viernes, 29 de abril de 2011

Por Bernardo Reyes (29 ab. 2011)

A la hora de la muerte escucharás olas, alas, vuelos.
Guiños leves.
Jilgueros que te mirarán sin tu saberlo.

Serán brisas inexplicables.
Sueños absurdos.

Y menos que eso.
Será el perpetuo retorno
del grano de arena al lecho del mar.

Y yo me pregunto,
qué haremos con nuestros capricornios y nuestras cruces.
Con nuestros relámpagos
iluminando la caverna penetrada del ser.

Hay kibaliones solemnes,
muchacha obstinada.
Y con su ceño adusto solo te pueden decir
que tras la noche
el sol hace cantar las aves.