viernes, 29 de noviembre de 2013

LANZAMIENTO EDICION FACSIMILAR CONMEMORATIVA DE "RESIDENCIA EN LA TIERRA" A 80 AÑOS DE SU PRIMERA ED.

Por Bernardo Reyes 28 nov. 2013

De Izq. a der. Darío Oses/ Bernardo Reyes/ Manuel Silva / Eduardo Llanos


Quisiera agradecer a los dueños de casa, que nos cobijan y auspician, y también a mis queridos amigos Daniel, Eleonora, Alfonso, poetas y editores, que con afecto le han dado ropajes a este libro, que ya es parte de la mitología nerudiana.


Sumo a ellos, mi gratitud a Darío Oses que asume la labor de preservación del legado nerudiano, como parte de su alma.


A todos quienes aquí laboran, quisiera decirles, que siento que sin ellos esta prolongación del sueño nerudiano, materializado por Matilde Urrutia, sería imposible.

Y finalmente quisiera agradecer a los poetas Manuel Silva Acevedo y Eduardo Llanos Melussa que con afecto y lucidez hoy están aquí para ayudarnos a remar por las procelosas aguas de la poesía residenciara.


Y por cierto agradezco la generosidad de Pascuala Ilabaca, que nos permitirá que el corazón y la mente canten al unísono, como nos dicen los sabios nuestros, nuestros hermanos mapuches que nos tienen el Oriente que hoy nos convoca, al alcance de la mano, solo que no queremos, o no podemos verlo.

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En esta casa, en algunas ocasiones, bebíamos con Matilde esperando el amanecer, junto a otros amigos. Y entre las palabras y poemas no dichos yo solía evocar aves de otros tiempos, ciertos papagayos que el poeta había traído a esta casa, y que fastidiados de su jaula rompían la reja, para irse de farra al zoológico en lo alto de este cerro para ver a sus camaradas que los llamaban con gritos humanos. 


Era un viaje lento, pausado. Con más afecto que palabras, recordando con relámpagos tenues  de la memoria a esta casa que era como un juguete para nuestros ojos de niños provincianos. 


A ratos con emoción contenida, cuando la evocación de Matilde posaba sus patas de mariposa en la imagen de los brotes empezando a renacer de los árboles incendiados por los militares.


 O cuando recordara el murmullo del agua del canal que atravesaba el patio y que fuera tapiado con cuadros y libros para provocar la inundación, junto al incendio.

Fueron esos brotes la señal perentoria que Matilde consideró para ordenar el estropicio y  que volvieran los vidrios a su lugar. El lodo a los patios, los libros a los estantes: los vecinos recordaban como esta casa había sido saqueada y destrozada por una horda de militares.


Por ahí, en medio de ese lodazal fue por donde pasaron con el ataúd al poeta para su velatorio, poniendo tablones, para no hundirse en el barro.

Fue semejante al  Temuco fundacional, en que también fue necesario poner tablones para caminar por las veredas, por calles aún sin nombres.


Los míos recordaban como un día de abril de 1932, regresaba el hijo pródigo de un largo viaje desde el Oriente, con su mujer, una gringa que hablaba unas pocas palabras mochas mezclando el castellano con el inglés, y probablemente su malayo natal.


Era esa misma casa, cercana a la estación de ferrocarriles de Temuco, la que también amalgamó el primer recuerdo del poeta para el gran incendio de 1908, que casi se llevó completa la ciudad cuando en esos 4 años de vida, empezaba a funcionar el registro civil de su memoria. El fuego fue su bautismo, para despertar al sueño de la vida. Y también fue su extremaunción para que su alma despertara al sueño de la muerte.


La pregunta entonces, que ahora cabe hacerse, es qué tiene que ver este sur, esa vieja casa de Temuco chicoteada por la lluvia, esta evocación familiar, con el esplendor melancólico de “Residencia en la tierra”. Y, al intentar responder, un coro de eruditos nos puebla el entendimiento con certezas, con exégesis que con todo respeto a veces superan las cotas creativas del propio poeta.


Cuestión que por lo demás se comprende, pues cuando hablamos de “Residencia en la tierra” estamos hablando de sustancias, de elíxires, de aromas, que no son enteramente de sustancia material. Como si lo onírico hubiese encontrado la forma de aletear en este lado de la realidad.

