martes, 31 de mayo de 2011

EL "ASESINATO" DE NERUDA II

Por Bernardo Reyes (31 mayo 2011)


-¿Quieres conocer la tumba de tu tío?- me preguntó Matilde esa mañana gris de abril de 1977. Con el resto de la familia rodeábamos el féretro de mi tía Laura Reyes, antes de que su cuerpo fuera cremado.
Su ancha sonrisa se había abierto cuando me vio. No nos encontrábamos desde 1970, para la campaña de Salvador Allende, en esos viajes al sur cuando el poeta pernoctaba en casa de mis padres, y partía a ver la “casa vieja”, la de mis bisabuelos donde pasó su infancia y adolescencia, aledaña a la nuestra.

Recuerdo que Roberto Parada, el actor, recitó de memoria con su voz gigante frente a la urna el poema “Hoy que es el cumpleaños de mi hermana”, escrito en 1923 mientras el poeta transmutaba los miserables crepúsculos de calle Maruri, en Santiago, en poesía. Tenía apenas 19 años, y su hermana Laura, 16 años.

Siempre los hermanos permanecieron cerca. Mucho más cerca de lo que cualquiera de los estudiosos podría imaginar, convicción que últimamente he reafirmado gracias a la generosidad del poeta y bibliófilo César Soto, el que al comenzar este otoño, me abrió su archivo nerudiano que contiene piezas de un valor incalculable. Por decir algo, los manuscritos del Canto General, en que por diversos motivos aparece la sombra de Laura -hada familiar para la familia-, que anotaba al margen algún detalle que su hermano olvidaba. No eran anotaciones literarias, sino domésticas, que nos muestran una y otra vez que participaba activamente en los diversos procesos creativos, en distintas épocas de la vida de su hermano.

En los primeros años, por ejemplo, fue ella la que rescató del fuego los manuscritos de los primeros poemas que en un ataque de furia mi bisabuelo había intentado quemar. Gracias a ellos pudo completarse después Crepusculario.

Entre Matilde y Laura siempre existió una pugna soterrada, que por lo demás carecía de importancia, pero que de vez en cuando las hacía asomar garras: pequeñas tormentas pasajeras, que finalizaban en un arquear las cejas, suspirar hondo, y seguirse aguantando.
La cosa era más seria y más críptica para entender, en la relación de Matilde con el Partido Comunista. Matilde no era santo de las devociones del partido, pese a que ella durante la dictadura pagaba sueldos políticos con sus propios recursos.
La historia se remontaba al tiempo de la separación de Pablo de Delia, la militante disciplinada, la brillante intelectual, la que era capaz de sugerencias poéticas explícitas, que muchas veces el poeta consideraba.
Delia sí era querida por la familia y el partido. A Matilde, en cambio, se le caricaturizaba como una policía que se ganó la animadversión de los escritores, militantes y familiares, estableciendo una especie de cerco blindado para que el poeta, asediado por la prensa y admiradores, pudiera crear.

Cuando ya el eco del homenaje a Laura había escapado del cementerio, fuimos con Matilde y mi esposa al precario nicho 33, del Módulo México.
Frente a estos nichos, por ese entonces, estaban cientos de cruces marcando las tumbas siniestras de detenidos desaparecidos.

Desde ese momento, y hasta su muerte en 1985, acompañé a Matilde cada 23 de septiembre, para recordar la partida del poeta, que fueron actos de resistencia a la dictadura, casi siempre reprimidos con brutalidad.
Generalmente yo regresaba primero a La Chascona, y esperaba la llegada de Matilde, que tenía que ir a rescatar de las comisarías a muchachas y muchachos, tratados con salvajismo. Muchas veces tenía que lidiar con los padres de alguna jovencita arrastrada del pelo dentro de los buses, quienes naturalmente la culpaban a ella de la vejación.
Muchas veces, el descontrol represivo de carabineros llegaba a tal nivel, que frente a la tumba del poeta se apostaban buses, vehículos particulares, soplones con caracterizaciones ridículas, dirigidos por altos oficiales que recibían órdenes directamente de La Moneda para la opción de apalearnos o tomarnos detenidos.

