martes, 30 de octubre de 2012

MATILDE, LA VIUDA NEGRA



En la foto, Matilde en otro intento de asesinato.*

Por Bernardo Reyes (30 de octubre 2012)

El canibalismo erótico de las viudas negras, las impele a devorar al macho causante del orgasmo procreador. Esta pequeña araña, de la familia de las latrodectus (o poto colorado, como se le conoce popularmente), es quizás la especie más venenosa que se conozca en Chile: al bloqueo de los impulsos nerviosos, le sobreviene un dolor muscular intenso, del que a veces se sobrevive. Y a veces no.
Quizás por eso un visionario investigador ha determinado denominar a Matilde –la de “Los versos del capitán” y los “Cien sonetos de amor”- como la viuda negra, en tanto cuanto su participación en el más grande magnicidio que conozca la historia de nuestro país.

Toda esta intríngulis se funda luego de un proceso profético, mediante un parto natural, que no requirió de mayores asistencias y que fuera gestado en la serenidad de una gravidez que usara abstrusos pero efectivos sistemas   nemotécnicos: la soledad de un soliloquio, repetido frente al mar una y otra vez, un guión autobiográfico como mantra tibetano, que permitió la preservación del locuaz y febril discurso que nadie, por casi cuarenta años, había querido escuchar: el crimen de Pablo Neruda.
Pese a que el iniciado fue rescatado de las mazmorras del Estadio Nacional, nada menos que por el Arzobispo de Santiago, y de ser un militante valorado y respetado en el partido que hoy lo estimula a seguir adelante con su labor de luminaria estelar, nadie, pero absolutamente nadie, lo escuchó. Ni su partido, ni Radio Cooperativa, ni la Vicaría de la Solidaridad, ni la Comisión de Derechos humanos, ni la prensa clandestina o pública, ni los aparatos de inteligencia como la CNI y la DINA, ni sus amigos. Nadie.
Cuarenta años de desdichado silencio, es la distancia entre la mentira y su verdad, preanunciada en la gravidez del mandala omnisciente que zumbaba en su cerebro, como libélula sobre el fango de lo estancado.

Por cierto no vamos ni siquiera a intentar describir el complejo y abstracto proceso alquímico o psicodélico mediante el cual un ser transmuta en visionario, al punto de que lo que ayer fue una estupidez sin asidero, hoy sea considerado una verdad indiscutible.
Nada de descalificaciones: aquí se trata de describir hechos con objetividad, que llevan a determinar que Matilde mintió y ocultó descarada y deliberadamente un crimen: el crimen de Pablo Neruda, su esposo, hasta el 23 de septiembre de 1973. Y esta determinación nace de la mente de un señor -contento señor contento, decía un santo a propósito de tanta mala pata-, de saber que al fin ahora sí sería escuchado. Y vaya si fue escuchado.

Es verdad, dio cuatro versiones diferentes acerca de su detención. Pero, visionarios y jurisconsultos, le acomodaron la pesada carga de su historia, que como toda estructura dramática ligada a la dramaturgia, requería ser plasmada con coherencia en sus declaraciones acusatorias, para los libros, películas, y entrevistas, que con seguridad le asegurarían un pasaporte a la posteridad: el indiscutible pundonor perviviendo en el alma de su familia, que cuenta y contará con un héroe propio, esta suerte de Napoleón criollo, con su brazo apoyando con su mano derecha sus vísceras destrozadas por la neurosis.

Pero vamos por parte. Hace no tanto tiempo Matilde había sido declarada adicionalmente proxeneta, al descubrírsele una vinculación a la trata de blancas en el Callao, Perú, en la década del 40 del siglo pasado. La imagen de núbiles muchachitas chilenas, llevadas bajo engaño y seguramente con sus pasaportes retenidos, encerradas en casonas oscuras, y una fila de turbios hombres afiebrados con tanta testosterona, penetrándolas una y otra vez para desfogarse, conmovió a la prensa.
Pese a todo el revuelo periodístico, desgraciadamente para esta investigación, no pudo demostrarse nada. Jamás existió el supuesto documento de cancillería que avalaría tan indecorosa conducta prostibularia de la musa del poeta.
Lástima: nosotros, los carentes de imaginación, nos tuvimos que reservar para otra ocasión la imagen de la musa homicida bailando “Capullito de alelí”, en medio de rojas luces iluminando su mambo y la pista de baile, de un salón decadente del Callao.

