viernes, 25 de febrero de 2011

CEREZA DE LA MUERTE


Por Bernardo Reyes (25 feb. 2011)

Los pensamientos son como niños, que se aquietan cuando el sueño acecha.
Alguien los llama a la cama: andan por ahí jugando a las escondidas con la vigilia.
Quizás haciendo burbujas con recuerdos imprecisos. Lo que sea con tal de negar el retorno a la noche.

Voces proféticas dicen que todo es ilusión, el maya indú.
Puede ser y puede no ser. Porque el vacío donde ha anidado la ternura, o el eco del goce de los cuerpos acoplados, es evidente.
Pero sobre todo queda el sueño, donde el olvido y el abandono deja paso a la otredad.

Carl Jung con picardía decía en una entrevista que no había que olvidar que lo inconsciente jamás puede ser consciente, aunque nos empeñemos en ello, y hagamos de nuestras vidas un ejercicio perpetuo tratando de racionalizar lo que no es racional.

La mente se aquieta en algún fugaz instante.
Desaparece la cordura, y en la habitación vacía solo queda un buitre tratando de comerse la cereza podrida de la muerte.

*Imagen tomada de "El Libro Rojo" de Carl Jung.
Pinchar aquí para ver referencias de Jung sobre la muerte.

sábado, 19 de febrero de 2011

LOS IMPUNES KARADIMAS


Desearía que Dios estuviera vivo para que pudiera ver esto. (Homero Simpson)

Por Bernardo Reyes (19 Feb. 2011)

Hoy asistimos a la convocación de una pifiadera generalizada, liturgia feroz que llevamos a cabo cumpliendo con nuestra modesta cuota de apedreadores a la sacrosanta imagen de un abusador.
En lo personal, apunto con mi piedra destinada casi siempre en hacer pacíficas taguas, a su boca mentirosa y procaz, con la esperanza de alcanzar esa lengua obscena, especializada en buscar el gozo de muchachitos, tanto como decir palabras de adoración a un Dios hecho a la medida de su alma calentona.

Para quienes somos agnósticos confesos tanto como para quienes son creyentes, quizás no exista más preclaro motivo de desprecio que el que representa el cura Fernando Karadima, el abusador de menores condenado por el Vaticano, que resolvió que el ex párroco de la iglesia El Bosque, fuera encontrado culpable de los delitos de abuso sexual que le imputaron feligreses de su parroquia.

A su templo llegaban niños preadolescentes en busca de guía espiritual, muchachitos tratando de encontrar la trascendencia del ser, en medio del descubrimiento de su propio cuerpo, revolucionado en un mar de hormonas recién nacidas.
Era el padre, el protector, el médium con lo celestial, el que daría las herramientas necesarias para encontrar un camino en medio de un mundo que, a esa edad, se mostraba oscuro.
Y lo que encontraron fue la humillación de sus cuerpos y sus mentes, coartadas por la prepotencia de la amenaza de un castigo divino, si acaso no acataban los requerimientos del representante de Dios en la tierra.

Desde esa posición de poder, hurgó los genitales, erotizó a quienes recién aprendían a relacionarse con el erotismo más puro.
Y ante el derrame inevitable, de acuerdo a los testimonios de las pocas víctimas que se atrevieron a denunciar, les aconsejó unas escasas oraciones, de acuerdo a lo que era, según su mente enferma, apenas un pecado venial.

Quedará grabado por mucho tiempo la imagen de James Hamilton, el médico que dio su testimonio en medio de viriles lágrimas. Siendo apenas un niño fue abusado por el cura demente. Y luego, estando casado, siguió ejerciendo diversas coacciones para perpetuar el abuso, siempre poniendo a Dios por testigo, unos cuantos santos, y una sagrada verborrea hueca y manipuladora.
James, un hombre noble, en su condición de cristiano, y respetuoso de la estructura de la iglesia, se mantuvo leal a sus creencias. Pero sobraron voces sacerdotales, que desde el arzobispado para abajo, se encargaban de desacreditar su testimonio, poniendo públicamente en duda, todo su dolor, toda su humillación, toda su deshonra de víctima genuina.
Ni qué hablar de las ofuscadas señoras del barrio alto, lugar donde se encuentra emplazada la parroquia, que no quieren saber nada que perturbe su lastimosa paz espiritual, acusando nada menos que al mismísimo Diablo de esta investigación llevada adelante con prolijidad por el Vaticano, y con absoluta ligereza por la justicia chilena, que había sobreseído el caso, para su vergüenza.