Recuerdo la humillación que significaba poder llegar con mi estrujado ramo de claveles rojos frente a la tumba, aún somnoliento de mi viaje desde Temuco. Era detenido una y otra vez, obligado a mostrar mi cédula de identidad, y a explicar reiteradamente que venía a recordar la muerte del pariente a un rufián vestido de verde, que apuntaba su ametralladora directo a mi cuerpo.
Muchas veces fui protagonista de esta estupidez surrealista de ver a estos carabineros apuntando con ametralladoras a la tumba del poeta y al grupo que acompañábamos a la viuda.

Después de esas ocasiones, solíamos conversar con Matilde horas, hasta avanzada la noche, o hasta la madrugada. Escuché en esas ocasiones la versión oral de sus memorias “Mi vida junto a Pablo Neruda”, varios años antes de haber sido escritas y recién publicadas un año después de su muerte.

De manera que en relación a la muerte de Neruda tengo una visión muy cercana de dos protagonistas directos y antagónicos, testigos de lo sucedido en la vida y en las últimas horas.
Laura después de la muerte de su hermano llegó a vivir con nosotros en Temuco, y pudo trasmitirme a su vez, los dramáticos sucesos previos a la muerte, y otros con los que pude mostrar y acercarme a una biografía desconocida del poeta, que hoy forma parte de todos los estudios biográficos que existen.

Y es quizás por eso que puedo dar testimonio de la gratitud de Matilde con el embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá que fuera uno de los primeros en llegar a la clínica Santa María proponiéndole sacar del país al poeta, ese miércoles 19 de septiembre.
Luego regresa el día jueves 20, según señala Matilde en sus memorias.
Es recién por entrevista realizada por el periódico “La Jornada”, de México, el sábado 28 de mayo del 2011, que me entero que habían coordinado la salida del país para el sábado 22 de septiembre, dato que Matilde no había incorporado con claridad en sus memorias.

Este dato, personalmente me permitió revisar mis propios apuntes para verificar el error de situar la fecha detención de su chofer, don Manuel Araya, días antes y no el sábado 22 de septiembre, un día antes del deceso de Neruda.

Y es aquí donde hay que detenerse y caminar con cuidado, paso a paso, para ver los hechos desnudos y ver cómo es que nace y se arma esta gigantesca teoría conspirativa creada por Araya a partir de una simple elucubración de quien ni siquiera estuvo al lado del poeta esas últimas horas, ya que se encontraba detenido en el Estadio Nacional, luego de una detención brutal y vejatoria el día sábado 22 de septiembre:

1.- Es la propia Matilde la que sostiene que Neruda se encontraba en un estado febril ese día sábado 22 de septiembre, pero que su estado no era grave. Prueba de esto es que ella viaja a Isla Negra a buscar algunas cosas indispensables para el viaje a México. Estando en Isla Negra, recibe una llamada de Neruda, muy angustiado, que según palabras de Matilde terminan con la frase “no puedo hablar más”.
Pero quien hizo la llamada fue Neruda, y quien recibió esa llamada fue Matilde. De manera que es imposible que Araya hubiera podido saber qué palabras cruzaron los esposos.

2.- Gonzalo Martínez Corbalá, asegura en la entrevista mencionada, que él llegó a la clínica Santa María como a las 11 de la mañana de ese sábado, y que habían concordado con el poeta que la salida quedaría postergada para el lunes 24 de septiembre. Así debe haber sido, sin duda alguna. Y eso es prueba adicional de que Matilde podía viajar a Isla Negra a recoger algunas cosas para el viaje, ya que el poeta se encontraba en buenas condiciones.
Cuando hablamos de buenas condiciones, nos estamos refiriendo a un hombre enfermo de cáncer, que tiene frecuentes ciclos de fiebre, y que está internado en una clínica justamente porque su estado de salud es delicado.

