miércoles, 31 de agosto de 2011

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "ARTE DE PÁJAROS" (P. Neruda)


(Auditorio CODELCO, 30 de agosto 2011).

Por Bernardo Reyes.

Recuerdo el olor de la sangre de las aves muertas barnizando de ocre las culatas, y las plumas que se quedaban vagando entre la niebla, junto al trueno y el humo de las escopetas. Y luego el ladrido de los perros cebados con la muerte. Amaneceres ásperos, con escozor y sal de días fundacionales que aún pervivían.
De todo aquello quedó sólo el acecho. Y del acecho quedó la belleza de esos amaneceres, desde donde todo parecía emerger como de un sueño: junto a mi padre veíamos a los patos nadando en un espejo de agua, las perdices saliendo disparadas entre los trigales, las tórtolas desdibujadas entre las ramas en el otoño sombrío. Y más tarde, con el día ya despejado, las bandadas de escandalosos choroyes en camino a la cosecha de piñones en la cordillera.
Quizás por eso siempre me pareció normal que cuando el poeta llegara a la casa de mis padres, en Temuco, hiciera formalmente la petición del plato de aves del día siguiente, que discutían con mi padre y Antonio Palomo, como si se tratara de una reunión política tratando asuntos de estado.
Con Antonio aprendí tempranamente a cargar cartuchos, limpiar las armas y entrenar los perros. Pero el principal secreto me lo confesaría años más tarde, cuando ya la caza no me interesara en lo absoluto, aunque sí un deporte de moda por esos días: la sobrevivencia en medio de la dictadura.
Antonio, había llegado junto al historiador Leopoldo Castedo en el Winnipeg, rescatados como se sabe de los campos de concentración en Francia. Fueron dos muchachos que pelearon en el mismo frente contra Franco y antes de morir recibieron una pensión y un reconocimiento del gobierno español, con ceremonia real incluida.
Jorge Edwards, contaba que cuando el poeta compró la caballeriza en la Normandía francesa, después de recibir el Nobel, bautizada pomposamente como La Manquel, le decía que aquel paraje le recordaba a su Boroa, Labranza, a Puerto Saavedra, todos esos sitios donde se desata y crece su poesía, donde se plasma prácticamente la mayor influencia geográfica en todas las etapas de la lírica nerudiana. Neruda le decía a Edwards, que consideraba a esa Normandía como el magnífico coto de caza de su infancia: se juraba un cazador en potencia, aunque sin escopeta, como él mismo lo aclara en su poema “Torcaza”.
Pero me parece que fue en Puerto Saavedra y de la mano del bibliotecólogo y poeta Augusto Winter, cuando conoce en detalle la pajarería regional, siendo todavía un niño, y que no olvidaría en toda su vida. Y también fue en esos años que conoce a Rimbaud y su “Temporada en el infierno”. Esa “ardiente paciencia” que evoca en el discurso del Nobel, parafraseando a Rimbaud y que le había ayudado también a definir a su etapa en Oriente, entre 1927 – 1932, como la Soledad Luminosa.
Winter, considerado hasta hoy como el precursor de la poesía ecológica en Chile, por su memorable poema “La fuga de los cisnes”, era propietario de una fábrica de conservas de aves silvestres en Puerto Saavedra. Es decir lloraba por la fuga de los cisnes, pero él mismo disparaba contra ellos y los enlataba. No obstante, nadie podría desconocer que tuvo una influencia bastante importante en el poeta en ciernes: es en Puerto Saavedra, acunado por el canto de las gaviotas y las olas, que Neruda se mete en el alma de Rimbaud. De ahí a encontrar un cisne de cuello negro agonizando, en el aledaño lago Budi y descubrir que el cisne no canta cuando muere, había una vivencia que forzosamente debía transformarse en un acto de transmutación poética. Gabriela Mistral definiría años más tarde al poeta como “un místico de la materia”, es decir de un hombre que debe estar sensualmente vinculado al objeto, o al ser, o a la experiencia que poetiza.
