domingo, 25 de diciembre de 2011

MARUCA NERUDA, LA AMANTE INCONCLUSA

Por Bernardo Reyes (Publicado el 25 de diciembre 2011)

Raúl Reyes, mi padre, recordaba con detalle la llegada del poeta y su esposa gringa a Temuco.
Desde el momento del pitazo del madrugador tren que venía de Puerto Montt ya todos los vecinos se asomaban por las puertas mirando hacia el oriente los escasos metros que los separaban de la estación de ferrocarriles por la calle Lautaro. 
Cayó viernes, ese 15 de abril de 1932. 
Las mujeres de la familia esperaban en la casa, luciendo galas y manteles albos. Los hombres lo hacían en el andén. Neruda tenía 28 años. Maruca, lucía espléndida con sus 32 años. 
Las mujeres de la familia la encontraron elegante, buenamoza, y de suave trato. Al menos es lo que me aseguraba mi abuela Teresa. 

Apenas dos semanas duró el reencuentro del poeta con la familia paterna, después de cinco años de ausencia ocupando diversos consulados en oriente. Luego partió a reencontrarse con Santiago, su segunda cuna poética.

Desde ese momento, las navegaciones y regresos comienzan a estructurar el mito nerudiano, repetido en el lugar común de biógrafos y exégetas. Y es desde ese mismo momento, que la historia de Maruca comienza a diluirse de la redacción de los memorialistas, olvidando la relación biográfica de esta mujer con la consolidación del mayor logro lírico de la obra nerudiana: “Residencia en la Tierra”. Maruca Hagenaar, y posteriormente Malva Marina, la hija de ambos, fueron parte de una historia no contada del poeta: apenas una decena de cartas, unas escasas fotos y postales, dan cuenta de la incidencia de estos dos seres, que aparecen y desaparecen enmascarados en diversos momentos de creación poética de esta poesía fundacional. 

José del Carmen Reyes, mi severo bisabuelo, Trinidad Candia mi tierna bisabuela, y mi dulcísima tía Laura Reyes, de alguna manera se las arreglaron para que el hijo supiera que se le esperaba por un regreso definitivo que jamás llegó: ser provinciano del mundo, fue su vocación y destino. De Maruca sabemos poco, pero lo suficiente como para establecer que se trató de una persona con vinculaciones con el mundo de los eventos sociales, huellas suyas que quedaron sobre todo después de su regreso a Chile en 1948, coincidiendo con el período en que el poeta debe refugiarse en la clandestinidad, perseguido por Gabriel Gonzalez Videla. 

Después de la expectación inicial de la prensa sensacionalista, Maruca nuevamente desaparece en diversos barrios de Santiago. Y es entonces que sus huellas digitales quedan estampadas en un manojo de cartas, dirigidas a un tal Jack, que de pronto derechamente es Joaquín. Parten por intercambiarse fotos tomadas en 1932, en ese regreso de Oriente, donde ambos participan con jolgorio junto a Neruda. Pero luego se retoma una relación inconclusa, y que tiene su mayor esplendor entre 1950 y 1953. En este reencuentro con Santiago Neruda en el año 32 tenía como objetivo revivir con sus amigos de jarana y poesía sus locos años veinte. Pero también rememorar y reincidir con dos mujeres que amó o que lo amaron: Albertina Azocar y Olga Margarita Burgos a quien le regala una copia del poema “Walking Around”. Al parecer fue en esas circunstancias que Maruca encontró consuelo al lado de Joaquín Edwards Bello. Y luego, bajo el formato epistolar, la relación continuó mientras fue la esposa de Neruda, en Buenos Aires, España y Holanda. Las cartas de Maruca a Joaquín, dan cuenta de una amistad algo avanzada. Lo dicen los textos explícitos, que nos hablan de encuentros amorosos clandestinos, de reproches, y exigencias de separación. 

Pero también nos hablan de una mujer que tiene una opinión política sólidamente anticomunista. Si bien es claro que Videla la instrumentalizó para denostar al poeta, no es menos cierto que Maruca es la amante de uno de los más preclaros escritores de la época, lo que nos aleja de la figura de la mujer sumida en la miseria moral y económica, que husmea por los tribunales buscando ganarle algún dinero a su famoso marido. Neruda regresa de su exilio en 1952, viviendo con Delia en forma oficial, y con Matilde en forma extraoficial. Maruca permanece en el país, enredada en juicios diversos contra Neruda, y pasando sus penas con Joaquín. 

El año 1954, mientras se preparan fastuosos actos para conmemorar el cincuentenario del poeta, Maruca es detenida por tráfico de drogas mientras vivía en una acomodada casa de la calle Luis Thayer Ojeda, en la comuna de Providencia. 
Se sabe de un arreglo económico, luego de ser rescatada de un cuartel de investigaciones y que abandona para siempre el país. Su historia nuevamente se pierde, hasta aparecer de nuevo, cuatro años más tarde en Holanda. 
La vida de Maruca fue una vida de consecutivos amores inconclusos, que sin embargo nos permiten una relectura de hechos descritos por el siempre fastidioso discurso redactado por un politburó empeñado en mostrar la imagen sin mácula del poeta. Una relectura sin más pretensión que mostrar a dos seres humanos que amaron o que fueron amados.

* Libro en preparación. Se publicará bajo el sello de RIL Editores, marzo del 2012. 
* Fotografía, gentileza de “El Mercurio”.

viernes, 23 de septiembre de 2011

BAJO EL ÁRBOL SOLITARIO DEL SILENCIO

A mi hermano Boris Reyes (+ 20 de septiembre 2011). 
[ Publicado 23 sept. 2011.]

Allí, en Coipúe, pueblito ribereño al río Toltén, enviaron a criar a mi abuelo Rodolfo por la ignominia de ser un hijo natural, antes que clareara el siglo pasado. 

El niño se hizo amigo del río y de los pumas. Atravesaba a nado con el solo pretexto de ir a caminar y soñar al otro lado, poniendo entre él y los demás un abismo de aguas indomadas. Aún no se construía el balseadero. 

La comunicación entre las orillas se hacía en botes, y las historias de naufragios siguen siendo una constante hasta hoy. 

Aguas abajo, en el puente de Pitrufquén, mi padre me contaba que tuvo una de las experiencias más dolorosas de su juventud, cuando una muchacha que no pudo aceptar que existen amores transitorios, se suicidó lanzándose a las aguas. Había una carta dirigida al juez, y otra para él. Su cuerpo fue encontrado días más tarde. Pasaron décadas antes que mi padre se atreviera a invitarme a pescar en las temibles aguas de ese río. 

Sin embargo, a pocos kilómetros, estaba el pueblito de Barros Arana, y cerca la casa de mi centenaria tía abuela Leonarda Rodríguez Marinao. Desde Temuco llegábamos a la estación ferroviaria donde nos iban a buscar los primos con caballos. Allí llegábamos por los veranos con mis hermanos Boris, Juan Carlos y Pedro. 

El río tenía un recodo, un remanso sin corriente. El agua era tibia. Por horas, diariamente, nos íbamos a bañar, y a tendernos desnudos bajo los árboles. Y cuando las aguas del remanso regresaban al torrente madre, podían verse cuervos absortos en su pesca, y algunos jotes de cabeza colorada paveando junto a las aguas. 

Un viejo vals inunda el wurlitzer de la memoria. Las mujeres se secan las manos en el delantal y aceptan la invitación a bailar: todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol. El humo del asado es un incienso para la alegría. 

Las bocas sólo se abren para reír y beber, y a ratos para seguir cantando: bajo el árbol solitario del silencio, cuántas veces nos ponemos a soñar, todos vuelven por la ruta del recuerdo, pero el tiempo del amor no vuelve más.


 ¿ Escuchas, ahora escuchas hermano, en el regreso de tus aguas –de todas las aguas-, a la mar ? 

Link al vals  "Todos Vuelven" . Letra César Miró. Música Alcides carreño.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

DANUBIO AZUL


Por Bernardo Reyes (07 sept.2011)

Bailó aferrado a su cintura, aunque de pronto, al alejarse, ella se difuminara entre los círculos concéntricos de las gasas de su falda, que flotaban con el aire del crepúsculo.
Y luego, en círculos arrebolados, un ocaso bermellón incendió de luz al túnel boquiabierto de la muerte.
Era un planeta girando en sí mismo, la violenta ternura del otoño con su danza de hojas por las plazas.
Por triste que parezca, en el fondo del vórtice de la fosa abisal, solo encontraron cuerpos anteriores de otras ninfas marinas que también bailaban en el sueño de otros valses.
Rudo olvido, el de nacer, olvidándose del estertor desde donde se nace, y se sobrecoge el ser.
Las columnas de sus piernas fue lo único que se encontró, fuera de un atado de cartas de su amante, que el mar tradujo en sal.

Y aquel vals, viciosamente nupcial.

miércoles, 31 de agosto de 2011

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "ARTE DE PÁJAROS" (P. Neruda)


(Auditorio CODELCO, 30 de agosto 2011).

Por Bernardo Reyes.