Los cinco valientes denunciantes son hombres que profesan la fe cristiana. Y esto no es un detalle menor.
Sabemos de sobra que un nefasto como este, será incapaz de pedir perdón.
Para un alma perversa, calentona y pedófila, sería como ceder ante el demonio, porque seguramente está convencido en que tiene a Dios de su parte.
Y es mas, según descubrió CiperChile, Karadima residía en el convento de las Siervas de Jesús de la Caridad, en calle Bustamante, hasta donde llegarían menores a visitarlo, a pesar de la prohibición de tribunales.

También sabemos que sus días terminarán en medio de oraciones o borracheras, en medio de escritos sagrados y películas pornográficas, en medio de una oquedad siniestra de su mente extraviada, y las visitas de uno que otro muchachito dispuesto a vender su cuerpo por alguna golosina y unas cuantas monedas.

La cárcel, que debiera ser su morada natural, extrañamente aún no se considera, ni creo que se vaya a considerar jamás. Ya hemos visto casos anteriores, que bajo una malentendida compasión, se terminan haciendo arreglos entre gallos y medianoche, para que jamás paguen sus culpas seres viles, como Augusto Pinochet o Paul Schaefer, por nombrar tan solo a otros dos personajes públicos.

Pero hay muchos mas karadimas escondidos. Se sabe de muchos curas que luego de cometer abusos sexuales, son cambiados de lugar. Se sabe de monjas que históricamente han servido de tapaderas. Se sabe de barrios pobres en Santiago, donde los abusadores en autos de lujo van a buscar niños. Se sabe inclusive de personajes “que empezando de cero” se han ganado el respeto de la sociedad, pero que llevando una vida oculta han terminado descuartizando a niños para ocultar su verdadero ser.

Pero lo que nunca se sabe, y que jamás se sabrá, son las historias tristes de mujeres que de adultas se sueñan hadas para ocultar su pasado y sus heridas infantiles.
Un mundo oculto que aflora, cuando la muchacha abusada, roba minucias desde una tienda, baratijas insignificantes, intentando resarcir el daño sufrido, como cuando una mariposa muerde el dedo que la atrapa.

viernes, 11 de febrero de 2011

CARTA A LA LUNA


Por Bernardo Reyes (11 febrero 2011).

Estimada amiga:

Agradezco el envío de su última encomienda, que los efesios, imprudentemente, dejaron en la playa de su Mar de la Ausencia, zona que, dicho sea de paso, confunde hasta a selenitas experimentados en espejismos.
Por cierto, no sabe cómo valoro el que usted tempranamente me hubiera hecho notar la diferencia entre ausencia y soledad.

No sé si usted lo recuerda, pero fue justamente por soledad que llegué a conocerla, digamos más íntimamente: yo me asomaba por la ventana de mi casa sureña, y me acostumbré a verla desnudarse, mientras su imagen era apenas ensombrecida por un velo de lluvia.

Disculpe que se lo diga: no creo que exista en su vida un amante más intenso y más voyeurista que yo.
Al menos es la certeza que quisiera fundar en estas palabras, partiendo por disponer una baraja de incertezas sobre la mesa de esta aurora recién nacida.
Quiero que nos echemos una mano y nos tomemos unos tragos por los buenos tiempos, cuando nos veíamos a diario, cuando no existían palabras entre nosotros, sino el presagio y el asombro apenas, como una filosofía de la sobrevivencia.

Me parece, por tanto, propicia la ocasión para hacerle notar que de un tiempo a esta parte, entre usted y yo se han interpuesto sombras absurdas e indeseadas: el cielo envenenado por la avaricia; la sobre erotización de las miradas; los corazones agitados por la competencia, han favorecido que mi vista, ya bastante deteriorada, me dificulte verla plena, llena, omnipresente.

