miércoles, 7 de noviembre de 2012

EL VINO AZUL DE SU CANTO



Bernardo Reyes, 07 de noviembre 2012.

A Leonardo
  
Debió haber repasado imágenes que le sobrevenían de alguna parte: pájaros heridos entibiados en las manos; últimas copas de la farra; limoneros de su infancia; caminos perdidos en el culebreo de la precordillera; garzas durmiendo  en una pata al atardecer.
Olvidos que no eran olvidos.

Transformarse en fallecido nunca debió estar entre sus planes.
Seguramente ese día, transfigurado en palpable, recordó al hijo que no iba a venir, pero que pudo haber llegado  en esas casas de putas de su pueblo, que aún parecen  iluminadas por los ojos celestes de la muchacha que amó en tiempos que jamás se fueron.

Brutalmente  aprendimos a saber lo que era la soledad, en esos días de mierda: el amigo que se fue y que  no volvió: el Chico Oliva, el pelao Chávez, el Amador, el Teketeke, el Gutenberg, el Omar Venturelli.  
Ese caído atroz que emerge para volverse a caer, como ayer, cuando con el vino azul de algún canto  -esa cumbia feroz que nos llevaba lejos-, nos íbamos de ronda hasta el amanecer para sobrevivir.
Para sobrevivirnos, desolados.