sábado, 19 de febrero de 2011

LOS IMPUNES KARADIMAS


Desearía que Dios estuviera vivo para que pudiera ver esto. (Homero Simpson)

Por Bernardo Reyes (19 Feb. 2011)

Hoy asistimos a la convocación de una pifiadera generalizada, liturgia feroz que llevamos a cabo cumpliendo con nuestra modesta cuota de apedreadores a la sacrosanta imagen de un abusador.
En lo personal, apunto con mi piedra destinada casi siempre en hacer pacíficas taguas, a su boca mentirosa y procaz, con la esperanza de alcanzar esa lengua obscena, especializada en buscar el gozo de muchachitos, tanto como decir palabras de adoración a un Dios hecho a la medida de su alma calentona.

Para quienes somos agnósticos confesos tanto como para quienes son creyentes, quizás no exista más preclaro motivo de desprecio que el que representa el cura Fernando Karadima, el abusador de menores condenado por el Vaticano, que resolvió que el ex párroco de la iglesia El Bosque, fuera encontrado culpable de los delitos de abuso sexual que le imputaron feligreses de su parroquia.

A su templo llegaban niños preadolescentes en busca de guía espiritual, muchachitos tratando de encontrar la trascendencia del ser, en medio del descubrimiento de su propio cuerpo, revolucionado en un mar de hormonas recién nacidas.
Era el padre, el protector, el médium con lo celestial, el que daría las herramientas necesarias para encontrar un camino en medio de un mundo que, a esa edad, se mostraba oscuro.
Y lo que encontraron fue la humillación de sus cuerpos y sus mentes, coartadas por la prepotencia de la amenaza de un castigo divino, si acaso no acataban los requerimientos del representante de Dios en la tierra.

Desde esa posición de poder, hurgó los genitales, erotizó a quienes recién aprendían a relacionarse con el erotismo más puro.
Y ante el derrame inevitable, de acuerdo a los testimonios de las pocas víctimas que se atrevieron a denunciar, les aconsejó unas escasas oraciones, de acuerdo a lo que era, según su mente enferma, apenas un pecado venial.

Quedará grabado por mucho tiempo la imagen de James Hamilton, el médico que dio su testimonio en medio de viriles lágrimas. Siendo apenas un niño fue abusado por el cura demente. Y luego, estando casado, siguió ejerciendo diversas coacciones para perpetuar el abuso, siempre poniendo a Dios por testigo, unos cuantos santos, y una sagrada verborrea hueca y manipuladora.
James, un hombre noble, en su condición de cristiano, y respetuoso de la estructura de la iglesia, se mantuvo leal a sus creencias. Pero sobraron voces sacerdotales, que desde el arzobispado para abajo, se encargaban de desacreditar su testimonio, poniendo públicamente en duda, todo su dolor, toda su humillación, toda su deshonra de víctima genuina.
Ni qué hablar de las ofuscadas señoras del barrio alto, lugar donde se encuentra emplazada la parroquia, que no quieren saber nada que perturbe su lastimosa paz espiritual, acusando nada menos que al mismísimo Diablo de esta investigación llevada adelante con prolijidad por el Vaticano, y con absoluta ligereza por la justicia chilena, que había sobreseído el caso, para su vergüenza.

Los cinco valientes denunciantes son hombres que profesan la fe cristiana. Y esto no es un detalle menor.
Sabemos de sobra que un nefasto como este, será incapaz de pedir perdón.
Para un alma perversa, calentona y pedófila, sería como ceder ante el demonio, porque seguramente está convencido en que tiene a Dios de su parte.
Y es mas, según descubrió CiperChile, Karadima residía en el convento de las Siervas de Jesús de la Caridad, en calle Bustamante, hasta donde llegarían menores a visitarlo, a pesar de la prohibición de tribunales.

También sabemos que sus días terminarán en medio de oraciones o borracheras, en medio de escritos sagrados y películas pornográficas, en medio de una oquedad siniestra de su mente extraviada, y las visitas de uno que otro muchachito dispuesto a vender su cuerpo por alguna golosina y unas cuantas monedas.

La cárcel, que debiera ser su morada natural, extrañamente aún no se considera, ni creo que se vaya a considerar jamás. Ya hemos visto casos anteriores, que bajo una malentendida compasión, se terminan haciendo arreglos entre gallos y medianoche, para que jamás paguen sus culpas seres viles, como Augusto Pinochet o Paul Schaefer, por nombrar tan solo a otros dos personajes públicos.

Pero hay muchos mas karadimas escondidos. Se sabe de muchos curas que luego de cometer abusos sexuales, son cambiados de lugar. Se sabe de monjas que históricamente han servido de tapaderas. Se sabe de barrios pobres en Santiago, donde los abusadores en autos de lujo van a buscar niños. Se sabe inclusive de personajes “que empezando de cero” se han ganado el respeto de la sociedad, pero que llevando una vida oculta han terminado descuartizando a niños para ocultar su verdadero ser.

Pero lo que nunca se sabe, y que jamás se sabrá, son las historias tristes de mujeres que de adultas se sueñan hadas para ocultar su pasado y sus heridas infantiles.
Un mundo oculto que aflora, cuando la muchacha abusada, roba minucias desde una tienda, baratijas insignificantes, intentando resarcir el daño sufrido, como cuando una mariposa muerde el dedo que la atrapa.

1 comentario:

ana rosa bustamante dijo...

No importa tener el alma calentona, pero no con niños, y si es con niños,él sabía ya que algo le estaba funcionando mal en su cabeza...

saludos desde Valdivia.

ana rosa


http://negrachucara.blogspot.com