domingo, 9 de enero de 2011

LLUVIA DE MIRLOS


Por Bernardo Reyes (9 ene. 2011)

La noticia de la lluvia de mirlos en Arkansas, este Año Nuevo, no me pareció tan sorprendente.
Ya había escuchado de la lluvia de serpientes y de peces, aunque el testimonio fuera dado por poetas sudamericanos dados en forma natural al mágico realismo. Entre otros por el querido maestro hondureño Roberto Sosa.
Justamente con el, en Rosario, Argentina, con ocasión de un encuentro de poetas, escuchamos algo todavía más inverosímil: el suicidio de perros desde un acantilado de cierta altura, que mira al río Paraná. A veces se trataba de perros que se zafaban de sus amos, para saltar al vacío aún con la traílla. Pero por los testimonios que escuchamos con otros poetas, a veces se trataba de quiltros de la calle, quizás fastidiados de tanta desgracia.
Desde la casa natal del Ché Guevara, allí a unas tres cuadras del río, nos íbamos caminando hasta el río, intentando encontrar una respuesta a algo que seguramente está regido por la jurisdicción del misterio.

-Por ti me cortaré las orejas- debió haber dicho Vicente, hablando solo, obseso, desesperado, mirándose al espejo, antes de proceder a mutilarse una de ellas, y ser detenido para que no siguiera con la derecha. Sin embargo, sangrante aún, dicen que alcanzó a llegar hasta el prostíbulo donde trabajaba Raquel para entregarle su oreja envuelta en un paño, como señal de amor, de furia y sobre todo de celos. Seguramente ella debía atender a su amigo y colega Paul Gaughin, como atendía a cientos de clientes, el asunto fue que la relación de los pintores radicados en Arles, un pueblito del sur de Francia, terminó de mal modo ese 23 de diciembre de 1888.
Vicente jamás se resignó a que Raquel no se transformara en hada y musa personal, y la herida de lo que el consideró una traición se sumó a una serie de símbolos que quedaron plasmadas en sus últimas obras.

Entre el querer ver y el ver hay ciertamente distancias. Pero parece ser necesario un margen de duda para entender que los sueños no pertenecen solo al soñador sino también a un espíritu que no es totalmente humano, a una bocanada de la naturaleza, como sugería Carlos Jung.

La muchacha debió haber pensado de qué sustancia está hecho el amor, antes de anestesiar su mente y silenciar las palabras en su boca con otra copa de alcohol, consternada con el obsequio sangrante.

Seguramente recordó ese día lejano, casi perdido en las aguas de su memoria, caminando por el pasillo de una casa miserable y su encuentro con el hada.
- Era rubia y me sonrió. Su cuerpo era luminoso- debe haber dicho agitada, aunque ningún adulto le creyera.
Un cuaderno escolar debió ser testigo de esa imagen: una mujer joven, cubierta de un aura, como la Virgen María de la iglesia de su barrio.

En medio de la trifulca, de recriminaciones que no podían hacerla sentir culpable, ella le mintió a Vicente diciéndole que no lo amaba, para zafarse de una buena vez de quien quería verla como una santa, y además porque con los años olvidó que las hadas no mentían, y el negocio de simular amor requería no solo de la lúbrica disposición física, sino también del ejercicio de la imaginería emocional.

Se sabe que “Campo de trigo con cuervos” fue una de las seis últimas obras ligadas a circunstancias agoreras ante la inminencia de la muerte.
Una bandada de pájaros negros volando en el ocaso acercándose o huyendo del observador.
Pájaros negros que seguramente nacieron de una situación real, pero que pudieron ser visibles gracias a una obsesión, solo para ir a estrellarse en las calles de un pueblito que aún no nacía, en el estado de Arkansas, mas allá del océano y de los sueños.