viernes, 13 de mayo de 2011

EL "ASESINATO" DE NERUDA I


Por Bernardo Reyes (13 mayo 2011)

Ese día el poeta no habló con palabras mariposas, posándose cursis sobre el esqueleto de la fragancia evocada de una amante inconclusa.
Por el contrario, como todo estaba inundado de presagios, el fango lúbrico del miedo extendido por las horas, hacía que solo estuviese atento a no caerse.
El escarnio militar por la eventual caída, el miedo a la caída, y la caída misma a un abismo insondable, eran motivos suficientes para centrarse en el paso a paso por el sendero escabroso.

Se trataba de pasos de luz en el callejón prohibido y oscuro, en donde reluce una daga homicida entre la luz y el desvarío del aire, que abandona definitivamente al ser.
Luego, como dice Borges, una mitología de puñales se anula en el olvido, y el frescor de nuevos días, y primaveras recién nacidas, hacen que la muerte y su mal sueño sean ropas viejas, secadas con la brisa salada del litoral.

Y vino la reencarnación: un pobre peuco casual posado en el techo de La Chascona, animado al banquete de ratas sin guarida de la casa saqueada por los militares, fue el llamado para habitar la broma del poeta que estableció su retorno a la carne en la figura de un águila. Pero a falta de águilas, buenos son los peucos. Y hoy, entusiastas guías turísticos, de la ahora Casa-Museo, repiten y repiten el chiste como máxima poética del poeta reencarnado.

Pero antes de eso apareció un vitalicio entre los vitalicios, a representar en la Tierra al poeta, un hombrón que era la imagen rediviva de Michimalonco. Un cacique hecho y derecho, a no ser por su desprecio a los mapuches vecinos de su fundo, a quienes les aplicó la ley antiterrorista creada por Pinochet por un lío menor, en donde salió chamuscada una pequeña casa de su propiedad.

No era un amigo del poeta. Nunca lo fue. Pero sí era un hombre con conocidos en las esferas fascistas, apropiado por tanto para revertir la confiscación de Pinochet de la casa de Isla Negra, donada al Partido Comunista, el que gentilmente, y por un precio de liquidación, aceptó el pago indemnizatorio del gobierno democrático.

Y así, por arte de birlibirloque, un jurisconsulto que aún por estos días se devana los sesos tratando de entender los mensajes más crípticos del poeta, rige los destinos del legado material y poético de Neruda. Apoyado naturalmente por una comparsa representativa del mundo cultural.

Muy luego, por tanto, se olvidó el incendio y saqueo de La Chascona, el allanamiento a la casa de Isla Negra, y el saqueo y destrucción de La Sebastiana. En reemplazo del olvido, un remedo reivindicatorio, una simulación pedestre y soez de la cultura entretenida se materializó para centrarse casi en forma exclusiva en la administración de las casas museos.

Hubo un sueño llamado Cantalao, que jamás pudo ser entendido por exégetas de nuevo cuño, que celebrando sus propios gases dictaminaron que el tiempo de Neruda ya se había terminado. Y luego del anuncio, cantinfleando con sus dotes de inversionistas con visiones índigo, entre otras gracias invirtieron en una de las decenas de empresas de un multimillonario con serios cuestionamientos en violación a los derechos humanos.
El vitalicio antes mencionado, bastante mosqueado por esta asociación, nos dio algunas clases a nosotros los pobretones, que no sabemos de inversiones: siendo cosas del mercado, y no de ética, el dinero ingresado a la fortuna de Neruda por la poesía, justificaba cualquier falta de decoro en dónde invertir.

Hubo muchos que en la repartija de las migajas poéticas y reconocimiento social, se sintieron menoscabados.
Algunos habían sido los que estando en la calle, le vieron pasar, y se declararon sus cercanos.
Otros, fastidiosos y despreciados por el poeta, estudiosos de su poesía, post mortem cambiaron su relación con la simple inflexión de llamarlo Pablo a secas. Otros en cambio optaron por teorías conspirativas rebuscadas, mezclando con energía la argamasa de lo onírico, con una pizca de realidad, y doble dosis de imágenes televisivas, para el esplendor y gloria de una supuesta verdad.

Había una vez, un país llamado Chile, dolido hasta la médula por la masacre y la locura. Un poeta murió de pena cuando vio a su país moribundo.
Pero lo curioso fue que el cuerpo del delito jamás se encontró, porque los asesinos jamás supieron que cuando asesinaban sombras, lo que hacían era multiplicar la luz.

*Este tema termina desarrollándose en su 2ª parte. Pinchar aquí.

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