Sin omitir, por cierto, que desde las elegías hasta los contenidos eróticos, están construidos de situaciones muy tangibles: un místico de la materia, como nos señala Gabriela Mistral, al conocer estos poemas.


Quizás no exista un ambiente familiar más lejano y ajeno las expresiones artísticas, que el del poeta temucano. Y no me refiero solo a la incomprensión del mundo artístico, sino al explícito intento de castrar con violencia toda expresión relacionada con el arte.

Pero, por alguna fisura del alma fue posible primero un acercamiento a la cosmovisión mapuche en las exploraciones en los alrededores de la ciudad, cuestión que queda de manifiesto en el rotundo homenaje a los indígenas de América del Canto General. La verdad es que por esa fisura entraron arquetipos, incomprensibles y comprensibles, que formaron para siempre parte de su ser.


Ese primer Rimbaud, leído junto al océano en Puerto Saavedra, cercano a Temuco, por ejemplo, fue un arquetipo que no olvidaría ni cuando le otorgan el premio Nobel. Pero tampoco olvidaría una relación visceral con un pobre pedazo de tierra austral, como señala en su magistral texto “La Copa de sangre”.


Creo que son estas modestas pinceladas lo que puedo decir, en esta noche de ritos. Un hombre regresando al sur que lo habita, una casa paterna en que aún cuelgan las herramientas como interrogantes, un patio repleto de lilas, un olor a carbón de piedra de las locomotoras cercanas tiznando las sábanas que las mujeres de la familia siguieron colgando de los mismos cordeles en las generaciones siguientes. 


Y un atado de poemas, 33 para ser exactos, del hombre que intentando ser infinito, optó por establecerse, como un residente de la tierra.


Es la imagen que puedo compartir con Uds.: el poeta, en aquél tiempo de mostachos, en el reencuentro con los suyos, y con lo suyo, en la calle Lautaro 1436. Eso es al menos lo que me contó Raúl, mi viejo.


Ahora mirando lo netamente literario con ojo atento, probablemente concluyamos que el mito y la historia de Residencia en la tierra, comparten un territorio en partes iguales.

Partiendo por establecer que  varios poemas fueron escritos en Chile, que sumando poemas publicados en revistas que aún se conservan, y otras desaparecidas, puede estimarse en la mitad de los 33 poemas que componen el libro. 


Sin embargo una especie de malentendido, lo lleva a recordar décadas más tarde, que en su viaje a Oriente habría tenido una respuesta de edición negativa de Guillermo de la Torre en su paso por Madrid en 1927.

Sin embargo, lo concreto es que el poemario estaba aún en construcción, y aún ni siquiera ha sido bautizado.


Luego en correspondencia al escritor Héctor Eandi, a Rafael Alberti y otros, es posible determinar una seguidilla de intentos editoriales truncos.

La desventura editorial termina con esta escasa edición chilena que hoy reproducimos y que cumple 80 años, y que marca la escena poética mundial.

Termino señalando que las etapas de la lírica nerudiana no están tan delimitadas por fronteras perentorias e infranqueables, y este libro es prueba de ello: Giuseppe Bellini, traductor de toda la obra nerudiana al italiano, me contó de una conversación que tuvo con Neruda en 1969, intentando encontrar una respuesta a una duda, acerca de la continuidad o proximidad entre sus libros anteriores, en particular 20 poemas de amor, con Residencia en la Tierra.


Y fue el propio poeta el que admitió que las atmósferas de ambos poemarios tenían relación en ambas unidades. Es decir, tenían las huellas del sur, del mar del sur, de su casa de infancia temucana. Alguien, acucioso con sinceridad, me preguntaba acerca de la verosimilitud de esta declaración poética, del parentesco creativo entre libros que se suponían distantes, estéticamente hablando. Y más específicamente de una suerte de declaración escrita del poeta.


Me parece que la respuesta está a la mano: las huellas y senderos del país de la memoria, dejan códices que sólo pueden descifrarse con el alfabeto de las emociones.

Un suicida dejó abierto el libro en el poema “Significa Sombras”, al pie del árbol donde se colgara. El poeta cuando supo la noticia llamó a no leer estos poemas por su tono oscuro y desesperanzado. Hoy, a 80 años de la edición de este libro, estamos convencidos que del mismo lodo negro, nace la esperanza de la condición humana, como el loto brotando de aguas detestadas.