Y ni pensar en rememorar esos días de encuentros clandestinos, en pueblos que nacían alrededor de los aserraderos, y a los que uno llegaba por los senderos del sueño o de los anhelos, para construir espacios mas humanos partiendo de cero.
Con usted ni siquiera podría hablar de romance a estas alturas. Menos de amistad con ventaja ni nada que le parezca.
Nada me apenaría más que hacerla ofuscar por andar por ahí contando intimidades, como suelen hacerlo sus tantísimos amantes de este lado del mundo y del otro. Por que es claro que a usted se le llega a amar de manera sobrehumana: luego que los cuerpos se diluyen en el pantano negro de la Odiosa, y el agua regresa al mar, las salamandras de la pasión espantan las luciérnagas, y los espíritus del fuego se inflaman erotizados.

Todo este tiempo me lo he pasado en labores fútiles, como esperar a que llueva café en el campo o creer que habitando el tinglado de tangos y boleros, digamos el navío de sentina perforada de la nostalgia, puede retornarse a lo que ya no pudo ser.

Y es por eso que quisiera establecer como cuestión central que fuera de otros factores externos, gran parte de las distancias entre usted y yo se deben justamente a su incapacidad para ser fiel.
Nunca usted me ha sido fiel, ni jamás me será fiel.

Naturalmente esta actitud licenciosa suya, no es algo que me competa. Cada cual es dueño de su cuerpo y puede hacer lo que le plazca con el suyo (mi sabia y áspera abuela lo decía mas claro: nadie es dueño del culo de nadie).
Por lo demás estas palabras no tratan de establecer un juicio de valores.
Si usted mira este nudo ciego en mi corazón, si usted me nota sin esperanzas y agobiado por los años, es en gran medida porque usted me hizo ver que el amor, el verdadero amor, no es algo que tenga que ver con las fidelidades sino con las afinidades.

No voy a cuestionar este asunto: sé que las afinidades no son cosa humana,
y nada tienen que ver con lo que se diga o deje de decir, ni con odiar o dejar de odiar.
Ni con los egos. Ni con la esperanza de días mejores.

Las afinidades nada tienen que ver con la voluntad humana, por la sencilla razón que su naturaleza no es humana, y eso me queda claro: el mundo en que vivimos y respiramos se formó casi completamente de partículas llegadas de otros planetas.

De manera que cada uno de los átomos que forman su cuerpo y el mío, son celestiales. Somos seres celestiales, no obstante nuestros miedos, odios o esperanzas.
Haga lo que usted o yo hagamos, esta afinidad seguirá existiendo. Y usted me seguirá atrayendo, tanto como yo la atraigo, y si me permite decir, la seduzco.

Y es esta afinidad que hace vibrar al unísono la composición química y electromagnética de su ser y el mío, que no tiene que ver con nosotros, la que seguirá existiendo aunque no tengamos ni siquiera rostros para reconocernos.

Los ritos del enamoramiento, una vez completados cabalmente, provocan una engañosa suerte de irrealidad, en donde uno suele considerar al ser amado, como el objeto amado, como su particular propiedad privada.

Esta cadena de obsesiones, este miedo a perderla como amiga entrañable, que es capaz de hablarme desde la polifonía de voces que provienen del silencio, hacen que no la vea, ni la escuche como merece. Y que me olvide que todas las certezas se construyen de las incertidumbres.
Y es por eso, que todas las incertidumbres de su vida y de la mía llegué a tener la certeza de que esto es único, enorme, y bello.

Amiga, me despido afectuosamente de usted, con este rosario, con este collar de cuentas budista, con que suelo rezar, más bien repetir, una especie de anestesia construida con una suerte de difusos verboides intemporales, y que define mi limitada arquitectura humana, frente al romance permanente con su persona.
Y al entenderlo yo mismo, procurar que estas palabras trasciendan a usted y a mí .

Con afecto le abraza su amigo y amante de siempre.