viernes, 19 de octubre de 2012

DÍAS INDOCUMENTADOS

Por Bernardo Reyes (19 octubre 2012)

 La casa de lata jamás tuvo el farol rojo acostumbrado. Ni campanillero. Ni muchachas pintarrajeadas fumando en el umbral.
Era una casa de dos pisos, de zinc, que la pátina del tiempo tiñó de ocre y gris. Por años quedó un sitio eriazo poblado de silencios después del incendio que acalló para siempre los cantos de sirenas.

Borrachos extraviados en la noche y la lluvia, solían buscar inútilmente esa bocanada de tabaco, alcohol y piano, balbuceando babosos el bolero de su furia y soledad. Luego su dueña se trasladó a dos cuadras al oriente, cerca de la casa de mis padres y los trenes.

Con ella fueron cinco “tías” en el barrio. La más notoria de todas era la Culo de Oro, magnífica en su juventud, algo excesiva con los años y la gravedad.
Todas eran casas bastante recatadas, y nadie podría haber sabido que se trataba de “casas de citas”, salvo por los automóviles estacionados a altas horas de la noche. O taxis dejando pasajeros con cierta prisa por no ser vistos.

Frente a mi casa solía estacionar su flamante Mercedes un afamado joyero, de vinoso apellido francés. Para su funeral todos coincidieron que era un buen cristiano, un “chileno bien nacido”. Gran colaborador e informante de los militares durante la dictadura, el diario local solía promover su biografía, que jamás nadie podría haber asociado a la transacción con alguna impúber muchachita asqueada de sus descoyuntados besos.
Otra “tía” fue más recatada, y no se mezcló con la trata de menores, optando por vender a sus hijas, para financiar la exitosa carrera de su hijo en la escuela militar. Después de su graduación como sádico torturador, se ganó la suficiente confianza para ocupar un alto cargo de gobierno durante la dictadura.

A veces llegaban los gitanos y las fiestas terminaban en balacera. Suelo encontrarme en Santiago con el hijo de un sobreviviente de una de ellas. Era un gigantón bondadoso, que trabajaba de portero o guardia en el cabaret del barrio. Las tranquilas orgías entonces se salían de madre, y quedaba más de alguno sin dientes ni amada. Si acaso no atravesado por una bala loca.

Entre las putas no asumidas estaba la hermosa Yeyé, experta en el idioma de señas. Cuando no hablaba con las regias sordomudas del barrio, solía acumular lechos a su catastro de goces, contraviniendo las órdenes maternas, y los rezos aprendidos en los exclusivos colegios de monjas a la que fue enviada para procurar hacer de ella toda una dama. Un día sin motivos empezó a dejarme anónimos ofensivos.
El tiempo borró estas ofensas gratuitas. También el recuerdo ominoso de sus años de decadencia, en que solía salir con otra colega, de su mismo nombre, ratear por las tiendas y a pagar sus cuentas al carpintero, con “tela” como sostenía, muerta de la risa.

Suelo volver al sur de la memoria, para ajustar cuentas con el olvido. Pero esos días indocumentados ya se fueron, cruzaron antes que yo las aguas del rio de la muerte.

(Del libro "Crónicas de la infamia", inédito.)

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