SIGNIFICA SOMBRAS
 

Qué esperanza considerar, qué presagio puro,
qué definitivo beso enterrar en el corazón,
someter en los orígenes del desamparo y la inteligencia,
suave y seguro sobre las aguas eternamente turbadas?

Qué vitales, rápidas alas de un nuevo ángel de sueños
instalar en mis hombros dormidos para seguridad perpetua,
de tal manera que el camino entre las estrellas de la muerte
sea un violento vuelo comenzado desde hace muchos días y meses y siglos?

Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos
busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,
tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente
se extienden como la ola lunar de un océano recién creado
sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas.

Ay, que lo que soy siga existiendo y cesando de existir,
y que mi obediencia se ordene con tales condiciones de hierro
que el temblor de las muertes y de los nacimientos no conmueva
el profundo sitio que quiero reservar para mí eternamente.

Sea, pues, lo que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
establecido y asegurado y ardiente testigo,
cuidadosamente destruyéndose y preservándos incesantemente,
evidentemente empeñado en su deber original.




lunes, 23 de septiembre de 2013

LA PASION DE MICHELANGELO



Funeral de Pablo Neruda. 1992, salida Congreso. Santiago.
Chile me mató porque me llevaron a un mundo de nada, a un mundo que yo no quería.
Me usaron y después me abandonaron
Karole Romanoff

La historia de Miguel Ángel Poblete, precursor de Karole Romanoff, y  protagonista del último milagro de la Virgen María que mutó su cuerpo de varón al de una dama, incluida la aparición de senos, que según entrevistas no fueron producto de implantes, sino de un acto propiciado por la magia mariana, de semejantes resultados al de una cirugía completa de cambio de sexo, ha sido reflotado en una magnífica recreación, del director  Esteban Larraín, y un notable elenco de actores, que utilizaron como locación el mismo cerro El Membrillar, cercano a Valparaíso, epicentro de las apariciones de la virgen. 


El regalo cinematográfico destinado al robustecimiento de nuestra anémica memoria, se emitió por la señal abierta de Televisión Nacional de Chile, la noche del sábado 21 de septiembre, a escasas horas del inicio de la primavera y de la conmemoración de la muerte de Neruda.


Pero no fue este último milagro el que conmocionara a Chile, en días en que el acceso y el respeto por la transexualidad, es asunto corriente. Ni tampoco lo fue la noticia de los decadentes últimos días de Karole (falleció el 2008), alcoholizada, obesa, seguida por un raleado rebaño de fanáticos que conformaban hasta su muerte su personal congregación de “Los apóstoles de los últimos tiempos”, que le aseguraban las monedas para sobrevivir y emborracharse.

Los verdaderos milagros ocurrieron antes, entre 1983 y 1988, que es donde se sitúa la trama fílmica, histórica y mítica. Vale decir en plena dictadura militar, cuando se empezaron a alzar las voces de la resistencia chilena.

Protegido por sectores de la iglesia católica, y por hordas de fanáticos que alcanzaban multitudes de 100 mil personas, Miguel Ángel, con coquetería sin igual logró seducir a frailes y personas en el rescate de la fe perdida por la fiereza de la dictadura, del sin sentido de días de bares repetidos sin descanso, de la letanía del insomnio y repetidos fantasmas y alegorías del miedo en noches interminables, propios de los atroces años de sufrimiento de la dictadura infligidos a toda la nación.

Volodia Teitelboim y Bernardo Reyes
El muchacho abandonado, el mitómano necesitado de afecto y reconocimiento, hambriento de ternura, de un lecho donde la voz de su madre le hiciera evocar ángeles, o duendes, es el hombre, es el verdadero protagonista, que emerge en esta historia que trasgrede y trasvierte la historia oficial de un Chile que no queremos o no podemos ver.
Emociona la fragilidad humana: un muchachito homosexual, adicto a la inhalación de solventes, probablemente abusado, abandonado, es el instrumento para replicar burdamente el milagro de la Virgen de Fátima. Y las palabras que le transmite esta virgen de mala muerte, es que se adore y se hagan cadenas de oración por Augusto Pinochet y sus sicarios. Dicho sea de paso, los encargados del adiestramiento de la mensajería celestial, eran obviamente agentes de la dictadura, y curas proclives al régimen dictatorial.

