CAMILA

Author: Bernardo Reyes /


Por Bernardo Reyes (12 ago. 2011)

Dormir en la calle. Eso fue lo que hizo esa noche arropando su corazón con las piltrafas de ternura que le quedaban. Y lentamente, como tantos días anteriores, comenzó a dormirse acunado por el recuerdo de días felices.
Es ahora, es hoy, se dijo, habitando una sensación de tener todas utopías de su vida al alcance de la mano.
Y fue en ese sueño, en que olvidándose que todo estaba perdido, cuando se vio nuevamente joven, desfilando junto a miles, al lado de Camila, la muchacha a la que nunca tuvo el valor de invitar a salir.

Y dijo –se dijo- que hoy sí que le hablaría, y tendrían su primera cita, y caminarían por el parque, y le diría Camila tuve tanto miedo que no llegaras, y se besarían como nunca en una banca escondida detrás de un quillay.
Camila era bella, deslumbrante, pero sobre todo era aguerrida, sin jamás ser avasalladora. Por eso fue que se transformó en líder. Era una líder natural e intuitiva, con dotes de consenso que jamás se confundían con obsecuencia.
Por eso fue que a el, mediocre estudiante de ingeniería, le parecía tan lejana e inalcanzable.
Camila, compañera Camila, le decían, ahí te espera la prensa, y ella avanzaba como una actriz entre los flashes y las cámaras, como si estuviera en una pasarela.

Cómo te llamas, alcanzó a escuchar que le dijo. Era una voz dulce de muchacha –su muchacha- que en medio de la marcha de doscientos mil estudiantes surgió por unos segundos volviendo su vista. Fue entonces que vio la intensidad de sus ojos verdes apenas lo justo antes de que ella se perdiera entre la multitud, segundos antes de sentirse como un insecto.

Lo mismo le pareció escuchar al amanecer de ese invierno feroz, en que no solo era el frío lo que despertaba a la persona, sino también la resaca ácida de las bombas lacrimógenas, que quedaba impregnada en las calles y los árboles de esa plaza donde hubiera amado a la muchacha de boina.

Después nunca volvió a saber de ella. Parece que se la hubiera tragado el smog y la niebla de otros inviernos. Tampoco le interesó saber ya mas nada.
Se había ido quedando solo entre los solos en una ciudad imaginaria a la que regresaba, imaginando aquellas marchas del pueblo sublevado, cuando realmente pareció que era posible cambiarlo todo.
Cambiarlo todo. Sí. Cambiarlo todo siempre había sido su sueño imposible.