Recuerdo el olor de la sangre de las aves muertas barnizando de ocre las culatas, y las plumas que se quedaban vagando entre la niebla, junto al trueno y el humo de las escopetas. Y luego el ladrido de los perros cebados con la muerte. Amaneceres ásperos, con escozor y sal de días fundacionales que aún pervivían.
De todo aquello quedó sólo el acecho. Y del acecho quedó la belleza de esos amaneceres, desde donde todo parecía emerger como de un sueño: junto a mi padre veíamos a los patos nadando en un espejo de agua, las perdices saliendo disparadas entre los trigales, las tórtolas desdibujadas entre las ramas en el otoño sombrío. Y más tarde, con el día ya despejado, las bandadas de escandalosos choroyes en camino a la cosecha de piñones en la cordillera.
Quizás por eso siempre me pareció normal que cuando el poeta llegara a la casa de mis padres, en Temuco, hiciera formalmente la petición del plato de aves del día siguiente, que discutían con mi padre y Antonio Palomo, como si se tratara de una reunión política tratando asuntos de estado.
Con Antonio aprendí tempranamente a cargar cartuchos, limpiar las armas y entrenar los perros. Pero el principal secreto me lo confesaría años más tarde, cuando ya la caza no me interesara en lo absoluto, aunque sí un deporte de moda por esos días: la sobrevivencia en medio de la dictadura.
Antonio, había llegado junto al historiador Leopoldo Castedo en el Winnipeg, rescatados como se sabe de los campos de concentración en Francia. Fueron dos muchachos que pelearon en el mismo frente contra Franco y antes de morir recibieron una pensión y un reconocimiento del gobierno español, con ceremonia real incluida.
Jorge Edwards, contaba que cuando el poeta compró la caballeriza en la Normandía francesa, después de recibir el Nobel, bautizada pomposamente como La Manquel, le decía que aquel paraje le recordaba a su Boroa, Labranza, a Puerto Saavedra, todos esos sitios donde se desata y crece su poesía, donde se plasma prácticamente la mayor influencia geográfica en todas las etapas de la lírica nerudiana. Neruda le decía a Edwards, que consideraba a esa Normandía como el magnífico coto de caza de su infancia: se juraba un cazador en potencia, aunque sin escopeta, como él mismo lo aclara en su poema “Torcaza”.
Pero me parece que fue en Puerto Saavedra y de la mano del bibliotecólogo y poeta Augusto Winter, cuando conoce en detalle la pajarería regional, siendo todavía un niño, y que no olvidaría en toda su vida. Y también fue en esos años que conoce a Rimbaud y su “Temporada en el infierno”. Esa “ardiente paciencia” que evoca en el discurso del Nobel, parafraseando a Rimbaud y que le había ayudado también a definir a su etapa en Oriente, entre 1927 – 1932, como la Soledad Luminosa.
Winter, considerado hasta hoy como el precursor de la poesía ecológica en Chile, por su memorable poema “La fuga de los cisnes”, era propietario de una fábrica de conservas de aves silvestres en Puerto Saavedra. Es decir lloraba por la fuga de los cisnes, pero él mismo disparaba contra ellos y los enlataba. No obstante, nadie podría desconocer que tuvo una influencia bastante importante en el poeta en ciernes: es en Puerto Saavedra, acunado por el canto de las gaviotas y las olas, que Neruda se mete en el alma de Rimbaud. De ahí a encontrar un cisne de cuello negro agonizando, en el aledaño lago Budi y descubrir que el cisne no canta cuando muere, había una vivencia que forzosamente debía transformarse en un acto de transmutación poética. Gabriela Mistral definiría años más tarde al poeta como “un místico de la materia”, es decir de un hombre que debe estar sensualmente vinculado al objeto, o al ser, o a la experiencia que poetiza.
Hay en torno a “Arte de pájaros” una serie de mitos, que el mismo poeta se encarga de estimular. De partida el asegura en sus memorias que le vino la tentación de escribir sobre estos pájaros de su infancia, estando en Moscú, cuando se festejaba el regreso del cielo de dos cosmonautas, y sitúa esa fecha el 7 de noviembre, cuando se conmemora la llamada Revolución de Octubre.
Bueno, todo se trató de un montaje literario, pues los cosmonautas que regresaban del cielo, lo hicieron en las naves Vostok III y IV, que regresaron el 15 de agosto de 1962, es decir casi tres meses antes. Por añadidura se conoce que el proyecto de Arte de Pájaros ya había sido hecho público el 27 de abril de 1962.
Darío Puccini, traductor al italiano y estudioso, dice que siempre en la obra nerudiana la historia y el mito se funden. Y parece ser que Arte de Pájaros, no es la excepción: por más que se estudie y reestudie, necesariamente debe concluirse que toda la primera obra de Neruda, inclusive parte de Residencia en la tierra, son proyectos de obras que van naciendo casi simultáneamente. Y segundo, y lo más importante, que siempre en su obra existe una paramnesia vinculada a los lares de infancia. Algo semejante al permanente retorno al pasado idílico, que Jorge Teillier poetizara y habitara.
Existieron por tanto una serie de dimes y diretes, de pugnas soterradas que de pronto permiten la aparición de la bellísima edición en 1966, con ilustraciones de Nemesio Antúnez, Carreño, Héctor Herrera y Mario Toral, considerada como la primera, en desmedro de la que hoy presentamos con ilustraciones de Julio Escámez que apareció en octubre de 1973, un mes después de la muerte de Neruda.
Sin embargo nada se sabe dónde fueron a parar las ilustraciones de Santos Chávez, que según lo que me aclarara el propio pintor, estaban listas para una edición que jamás se hizo. Esos grabados, ya perdidos definitivamente por estos entreveros que ya poco importan, hablan de ciertos codazos artísticos y editoriales.
Pájaros más, pájaros menos, no deja de ser simbólico estar reunidos en esta sala siendo protagonistas de un acto donde se reencuentran la mayor riqueza material de nuestro país, con un poeta de alma presente que representa quizás la mayor riqueza espiritual de este país, que es su poesía.
Es, en buenas cuentas, una especie de abrazo con efecto retroactivo del espíritu con el cuerpo de la patria. De una suerte de reconciliación entre el cuerpo enfermo, con el ánima vital de la poesía.
Porque, por algún misterio insondable, de un tiempo a esta parte, resulta claro que perdimos la brújula, y tomamos el derrotero de atribuirle una importancia inconmensurable al dios mercado, que como todos sabemos, ni siquiera se trata de un brujo de mala muerte, sino de una abstracción de la mente que omite el quid del asunto: el protagonista central de toda la aventura humana es, ha sido, y seguirá siendo el hombre.
En marzo de 1921, con 16 años, Pablo Neruda llega a Santiago a una pensión de una calle solitaria y pobre del Barrio Independencia. Maruri, la calle Maruri, es el lugar común para referirse a ese bautismo de humo y esperanza, aunque tenga tanta o más importancia su llegada a la FECH, presidida por Daniel Schweitzer, la misma que hoy, 90 años más tarde preside Camila Vallejos.
Escribe en la revista Claridad, órgano oficial de la FECH y se incorpora como uno más al proyecto de soñar un mundo mejor.
Traía en su equipaje pocas cosas. Entre ellas, algunos borradores de algunos poemarios que nunca se editaron, pero que ya contenían las ideas centrales de lo que serían sus grandes obras que revolucionarían la poesía en castellano del siglo XX.
También especies no declaradas, que jamás despertaron sospechas en la aduana del esnobismo: barbitruquis, humarantes, quebrantalunas, octubrinas, y el siempre reincidente tontivuelo, que en Chile se reproduce tan porfiadamente. Con estas aves míticas y reales relacionadas estrechamente a la cosmovisión mapuche, que siguen aleteando en la vida y en los sueños, quizás sea posible aún soñar con esas espléndidas ciudades de Rimbaud, que el poeta soñara siendo un niño, cuando veraneaba con sus hermanos Rodolfo –mi abuelo-, y Laura –mi tía-, frente a las indomables olas del océano Pacífico.

miércoles, 3 de agosto de 2011

DANZA CON SERPIENTE

Por Bernardo Reyes (3 agos. 2011)


Ahí, entre babas, estaba el germen del mal y del bien.
El sueño ebrio girando en su carrusel oxidado.

Por qué me abandonaste, me dijo, desabrazándome,
huyendo de mí,
manca, ambidextra, lúbrica.
Y sola, como recién parida del huevo de una serpiente.

Sería inútil negarlo: jadeabas en mi oído,
antes que te fueras de ti.
Y luego, cuando te fuiste, te sentí hurgar en mis sueños,
caliente y furiosa como nunca.

Si tu me miras yo me vuelvo hermosa, dijo citando a la Mistral.
Y luego desapareció, reptando, por un sendero
de álamos temblones.

martes, 26 de julio de 2011

CON LA MEMORIA DE LOS CUARZOS


Por Bernardo Reyes (26/07/2011).

A Ramiro Insunza Figueroa (+ 25 julio 2011).

Ahora tu casa guarda un ocaso. Cuarzos escuchando el canto de un jilguero.
La danza primordial del bosque en donde regresa el niño perdido a buscar a su madre.

