lunes, 6 de mayo de 2013

UNA SIRENA PARA NERUDA Y MATILDE EN PUERTO SAAVEDRA (05 de mayo 2013)

Obra realizada para emplazamiento exterior

(Homenaje del escultor español Cándido Pazos, y del poeta Santiago Vivanco)

Discurso de Bernardo Reyes

Hay una imagen que llevo tatuada en mi ser, que pertenece al mundo de los sueños más que al hecho vivido.
Se trata del río Imperial  entrando en el mar, cubierto de niebla.  Cuando a la misma hora ambigua, el lago Budi, se une  al océano con una película de agua, pareciendo  ser  la desembocadura.
 Se sabe de  varios naufragios que ocurrieron frente a este litoral por capitanes  que equivocaran la entrada al río.
Por eso tomo ciertas precauciones con el flujo de mis palabras, para no quedar varados. Partiendo por establecer que resulta primordial saber  que solo cuando la mente canta al unísono con el corazón que el hombre logra su máxima plenitud expresiva.
Esto lo aprendí gracias al afecto de mis hermanos poetas mapuches, tan ligados al hablar poético, al ser poético, que hoy nos convoca y nos acoge.
Y es por eso que miro desde la estructura de mis emociones, para sentir, para que sientan, las voces de quien les habla, y por qué les habla.
Hay una voz sefardí que busca espacio y lo encuentra en mis orígenes Reyes. Hay otra voz que igualmente saca la bandera azul, el Marinao de mi abuela materna.
Y en esa mixtura hay un niño asombrado, que enmudecido solo atina a señalar hacia el oriente, allá donde el mar se despeña y la noche acude al litoral para devorarnos.
Y es solo mediante este ejercicio del afecto que podremos entender que nada es fortuito: solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio, nos está diciendo Federico García Lorca.
Mi hermano Santiago Vivanco, me habló en España de esta escultura. Me habló de mi querido camarada de sueños, el escultor  Cándido Pazos, cuyas obras son apreciadísimas en España.
Lo que no supo ni Santiago, ni Cándido, era que la estatua sería inaugurada justo el día de cumpleaños de Matilde Urrutia la gran musa de Pablo Neruda, fecha que por horas casi coincide con la fecha de muerte de don José del Carmen Reyes, el padre de Neruda, y de Raúl Reyes, el nieto de José del Carmen (y mi padre), y que además coincide con el nacimiento de Pablo, mi hijo menor, tataranieto de don José del Carmen.
Como si no bastara toda esta numerología medio forzada, agreguemos que Cándido entre miles de inspiraciones, sin conocer la región físicamente, con sus emociones anegadas por la poesía, escoge una sirena,  una figura mítica que con ciega perseverancia convocará a sus pares para un canto de sirenas que nadie pueda ignorar.
Quiero narrarles un hecho vivido en Puerto Saavedra hace algunos años.
 Por esas causalidades de la vida, semejantes a la de hoy, tuvimos que acompañar con Maricruz, al traductor  al italiano de toda la obra de Neruda, el profesor Dario Puccini quien andaba acompañado de Stefanía, su esposa.
Puccini, al igual que Cándido Pazos, conocían la obra poética, pero no la región física. Darío era muy amigo del gran director de cine Federico Fellini, y estaba tan tremendamente agitado por el correlato de paisaje y poesía, que casi pensando en voz alta, dijo que apenas llegara a Roma hablaría con su amigo Fellini para que enviara a sus equipos para realizar un registro visual.
Desgraciadamente cuando Puccini llegó a Roma, Federico había fallecido, y el registro jamás se hizo.
De esto han pasado ya 20 años, y no solo no se hizo este registro específico, sino ningún registro de una región, de una geografía, de una cosmovisión, y que inspirara la poesía más notable en idioma castellano que conociera el siglo pasado.
Quizás no exista un lugar del planeta como Puerto Saavedra con elementos tan particularmente importantes para convocar a todo el mundo a una labor de preservación  de los grandes íconos culturales, como son en primer lugar la cultura mapuche y la poesía de Neruda, y que los ignore de manera tan inmensamente torpe.
El poeta sugirió hace décadas, la necesidad de la existencia de una universidad mapuche, un centro de estudios superiores que permitiría una proyección de la zona a nivel internacional. Hasta este momento solo alguien políticamente incorrecto, como vuestro servidor, puede hacer mención pública del tema.
Nadie sabe las razones técnicas de por qué no se ha dragado la desembocadura del río imperial, existiendo en todo el mundo dragas gigantescas, que permitirían la entrada de barcos de gran tonelaje hasta Carahue, cuestión que ocurrió en un pasado reciente, hasta que las compañías inglesas  dejaran de asegurar los barcos que encallaban, muchos de ellos extraviados por estas confusas imágenes de dos desembocaduras vistas desde el mar.
No existe un lugar que honre la memoria de Neruda, un centro de estudios, un museo, salvo el museo ferroviario. Los trenes llegarían hasta Puerto Saavedra, decían nuestros abuelos, pero los dejaron morir. A nosotros nos trataron de convencer de esta muerte, pero por 10 años nos desplazamos por estas vías abandonadas rememorando  a Neruda, haciendo una fiesta cada vez que se cumpliera un aniversario de la muerte, con el tren de la poesía, que no buscaba sino cumplir con el dictado poético de “Para nacer he nacido”.
El profesor Puccini, en uno de sus magistrales ensayos sostenía que en Neruda el mito se hacía historia, en la medida la historia se hiciera mito. La mitología como herramienta de preservación del legado de la condición humana, será lo único que permitirá dejar en el olvido las mezquindades de estos días, estoy seguro, para habitar, más temprano que tarde, esas espléndidas ciudades vislumbradas por Arthur Rimbaud, y que Neruda conociera precozmente cuando un bibliotecario de Puerto Saavedra, el poeta Augusto Winter, le facilitara aquella “temporada en el infierno”, aún en francés. Neruda jamás olvidaría esta lección de luz, y menciona al arquetipo de su infancia, al poeta maldito y visionario en su discurso del Nobel. Pero tampoco olvida su pertenencia a este pedazo de tierra austral, a esta geografía, a este océano, a esta cultura mapuche que impregnó su propia constitución de poeta.
Finalizo diciendo que esta pincoya mitológica, que esta sirena que es Matilde, que son todas y ninguna de las mujeres que amaron o que fueron amadas por el poeta, representa la continuidad del mito, transmitido de persona a persona gracias al afecto del fogón que convoca las miradas.
Por eso es que intento honrar la memoria de los míos, en estos días rastreros que manchan los cielos de la memoria, con la desmemoria de vuelos obtusos, como de murciélagos ebrios, acobardados frente a este océano que hoy canta para nosotros con su lengua de espuma. Para ello escogí un poema de Estravagario, que con secreta infundada certeza pienso que fue  escrito para esta ocasión:

Pido silencio
AHORA me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raices preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.




(Poema de P. Neruda, tomado del libro "Estravagario")