Se sostuvo entonces que Neruda ocultó este pasado de puta de su esposa mediante el uso de su poder casi omnisciente. Digámoslo francamente: Neruda, el poeta esposo, tenía un poder tan inmensamente  grande, que le bastó mover un dedo para borrar todo lo aparecido en la Prensa del Callao, del Perú en general, de Chile, y de paso borrar todo vestigio en comisarías locales, de Perú y Chile, en los registros del consulado del Callao, en los registros de la Embajada de Chile en Lima, que hace un catastro de los incidentes que ocurren en los diversos consulados, y finalmente en los registros históricos de cancillería chilena, que aunque desaparecieran, deberían disponer de un registro de llegada, etc. etc.
Por añadidura, como la estupidez de Neruda era tan inmensa, culmina con la reivindicación de su oscura musa, y futura homicida, optando por la insensata labor de dedicarle una obra poética mayúscula en su honor.

Pero, para salvación de la humanidad, contamos con estos nuevos pertinaces luchadores de la verdad, los que con renovados bríos investigativos, continúan en la línea reivindicativa de una historia, asaz ocultada, y de la que solo tenían conocimiento los asesinos directos o indirectos -entre ellos los organismos secretos y represores de la dictadura militar-, y Matilde, que en conclusión no declarada, resultan ser una misma cosa, como veremos en párrafos conclusivos. De manera que, como dice el Chapulín Colorado, este convite a que los buenos lo sigan, es por cierto de un interés superlativo, del que nadie debería restarse.

Quizás valga agregar, que en este proceso investigativo, se ha podido determinar un hecho primordial para comprender el alma homicida de Matilde: ella ha resultado ser una practicante de la magia negra, durante la dictadura.
Desde luego aún no se conoce esta noticia, pero ya los medios progresistas, contarán con tan valiosa y lúcida información.
Este escribano, tuvo la primicia de este flanco investigativo mediante la intercepción de antecedentes que nos permiten entender la praxis de esta viuda negra realizando ritos prohibidos por la República y la Iglesia.
Vale decir, además de atentar en contra de su marido, Matilde atentó en contra de los cimientos de la iglesia católica, apostólica y romana.
Los maledicentes de siempre seguramente tratarán de reflotar la idea de una iglesia decadente y pedófila, opuesta en todo a una fuente inagotable de bondad y trascendencia divina, que estaría siendo minada, secretamente por Matilde, desde los tiempos de la Unidad Popular, período en el cual parece estar centrado el inicio de los actos de su perversa maquinación, además propalada con contradicciones enormes. Como fue, por ejemplo, declarar en los medios que Neruda no murió de cáncer, sino de pena, con lo que se configuraría perfectamente el cuadro de la autoinculpación.

Despejada toda duda, de que este país completamente ciego, no vislumbró que estábamos en presencia de historiadores de nuevo cuño,  habitados por la pasión del retorno del país de nunca jamás, hasta la patria grande, socialista y popular, que nos estamos perdiendo, presento públicamente esta modesta solidaridad de mis defectuosas palabras con tan dignos representantes de los sin voz, entre los que naturalmente me incluyo.

Pero vamos al grano de una buena vez: en un impecable trabajo periodístico se asume que el poeta, fue tratado de un tumor benigno a la próstata, mediante el uso de radioterapia en el hospital Van Buren de Valparaíso.
Desde luego los militares aún no daban el zarpazo del golpe militar del 11 de septiembre, dado que el poeta se encontraba vivo, valga la redundancia descriptiva. El detalle, por cierto, no le resta ni un ápice de credibilidad a los cientos de horas investigativas.
Por esos días estaba en el poder Salvador Allende y, naturalmente para efectos del complot, de nada servía el fuero presidencial de dejarse caer en la casa del poeta en Isla Negra, en helicóptero. El partido de Neruda, naturalmente disponía de medidas de seguridad, propias de una celebridad, quizás la más importante de Chile por esos años. Pero de nada sirvió, pues el plan ya estaba echado a andar: Neruda, al ser tratado con radioterapia para lograr la mejoría de su tumor benigno, habría sido objeto de una muerte inducida. O mejor dicho, de un asesinato inducido.
Los cómplices de tal asesinato, por tanto, lo constituirían las personas más cercanas al poeta, su mujer y futura asesina, Matilde, y su hermana menor, Laura Reyes. Esta figura delictiva se denomina asesinato por omisión. ¡Y todo ello durante la UP!