Cierto, nada malo hay en partir. Menos cuando nunca se ha llegado totalmente.

Todo podría ser sueño o noche, pero fue curda, burbujas del cannabis, simulación de partida. Revoloteo suicida de polilla en el incienso humeante.

Y así y todo te fuiste sin avisar siquiera que las velas estaban desplegadas, y que era cosa de esperar los vientos favorables, para partir hacia el oriente mientras la lluvia anidaba las horas mansas de la memoria.

sábado, 9 de julio de 2011

FACUNDO


Por Bernardo Reyes (9 julio 2011)



El espíritu del valle nunca muere
es la hembra misteriosa.

La puerta de la hembra misteriosa es la raíz de Cielo y Tierra. Ininterrumpidamente como durando desde siempre
ella actúa sin esfuerzo.


Lao Tse, en el Tao te King.

martes, 5 de julio de 2011

CON OJOS DE ALACRÁN AZUL


Por Bernardo Reyes (5 julio 2011)

Mas allá del bosque, aguas arriba de la vertiente, el alacrán azul mira al niño que sueña con que su bote de papel, arrastrado por las aguas, llegue al mar.
Olvida entonces la mancha, el carcinoma obsceno. Y sin prisa navega en una bronca que luego se amansa y retrocede.

Y quiere saber cómo fue que llegó a ser, pero sus palabras rebotan como taguas y se hunden en la oquedad del sin sentido, y una marea de aguas inexplicables lo deja asfixiado en la arena, boqueando palabras que no brotan.

Y percibe que en ellas no hay un desde ahora, sino siempres poblados de cadáveres exquisitos, y una soledad que ilumina el cerebro de luciérnagas imaginarias, como si de verdad fueran constelaciones.

El cáncer es un mantra del silencio, una afonía del miedo, un niño duende frente al espejo de agua de un remanso preguntándose si acaso alguien recuerda su rostro reflejado en esas aguas, donde el cielo se miraba, un día precioso de otoño.

miércoles, 29 de junio de 2011

EXTREMAUNCIÓN


Por Bernardo Reyes (29 junio 2011)

Desfogadas de su hastío, ellas repiten mantras y mudras. Y bendicen en luna llena sus crucifijos hechos de perdernales azules.
Y leen a Madame Blavatsky para olvidar calenturas y amantes. O tedios crónicos y esposos ausentes.
Y dicen, se dicen, que irán a Cheops a un ritual de purificación y descarga. O a pavear para que una de esas se les contagie la conjuntivitis de Horus.
Y se soñarán orinando en cuatro patas como una pantera detrás del Ashram donde orinó Krishnamurti.
Y se prestaran libros de Connie Méndez, y recitaran de memoria a Paulo Coelho, felices en su urgente cotorreo. Y sin entender una palabra, adoraran al Yug Yoga Yoguismo, de De la Ferriere, el mitómano.

Y darán por caducado el fuero de los ojos diciendo: no madre, no creo en tus ojos de muerta desaguados.
Y solo habitarán el hedor de los cuerpos yertos, vacíos de alma.
Y cubrirán de mirra e incienso sus días, mientras por las avenidas un mar de muchachos dirán que los pacos no saben amar, como un mandala indomado de furia.

lunes, 20 de junio de 2011

EL "ASESINATO" DE NERUDA III


Por Bernardo Reyes (20 junio 2011)

Ese día jueves 12 de julio de 1973, Neruda esperó con ansiedad la llegada del senador Volodia Teitelboim y los diputados comunistas Gladys Marín y Rosendo Huenumán.

En Isla Negra había gran algarabía, y pese a que el organizador de su propia fiesta de cumpleaños se encontraba en cama, debilitado, se puso feliz con el obsequio que su partido le hizo llegar. De inmediato se puso a hablar de proyectos poéticos y políticos.

Entre ellos se detiene a conversar con el también poeta Huenumán acerca de la creación de la Universidad Mapuche, proyecto largamente acariciado por Neruda, que visualizaba una entidad donde se enseñara la lengua ancestral y su cultura en general: el poeta consideraba que los mapuches tenían derecho a ser respetados como una nacionalidad con plenos derechos.

Sin embargo Volodia, observador acucioso, percibe que detrás de este torrente de ideas que fluye a pesar de encontrarse enfermo, existe la premura de quien debe hacer sus últimas tareas.

Es en su magnífica biografía “Neruda”[1] que Volodia se extiende sobre el débil estado de salud de su amigo y camarada: “me quedo admirado por el fuego que pone en ese nuevo proyecto el hombre que yace enfermo”, dice.

Mas adelante describe con detalle lo que a su juicio es una despedida:

Antes de una semana llega a mi casa en Santiago, de Matta Oriente 393, de repente, el auto de Neruda. Desde mi escritorio, con sorpresa, lo diviso a través de la ventana. Veo a Manuel Araya, el chofer, que viene con un cargamento en los brazos. Me entrega una carta, que leo con resuello contenido.

“18-VII-73

Querido Valentín: pienso que este abrigo (de origen losadesco) te vendría bien y es más juvenil que tu sotana oscura. Muchas gracias si lo aceptas; yo estaré en cama en invierno y no va bien entre las sábanas.

Te abrazo. Ven por estos lados. P.”

No se necesitaba ser buen entendedor para comprender esas pocas palabras. No era el capote de Gogol. El regalo del chaquetón contenía una metáfora, la metáfora de su despedida. Era una donación anticipadora, extratestamentaria, por causa de la muerte.

Idéntica visión tuvo mi padre –sobrino del poeta- que viajó desde Temuco, invitado también a la misma fiesta: Neruda ya no era el mismo, estaba sumamente decaído, y había participado en la fiesta solo por poco rato.

Y esta visión también coincide con la de Laura Reyes -hermana del poeta-, y finalmente con la de todos los invitados, con una sola excepción: la de su chofer, don Manuel Araya quien lo vio y lo sigue viendo en un magnífico estado de salud.

Araya, devenido por estos días en incomprendido intérprete médico, nos ha elaborado una absurda idea que pretende convencernos que en realidad haber internado al poeta en la clínica Santa María, se debería más a una estrategia para simular un estado de mayor gravedad, con el objeto de protegerlo de los militares golpistas, y que por tanto su cáncer era algo ya casi completamente superado: ergo, su muerte se debió a un asesinato, cuyas huellas casi imperceptibles, solamente fueron vistas por él. No por su mujer, ni su hermana, personas cercanas y celadoras de la intimidad, durante todo el tiempo.

Por cierto dicha teoría ha contado con apoyo político: la del propio Partido Comunista, el que basado en estos dichos y presunciones, entabla una aparatosa querella criminal por homicidio y asociación ilícita en la persona de Neruda. Y son ellos los que transcribieron el viejo anhelo de Araya y lo transformaron en una querella, hecha y derecha. Porque a estas alturas ya nadie desconoce que hace mucho tiempo que el chofer venía insistiendo en el tema, y lo vociferaba públicamente cada vez que tenía la ocasión. Y en este largísimo período de 38 años, nadie, ni su propio partido lo escuchó según dice públicamente.

La enfermedad del poeta es quizás uno de los aspectos biográficos más estudiados, y en todos ellos se coincide que comienzan en julio de 1971 aproximadamente. Dice por ejemplo David Schidlowsky[2]: en julio, Neruda enferma. Son dolencias que no lo abandonarán hasta su muerte. Comienza una larga lucha con una enfermedad, de la que él nunca conocerá toda su magnitud, con altas y bajas. Desde hace años sufría de flebitis, de ataques de gota. Pero esta enfermedad era distinta. Para el poeta era reumatismo. Los médicos y Matilde sabían que era un cáncer prostático que con el tiempo generaría metástasis en los huesos. Neruda comienza a usar una sonda unida a un frasquito en su bolsillo. Al baño mas cerca lo llevaba a vaciar. Matilde lo cuida y controla. La enfermedad lo obligaba a descansar y seleccionar sus compromisos.

En el mismo libro reproduce una carta que Neruda le envía a Teitelboim, fechada el 11 de julio de 1971:

Querido Volodia, después de haberme dado de comer y haberme sostenido para ir al baño en mi primera levantada de cuatro días (10 metros, 10 minutos), Matilde, rebosante de salud, me permite también terminar el dictado…[…]

Por Laura Reyes supimos que una vez superada esta crisis, pudo salir para mostarle el Eliseo junto a Matilde.

Luego en la familia supimos que a fines de septiembre, se realiza su internación en una clínica para hacerse unos exámenes, que determinan la necesidad de operarlo.

La operación del cáncer a la próstata se realiza en octubre, en el Hospital Cochin de París.

Luego, el 21 de octubre de 1971, se le comunica la noticia de haber obtenido el Premio Nóbel. Las fotos de la celebración íntima, junto a su hermana Laura, Matilde, Carlos Vasallo y Gabriel García Márquez, son un testimonio elocuente del débil estado de salud.

