lunes, 4 de abril de 2011

EL VALS DE VADINHO


Por Bernardo Reyes (4.ab.2011)

Todo era una fantasía, una manida impostación. Ella no se llamaba Florípides, ni su esposo Teodoro, ni su amante Vadinho (1) . Eran simplemente los personajes de la novela de Jorge Amado que le servían para recrear su propia vida por el asombroso parecido con la ficción.
Colmada de bienes, madre y esposa ejemplar, llegó un momento en que las fisuras de la nave de su existencia dejaron filtrar aguas en la línea de flotación: los negocios, los hijos, toda su relación conyugal terminó convirtiéndose en una fastidiosa inundación.
Y así, con la sentina de su ser inundada, refugiada del naufragio en un recodo de sí misma, se convirtió pues en el personaje que otros querían que representara: la máscara de su risa perenne de dama positiva, reina indiscutible de su cocina, era su mejor papel.

Al comienzo fue como un murmurio soterrado. Algo, alguien, que de alguna forma hurgaba en su horcajadura y en sus sueños, para dejarla lúbrica e insomne vagando por las noches.
De ahí a la pena y la culpabilidad, había un paso: harta ya de sus desvaríos, ella fue la que pidió que Vadinho se fuera.
O al menos esa era la escena que ella soñaba con frecuencia: la de Vadinho saliendo de su vida con el gastado equipaje de sus furias, o que, de tanto soñarla, terminó convirtiéndose en realidad.
Como fuera se trató de un duelo, solo interrumpido por la presencia de ese ectoplasma real o imaginado que se manifestaba cuando menos lo esperaba.

Se habían conocido siendo ella una adolescente. Ella provenía de uno de los tantos burdeles que crecen alrededor de las estaciones de ferrocarriles en algún pueblo del sur de Chile. El poeta y bolerista al comienzo la miró solo como una niña. Pero un día cualquiera consumaron su amor, luego de caminar hacia el norte del pueblo, hasta una arboleda de boldos conocida por todos, y que terminó, por el uso, transformándose en un moderno motel al borde de la carretera.
Fueron felices por años. El escribía sus canciones mientras ella pintaba sus cuadros naif acunados por una lluvia sin reposo. Pero la trasgresión, el desborde, la pasión llevada a límites intolerables, terminaron por colapsar el precario equilibrio de la relación, que dejó en ella como exclusivo sedimento, esa peculiar expresión amatoria de Vadinho que tanto gozo le causaba.

Poco tiempo bastó para que encontrara un marido de verdad, un hombre de bien, que había acumulado una pequeña fortuna especulando en la bolsa. Con Teodoro pudo tener los hijos que siempre anheló, una vida de buen pasar, parcela de agrado y el inevitable viaje a París, que completó la postal de su alma de hada en desmadre, superada en creces a lo que en sus mejores momentos de fantasía pudo concebir.

En una carta a Teodoro, obtusa y predecible, Florípides trató de explicar lo inexplicable, atribuyéndole a su calentura razones esotéricas, y que, debido a ello, le había sido infiel con un antiguo amigo de juventud, de aspecto ratonil.
Luego con una exuberante hipocresía manifestó que Teodoro llamaba a fuerzas incognoscibles para que llegaran las cosas malas a su vida.
Y, como si fuera poco, de que todo obedecía a ciertas condiciones de llamado mental, del muchacho, cuya principal gracia además de ser fumador como murciélago, era contar chistes fomes y relatos obvios.
La ganga que representaba un polvo con esa mujer amargada, que le recordaba con cierta vaguedad a la muchacha que fue, le costó apenas una cena, y un buen hotel para disfrazar sus carencias.
Pero lo que no le dijo a Teodoro, y que era el quid del asunto, fue que nunca había sido tan feliz como con Vadinho, el poeta beodo y apasionado, con el que había vivido antes. Que moría de ganas porque volviera a su vida.

Teodoro, completamente desencajado, palideció al leer las palabras de su perpetua ama de llaves convertida en persona con proyectos y deseos carnales.

Se volvieron a ver las caras en un día esplendente, mientras cantaban con el viento los álamos temblones.
- ¿Por qué?- Le preguntó Teodoro lloroso, mientras las bandurrias parecían ingrávidas en el cielo y los choroyes llenaban de algarabía el potrero vacío.
-Jamás me gustó llevar una vida doble pero tu me empujaste a que te fuera infiel- admitió Florípides, con cierta fastidiosa hipocresía.

Besándose largamente, reconciliados luego de los juramentos de rigor de enmendar errores mutuos, sintió que nuevamente recuperaba al amor de su vida, ese hombre bueno y trabajador, sin ningún vicio, que ahora la despojaba de su ropa como si fuera un adolescente.

Teodoro ya avanzaba a paso firme a sus setenta años, y su tradicional vigor iba transformando su intimidad en mecánicos actos flash.

Me voy, me voy, solía musitar Florípides, sin que Teodoro ni siquiera adivinara que en esas ocasiones su mujer viajaba hacia esos fragantes boldos de una lejana primavera, para sentir las olas de un vals marino y aéreo, que penetraba y despenetraba su corazón y su cuerpo.
-Si no saben volar, pierden el tiempo …(2)- le había advertido Vadinho.

1 referido a "Doña Flor y sus dos maridos", novela de J. Amado (Ed. 1966)
2 Oliverio Girondo, de "El espantapájaros"

*Foto tomada de internet, al parecer de uso libre. Se ruega avisar si existe titularidad de ella para retirarla.