3.- Matilde regresa de Isla Negra y encuentra a su esposo agitado. Junto a el estaba Laura Reyes, su hermana. Es posible que también estuviera Teresa Hamel.
Pero ni Matilde ni Laura fueron capaces de reproducir cabalmente lo sucedido, salvo decir que todo tenía relación con noticias terribles, que el poeta había recibido ese día sábado 22 de septiembre. Muertes, los detalles escabrosos de la tortura de Víctor Jara, y quién sabe qué otros relatos.
No hay que olvidar en este momento, que ese sábado el poeta se encontraba en buen estado, consciente. Que a las 11 de la mañana había conversado con el embajador de México, y que por tanto era un día apropiado para recibir visitas que fue lo que efectivamente ocurrió.
Nunca tuve el tino de haber preguntado quiénes fueron a visitarlo ese día sábado, que hubieran permitido determinar qué amigos fueron los portadores de las malas nuevas, en que seguramente también deben haberle comunicado del saqueo y destrucción de La Chascona, ubicada a pocas cuadras de la clínica.

4.- El relato pormenorizado de esas horas dramáticas del día sábado, Matilde los registró en sus memorias. Y es por ese relato que podemos establecer que al ingresar a esa habitación Matilde queda sola tratando de calmarlo de esa agitación, en que una y otra vez él se refiere a la masacre desatada. Esta agitación hace crisis alrededor de las cuatro o cinco de la tarde, Neruda con los ojos desorbitados, completamente afiebrado, saca fuerzas para desgarrarse el pijamas, exclamando: “¡Los están fusilando! ¡Los están fusilando!”. Matilde desesperadamente llama a la enfermera, quien le pone una inyección para sedarlo, seguramente prescrita por su médico.
El toque de queda era a las seis de la tarde. Laura se retiró a su domicilio.

5.- Yo mismo he sostenido que esos 4 días del poeta en la clínica fueron de estar sumido en un sueño profundo, lo que puede inducir a error. Se trataba de un estado febril, cíclico, que a ratos permitía ver al enfermo lleno de energía, pletórico casi y a ratos, en un estado calamitoso. Lo que en la jerga sureña se le denomina “la mejoría de la muerte”, esa última tentación de la carne por quedarse indefinidamente viva, en pugna con el inevitable llamado oceánico de la inmensidad.

6.- Es recién el día domingo 23 de septiembre, por la tarde, que Matilde comienza a inquietarse porque su chofer no ha regresado. Y no podía haber regresado pues ese sábado, mientras se dirigía a guardar el automóvil, había sido detenido. Matilde no supo de inmediato que don Manuel Araya había sido detenido, y enviado al Estadio Nacional luego de ser torturado. Todos estos relatos fueron reafirmados una y otra vez por Laura Reyes. Es esta última la que cuenta que el día siguiente ella llegó a la clínica por la mañana, y su hermano permaneció durmiendo todo el día.
Y añadió un detalle: a las 22,30 hrs. antes de fallecer, su hermano había murmurado “me voy”. Distinta opinión tenía Matilde, quien también estaba en esa habitación, y que solo alcanzó a ver el temblor del cuerpo agitando su cara y su cabeza. Teresa Hamel cada vez que conversé con ella, tenía bloqueados los recuerdos precisos.

7.- Don Manuel Araya ha sostenido una teoría tan tremendamente incongruente que parece increíble que el partido comunista la hubiera considerado en serio como para fundar la necesidad de una investigación por presunto asesinato.
En primer lugar habría que pensar por qué razón el propio partido ignoró la opinión de quien fuera un militante de su propio partido en un tema tan grave e importante. Pero no solo eso: también lo ignoraron sistemáticamente todos los periódicos del mundo, todas las radios del mundo, todas las personas vinculadas a los derechos humanos. Y no solo eso, sino que transcurrieron 38 años, en que tuvimos cuatro gobiernos de la concertación, que bien podrían haberlo escuchado.
¿Estamos entonces ante la presencia de una gigantesca conspiración que solo puede ser resuelta por la “opinión” de alguien que ni siquiera estuvo junto al poeta las últimas horas?

