jueves, 28 de abril de 2011

GONZALO



Por Bernardo Reyes (28 ab. 2011)

Eran días de brama y bruma. Y frío. Y lluvia.
Días camuflados de noche con perramos negros, habitados por pupilas clandestinas que titilaban su odio desde las sombras.
Aunque en esas calles parecía no haber nadie a quien odiar, sí pervivían motivos para odiar, inmersos como estábamos en una vorágine de hechos sangrientos y abusivos, que condicionaban vidas y obras.

Una contingencia que calaba hondo en nuestras escrituras, como un juramento ante la inminencia de más horror: ética y estética, incestuosamente coludidas, desde donde brotaban hijos a veces febles.
No importaban las formas, ya solo importaba que se fueran de una buena vez los militares. Para que cada cual, desde su particular trinchera, disparara versos o piedras.

Fue uno de esos días que apareció por mi casa un señor que dijo llamarse Gonzalo Rojas.
Como no me encontró, me dejó una nota de la que me repuse años más tarde, cuando le comenté lo mucho que me avergonzaba esa casa precaria, con una escala francamente sórdida.
Cesantes consuetudinarios como estábamos, ansiosos en la espera de esa manida alegría que venía en camino, y que jamás llegó, vivíamos en una precariedad que mordía la paciencia.
Era la pertenencia ética a la resistencia que habitábamos, la que nos insuflaba ánimo para olvidar esa anémica marginalidad. El resto lo hacía nuestra juventud y la adrenalina.

Desde ese entonces, desde esa nota, mantuvimos con Gonzalo un contacto permanente.
Nada de raro, ya que este trato familiar con este Gonzalo mío, era el mismo trato que tenía con todos, poetas o transeúntes. Una llanura, una extensión amable en donde la brisas de la amistad se sintieran a sus anchas para hacer flamear pasturas.

Un día, en su habitación del hotel Orly, con Marycruz, tuvimos el privilegio de escuchar varios textos inéditos, leídos con esa voz áspera, donde silencios e inflexiones caminaban de la mano.
Luego me pidió que leyera algunos de mis poemas. Se detenía de pronto ante algún verso, lo repetía balbuceando. Diamante puro, exclamaba, cuando sentía que se acertaba.

Gonzalo Rojas, silente ahora por motivos de fuerza mayor, creo que se muere de la risa por este espasmo colectivo de ausencia suya.
-No será para tanto- lo parafraseó su hijo en el homenaje de despedida en el museo de Bellas Artes, mientras nos conmovía hasta la médula el poeta Jaime Luis Huenún, leyendo el poema de Gonzalo a Sebastián Acevedo, el autoinmolado frente a la catedral de Concepción para exigir que la CNI le devolviera a sus hijos encarcelados.

Porque es necesario honrar también al hermano mayor que tuvo la lucidez y consecuencia de soñar junto a los jóvenes del MIR y al Arauco ancestral que fluía por sus venas: al compañero poeta, sicalíptico y mordaz, putero confeso y delicado amante, se le debe querer sin fraccionarlo en compartimentos estancos.

Es verdad, la muerte agrede con sus cítaras y violas en desmadre. Y en ese regreso a cierto útero inefable se lamenta uno de no poder volver a contar con voces y sueños.
Como si la palabra hablada fuera asfixia, donde pervive el anhelo de volver a respirar, solo para volver a exhalar lo que aún ni siquiera se sueña en decir.


© Fotografía gentileza de Héctor González.

No hay comentarios: