viernes, 11 de febrero de 2011

CARTA A LA LUNA


Por Bernardo Reyes (11 febrero 2011).

Estimada amiga:

Agradezco el envío de su última encomienda, que los efesios, imprudentemente, dejaron en la playa de su Mar de la Ausencia, zona que, dicho sea de paso, confunde hasta a selenitas experimentados en espejismos.
Por cierto, no sabe cómo valoro el que usted tempranamente me hubiera hecho notar la diferencia entre ausencia y soledad.

No sé si usted lo recuerda, pero fue justamente por soledad que llegué a conocerla, digamos más íntimamente: yo me asomaba por la ventana de mi casa sureña, y me acostumbré a verla desnudarse, mientras su imagen era apenas ensombrecida por un velo de lluvia.

Disculpe que se lo diga: no creo que exista en su vida un amante más intenso y más voyeurista que yo.
Al menos es la certeza que quisiera fundar en estas palabras, partiendo por disponer una baraja de incertezas sobre la mesa de esta aurora recién nacida.
Quiero que nos echemos una mano y nos tomemos unos tragos por los buenos tiempos, cuando nos veíamos a diario, cuando no existían palabras entre nosotros, sino el presagio y el asombro apenas, como una filosofía de la sobrevivencia.

Me parece, por tanto, propicia la ocasión para hacerle notar que de un tiempo a esta parte, entre usted y yo se han interpuesto sombras absurdas e indeseadas: el cielo envenenado por la avaricia; la sobre erotización de las miradas; los corazones agitados por la competencia, han favorecido que mi vista, ya bastante deteriorada, me dificulte verla plena, llena, omnipresente.

Y ni pensar en rememorar esos días de encuentros clandestinos, en pueblos que nacían alrededor de los aserraderos, y a los que uno llegaba por los senderos del sueño o de los anhelos, para construir espacios mas humanos partiendo de cero.
Con usted ni siquiera podría hablar de romance a estas alturas. Menos de amistad con ventaja ni nada que le parezca.
Nada me apenaría más que hacerla ofuscar por andar por ahí contando intimidades, como suelen hacerlo sus tantísimos amantes de este lado del mundo y del otro. Por que es claro que a usted se le llega a amar de manera sobrehumana: luego que los cuerpos se diluyen en el pantano negro de la Odiosa, y el agua regresa al mar, las salamandras de la pasión espantan las luciérnagas, y los espíritus del fuego se inflaman erotizados.

Todo este tiempo me lo he pasado en labores fútiles, como esperar a que llueva café en el campo o creer que habitando el tinglado de tangos y boleros, digamos el navío de sentina perforada de la nostalgia, puede retornarse a lo que ya no pudo ser.

Y es por eso que quisiera establecer como cuestión central que fuera de otros factores externos, gran parte de las distancias entre usted y yo se deben justamente a su incapacidad para ser fiel.
Nunca usted me ha sido fiel, ni jamás me será fiel.

Naturalmente esta actitud licenciosa suya, no es algo que me competa. Cada cual es dueño de su cuerpo y puede hacer lo que le plazca con el suyo (mi sabia y áspera abuela lo decía mas claro: nadie es dueño del culo de nadie).
Por lo demás estas palabras no tratan de establecer un juicio de valores.
Si usted mira este nudo ciego en mi corazón, si usted me nota sin esperanzas y agobiado por los años, es en gran medida porque usted me hizo ver que el amor, el verdadero amor, no es algo que tenga que ver con las fidelidades sino con las afinidades.

No voy a cuestionar este asunto: sé que las afinidades no son cosa humana,
y nada tienen que ver con lo que se diga o deje de decir, ni con odiar o dejar de odiar.
Ni con los egos. Ni con la esperanza de días mejores.

Las afinidades nada tienen que ver con la voluntad humana, por la sencilla razón que su naturaleza no es humana, y eso me queda claro: el mundo en que vivimos y respiramos se formó casi completamente de partículas llegadas de otros planetas.

De manera que cada uno de los átomos que forman su cuerpo y el mío, son celestiales. Somos seres celestiales, no obstante nuestros miedos, odios o esperanzas.
Haga lo que usted o yo hagamos, esta afinidad seguirá existiendo. Y usted me seguirá atrayendo, tanto como yo la atraigo, y si me permite decir, la seduzco.

Y es esta afinidad que hace vibrar al unísono la composición química y electromagnética de su ser y el mío, que no tiene que ver con nosotros, la que seguirá existiendo aunque no tengamos ni siquiera rostros para reconocernos.

Los ritos del enamoramiento, una vez completados cabalmente, provocan una engañosa suerte de irrealidad, en donde uno suele considerar al ser amado, como el objeto amado, como su particular propiedad privada.

Esta cadena de obsesiones, este miedo a perderla como amiga entrañable, que es capaz de hablarme desde la polifonía de voces que provienen del silencio, hacen que no la vea, ni la escuche como merece. Y que me olvide que todas las certezas se construyen de las incertidumbres.
Y es por eso, que todas las incertidumbres de su vida y de la mía llegué a tener la certeza de que esto es único, enorme, y bello.

Amiga, me despido afectuosamente de usted, con este rosario, con este collar de cuentas budista, con que suelo rezar, más bien repetir, una especie de anestesia construida con una suerte de difusos verboides intemporales, y que define mi limitada arquitectura humana, frente al romance permanente con su persona.
Y al entenderlo yo mismo, procurar que estas palabras trasciendan a usted y a mí .

Con afecto le abraza su amigo y amante de siempre.