Sin embargo lo que había marcado el agravamiento irreversible sucedió un mes antes en el verano europeo[3] de 1971, en Siena, Italia, con motivo de una visita a esa ciudad y a Florencia. El estudioso, Hernán Loyola, sostiene[4]:

Neruda, Matilde y Otero Silva habían llegado a Siena la víspera del Palio di Mezzagosto[5] (con su espectacular carrera de caballos). El verano de 1971 fue particularmente caloroso en la región Toscana. Neruda se sintió mal durante el desarrollo del Palio, con pérdida de conocimiento y un estado de pre-coma que aconsejó de inmediato traslado a Florencia en ambulancia. Hasta la clínica llegaron desde Roma el embajador Carlos Vassallo y Carmen, su mujer. Las jornadas de convalecencia las pasó en el Hotel Baglioni de Florencia, en compañía de los amigos a quienes dedicó este soneto[6]: Carlos Vassallo y Miguel Otero Silva.

El mencionado texto, fue escrito en Florencia, el 18 de agosto de 1971.

Las referencias biográficas de su estado de salud son absolutamente contundentes y coincidentes. Volodia Teitelboim, por ejemplo, recibe correspondencia de Matilde el 6 de noviembre[7]:
[…] me dice que a ella la aterra ese viaje a Chile por un mes. Pablo tendría que permanecer en Santiago por algunos días en un hotel, pero ahora con lo del premio sería imposible: estaría al alcance de todo el mundo. “Yo creo –explica- que tenemos que protegerlo un poco. Pablo está muy débil todavía, su recuperación va lenta. Con este terremoto del Premio Nóbel tiene mucho trabajo. Él tiene muchos deseos de ir a Chile pero yo pienso, ¿es cuerdo esto?”.

Después de la recepción del Nóbel en Suecia, el 10 de diciembre de 1971, se dirigen al ayuntamiento de la ciudad de Estocolmo, donde el poeta es fotografiado en el vals ritual junto a su esposa. Lo que no se divulgó fue que se trató de escasos pasos, ya se encontraba tan mal que tuvo que retirarse a su hotel, la suite Bernardote, del Grand Hotel Royal.

Volodia Teitelboim es quizás el primero en estar informado en detalle sobre el preocupante y delicado estado de salud del poeta, y en sus diversos libros hace mención una y otra vez de sus constantes recaídas, hasta su retorno definitivo al país el 21 de noviembre de 1972. El 18 de octubre (1971) le escribe a Volodia:

Entre los estremecimientos que nos da la situación chilena y el embargo del cobre, tengo que darte, además, otra mala noticia. Se me ha producido un fuerte retorno de la misma enfermedad: estoy de nuevo condenado a muchos días de sondas y objeto de inyecciones y comprimidos de antibióticos. Según el médico, hay que hacer de nuevo lo que llaman “una limpieza”, lo que es en realidad, una operación con anestesia total. […] Tampoco puedo hospitalizarme de inmediato porque arrastrándome tengo que andar con los líos del cobre y en la conferencia de la UNESCO en donde debo hablar el jueves 19 de octubre. El 26 de este mismo mes seré recibido por Pompidou para plantearle nuestra situación sobre el embargo del cobre […] He escogido, entonces, el 27, después de la entrevista con Pompidou, para hospitalizarme y entrar en la sala operatoria. […] dicen que el período de hospitalización durará una semana […]

En definitiva en un año y ocho meses a cargo de la embajada de Chile en París, designado por Allende, período comprendido entre el 20 de marzo de 1971, fecha de llegada, y el 21 de noviembre de1972, se desata una cantidad impresionante de eventos de enorme relevancia histórica, política y poética, que le valen la consolidación definitiva como una figura relevante del siglo veinte.

A comienzos de 1972, la familia se entera de una nueva recaída que termina en una anemia aguda, por lo que se sabía a ciencia cierta que dejaría la embajada por motivos de salud.

Valga agregar como colofón, un detalle menor, que retrata de algún modo el deseo de torcer los hechos vistos por una de las protagonistas, Laura Reyes Candia, hermana menor del poeta, y como hemos dicho quien lo acompañara en París, y posteriormente casi todo el tiempo que permaneció enfermo, en especial mientras estuvo internado en la Clínica Santa María cuatro días: Leonarda Rodríguez Marinao, mi centenaria tía abuela, que en varias ocasiones conversó con Neruda acerca del proceso fundacional de la ciudad de Temuco y la región, un día trajo de regalo una paloma tejida a crochet, para mi esposa y yo.

El año 1976, la vio Laura Reyes, y le pidió a mi señora que le comprara crochet e hilo para hacer una copia. Y así lo hizo: esa copia es la que se mantiene hasta el día de hoy colgada de una ventana de Isla Negra pues se decidió cambiarla, ya que la cortina anterior estaba demasiada deteriorada, de acuerdo a lo que nos explicó.

¿Cómo fue que me transformaron a esta señora con una vista tan buena que podía tejer las pequeñas puntadas del crochet en una persona incapaz de ver lo que le sucedía a su hermano agónico? ¿Estaría distraída mentalmente, con algún trastorno síquico? –me pregunto-.

El 5 de diciembre de 1972, fue la última aparición en público del poeta, con motivo del homenaje popular y masivo en el Estadio Nacional, que contó con la presencia de las máximas autoridades del país. Su famoso discurso, ha sido reeditado muchas veces.

Pero un trozo del manuscrito de ese discurso, lo conservó Laura, porque se dio cuenta del valor histórico que tenía preservar esas palabras borroneadas. Lo sé pues forma parte de mi archivo. Hay otro archivo emocional, que subyace con este archivo físico: el relato pormenorizado de una multitud agolpada fuera de la embajada de París, festejando al poeta por el premio Nóbel, o la ocasión en que el poeta se dirigió al país el 24 de octubre por Televisión Nacional, agradeciendo los centenares de cables enviados, mientras el poeta presenta a su hermana a las cámaras, o la descripción de esas fatídicas horas de agonía, y en particular de esa noche del 23 de septiembre de 1973.

Se trata de la misma persona que hoy quieren mostrar como casi ciega, y con sus facultades mentales algo perturbadas, y cuyo testimonio resulta inoficioso a la hora de escuchar las palabras del único hombre que vio un gesto homicida, y que tuvo la desconsideración de ocultárnoslo por 38 años.

(Fotografía de Wikimedia commons, marzo 2011, Hospital Cochin, París).

[1] “Neruda”, V. Teitelboim, Ed. Losada, 1985, Argentina. Pgs. 387-388.

[2] En “Las furias y las penas”, RIL Ed., 2008, Chile, Tomo 2, Pag. 1296.

[3] 21 de junio al 21 de septiembre.

[4] En Obras Completas, Galaxia Gutenberg, 2002, España. Tomo V, pag. 1405.

[5] Fiesta popular de origen medieval que se celebra en Siena, todos los 16 de agosto. Es una carrera de caballos, donde compiten diversos barrios de la ciudad. Dura alrededor de 3 minutos en que los competidores dan vueltas alrededor de una especie de medialuna de gran tamaño.

[6] Se refiere al Soneto Florentino.

[7] En “Las furias y las penas”, Ib. Cit.. tomo 2, pag. 1307

jueves, 9 de junio de 2011

AGUAS


Por Bernardo Reyes (9 junio 2011)

Aguas chicoteando los rostros con finas púas de hielo. Aguas escapando de los cuerpos, enrojecidas aguas abandonando la guarida.
El cerebro, casi pura agua, la sangre, los músculos: agua. Aguas patagónicas asediadas por la usura.
Y eso sería todo: la fertilidad de los sueños nutridas por las aguas de este y del otro lado.

Es por el vacío de aguas estancadas en la usina de la nada, que se encuentran los amantes. Como cuando por vez primera se encuentran los cauces de dos ríos en la estepa sombría: suma de aguas, en donde miran su rostro el cielo y las estrellas.

Copas vacías aguardan el retorno de los brindis, dos alegrías chocando en el bar deshabitado.

Raudos seres pasan por los días, sin saber que son ríos, lagos repletos de recuerdos que flotan como insectos dispuestos a volar: dos miradas de agua que se cruzan, se ignoran y se pierden entre el yepo de culebras de agua de la multitud.

martes, 31 de mayo de 2011

EL "ASESINATO" DE NERUDA II

Por Bernardo Reyes (31 mayo 2011)


-¿Quieres conocer la tumba de tu tío?- me preguntó Matilde esa mañana gris de abril de 1977. Con el resto de la familia rodeábamos el féretro de mi tía Laura Reyes, antes de que su cuerpo fuera cremado.
Su ancha sonrisa se había abierto cuando me vio. No nos encontrábamos desde 1970, para la campaña de Salvador Allende, en esos viajes al sur cuando el poeta pernoctaba en casa de mis padres, y partía a ver la “casa vieja”, la de mis bisabuelos donde pasó su infancia y adolescencia, aledaña a la nuestra.

Recuerdo que Roberto Parada, el actor, recitó de memoria con su voz gigante frente a la urna el poema “Hoy que es el cumpleaños de mi hermana”, escrito en 1923 mientras el poeta transmutaba los miserables crepúsculos de calle Maruri, en Santiago, en poesía. Tenía apenas 19 años, y su hermana Laura, 16 años.