Dispongo del testimonio de otro chofer, que ha pedido reserva de su nombre por el momento, y que tuvo la misión de ir a buscarlo al aeropuerto al regreso de París el 21 de noviembre de 1972, y permanece al lado del poeta parte del año 73. Esto le da un margen de participación a don Manuel Araya de escasos meses, en que por pura vitalidad de su imaginación, lo transforman en un vital e imprescindible testigo presencial de hechos que jamás vio.
Espero poder convencer a este silencioso y leal hombre, que en vez de exponerse a los fuegos artificiales de los medios de información ha optado por el silencio, para que hable en algún medio, o si su pudor no se lo permite, que me diga qué puedo decir o no de esta relación.

La sustancia de que se nutren los recuerdos, suele mezclarse con los propios deseos de que la realidad vivida hubiera sido otra. Es seguramente la naturaleza humana la que actúa detrás del impulso vital de no ser ignorado. Una dosis de inocencia, que cohabita con el deseo de trascender: honestamente creo que Neruda le diría a Manuel Araya, lo mismo que en algún momento le dijo a Margarita Aguirre mientras escribía su magnífica biografía: “mienta comadre, mienta”. Porque la fantasía desde siempre ha sido y seguirá siendo parte del mito.

© Fotografía archivo Bernardo Reyes. En la foto el autor del presente artículo, junto a Volodia Teitelboim, durante el funeral oficial de Pablo Neruda, el 12 de diciembre de 1992, ocasión en que el poeta fuera llevado a su descanso definitivo, junto con Matilde, a Isla Negra.


*Este tema termina desarrollándose en su 3ª parte. Pinchar aquí.

viernes, 13 de mayo de 2011

EL "ASESINATO" DE NERUDA I


Por Bernardo Reyes (13 mayo 2011)

Ese día el poeta no habló con palabras mariposas, posándose cursis sobre el esqueleto de la fragancia evocada de una amante inconclusa.
Por el contrario, como todo estaba inundado de presagios, el fango lúbrico del miedo extendido por las horas, hacía que solo estuviese atento a no caerse.
El escarnio militar por la eventual caída, el miedo a la caída, y la caída misma a un abismo insondable, eran motivos suficientes para centrarse en el paso a paso por el sendero escabroso.

Se trataba de pasos de luz en el callejón prohibido y oscuro, en donde reluce una daga homicida entre la luz y el desvarío del aire, que abandona definitivamente al ser.
Luego, como dice Borges, una mitología de puñales se anula en el olvido, y el frescor de nuevos días, y primaveras recién nacidas, hacen que la muerte y su mal sueño sean ropas viejas, secadas con la brisa salada del litoral.

Y vino la reencarnación: un pobre peuco casual posado en el techo de La Chascona, animado al banquete de ratas sin guarida de la casa saqueada por los militares, fue el llamado para habitar la broma del poeta que estableció su retorno a la carne en la figura de un águila. Pero a falta de águilas, buenos son los peucos. Y hoy, entusiastas guías turísticos, de la ahora Casa-Museo, repiten y repiten el chiste como máxima poética del poeta reencarnado.

Pero antes de eso apareció un vitalicio entre los vitalicios, a representar en la Tierra al poeta, un hombrón que era la imagen rediviva de Michimalonco. Un cacique hecho y derecho, a no ser por su desprecio a los mapuches vecinos de su fundo, a quienes les aplicó la ley antiterrorista creada por Pinochet por un lío menor, en donde salió chamuscada una pequeña casa de su propiedad.

