viernes, 29 de abril de 2011

Por Bernardo Reyes (29 ab. 2011)

A la hora de la muerte escucharás olas, alas, vuelos.
Guiños leves.
Jilgueros que te mirarán sin tu saberlo.

Serán brisas inexplicables.
Sueños absurdos.

Y menos que eso.
Será el perpetuo retorno
del grano de arena al lecho del mar.

Y yo me pregunto,
qué haremos con nuestros capricornios y nuestras cruces.
Con nuestros relámpagos
iluminando la caverna penetrada del ser.

Hay kibaliones solemnes,
muchacha obstinada.
Y con su ceño adusto solo te pueden decir
que tras la noche
el sol hace cantar las aves.

jueves, 28 de abril de 2011

GONZALO



Por Bernardo Reyes (28 ab. 2011)

Eran días de brama y bruma. Y frío. Y lluvia.
Días camuflados de noche con perramos negros, habitados por pupilas clandestinas que titilaban su odio desde las sombras.
Aunque en esas calles parecía no haber nadie a quien odiar, sí pervivían motivos para odiar, inmersos como estábamos en una vorágine de hechos sangrientos y abusivos, que condicionaban vidas y obras.

Una contingencia que calaba hondo en nuestras escrituras, como un juramento ante la inminencia de más horror: ética y estética, incestuosamente coludidas, desde donde brotaban hijos a veces febles.
No importaban las formas, ya solo importaba que se fueran de una buena vez los militares. Para que cada cual, desde su particular trinchera, disparara versos o piedras.

Fue uno de esos días que apareció por mi casa un señor que dijo llamarse Gonzalo Rojas.
Como no me encontró, me dejó una nota de la que me repuse años más tarde, cuando le comenté lo mucho que me avergonzaba esa casa precaria, con una escala francamente sórdida.
Cesantes consuetudinarios como estábamos, ansiosos en la espera de esa manida alegría que venía en camino, y que jamás llegó, vivíamos en una precariedad que mordía la paciencia.
Era la pertenencia ética a la resistencia que habitábamos, la que nos insuflaba ánimo para olvidar esa anémica marginalidad. El resto lo hacía nuestra juventud y la adrenalina.

Desde ese entonces, desde esa nota, mantuvimos con Gonzalo un contacto permanente.
Nada de raro, ya que este trato familiar con este Gonzalo mío, era el mismo trato que tenía con todos, poetas o transeúntes. Una llanura, una extensión amable en donde la brisas de la amistad se sintieran a sus anchas para hacer flamear pasturas.

Un día, en su habitación del hotel Orly, con Marycruz, tuvimos el privilegio de escuchar varios textos inéditos, leídos con esa voz áspera, donde silencios e inflexiones caminaban de la mano.
Luego me pidió que leyera algunos de mis poemas. Se detenía de pronto ante algún verso, lo repetía balbuceando. Diamante puro, exclamaba, cuando sentía que se acertaba.

Gonzalo Rojas, silente ahora por motivos de fuerza mayor, creo que se muere de la risa por este espasmo colectivo de ausencia suya.
-No será para tanto- lo parafraseó su hijo en el homenaje de despedida en el museo de Bellas Artes, mientras nos conmovía hasta la médula el poeta Jaime Luis Huenún, leyendo el poema de Gonzalo a Sebastián Acevedo, el autoinmolado frente a la catedral de Concepción para exigir que la CNI le devolviera a sus hijos encarcelados.

Porque es necesario honrar también al hermano mayor que tuvo la lucidez y consecuencia de soñar junto a los jóvenes del MIR y al Arauco ancestral que fluía por sus venas: al compañero poeta, sicalíptico y mordaz, putero confeso y delicado amante, se le debe querer sin fraccionarlo en compartimentos estancos.

Es verdad, la muerte agrede con sus cítaras y violas en desmadre. Y en ese regreso a cierto útero inefable se lamenta uno de no poder volver a contar con voces y sueños.
Como si la palabra hablada fuera asfixia, donde pervive el anhelo de volver a respirar, solo para volver a exhalar lo que aún ni siquiera se sueña en decir.


© Fotografía gentileza de Héctor González.

lunes, 11 de abril de 2011

CÁMARA OCULTA


A Mario Cárdenas Sankán (1)
(11 de ab. 2011)

Es verdad, saludábamos con la diestra vertical, el pulgar sobre los cuatro dedos extendidos, simbolizando los cuatro elementos subyugados al poder del espíritu.
El mudra parecía representar, entre tantos restos del naufragio, una tabla a la cual aferrarse. Y era fácil, en vez de hablar y razonar, repetir como loro una consigna hueca de paz, aunque pareciera un saludo nazi.