En 2003, a quince años de la visiones de Miguel Ángel Poblete, durante el gobierno del presidente Ricardo Lagos, ya sin dosis de éxtasis o delirios místicos, una remozada versión de otro acto histriónico y plagado de contradicciones, vino a enardecer el ambiente de los medios de información. Y los protagonistas, en esta ocasión, ya no era una multitud de desesperanzados, sino al revés: se trataba de una multitud de esperanzados en querer tener una dosis de figuración social, a propósito de un escabroso caso de estupro, prostitución infantil y producción de material pornográfico, que involucró al afamado empresario Claudio Spiniak: jueces, políticos, siquiatras, sacerdotes, diarios de todo el espectro político, sociólogos, cayeron rendidos frente a la menuda Gema Bueno, que creó una fantasía sin igual en aspectos sórdidos del caso, llegando a determinar las zonas de tatuajes de altos dirigentes políticos, definiendo las características físicas de menores de hasta ocho años de edad abusados, e inclusive llegando a sugerir el asesinato de alguna niña. Era, como antes y como ahora, una testigo clave.

La cantidad de información falsa proporcionada por Gemita, como se le define con dulzura, en esta ocasión involucró  a intelectuales, a panelistas que después de todo el escándalo, se acomodaron como comentaristas casi de cualquier materia, y hoy son naturalmente los portavoces de todas las verdades oficiales.
Y bueno, Claudio Spiniak, un drogadicto condenado, pasó hace rato a segundo plano. Pervivió el mito enfermizo de una niña, necesitada de ser protegida, o reconocida, proveniente de hogares mal constituidos, y que manejaba con destreza total el arte de la mitomanía. O dicho en su soez aunque exacta definición: me pasé a Chile por …

Hace pocos meses, otra noticia basada en la sordidez de la mentira patológica, remeció la prensa. El caso del poeta y comunicador televisivo, Pablo Mackenna, el que seguramente con alguna copa de más, y absolutamente conmovido por la soledad de una niñita sentada en un casino del litoral, a altas horas de la noche, fuera acusado con descaro por la madre de la pequeña, que la obliga a sostener que ha sido abusada. Lloriqueos ante las cámaras, juramentos de llegar hasta las últimas consecuencias, e iracundas señoras gritando en contra del abusador, fueron la utilería burda del escenario que ya conocemos de memoria.

Sin más ni más,  el acusado es “atrapado infraganti”, esposado y encarcelado, y juzgado por los medios, y por hiperventilados periodistas, que buscan la exclusiva, alguna señal de arrepentimiento, o algo.
Cuando el fiscal se da cuenta de que ha metido la pata hasta el fondo, y que el acto ha sido ideado por la mente de una persona enferma, el poeta queda en completa libertad, con pruebas que demuestran que Mackenna trató justamente de proteger a la menor, y con una carga enorme de tener que explicarle a su hijita algunos años más tarde, que toda esta acusación de abuso de una niñita como ella, fue falsa. La madre, la inventora de la mentira, no recibe ni siquiera una sanción de disculpa pública. Ni menos un llamado de algún organismo de defensa de los niños.

Es con esta misma dinámica, con el mismo fervor nacional beato, infundado, y patológico, ejemplificado en estos tres casos, que damos cuenta de una especie de deporte macabro, repetido en ciclos lunares, y que van conformando la mitología de lo escabroso, una deformación que demuestra porfiadamente,  nuestra verdadera chilenidad oscura y torcida.

Por estos días un hombre absolutamente enredado en la telaraña de sus invenciones, habla desde su enraizada patología mitómana. Con un descaro que asusta, un partido político lo apoya. Lo apoyan intelectuales, que suelen jactarse de la torpeza como razona el resto. ¿Será que la nueva expresión de la dialéctica es el arribismo puro y duro y que no importa lo que se diga sino cuánto se diga?
No lo sabremos, hay que esperar con paciencia inhumana, que huesos e historias encajen y desencajen. El ying y el yang asociado como la noche y el día a una misma unidad vital.


Mientras, baste decir que comienza la primavera, que el día está precioso. Que siento amor por los míos. Y que este día único e irrepetible coincide con la muerte de Neruda y su tumba vacía que recoge palabras que nadie, salvo el vacío, podría escuchar.