lunes, 11 de abril de 2011

CÁMARA OCULTA


A Mario Cárdenas Sankán (1)
(11 de ab. 2011)

Es verdad, saludábamos con la diestra vertical, el pulgar sobre los cuatro dedos extendidos, simbolizando los cuatro elementos subyugados al poder del espíritu.
El mudra parecía representar, entre tantos restos del naufragio, una tabla a la cual aferrarse. Y era fácil, en vez de hablar y razonar, repetir como loro una consigna hueca de paz, aunque pareciera un saludo nazi.

Miro esos años atroces, como cuando tiene uno la mala fortuna de encontrarse con un vómito sanguinolento. Años del asco y del miedo, de huir o sentir la necesidad de huir. Había que convocar a la paz, había que optar por la paz, negocio por el que también optaron los mercachifles del esoterismo ramplón, anteriores a la llegada de miles de fastidiosos y mediocres títulos de libros de autoayuda. También de reinterpretaciones cristianas, llenas de medioevales prácticas fanáticas, que llegaron a la estupidez de escuchar mensajes del Maligno si el casete se reproducía al revés, cuestión que de acuerdo a los locuaces guerreros de la luz, ocurría hasta en las canciones infantiles.

Así surgieron seres siniestros, que vieron en la masacre un camino a un orden. Pinochet era, según recuerdo, el arcano instrumental para la manifestación de cierta armonía espiritual, opuesta en todo al comunismo y el ateísmo.

Francisco era respetado en la universidad. Yo mismo fui su amigo. Leí obras de su mentor espiritual, el autoerigido avatar de la nueva era, Serge Raynaud de la Ferriere, que resultó ser un mitómano profesional.
Así fue que conversando, poco después del asesinato de algunos compañeros de carrera, pude constatar su absurda apología a la dictadura. Nunca supe si llegó a ser soplón, pero si lo hubiese sido, tampoco me sorprendería.
Hace pocos años lo vi en Santiago parado al lado de una camioneta de algún servicio. Su rostro de gurú en ciernes había desaparecido.

En ese contexto surgió una especie de autismo. Sí hay que admitirlo: algunos fuimos una especie de autistas en un devaneo bipolar entre lo trascendente y lo pedestre, y creíamos habitar un territorio desde donde supuestamente podría reconstruirse algo que los milicos y los soplones civiles habían ayudado a destruir.

Una y otra vez la mente vuelve sobre el llano en llamas. Una y otra vez el legado de Allende se hace más y más fuerte, y en las antípodas más y más pequeños se hacen los defensores de un sistema en que el hombre no es el centro sino “el mercado”.

A Gutiérrez le decíamos Guttenberg, y sin aviso un día cualquiera enloqueció. Una mañana todo se le fue al carajo: Guttenberg con sus ojos desaguados, nos dijo que había encontrado la fórmula para llegar a Dios. Y en efecto, nos mostró una absurda ecuación sacada de alguna pesadilla con el cálculo infinitesimal.

A otros los milicos los dejaban en la puerta de la universidad, después de torturarlos.

Sin embargo el espacio entre los espacios, eran miradas que nos sobrevenían de alguna parte y no la esperanza en días mejores. No unos ojos celestes de cielo al que llegaría la primavera, sino la mirada de la pitón negra del miedo acechando los sueños y la vigilia. Algo, alguien, que sabía de nuestros pasos, y llamaba a la puerta, en medio de la noche. El quejido de alguien que cae de bruces en la acera, tal vez borracho, tal vez golpeado, y que se levanta, para nuevamente comenzar de cero.

Un día fuimos a sacarle la madre al hijo de puta cuando visitó la ciudad. Fue cuando balearon a Mario.
Al día siguiente fuimos treinta mil y los pacos retrocedieron.
Pareciera que fue un sueño.



[1] Estudiante de quinto año de medicina, baleado en la cabeza en el Campus San Francisco de la U. C. de Temuco, al mediodía del 24 de abril de 1986, en medio de las protestas por la visita de Pinochet a la región. El día siguiente al baleo marcharon en silencio por la ciudad treinta mil personas, en lo que se denominó “el temucazo” que fue uno de los actos que marcaron el comienzo del fin de la dictadura. El 7 de septiembre del mismo año, ocurrió el fallido atentado al dictador.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

heyyyy muy bueno poemas..... lo qe es yo me encanta la poesia y mi sueño es poder vivir de ella.. aun no e publicado nada, pero tengo mucho... tengo 19 años y no se qe hacer...

Anónimo dijo...

yo estuve ahi... con Alvaro abrimos el porton del Campus San Francisco y Mario estaba tirado en el cemento: un hilo de sangre salía de su cien. Un carabinero parapetado en el Kiosko del Eriko acababa de dispararle.

Eugenio Rivera Rojas dijo...

Bernardo, yo fui uno de los que marcharon ese día. Compartía casa en arriendo con Mario e hice tb el afiche que la Fac. de Medicina de la UFRO terminó usando para testimoniar el hecho... si sabes algo de Mario, me agradaría lo pudises compartir. Un abrazo