Miro esos años atroces, como cuando tiene uno la mala fortuna de encontrarse con un vómito sanguinolento. Años del asco y del miedo, de huir o sentir la necesidad de huir. Había que convocar a la paz, había que optar por la paz, negocio por el que también optaron los mercachifles del esoterismo ramplón, anteriores a la llegada de miles de fastidiosos y mediocres títulos de libros de autoayuda. También de reinterpretaciones cristianas, llenas de medioevales prácticas fanáticas, que llegaron a la estupidez de escuchar mensajes del Maligno si el casete se reproducía al revés, cuestión que de acuerdo a los locuaces guerreros de la luz, ocurría hasta en las canciones infantiles.

Así surgieron seres siniestros, que vieron en la masacre un camino a un orden. Pinochet era, según recuerdo, el arcano instrumental para la manifestación de cierta armonía espiritual, opuesta en todo al comunismo y el ateísmo.

Francisco era respetado en la universidad. Yo mismo fui su amigo. Leí obras de su mentor espiritual, el autoerigido avatar de la nueva era, Serge Raynaud de la Ferriere, que resultó ser un mitómano profesional.
Así fue que conversando, poco después del asesinato de algunos compañeros de carrera, pude constatar su absurda apología a la dictadura. Nunca supe si llegó a ser soplón, pero si lo hubiese sido, tampoco me sorprendería.
Hace pocos años lo vi en Santiago parado al lado de una camioneta de algún servicio. Su rostro de gurú en ciernes había desaparecido.

En ese contexto surgió una especie de autismo. Sí hay que admitirlo: algunos fuimos una especie de autistas en un devaneo bipolar entre lo trascendente y lo pedestre, y creíamos habitar un territorio desde donde supuestamente podría reconstruirse algo que los milicos y los soplones civiles habían ayudado a destruir.

Una y otra vez la mente vuelve sobre el llano en llamas. Una y otra vez el legado de Allende se hace más y más fuerte, y en las antípodas más y más pequeños se hacen los defensores de un sistema en que el hombre no es el centro sino “el mercado”.

A Gutiérrez le decíamos Guttenberg, y sin aviso un día cualquiera enloqueció. Una mañana todo se le fue al carajo: Guttenberg con sus ojos desaguados, nos dijo que había encontrado la fórmula para llegar a Dios. Y en efecto, nos mostró una absurda ecuación sacada de alguna pesadilla con el cálculo infinitesimal.

A otros los milicos los dejaban en la puerta de la universidad, después de torturarlos.

Sin embargo el espacio entre los espacios, eran miradas que nos sobrevenían de alguna parte y no la esperanza en días mejores. No unos ojos celestes de cielo al que llegaría la primavera, sino la mirada de la pitón negra del miedo acechando los sueños y la vigilia. Algo, alguien, que sabía de nuestros pasos, y llamaba a la puerta, en medio de la noche. El quejido de alguien que cae de bruces en la acera, tal vez borracho, tal vez golpeado, y que se levanta, para nuevamente comenzar de cero.

Un día fuimos a sacarle la madre al hijo de puta cuando visitó la ciudad. Fue cuando balearon a Mario.
Al día siguiente fuimos treinta mil y los pacos retrocedieron.
Pareciera que fue un sueño.



[1] Estudiante de quinto año de medicina, baleado en la cabeza en el Campus San Francisco de la U. C. de Temuco, al mediodía del 24 de abril de 1986, en medio de las protestas por la visita de Pinochet a la región. El día siguiente al baleo marcharon en silencio por la ciudad treinta mil personas, en lo que se denominó “el temucazo” que fue uno de los actos que marcaron el comienzo del fin de la dictadura. El 7 de septiembre del mismo año, ocurrió el fallido atentado al dictador.

lunes, 4 de abril de 2011

EL VALS DE VADINHO


Por Bernardo Reyes (4.ab.2011)

Todo era una fantasía, una manida impostación. Ella no se llamaba Florípides, ni su esposo Teodoro, ni su amante Vadinho (1) . Eran simplemente los personajes de la novela de Jorge Amado que le servían para recrear su propia vida por el asombroso parecido con la ficción.
Colmada de bienes, madre y esposa ejemplar, llegó un momento en que las fisuras de la nave de su existencia dejaron filtrar aguas en la línea de flotación: los negocios, los hijos, toda su relación conyugal terminó convirtiéndose en una fastidiosa inundación.
Y así, con la sentina de su ser inundada, refugiada del naufragio en un recodo de sí misma, se convirtió pues en el personaje que otros querían que representara: la máscara de su risa perenne de dama positiva, reina indiscutible de su cocina, era su mejor papel.