Siempre los hermanos permanecieron cerca. Mucho más cerca de lo que cualquiera de los estudiosos podría imaginar, convicción que últimamente he reafirmado gracias a la generosidad del poeta y bibliófilo César Soto, el que al comenzar este otoño, me abrió su archivo nerudiano que contiene piezas de un valor incalculable. Por decir algo, los manuscritos del Canto General, en que por diversos motivos aparece la sombra de Laura -hada familiar para la familia-, que anotaba al margen algún detalle que su hermano olvidaba. No eran anotaciones literarias, sino domésticas, que nos muestran una y otra vez que participaba activamente en los diversos procesos creativos, en distintas épocas de la vida de su hermano.

En los primeros años, por ejemplo, fue ella la que rescató del fuego los manuscritos de los primeros poemas que en un ataque de furia mi bisabuelo había intentado quemar. Gracias a ellos pudo completarse después Crepusculario.

Entre Matilde y Laura siempre existió una pugna soterrada, que por lo demás carecía de importancia, pero que de vez en cuando las hacía asomar garras: pequeñas tormentas pasajeras, que finalizaban en un arquear las cejas, suspirar hondo, y seguirse aguantando.
La cosa era más seria y más críptica para entender, en la relación de Matilde con el Partido Comunista. Matilde no era santo de las devociones del partido, pese a que ella durante la dictadura pagaba sueldos políticos con sus propios recursos.
La historia se remontaba al tiempo de la separación de Pablo de Delia, la militante disciplinada, la brillante intelectual, la que era capaz de sugerencias poéticas explícitas, que muchas veces el poeta consideraba.
Delia sí era querida por la familia y el partido. A Matilde, en cambio, se le caricaturizaba como una policía que se ganó la animadversión de los escritores, militantes y familiares, estableciendo una especie de cerco blindado para que el poeta, asediado por la prensa y admiradores, pudiera crear.

Cuando ya el eco del homenaje a Laura había escapado del cementerio, fuimos con Matilde y mi esposa al precario nicho 33, del Módulo México.
Frente a estos nichos, por ese entonces, estaban cientos de cruces marcando las tumbas siniestras de detenidos desaparecidos.

Desde ese momento, y hasta su muerte en 1985, acompañé a Matilde cada 23 de septiembre, para recordar la partida del poeta, que fueron actos de resistencia a la dictadura, casi siempre reprimidos con brutalidad.
Generalmente yo regresaba primero a La Chascona, y esperaba la llegada de Matilde, que tenía que ir a rescatar de las comisarías a muchachas y muchachos, tratados con salvajismo. Muchas veces tenía que lidiar con los padres de alguna jovencita arrastrada del pelo dentro de los buses, quienes naturalmente la culpaban a ella de la vejación.
Muchas veces, el descontrol represivo de carabineros llegaba a tal nivel, que frente a la tumba del poeta se apostaban buses, vehículos particulares, soplones con caracterizaciones ridículas, dirigidos por altos oficiales que recibían órdenes directamente de La Moneda para la opción de apalearnos o tomarnos detenidos.

Recuerdo la humillación que significaba poder llegar con mi estrujado ramo de claveles rojos frente a la tumba, aún somnoliento de mi viaje desde Temuco. Era detenido una y otra vez, obligado a mostrar mi cédula de identidad, y a explicar reiteradamente que venía a recordar la muerte del pariente a un rufián vestido de verde, que apuntaba su ametralladora directo a mi cuerpo.
Muchas veces fui protagonista de esta estupidez surrealista de ver a estos carabineros apuntando con ametralladoras a la tumba del poeta y al grupo que acompañábamos a la viuda.

Después de esas ocasiones, solíamos conversar con Matilde horas, hasta avanzada la noche, o hasta la madrugada. Escuché en esas ocasiones la versión oral de sus memorias “Mi vida junto a Pablo Neruda”, varios años antes de haber sido escritas y recién publicadas un año después de su muerte.

De manera que en relación a la muerte de Neruda tengo una visión muy cercana de dos protagonistas directos y antagónicos, testigos de lo sucedido en la vida y en las últimas horas.
Laura después de la muerte de su hermano llegó a vivir con nosotros en Temuco, y pudo trasmitirme a su vez, los dramáticos sucesos previos a la muerte, y otros con los que pude mostrar y acercarme a una biografía desconocida del poeta, que hoy forma parte de todos los estudios biográficos que existen.

Y es quizás por eso que puedo dar testimonio de la gratitud de Matilde con el embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá que fuera uno de los primeros en llegar a la clínica Santa María proponiéndole sacar del país al poeta, ese miércoles 19 de septiembre.
Luego regresa el día jueves 20, según señala Matilde en sus memorias.
Es recién por entrevista realizada por el periódico “La Jornada”, de México, el sábado 28 de mayo del 2011, que me entero que habían coordinado la salida del país para el sábado 22 de septiembre, dato que Matilde no había incorporado con claridad en sus memorias.

Este dato, personalmente me permitió revisar mis propios apuntes para verificar el error de situar la fecha detención de su chofer, don Manuel Araya, días antes y no el sábado 22 de septiembre, un día antes del deceso de Neruda.

Y es aquí donde hay que detenerse y caminar con cuidado, paso a paso, para ver los hechos desnudos y ver cómo es que nace y se arma esta gigantesca teoría conspirativa creada por Araya a partir de una simple elucubración de quien ni siquiera estuvo al lado del poeta esas últimas horas, ya que se encontraba detenido en el Estadio Nacional, luego de una detención brutal y vejatoria el día sábado 22 de septiembre:

1.- Es la propia Matilde la que sostiene que Neruda se encontraba en un estado febril ese día sábado 22 de septiembre, pero que su estado no era grave. Prueba de esto es que ella viaja a Isla Negra a buscar algunas cosas indispensables para el viaje a México. Estando en Isla Negra, recibe una llamada de Neruda, muy angustiado, que según palabras de Matilde terminan con la frase “no puedo hablar más”.
Pero quien hizo la llamada fue Neruda, y quien recibió esa llamada fue Matilde. De manera que es imposible que Araya hubiera podido saber qué palabras cruzaron los esposos.

2.- Gonzalo Martínez Corbalá, asegura en la entrevista mencionada, que él llegó a la clínica Santa María como a las 11 de la mañana de ese sábado, y que habían concordado con el poeta que la salida quedaría postergada para el lunes 24 de septiembre. Así debe haber sido, sin duda alguna. Y eso es prueba adicional de que Matilde podía viajar a Isla Negra a recoger algunas cosas para el viaje, ya que el poeta se encontraba en buenas condiciones.
Cuando hablamos de buenas condiciones, nos estamos refiriendo a un hombre enfermo de cáncer, que tiene frecuentes ciclos de fiebre, y que está internado en una clínica justamente porque su estado de salud es delicado.

3.- Matilde regresa de Isla Negra y encuentra a su esposo agitado. Junto a el estaba Laura Reyes, su hermana. Es posible que también estuviera Teresa Hamel.
Pero ni Matilde ni Laura fueron capaces de reproducir cabalmente lo sucedido, salvo decir que todo tenía relación con noticias terribles, que el poeta había recibido ese día sábado 22 de septiembre. Muertes, los detalles escabrosos de la tortura de Víctor Jara, y quién sabe qué otros relatos.
No hay que olvidar en este momento, que ese sábado el poeta se encontraba en buen estado, consciente. Que a las 11 de la mañana había conversado con el embajador de México, y que por tanto era un día apropiado para recibir visitas que fue lo que efectivamente ocurrió.
Nunca tuve el tino de haber preguntado quiénes fueron a visitarlo ese día sábado, que hubieran permitido determinar qué amigos fueron los portadores de las malas nuevas, en que seguramente también deben haberle comunicado del saqueo y destrucción de La Chascona, ubicada a pocas cuadras de la clínica.

4.- El relato pormenorizado de esas horas dramáticas del día sábado, Matilde los registró en sus memorias. Y es por ese relato que podemos establecer que al ingresar a esa habitación Matilde queda sola tratando de calmarlo de esa agitación, en que una y otra vez él se refiere a la masacre desatada. Esta agitación hace crisis alrededor de las cuatro o cinco de la tarde, Neruda con los ojos desorbitados, completamente afiebrado, saca fuerzas para desgarrarse el pijamas, exclamando: “¡Los están fusilando! ¡Los están fusilando!”. Matilde desesperadamente llama a la enfermera, quien le pone una inyección para sedarlo, seguramente prescrita por su médico.
El toque de queda era a las seis de la tarde. Laura se retiró a su domicilio.

5.- Yo mismo he sostenido que esos 4 días del poeta en la clínica fueron de estar sumido en un sueño profundo, lo que puede inducir a error. Se trataba de un estado febril, cíclico, que a ratos permitía ver al enfermo lleno de energía, pletórico casi y a ratos, en un estado calamitoso. Lo que en la jerga sureña se le denomina “la mejoría de la muerte”, esa última tentación de la carne por quedarse indefinidamente viva, en pugna con el inevitable llamado oceánico de la inmensidad.

