jueves, 10 de marzo de 2011

NERUDA, UN RETRATO DE FAMILIA

Por Bernardo Reyes (10 marzo 2011)
El 27 de marzo de 1892, el periódico temuquense “La Igualdad”, publicó in extenso el “Acta de la sesión inaugural de 10 de noviembre 1891” del municipio de la ciudad.

Uno de los firmantes fue don Carlos Mason, cuarto regidor, democráticamente electo. Debe haberse tratado del segundo cuerpo edilicio, ya que la ciudad de Temuco recién se había fundado como un fuerte en 1881, y el último asalto de los mapuches a la ciudad se había registrado en noviembre de 1883. Es decir, Mason debe haber llegado a Temuco junto al primer grupo de colonos, antes que el primer tren hiciera su entrada triunfal el Año Nuevo de 1893, concitando la atención de unas cinco mil personas, mas de la mitad de la población.
Para comprender la biografía de infancia y juventud de Pablo Neruda, resulta imprescindible entender con meridiana claridad estos hitos fundacionales, el daguerrotipo de estos personajes secundarios, ocultos tras el mito, ya que la relación de estos primeros colonos, con la formación del poeta en cierne, tiene una incidencia definitoria.
Apenas tres años después de esa publicación periodística, en 1895, nace en Temuco, Rodolfo Reyes Candia, mi abuelo, hijo de José del Carmen Reyes Morales y de doña Trinidad Candia Marverde, a la sazón cuñada de Carlos Mason, y cohabitante del mismo hogar.
Con este dato podemos establecer fehacientemente que don José del Carmen, viajó tempranamente a Temuco por invitación de su amigo Carlos Mason, a cerciorarse de que era verdad que en el sur, luego de la derrota militar inflingida a los mapuches, se estaban fundando ciudades, un mundo mejor, lleno de prosperidad, anunciado con algarabía por las bocinas y campanas ferroviarias, que ahuyentaban pájaros silvestres, tanto como personas, mapuches heridos en el alma y en el cuerpo luego de la ocupación militar.
Naturalmente el nacimiento de mi abuelo significó una grave afrenta en la familia de Carlos Mason. Él, junto a Micaela Candia, y otros miembros familiares, determinaron que el hijo de Trinidad debía criarse, de acuerdo a la usanza de aquellos años, lejos de Temuco. El lugar escogido fue el caserío de Coipúe, en la ribera del río Toltén.
Es a ese ambiente al que Neruda llega, en 1906, dos años después de su nacimiento en Parral, luego de la muerte de su madre, doña Rosa Neftalí Basoalto Opazo. Y es a ese mismo hogar, al que llega a vivir su hermana Laura Reyes Candia que nace en 1907, hija de José del Carmen Reyes y Aurelia Tolrá.
La unión de Trinidad Candia Marverde y don José del Carmen Reyes Morales, estuvo rodeada de todos los accidentes emocionales imaginables, inclusive de violencia intrafamiliar, pero aunque la transgresión al orden hubiera sido una constante fundacional, tuvo la necesaria cohesión para permitir que el niño diera rienda suelta a su creatividad.
Como si todo no fuera suficientemente confuso, antes de Rodolfo existió otro “hijo natural” de Trinidad Candia y Rudecindo Ortega, este último, un joven trabajador, amigo de Mason desde los días en que viviera en Parral. Ortega, había sido invitado a ser su colaborador cercano, en la época que Mason exploraba en distintas iniciativas, que iban desde una incipiente panadería hasta un molino, pasando por un precario almacén, que desde entonces se llamó “La llave”, y terminó transformándose en su brazo derecho, y en su concuñado por accidente.
El hijo – Orlando Mason Candia- adoptó los apellidos de sus padres adoptivos, es decir de Carlos Mason y Micaela Candia, y terminó siendo el fundador del diario “La Mañana”, uno de los primeros diarios de Temuco.
Este periodista y poeta, fue en realidad hermanastro de mi abuelo por parte de madre, cuestión reafirmada por su gran parecido físico. Y por otro lado, hermanastro político de Neruda.
Mason Candia no solo se transformó en el más importante mentor de Neruda, publicando los primeros textos de Neruda en el diario “La Mañana”, sino también representó el arquetipo poético del niño aspirante a poeta.
Sabido era en la familia que el declamador oficial en las reuniones sociales era Orlando Mason, en las ocasiones que los Reyes, los Candia, los Mason, y los Ortega, eran una sola gran familia asentada frente a la estación de ferrocarriles de Temuco, con casas cuyos patios se interconectaban.
El niño, admiraba a su “tío”, que en estricto rigor era tan hermano suyo como Rodolfo, y va forjando la idea de ser también un poeta, un declamador capaz de disfrazarse de mendigo, y desgarrar sus disfraces en cada representación teatral y poética.
La postal que imagino de esos días, mirando en el espejo de la memoria, se construye en un patio en donde nos criamos, dos generaciones después: una fragancia de lilas inundando los rincones; un fastidioso perro negro mostrándonos los colmillos, quizás nieto de otro perro negro, enterrado junto a esas lilas moradas y blancas; un parrón donde la familia se siguió juntando los días domingos para el asado y el vino ritual.
Solía el poeta regresar al sur en cada regreso al país. Así nos relacionamos con él. Yo lo conocí cuando su esposa era Matilde Urrutia, pero hasta no hace mucho algunos parientes lo recordaban con nitidez junto a Delia del Carril. Los que ya se fueron inclusive lo recordaban junto a su primera esposa, María Antonia Hagenaar, cuando en 1933, regresó desde la isla de Java con el poeta.
Existe más de alguna película donde aparecen algunos de mis hermanos de la mano del tío, recorriendo las calles y la vieja y pobre casa de infancia, en esos días temucanos en que era asediado con ferocidad por la prensa y esas enormes máquinas filmadoras.
Dentro de los hornos de la panadería de mi padre, la policía anduvo buscando al poeta fugitivo cuando en 1948 huyera hacia la Argentina, perseguido por todo el país por orden de Gabriel González Videla. La casa permaneció por meses vigilada.
Los nuestros -los míos-, estuvieron en la hora primera, cuando se bebía agua de los ríos, antes que los contaminara la usura, y los bosques que rodeaban la ciudad eran los parajes naturales para que anidaran pájaros y poemas. Todo era precario, inaugural. Todo era áspero y ausente. Pero desde esas soledades, desde esa familia el poeta recibió las herramientas básicas para el sostenimiento de la emoción, muchas veces refugiado en la modesta casa de calle Lautaro Nº 1436, a metros de la estación de ferrocarriles, que después fuera de mi abuela paterna, y a la que finalmente puede uno regresar, cuando lo desee, al país de la memoria, utilizando para ello los intactos rieles de la poesía.

* Fotografía archivo Bernardo Reyes © Todos los derechos reservados. Tomada en la casa paterna, Temuco 26 de abril de 1932, calle Lautaro 1436.

* El presente artículo añade datos complementarios a mi ensayo "Retrato de familia, Neruda 1904-1920)" que se incorporarán en las impresiones sucesivas.

* Publicado en "Personario", de Gunther Castanedo Pfeiffer, Ed. Siníndice, España. 2011.