No era un amigo del poeta. Nunca lo fue. Pero sí era un hombre con conocidos en las esferas fascistas, apropiado por tanto para revertir la confiscación de Pinochet de la casa de Isla Negra, donada al Partido Comunista, el que gentilmente, y por un precio de liquidación, aceptó el pago indemnizatorio del gobierno democrático.

Y así, por arte de birlibirloque, un jurisconsulto que aún por estos días se devana los sesos tratando de entender los mensajes más crípticos del poeta, rige los destinos del legado material y poético de Neruda. Apoyado naturalmente por una comparsa representativa del mundo cultural.

Muy luego, por tanto, se olvidó el incendio y saqueo de La Chascona, el allanamiento a la casa de Isla Negra, y el saqueo y destrucción de La Sebastiana. En reemplazo del olvido, un remedo reivindicatorio, una simulación pedestre y soez de la cultura entretenida se materializó para centrarse casi en forma exclusiva en la administración de las casas museos.

Hubo un sueño llamado Cantalao, que jamás pudo ser entendido por exégetas de nuevo cuño, que celebrando sus propios gases dictaminaron que el tiempo de Neruda ya se había terminado. Y luego del anuncio, cantinfleando con sus dotes de inversionistas con visiones índigo, entre otras gracias invirtieron en una de las decenas de empresas de un multimillonario con serios cuestionamientos en violación a los derechos humanos.
El vitalicio antes mencionado, bastante mosqueado por esta asociación, nos dio algunas clases a nosotros los pobretones, que no sabemos de inversiones: siendo cosas del mercado, y no de ética, el dinero ingresado a la fortuna de Neruda por la poesía, justificaba cualquier falta de decoro en dónde invertir.

Hubo muchos que en la repartija de las migajas poéticas y reconocimiento social, se sintieron menoscabados.
Algunos habían sido los que estando en la calle, le vieron pasar, y se declararon sus cercanos.
Otros, fastidiosos y despreciados por el poeta, estudiosos de su poesía, post mortem cambiaron su relación con la simple inflexión de llamarlo Pablo a secas. Otros en cambio optaron por teorías conspirativas rebuscadas, mezclando con energía la argamasa de lo onírico, con una pizca de realidad, y doble dosis de imágenes televisivas, para el esplendor y gloria de una supuesta verdad.

Había una vez, un país llamado Chile, dolido hasta la médula por la masacre y la locura. Un poeta murió de pena cuando vio a su país moribundo.
Pero lo curioso fue que el cuerpo del delito jamás se encontró, porque los asesinos jamás supieron que cuando asesinaban sombras, lo que hacían era multiplicar la luz.

*Este tema termina desarrollándose en su 2ª parte. Pinchar aquí.

martes, 10 de mayo de 2011

PERRO DESOLLADO FRENTE A LA MAR


Por Bernardo Reyes (10 mayo 2011)

De retorno a la albahaca, la mar resuelta en luz, concurre a la nostalgia, tierra afuera de su espuma.

El fino encaje de esos días acostumbrados a la sal, era un organdí de fantasías flameando en el mástil de su talle: sincera, directa, creyente como era, sostuvo que ella sabía que estaba con Dios, y Dios con ella.
Un pacto donde no cabían referencias a que ella recordaba a los hombres por el sabor de su semen. O por el olor ferruginoso y ácido del sudor.

Las polleras de sus olas emulan solo regresos, pero los estatutos doctrinarios del agua, convocan a sus bases al vaivén.

Y desde el fondo de las aguas los ahogados del naufragio, los rehenes de las aguas, creen escuchar los ladridos de un perro que persigue las gaviotas: pero son ladridos mudos, esqueletos de ladridos acallados por la lluvia marina.
Pero alguien ladra en el litoral y alguien huye por siglos invisibles.

En la huída se desgasta el pelaje del alma. Luego, el enrojecido lomo desplumado, olvida las caricias.

La arena son colmillos disueltos por la sal. La espuma, la última huella de una lucha sin sentido.

*Fotografía de un perro sin esperanza, llamado Aysén.