6.- Es recién el día domingo 23 de septiembre, por la tarde, que Matilde comienza a inquietarse porque su chofer no ha regresado. Y no podía haber regresado pues ese sábado, mientras se dirigía a guardar el automóvil, había sido detenido. Matilde no supo de inmediato que don Manuel Araya había sido detenido, y enviado al Estadio Nacional luego de ser torturado. Todos estos relatos fueron reafirmados una y otra vez por Laura Reyes. Es esta última la que cuenta que el día siguiente ella llegó a la clínica por la mañana, y su hermano permaneció durmiendo todo el día.
Y añadió un detalle: a las 22,30 hrs. antes de fallecer, su hermano había murmurado “me voy”. Distinta opinión tenía Matilde, quien también estaba en esa habitación, y que solo alcanzó a ver el temblor del cuerpo agitando su cara y su cabeza. Teresa Hamel cada vez que conversé con ella, tenía bloqueados los recuerdos precisos.

7.- Don Manuel Araya ha sostenido una teoría tan tremendamente incongruente que parece increíble que el partido comunista la hubiera considerado en serio como para fundar la necesidad de una investigación por presunto asesinato.
En primer lugar habría que pensar por qué razón el propio partido ignoró la opinión de quien fuera un militante de su propio partido en un tema tan grave e importante. Pero no solo eso: también lo ignoraron sistemáticamente todos los periódicos del mundo, todas las radios del mundo, todas las personas vinculadas a los derechos humanos. Y no solo eso, sino que transcurrieron 38 años, en que tuvimos cuatro gobiernos de la concertación, que bien podrían haberlo escuchado.
¿Estamos entonces ante la presencia de una gigantesca conspiración que solo puede ser resuelta por la “opinión” de alguien que ni siquiera estuvo junto al poeta las últimas horas?

Dispongo del testimonio de otro chofer, que ha pedido reserva de su nombre por el momento, y que tuvo la misión de ir a buscarlo al aeropuerto al regreso de París el 21 de noviembre de 1972, y permanece al lado del poeta parte del año 73. Esto le da un margen de participación a don Manuel Araya de escasos meses, en que por pura vitalidad de su imaginación, lo transforman en un vital e imprescindible testigo presencial de hechos que jamás vio.
Espero poder convencer a este silencioso y leal hombre, que en vez de exponerse a los fuegos artificiales de los medios de información ha optado por el silencio, para que hable en algún medio, o si su pudor no se lo permite, que me diga qué puedo decir o no de esta relación.

La sustancia de que se nutren los recuerdos, suele mezclarse con los propios deseos de que la realidad vivida hubiera sido otra. Es seguramente la naturaleza humana la que actúa detrás del impulso vital de no ser ignorado. Una dosis de inocencia, que cohabita con el deseo de trascender: honestamente creo que Neruda le diría a Manuel Araya, lo mismo que en algún momento le dijo a Margarita Aguirre mientras escribía su magnífica biografía: “mienta comadre, mienta”. Porque la fantasía desde siempre ha sido y seguirá siendo parte del mito.

© Fotografía archivo Bernardo Reyes. En la foto el autor del presente artículo, junto a Volodia Teitelboim, durante el funeral oficial de Pablo Neruda, el 12 de diciembre de 1992, ocasión en que el poeta fuera llevado a su descanso definitivo, junto con Matilde, a Isla Negra.


*Este tema termina desarrollándose en su 3ª parte. Pinchar aquí.

viernes, 13 de mayo de 2011

EL "ASESINATO" DE NERUDA I


Por Bernardo Reyes (13 mayo 2011)

Ese día el poeta no habló con palabras mariposas, posándose cursis sobre el esqueleto de la fragancia evocada de una amante inconclusa.
Por el contrario, como todo estaba inundado de presagios, el fango lúbrico del miedo extendido por las horas, hacía que solo estuviese atento a no caerse.
El escarnio militar por la eventual caída, el miedo a la caída, y la caída misma a un abismo insondable, eran motivos suficientes para centrarse en el paso a paso por el sendero escabroso.

Se trataba de pasos de luz en el callejón prohibido y oscuro, en donde reluce una daga homicida entre la luz y el desvarío del aire, que abandona definitivamente al ser.
Luego, como dice Borges, una mitología de puñales se anula en el olvido, y el frescor de nuevos días, y primaveras recién nacidas, hacen que la muerte y su mal sueño sean ropas viejas, secadas con la brisa salada del litoral.

Y vino la reencarnación: un pobre peuco casual posado en el techo de La Chascona, animado al banquete de ratas sin guarida de la casa saqueada por los militares, fue el llamado para habitar la broma del poeta que estableció su retorno a la carne en la figura de un águila. Pero a falta de águilas, buenos son los peucos. Y hoy, entusiastas guías turísticos, de la ahora Casa-Museo, repiten y repiten el chiste como máxima poética del poeta reencarnado.

Pero antes de eso apareció un vitalicio entre los vitalicios, a representar en la Tierra al poeta, un hombrón que era la imagen rediviva de Michimalonco. Un cacique hecho y derecho, a no ser por su desprecio a los mapuches vecinos de su fundo, a quienes les aplicó la ley antiterrorista creada por Pinochet por un lío menor, en donde salió chamuscada una pequeña casa de su propiedad.

No era un amigo del poeta. Nunca lo fue. Pero sí era un hombre con conocidos en las esferas fascistas, apropiado por tanto para revertir la confiscación de Pinochet de la casa de Isla Negra, donada al Partido Comunista, el que gentilmente, y por un precio de liquidación, aceptó el pago indemnizatorio del gobierno democrático.

Y así, por arte de birlibirloque, un jurisconsulto que aún por estos días se devana los sesos tratando de entender los mensajes más crípticos del poeta, rige los destinos del legado material y poético de Neruda. Apoyado naturalmente por una comparsa representativa del mundo cultural.

Muy luego, por tanto, se olvidó el incendio y saqueo de La Chascona, el allanamiento a la casa de Isla Negra, y el saqueo y destrucción de La Sebastiana. En reemplazo del olvido, un remedo reivindicatorio, una simulación pedestre y soez de la cultura entretenida se materializó para centrarse casi en forma exclusiva en la administración de las casas museos.

Hubo un sueño llamado Cantalao, que jamás pudo ser entendido por exégetas de nuevo cuño, que celebrando sus propios gases dictaminaron que el tiempo de Neruda ya se había terminado. Y luego del anuncio, cantinfleando con sus dotes de inversionistas con visiones índigo, entre otras gracias invirtieron en una de las decenas de empresas de un multimillonario con serios cuestionamientos en violación a los derechos humanos.
El vitalicio antes mencionado, bastante mosqueado por esta asociación, nos dio algunas clases a nosotros los pobretones, que no sabemos de inversiones: siendo cosas del mercado, y no de ética, el dinero ingresado a la fortuna de Neruda por la poesía, justificaba cualquier falta de decoro en dónde invertir.

Hubo muchos que en la repartija de las migajas poéticas y reconocimiento social, se sintieron menoscabados.
Algunos habían sido los que estando en la calle, le vieron pasar, y se declararon sus cercanos.
Otros, fastidiosos y despreciados por el poeta, estudiosos de su poesía, post mortem cambiaron su relación con la simple inflexión de llamarlo Pablo a secas. Otros en cambio optaron por teorías conspirativas rebuscadas, mezclando con energía la argamasa de lo onírico, con una pizca de realidad, y doble dosis de imágenes televisivas, para el esplendor y gloria de una supuesta verdad.

Había una vez, un país llamado Chile, dolido hasta la médula por la masacre y la locura. Un poeta murió de pena cuando vio a su país moribundo.
Pero lo curioso fue que el cuerpo del delito jamás se encontró, porque los asesinos jamás supieron que cuando asesinaban sombras, lo que hacían era multiplicar la luz.

*Este tema termina desarrollándose en su 2ª parte. Pinchar aquí.

martes, 10 de mayo de 2011

PERRO DESOLLADO FRENTE A LA MAR


Por Bernardo Reyes (10 mayo 2011)

De retorno a la albahaca, la mar resuelta en luz, concurre a la nostalgia, tierra afuera de su espuma.

El fino encaje de esos días acostumbrados a la sal, era un organdí de fantasías flameando en el mástil de su talle: sincera, directa, creyente como era, sostuvo que ella sabía que estaba con Dios, y Dios con ella.
Un pacto donde no cabían referencias a que ella recordaba a los hombres por el sabor de su semen. O por el olor ferruginoso y ácido del sudor.

Las polleras de sus olas emulan solo regresos, pero los estatutos doctrinarios del agua, convocan a sus bases al vaivén.

Y desde el fondo de las aguas los ahogados del naufragio, los rehenes de las aguas, creen escuchar los ladridos de un perro que persigue las gaviotas: pero son ladridos mudos, esqueletos de ladridos acallados por la lluvia marina.
Pero alguien ladra en el litoral y alguien huye por siglos invisibles.

En la huída se desgasta el pelaje del alma. Luego, el enrojecido lomo desplumado, olvida las caricias.

La arena son colmillos disueltos por la sal. La espuma, la última huella de una lucha sin sentido.