Hay en torno a “Arte de pájaros” una serie de mitos, que el mismo poeta se encarga de estimular. De partida el asegura en sus memorias que le vino la tentación de escribir sobre estos pájaros de su infancia, estando en Moscú, cuando se festejaba el regreso del cielo de dos cosmonautas, y sitúa esa fecha el 7 de noviembre, cuando se conmemora la llamada Revolución de Octubre.
Bueno, todo se trató de un montaje literario, pues los cosmonautas que regresaban del cielo, lo hicieron en las naves Vostok III y IV, que regresaron el 15 de agosto de 1962, es decir casi tres meses antes. Por añadidura se conoce que el proyecto de Arte de Pájaros ya había sido hecho público el 27 de abril de 1962.
Darío Puccini, traductor al italiano y estudioso, dice que siempre en la obra nerudiana la historia y el mito se funden. Y parece ser que Arte de Pájaros, no es la excepción: por más que se estudie y reestudie, necesariamente debe concluirse que toda la primera obra de Neruda, inclusive parte de Residencia en la tierra, son proyectos de obras que van naciendo casi simultáneamente. Y segundo, y lo más importante, que siempre en su obra existe una paramnesia vinculada a los lares de infancia. Algo semejante al permanente retorno al pasado idílico, que Jorge Teillier poetizara y habitara.
Existieron por tanto una serie de dimes y diretes, de pugnas soterradas que de pronto permiten la aparición de la bellísima edición en 1966, con ilustraciones de Nemesio Antúnez, Carreño, Héctor Herrera y Mario Toral, considerada como la primera, en desmedro de la que hoy presentamos con ilustraciones de Julio Escámez que apareció en octubre de 1973, un mes después de la muerte de Neruda.
Sin embargo nada se sabe dónde fueron a parar las ilustraciones de Santos Chávez, que según lo que me aclarara el propio pintor, estaban listas para una edición que jamás se hizo. Esos grabados, ya perdidos definitivamente por estos entreveros que ya poco importan, hablan de ciertos codazos artísticos y editoriales.
Pájaros más, pájaros menos, no deja de ser simbólico estar reunidos en esta sala siendo protagonistas de un acto donde se reencuentran la mayor riqueza material de nuestro país, con un poeta de alma presente que representa quizás la mayor riqueza espiritual de este país, que es su poesía.
Es, en buenas cuentas, una especie de abrazo con efecto retroactivo del espíritu con el cuerpo de la patria. De una suerte de reconciliación entre el cuerpo enfermo, con el ánima vital de la poesía.
Porque, por algún misterio insondable, de un tiempo a esta parte, resulta claro que perdimos la brújula, y tomamos el derrotero de atribuirle una importancia inconmensurable al dios mercado, que como todos sabemos, ni siquiera se trata de un brujo de mala muerte, sino de una abstracción de la mente que omite el quid del asunto: el protagonista central de toda la aventura humana es, ha sido, y seguirá siendo el hombre.
En marzo de 1921, con 16 años, Pablo Neruda llega a Santiago a una pensión de una calle solitaria y pobre del Barrio Independencia. Maruri, la calle Maruri, es el lugar común para referirse a ese bautismo de humo y esperanza, aunque tenga tanta o más importancia su llegada a la FECH, presidida por Daniel Schweitzer, la misma que hoy, 90 años más tarde preside Camila Vallejos.
Escribe en la revista Claridad, órgano oficial de la FECH y se incorpora como uno más al proyecto de soñar un mundo mejor.
Traía en su equipaje pocas cosas. Entre ellas, algunos borradores de algunos poemarios que nunca se editaron, pero que ya contenían las ideas centrales de lo que serían sus grandes obras que revolucionarían la poesía en castellano del siglo XX.
También especies no declaradas, que jamás despertaron sospechas en la aduana del esnobismo: barbitruquis, humarantes, quebrantalunas, octubrinas, y el siempre reincidente tontivuelo, que en Chile se reproduce tan porfiadamente. Con estas aves míticas y reales relacionadas estrechamente a la cosmovisión mapuche, que siguen aleteando en la vida y en los sueños, quizás sea posible aún soñar con esas espléndidas ciudades de Rimbaud, que el poeta soñara siendo un niño, cuando veraneaba con sus hermanos Rodolfo –mi abuelo-, y Laura –mi tía-, frente a las indomables olas del océano Pacífico.