Al comienzo fue como un murmurio soterrado. Algo, alguien, que de alguna forma hurgaba en su horcajadura y en sus sueños, para dejarla lúbrica e insomne vagando por las noches.
De ahí a la pena y la culpabilidad, había un paso: harta ya de sus desvaríos, ella fue la que pidió que Vadinho se fuera.
O al menos esa era la escena que ella soñaba con frecuencia: la de Vadinho saliendo de su vida con el gastado equipaje de sus furias, o que, de tanto soñarla, terminó convirtiéndose en realidad.
Como fuera se trató de un duelo, solo interrumpido por la presencia de ese ectoplasma real o imaginado que se manifestaba cuando menos lo esperaba.

Se habían conocido siendo ella una adolescente. Ella provenía de uno de los tantos burdeles que crecen alrededor de las estaciones de ferrocarriles en algún pueblo del sur de Chile. El poeta y bolerista al comienzo la miró solo como una niña. Pero un día cualquiera consumaron su amor, luego de caminar hacia el norte del pueblo, hasta una arboleda de boldos conocida por todos, y que terminó, por el uso, transformándose en un moderno motel al borde de la carretera.
Fueron felices por años. El escribía sus canciones mientras ella pintaba sus cuadros naif acunados por una lluvia sin reposo. Pero la trasgresión, el desborde, la pasión llevada a límites intolerables, terminaron por colapsar el precario equilibrio de la relación, que dejó en ella como exclusivo sedimento, esa peculiar expresión amatoria de Vadinho que tanto gozo le causaba.

Poco tiempo bastó para que encontrara un marido de verdad, un hombre de bien, que había acumulado una pequeña fortuna especulando en la bolsa. Con Teodoro pudo tener los hijos que siempre anheló, una vida de buen pasar, parcela de agrado y el inevitable viaje a París, que completó la postal de su alma de hada en desmadre, superada en creces a lo que en sus mejores momentos de fantasía pudo concebir.

En una carta a Teodoro, obtusa y predecible, Florípides trató de explicar lo inexplicable, atribuyéndole a su calentura razones esotéricas, y que, debido a ello, le había sido infiel con un antiguo amigo de juventud, de aspecto ratonil.
Luego con una exuberante hipocresía manifestó que Teodoro llamaba a fuerzas incognoscibles para que llegaran las cosas malas a su vida.
Y, como si fuera poco, de que todo obedecía a ciertas condiciones de llamado mental, del muchacho, cuya principal gracia además de ser fumador como murciélago, era contar chistes fomes y relatos obvios.
La ganga que representaba un polvo con esa mujer amargada, que le recordaba con cierta vaguedad a la muchacha que fue, le costó apenas una cena, y un buen hotel para disfrazar sus carencias.
Pero lo que no le dijo a Teodoro, y que era el quid del asunto, fue que nunca había sido tan feliz como con Vadinho, el poeta beodo y apasionado, con el que había vivido antes. Que moría de ganas porque volviera a su vida.

Teodoro, completamente desencajado, palideció al leer las palabras de su perpetua ama de llaves convertida en persona con proyectos y deseos carnales.

Se volvieron a ver las caras en un día esplendente, mientras cantaban con el viento los álamos temblones.
- ¿Por qué?- Le preguntó Teodoro lloroso, mientras las bandurrias parecían ingrávidas en el cielo y los choroyes llenaban de algarabía el potrero vacío.
-Jamás me gustó llevar una vida doble pero tu me empujaste a que te fuera infiel- admitió Florípides, con cierta fastidiosa hipocresía.

Besándose largamente, reconciliados luego de los juramentos de rigor de enmendar errores mutuos, sintió que nuevamente recuperaba al amor de su vida, ese hombre bueno y trabajador, sin ningún vicio, que ahora la despojaba de su ropa como si fuera un adolescente.

Teodoro ya avanzaba a paso firme a sus setenta años, y su tradicional vigor iba transformando su intimidad en mecánicos actos flash.

Me voy, me voy, solía musitar Florípides, sin que Teodoro ni siquiera adivinara que en esas ocasiones su mujer viajaba hacia esos fragantes boldos de una lejana primavera, para sentir las olas de un vals marino y aéreo, que penetraba y despenetraba su corazón y su cuerpo.
-Si no saben volar, pierden el tiempo …(2)- le había advertido Vadinho.

1 referido a "Doña Flor y sus dos maridos", novela de J. Amado (Ed. 1966)
2 Oliverio Girondo, de "El espantapájaros"

*Foto tomada de internet, al parecer de uso libre. Se ruega avisar si existe titularidad de ella para retirarla.