*Fotografía de un perro sin esperanza, llamado Aysén.

viernes, 29 de abril de 2011

Por Bernardo Reyes (29 ab. 2011)

A la hora de la muerte escucharás olas, alas, vuelos.
Guiños leves.
Jilgueros que te mirarán sin tu saberlo.

Serán brisas inexplicables.
Sueños absurdos.

Y menos que eso.
Será el perpetuo retorno
del grano de arena al lecho del mar.

Y yo me pregunto,
qué haremos con nuestros capricornios y nuestras cruces.
Con nuestros relámpagos
iluminando la caverna penetrada del ser.

Hay kibaliones solemnes,
muchacha obstinada.
Y con su ceño adusto solo te pueden decir
que tras la noche
el sol hace cantar las aves.

jueves, 28 de abril de 2011

GONZALO



Por Bernardo Reyes (28 ab. 2011)

Eran días de brama y bruma. Y frío. Y lluvia.
Días camuflados de noche con perramos negros, habitados por pupilas clandestinas que titilaban su odio desde las sombras.
Aunque en esas calles parecía no haber nadie a quien odiar, sí pervivían motivos para odiar, inmersos como estábamos en una vorágine de hechos sangrientos y abusivos, que condicionaban vidas y obras.

Una contingencia que calaba hondo en nuestras escrituras, como un juramento ante la inminencia de más horror: ética y estética, incestuosamente coludidas, desde donde brotaban hijos a veces febles.
No importaban las formas, ya solo importaba que se fueran de una buena vez los militares. Para que cada cual, desde su particular trinchera, disparara versos o piedras.

Fue uno de esos días que apareció por mi casa un señor que dijo llamarse Gonzalo Rojas.
Como no me encontró, me dejó una nota de la que me repuse años más tarde, cuando le comenté lo mucho que me avergonzaba esa casa precaria, con una escala francamente sórdida.
Cesantes consuetudinarios como estábamos, ansiosos en la espera de esa manida alegría que venía en camino, y que jamás llegó, vivíamos en una precariedad que mordía la paciencia.
Era la pertenencia ética a la resistencia que habitábamos, la que nos insuflaba ánimo para olvidar esa anémica marginalidad. El resto lo hacía nuestra juventud y la adrenalina.

Desde ese entonces, desde esa nota, mantuvimos con Gonzalo un contacto permanente.
Nada de raro, ya que este trato familiar con este Gonzalo mío, era el mismo trato que tenía con todos, poetas o transeúntes. Una llanura, una extensión amable en donde la brisas de la amistad se sintieran a sus anchas para hacer flamear pasturas.

Un día, en su habitación del hotel Orly, con Marycruz, tuvimos el privilegio de escuchar varios textos inéditos, leídos con esa voz áspera, donde silencios e inflexiones caminaban de la mano.
Luego me pidió que leyera algunos de mis poemas. Se detenía de pronto ante algún verso, lo repetía balbuceando. Diamante puro, exclamaba, cuando sentía que se acertaba.

Gonzalo Rojas, silente ahora por motivos de fuerza mayor, creo que se muere de la risa por este espasmo colectivo de ausencia suya.
-No será para tanto- lo parafraseó su hijo en el homenaje de despedida en el museo de Bellas Artes, mientras nos conmovía hasta la médula el poeta Jaime Luis Huenún, leyendo el poema de Gonzalo a Sebastián Acevedo, el autoinmolado frente a la catedral de Concepción para exigir que la CNI le devolviera a sus hijos encarcelados.

Porque es necesario honrar también al hermano mayor que tuvo la lucidez y consecuencia de soñar junto a los jóvenes del MIR y al Arauco ancestral que fluía por sus venas: al compañero poeta, sicalíptico y mordaz, putero confeso y delicado amante, se le debe querer sin fraccionarlo en compartimentos estancos.

Es verdad, la muerte agrede con sus cítaras y violas en desmadre. Y en ese regreso a cierto útero inefable se lamenta uno de no poder volver a contar con voces y sueños.
Como si la palabra hablada fuera asfixia, donde pervive el anhelo de volver a respirar, solo para volver a exhalar lo que aún ni siquiera se sueña en decir.


© Fotografía gentileza de Héctor González.

lunes, 11 de abril de 2011

CÁMARA OCULTA


A Mario Cárdenas Sankán (1)
(11 de ab. 2011)

Es verdad, saludábamos con la diestra vertical, el pulgar sobre los cuatro dedos extendidos, simbolizando los cuatro elementos subyugados al poder del espíritu.
El mudra parecía representar, entre tantos restos del naufragio, una tabla a la cual aferrarse. Y era fácil, en vez de hablar y razonar, repetir como loro una consigna hueca de paz, aunque pareciera un saludo nazi.

Miro esos años atroces, como cuando tiene uno la mala fortuna de encontrarse con un vómito sanguinolento. Años del asco y del miedo, de huir o sentir la necesidad de huir. Había que convocar a la paz, había que optar por la paz, negocio por el que también optaron los mercachifles del esoterismo ramplón, anteriores a la llegada de miles de fastidiosos y mediocres títulos de libros de autoayuda. También de reinterpretaciones cristianas, llenas de medioevales prácticas fanáticas, que llegaron a la estupidez de escuchar mensajes del Maligno si el casete se reproducía al revés, cuestión que de acuerdo a los locuaces guerreros de la luz, ocurría hasta en las canciones infantiles.

Así surgieron seres siniestros, que vieron en la masacre un camino a un orden. Pinochet era, según recuerdo, el arcano instrumental para la manifestación de cierta armonía espiritual, opuesta en todo al comunismo y el ateísmo.

Francisco era respetado en la universidad. Yo mismo fui su amigo. Leí obras de su mentor espiritual, el autoerigido avatar de la nueva era, Serge Raynaud de la Ferriere, que resultó ser un mitómano profesional.
Así fue que conversando, poco después del asesinato de algunos compañeros de carrera, pude constatar su absurda apología a la dictadura. Nunca supe si llegó a ser soplón, pero si lo hubiese sido, tampoco me sorprendería.
Hace pocos años lo vi en Santiago parado al lado de una camioneta de algún servicio. Su rostro de gurú en ciernes había desaparecido.

En ese contexto surgió una especie de autismo. Sí hay que admitirlo: algunos fuimos una especie de autistas en un devaneo bipolar entre lo trascendente y lo pedestre, y creíamos habitar un territorio desde donde supuestamente podría reconstruirse algo que los milicos y los soplones civiles habían ayudado a destruir.

Una y otra vez la mente vuelve sobre el llano en llamas. Una y otra vez el legado de Allende se hace más y más fuerte, y en las antípodas más y más pequeños se hacen los defensores de un sistema en que el hombre no es el centro sino “el mercado”.

A Gutiérrez le decíamos Guttenberg, y sin aviso un día cualquiera enloqueció. Una mañana todo se le fue al carajo: Guttenberg con sus ojos desaguados, nos dijo que había encontrado la fórmula para llegar a Dios. Y en efecto, nos mostró una absurda ecuación sacada de alguna pesadilla con el cálculo infinitesimal.

A otros los milicos los dejaban en la puerta de la universidad, después de torturarlos.

Sin embargo el espacio entre los espacios, eran miradas que nos sobrevenían de alguna parte y no la esperanza en días mejores. No unos ojos celestes de cielo al que llegaría la primavera, sino la mirada de la pitón negra del miedo acechando los sueños y la vigilia. Algo, alguien, que sabía de nuestros pasos, y llamaba a la puerta, en medio de la noche. El quejido de alguien que cae de bruces en la acera, tal vez borracho, tal vez golpeado, y que se levanta, para nuevamente comenzar de cero.

Un día fuimos a sacarle la madre al hijo de puta cuando visitó la ciudad. Fue cuando balearon a Mario.
Al día siguiente fuimos treinta mil y los pacos retrocedieron.
Pareciera que fue un sueño.



[1] Estudiante de quinto año de medicina, baleado en la cabeza en el Campus San Francisco de la U. C. de Temuco, al mediodía del 24 de abril de 1986, en medio de las protestas por la visita de Pinochet a la región. El día siguiente al baleo marcharon en silencio por la ciudad treinta mil personas, en lo que se denominó “el temucazo” que fue uno de los actos que marcaron el comienzo del fin de la dictadura. El 7 de septiembre del mismo año, ocurrió el fallido atentado al dictador.

lunes, 4 de abril de 2011

EL VALS DE VADINHO


Por Bernardo Reyes (4.ab.2011)

Todo era una fantasía, una manida impostación. Ella no se llamaba Florípides, ni su esposo Teodoro, ni su amante Vadinho (1) . Eran simplemente los personajes de la novela de Jorge Amado que le servían para recrear su propia vida por el asombroso parecido con la ficción.
Colmada de bienes, madre y esposa ejemplar, llegó un momento en que las fisuras de la nave de su existencia dejaron filtrar aguas en la línea de flotación: los negocios, los hijos, toda su relación conyugal terminó convirtiéndose en una fastidiosa inundación.
Y así, con la sentina de su ser inundada, refugiada del naufragio en un recodo de sí misma, se convirtió pues en el personaje que otros querían que representara: la máscara de su risa perenne de dama positiva, reina indiscutible de su cocina, era su mejor papel.

