sábado, 1 de diciembre de 2012

EL OJO DE DIOS

(Bernardo Reyes 01 dic. 2012) 

En representación de Dios, y por mero poder de su propia imaginación, el investido determina que sus malas acciones, seguidas de una solicitud de perdón consecutiva, en formato rosario, queden borradas del disco duro de su conciencia.

La mecánica del abuso sexual contra menores, que por estos días emerge como hedor de los monasterios, dignísimas construcciones, repletas de pulcritud y silencio, condiciones óptimas para la quietud de la mente, son el comienzo del fin de un proceso de decadencia, ya irreversible.

Hace pocos meses, en San Millán de la Cogolla, donde nace el idioma castellano, pude ver uno de esos recintos, esos pasillos observados por las cabezas rojas de las gardenias, de pastos comunes brotados como helechos, de enredaderas curiosas trepando por las cicatrices del cemento, solo para poder ver el cielo. Y, debo decirlo, me pareció que efectivamente algo sagrado existía en los intramuros de esa abadía. Quizás la reproducción magnificada y conceptual del hábitat de santos viviendo como ermitaños, en las cuevas de los cerros aledaños, apenas acompañados de grillos y visiones, favorecía esa sensación.

El refectorio vacío, guardando las voces de los postulantes a curas, jovencísimos muchachitos amaestrados en ver el rostro de Dios, mediante el rezo incisivo y persistente inclusive en las horas de comida, ese ojo de Dios, observando desde alguna parte todos sus movimientos, debió ser un argumento más que suficiente y persuasivo, para evitar un castigo proveniente desde lo invisible, esa noche iluminada de fantasías recreadas a partir de lo visible. En algún momento, esta hierática forma de amansamiento fundada en el miedo, debió haber fallado, y el monte brotado de sus entrepiernas, debió adquirir un protagonismo inusitado.
Al relámpago del derrame nocturno debió seguirle una reverberación de luces, desde donde debieron adivinarse cuerpos tangibles, ternuras azotando su conciencia en oleadas pecadoras, flujos y reflujos de pasión propios del florecimiento.

Quizás fue en ese momento que se perdió el rumbo al Nirvana torvo, y al extravío de la consciencia, le siguió el desvarío de la inconsciencia: la imagen del cura pedófilo manoseando niños pequeños, esa cobarde e insensata forma de manipular mediante el miedo, para desfogar el cuerpo, propugnado por la obediencia demencial a un Dios construido por bazofias morales.

Hoy resulta que lo ético brotado de esa basura, es objeto de fuero.
Es decir, vemos con claridad que el delito nace de un condicionamiento estructurado desde el buró de una entidad místico-religiosa.

 Así, el delincuente deberá responder de sus actos en forma individual, pero la estructura pedagógica que llevó a deformar la mente del principiante, queda incólume.

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