No vamos a caer en la locura de creer que tal maniobra fue realizada al interior de la Unidad Popular. No: sencillamente la muerte del poeta por esta “mala práctica” es un complot de Matilde, con ayuda de algunos médicos radiólogos, urólogos, políticos de este lado y el otro, militares derechos y no tanto, etc. que ya empezaban a desarrollar sus artes homicidas para actuar en la dictadura, que, junto con Matilde, sabrían que vendría. Nadie sabe cómo, pero lo sabían semanas, meses antes, inclusive antes de que Pinochet siquiera soñara en que existiría un golpe militar.

Sin dudas que hay que destacar la inferencia de aguda inteligencia que implica el descubrimiento de este asesinato por omisión, pues se trató ni más ni menos que la anunciación de lo que vendría: si acaso el poeta no moría por aplicación de radiación para tratar su tumor benigno, sería rematado en la Clínica Santa María, cuestión que parece ser lo que ocurrió.

De manera que estableciendo verdades a partir de las palabras de esta nueva génesis de un  incomprendido profeta, que inicialmente fueron emitidas a viva voz al océano negro de sí mismo, hoy son la nueva anunciación, el mandala al final del túnel de los sueños, la guirnalda de luces: las palabras proféticas despreciadas por aquellos llamados cuerdos.

A esta verdad elocuente, llamada chifladura por acérrimos detractores, le resta plena vida: ahora vendrá la verdad que esconde una tumba. En realidad dos, la del poeta y la de su musa asesina, sepultados en perpendicular al océano Pacífico, en Isla Negra.

La sal de las horas y los años, la adicta sal engullidora de barcos, de tripas olvidadas de ser tripas, de cenizas confundidas con la espuma, seguramente habrá dejado como despojo final la nada: huesos inservibles para hacer flautas, zapatos transformados en babosas, cinturones sin cintura, dientes sin calavera ni partido.
Pero que ello no sea óbice para que la perseverancia continúe, nos decimos cruzando los dedos, y murmurando una que otra oración para que afloren los metales pesados, aunque ya sean tan livianos como ánimas en pena.

Muchos mirarán con una lupa la nada, tratando de negar el veneno que el veneno niega, o ahorcamientos, o ecos de disparos, o sombras de arpías y vampiros disputándose despojos. Que nada los detenga, Dios mío, por el bien de la patria, le digo y me dicen voces naftalistosas aunque audibles.

Refirámonos adicionalmente a otro frente investigativo. Abogados, nerudianos en su tinta o en escabeche, preservados en su vinagre, sostenidos por una férula  de convicciones, reflotan ahora la idea –igualmente lúcida- de la ilegalidad de la separación del matrimonio de Neruda con Delia, y por extensión de la invalidez del matrimonio con Matilde –la viuda negra- y que concluye, por el momento, en la invalidez total de legalidad de la propia Fundación Pablo Neruda, que preserva el legado del poeta.
Ante tan diáfana ocurrencia, fundamentada esencialmente en el desprecio hacia el presidente de la institución, con mayor o menor razón, solo cabe esperarse un acto de un boato ingrávido o esotérico, que dignifique en la necesaria levitación, la pura sacrosanta veritá establecida por estos intelectuales que llevan la delantera y la bandera, y que ondea -poco pero ondea-, gracias a los vigorosos resoplidos de estudiosos nerudianos, y algunos miles de bostezadores profesionales.

Que nadie mancille la honra acusando de crimen nefando, ni dispare el ominoso calificativo de gamberrista ecléctico a este lúcido luciérnago que penetra por los meandros de la noche cerrada y oscura de la verdad.
Que nadie ponga en tela de juicio o de vil osnaburgo el cuerpo ensangrentado del delito.
No borrar de la mente a los asesinos, partiendo por Matilde, y su cuñada, Laura Reyes, y toda la Unidad Popular, parece ser el sino de estos días y estas noches.
Larga vida y eterna gratitud a estos guerreros de la luz.


 * La fotografía, es parte de las contundentes pruebas de las variantes homicidas de Matilde tratando de silenciar la voz de su esposo poeta, y por cierto la concluyente evidencia gráfica habla por sí sola.