonces el cambio resultaba derechamente críptico.

Años más tarde mi viejo amigo Martín Painemal, quien era dirigente en el sindicato, me dilucidó el asunto, muerto de la risa: varias veces cuando le tomaron la panadería a mi viejo, mi papá se encargaba de quebrar la huelga con los bomberos de Temuco, donde él era capitán.  Patrón y obrero, fueron amigos hasta que la muerte los separó.

Recuerdo que ese mismo día, para la cena, se sirvieron perdices escabechadas, cazadas por Antonio Palomo, amigo del poeta, de mi padre, y finalmente mío. Años más tarde supe que Antonio  había combatido en el frente antifacista en España, y que había sido rescatado en Francia por Neruda en el Winnipeg.

No recuerdo haber escuchado ni en esa cena ni en ninguna otra ocasión alguna referencia explícita a alguna  revolución. Mucho menos existió una lectura poética de oda alguna, engolada como cierto poeta denominado Neruda, en una película llamada Neruda, que, cosa rara, no es Neruda.

Nuestro afán adolescente se centraba en la fiesta, en robarle wiski al poeta desde su inexpugnable maleta, en disfrazarnos con Thiago de Mello, con Miguel Otero Silva, tal vez con Alberto Mántaras y tantos otros.

Para nosotros, para mis hermanos, niños provincianos de cepa, que jamás alcanzamos a conocer al personaje sino a la persona, el incidente atroz de ser el centro de atención en las calles de Temuco, cuando ocurriera  el premio Nobel, nos legó un bochorno difícil de superar.

Raúl Zurita/ Ilan Stavans/ Bernardo Reyes/ La Chascona 13/5/2014


En cambio, nos dejó como herencia esta oda sin palabras, esta luna imaginaria. La esperanza que la navegación por un mar oscurecido terminará en un faro lejano.

Agregar algo más al tema sería caer en un exceso mayor.

Muchas gracias querido Ilan, por este afecto tuyo que nos permitirá una mirada globalizadora sobre cierta estética que ha pervivido no obstante el desdén propio y colectivo, y sobre todo del lugar común que omite los actuales expulsados de la alegría, como son los presos políticos mapuches, o los marginados en guetos inhumanos que sismos e incendios dejan al desnudo. Y muchas gracias, querido Raúl por ayudar a colgar las guirnaldas de esta fiesta a la que nos ha convocado Ilan.

miércoles, 7 de mayo de 2014

SUSURROS



Reducciones, Jaime Huenún, Lom Ed., Chile,  2012.


Estas son mis reducciones, nos señaló el poeta, y abrió su caja, una especie de costurero plegable, que contenía, en sus diversos compartimentos, palabras aparentemente azumagadas que alguien o algo puso en su boca: osamentas de tormentas,  sal roja brotando de la piel azotada,  probablemente –imaginé-, guardadas en los siniestros sótanos de la desmemoria, y que me remitieron a tiempos ya lejanos en que aún yo no sabía que debajo del comedor abundante y del vino que compartíamos, se conservaban las cadenas, ya derrotadas por las telarañas y el lento óxido sin lamentos: eran grises días de Boroa, caían palomas despanzurradas por nuestras  escopetas, y las tórtolas huían de esa pólvora incendiada.

El dueño de casa -gran señor y rajadiablos-,  contaba con orgullo  cómo a los indios se les encerraba y engrillaba en esos sótanos húmedos por semanas si no cumplían sus órdenes.



Debí haberle dicho ni a los perros se les trata así, don Braulio, pero era demasiado niño aprendiendo a ser hombre soportando aquellos culatazos en el hombro como patadas de yegua.

Eran días de bonanza económica, y los hermanos aún no se agarraban a balazos por los potreros disputándose los últimos retazos de la tierra usurpada, y juntos regalaban un pabellón de cirugía al hospital local. Días en que huyendo del frío del invierno chileno, atravesaban el Atlántico, para sumirse en el sopor de Montmartre, para putear y beber.

En silencio el poeta nos muestra ajadas fotos de estudio tomadas por científicos europeos de la época: una niña indígena desnuda en 1907; un joven yámana; un cráneo mapuche.

El fotógrafo, y su explicación, parecen retratarnos bestias acobardadas frente al lente, especies de chimpancés que lloran, que defecan, que menstrúan, y que, sorprendentemente, hablan. Naturalmente los fotografiados no alcanzaron a conocer la palabra fotografía, o si la descubrieron, ya fue demasiado tarde: les habían robado el alma, sin mencionar la vida.  

El poeta nos hace evocar rancheras que brotan del tocadiscos del bar que atendía siendo muy joven, mientras fluyen en sus sueños y su memoria inundaciones que muchos olvidaron, ríos desmadrados que ahora se llaman de otra forma, un litoral que ya no es el mismo. Y nos habla de cementerios solos que quizás no existen, donde están sepultados quienes vivían en las  tierras de los Huenún, y sus anteriores, antes que se inventara la palabra Huenún.

Y es esa voz la que me susurra algo que debo mirar en los sueños. El retazo de las palabras de mi abuela, el Marinao escueto y lejano, que se retrata junto  al sefardí que habita en el perfil de mi memoria.

Hojeo pues las palabras del poeta  llamadas a  convocar tanto como  a conmover desde su historia, pero que me permiten mirar la mía, la de otros mestizos como yo. Por ejemplo mi tío, al lado del río Toltén, defendiendo a punta de balazos su campo, y mi tía abuela, escondida, escuchando en sordina  los truenos  de los disparos: un cuerpo cayendo en cámara lenta, como saco, y luego meses o años de cárcel. Por mucho tiempo siguieron brotando balazos desde la anónima distancia alcoholizada, que débiles, caían chicoteando el techo, como granizos. 

O bien, me permiten evocar los hualles centenarios de mi abuela que talaron allá en la Quinta Faja. O el apellido Marinao mutado en Mariné por una morenísima tía que optó por disfrazar con francesa determinación sus orígenes: las abuelas de mis tías abuelas prestaron servicios de lavanderas al ejército triunfante, a veces atravesando a nado los poderosos ríos nuestros.

Resignación menos o resignación más,  existe en la poesía de Jaime Huenún, algo que fluye, nos habita y nos emplaza sin esfuerzo. Una sensación apátrida que unifica y fortalece la certidumbre de que la condición humana, como el océano, se alimenta de todas las vertientes. Que tenemos una pertenencia a cierta tierra austral, sin la cual nuestro destino indefectiblemente sería  solo impostación.