Al comienzo fue como un murmurio soterrado. Algo, alguien, que de alguna forma hurgaba en su horcajadura y en sus sueños, para dejarla lúbrica e insomne vagando por las noches.
De ahí a la pena y la culpabilidad, había un paso: harta ya de sus desvaríos, ella fue la que pidió que Vadinho se fuera.
O al menos esa era la escena que ella soñaba con frecuencia: la de Vadinho saliendo de su vida con el gastado equipaje de sus furias, o que, de tanto soñarla, terminó convirtiéndose en realidad.
Como fuera se trató de un duelo, solo interrumpido por la presencia de ese ectoplasma real o imaginado que se manifestaba cuando menos lo esperaba.

Se habían conocido siendo ella una adolescente. Ella provenía de uno de los tantos burdeles que crecen alrededor de las estaciones de ferrocarriles en algún pueblo del sur de Chile. El poeta y bolerista al comienzo la miró solo como una niña. Pero un día cualquiera consumaron su amor, luego de caminar hacia el norte del pueblo, hasta una arboleda de boldos conocida por todos, y que terminó, por el uso, transformándose en un moderno motel al borde de la carretera.
Fueron felices por años. El escribía sus canciones mientras ella pintaba sus cuadros naif acunados por una lluvia sin reposo. Pero la trasgresión, el desborde, la pasión llevada a límites intolerables, terminaron por colapsar el precario equilibrio de la relación, que dejó en ella como exclusivo sedimento, esa peculiar expresión amatoria de Vadinho que tanto gozo le causaba.

Poco tiempo bastó para que encontrara un marido de verdad, un hombre de bien, que había acumulado una pequeña fortuna especulando en la bolsa. Con Teodoro pudo tener los hijos que siempre anheló, una vida de buen pasar, parcela de agrado y el inevitable viaje a París, que completó la postal de su alma de hada en desmadre, superada en creces a lo que en sus mejores momentos de fantasía pudo concebir.

En una carta a Teodoro, obtusa y predecible, Florípides trató de explicar lo inexplicable, atribuyéndole a su calentura razones esotéricas, y que, debido a ello, le había sido infiel con un antiguo amigo de juventud, de aspecto ratonil.
Luego con una exuberante hipocresía manifestó que Teodoro llamaba a fuerzas incognoscibles para que llegaran las cosas malas a su vida.
Y, como si fuera poco, de que todo obedecía a ciertas condiciones de llamado mental, del muchacho, cuya principal gracia además de ser fumador como murciélago, era contar chistes fomes y relatos obvios.
La ganga que representaba un polvo con esa mujer amargada, que le recordaba con cierta vaguedad a la muchacha que fue, le costó apenas una cena, y un buen hotel para disfrazar sus carencias.
Pero lo que no le dijo a Teodoro, y que era el quid del asunto, fue que nunca había sido tan feliz como con Vadinho, el poeta beodo y apasionado, con el que había vivido antes. Que moría de ganas porque volviera a su vida.

Teodoro, completamente desencajado, palideció al leer las palabras de su perpetua ama de llaves convertida en persona con proyectos y deseos carnales.

Se volvieron a ver las caras en un día esplendente, mientras cantaban con el viento los álamos temblones.
- ¿Por qué?- Le preguntó Teodoro lloroso, mientras las bandurrias parecían ingrávidas en el cielo y los choroyes llenaban de algarabía el potrero vacío.
-Jamás me gustó llevar una vida doble pero tu me empujaste a que te fuera infiel- admitió Florípides, con cierta fastidiosa hipocresía.

Besándose largamente, reconciliados luego de los juramentos de rigor de enmendar errores mutuos, sintió que nuevamente recuperaba al amor de su vida, ese hombre bueno y trabajador, sin ningún vicio, que ahora la despojaba de su ropa como si fuera un adolescente.

Teodoro ya avanzaba a paso firme a sus setenta años, y su tradicional vigor iba transformando su intimidad en mecánicos actos flash.

Me voy, me voy, solía musitar Florípides, sin que Teodoro ni siquiera adivinara que en esas ocasiones su mujer viajaba hacia esos fragantes boldos de una lejana primavera, para sentir las olas de un vals marino y aéreo, que penetraba y despenetraba su corazón y su cuerpo.
-Si no saben volar, pierden el tiempo …(2)- le había advertido Vadinho.

1 referido a "Doña Flor y sus dos maridos", novela de J. Amado (Ed. 1966)
2 Oliverio Girondo, de "El espantapájaros"

*Foto tomada de internet, al parecer de uso libre. Se ruega avisar si existe titularidad de ella para retirarla.

martes, 22 de marzo de 2011

SÓLO EL MISTERIO






Bernardo Reyes (22 marzo 2011)


Fue en la marea baja de sí misma que notó lo insoportable que le resultaba ser feliz.

Y fue ese vórtice inverso, que arrancaba bestias de abismo a la superficie, el que le trajo fastidio a sus días, y la hizo escapar en sueños por calles de antaño, ahora vacías.

Donde antes hubo algarabía de comerciantes, frutos de colores, olor de especias, del cilantro, y pescados aún con brillo en sus ojos muertos, ahora había nada.

En ese sueño le pareció llegar frente a la reja del que siempre amó, donde aún se podía leer en el cristal: Solo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio (*).

Recordó entonces el primer día que hicieron el amor, antes que existiera esa mampara y supiera que era el amor de su vida.

Dicen que fue el primer disparo, ese de las cinco de la tarde, el que dio término a las horas.
Un disparo mortal que nadie escuchó porque es posible que solo alguien hubiera soñado que alguien soñaba que una bala era disparada.

El asunto fue que el partió para alguna parte. Y a ella solo le quedó ese brutal retorno a una soledad inexpugnable.

* Dibujo de Federico García Lorca (Solo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio). En Obras Completas Aguilar Ed. 1960, Recopilación y Notas de Arturo del Hoyo, prólogo de Jorge Guillén, y epílogo de Vicente Aleixandre)

jueves, 10 de marzo de 2011

NERUDA, UN RETRATO DE FAMILIA

Por Bernardo Reyes (10 marzo 2011)
El 27 de marzo de 1892, el periódico temuquense “La Igualdad”, publicó in extenso el “Acta de la sesión inaugural de 10 de noviembre 1891” del municipio de la ciudad.

Uno de los firmantes fue don Carlos Mason, cuarto regidor, democráticamente electo. Debe haberse tratado del segundo cuerpo edilicio, ya que la ciudad de Temuco recién se había fundado como un fuerte en 1881, y el último asalto de los mapuches a la ciudad se había registrado en noviembre de 1883. Es decir, Mason debe haber llegado a Temuco junto al primer grupo de colonos, antes que el primer tren hiciera su entrada triunfal el Año Nuevo de 1893, concitando la atención de unas cinco mil personas, mas de la mitad de la población.
Para comprender la biografía de infancia y juventud de Pablo Neruda, resulta imprescindible entender con meridiana claridad estos hitos fundacionales, el daguerrotipo de estos personajes secundarios, ocultos tras el mito, ya que la relación de estos primeros colonos, con la formación del poeta en cierne, tiene una incidencia definitoria.
Apenas tres años después de esa publicación periodística, en 1895, nace en Temuco, Rodolfo Reyes Candia, mi abuelo, hijo de José del Carmen Reyes Morales y de doña Trinidad Candia Marverde, a la sazón cuñada de Carlos Mason, y cohabitante del mismo hogar.
Con este dato podemos establecer fehacientemente que don José del Carmen, viajó tempranamente a Temuco por invitación de su amigo Carlos Mason, a cerciorarse de que era verdad que en el sur, luego de la derrota militar inflingida a los mapuches, se estaban fundando ciudades, un mundo mejor, lleno de prosperidad, anunciado con algarabía por las bocinas y campanas ferroviarias, que ahuyentaban pájaros silvestres, tanto como personas, mapuches heridos en el alma y en el cuerpo luego de la ocupación militar.
Naturalmente el nacimiento de mi abuelo significó una grave afrenta en la familia de Carlos Mason. Él, junto a Micaela Candia, y otros miembros familiares, determinaron que el hijo de Trinidad debía criarse, de acuerdo a la usanza de aquellos años, lejos de Temuco. El lugar escogido fue el caserío de Coipúe, en la ribera del río Toltén.
Es a ese ambiente al que Neruda llega, en 1906, dos años después de su nacimiento en Parral, luego de la muerte de su madre, doña Rosa Neftalí Basoalto Opazo. Y es a ese mismo hogar, al que llega a vivir su hermana Laura Reyes Candia que nace en 1907, hija de José del Carmen Reyes y Aurelia Tolrá.
La unión de Trinidad Candia Marverde y don José del Carmen Reyes Morales, estuvo rodeada de todos los accidentes emocionales imaginables, inclusive de violencia intrafamiliar, pero aunque la transgresión al orden hubiera sido una constante fundacional, tuvo la necesaria cohesión para permitir que el niño diera rienda suelta a su creatividad.
Como si todo no fuera suficientemente confuso, antes de Rodolfo existió otro “hijo natural” de Trinidad Candia y Rudecindo Ortega, este último, un joven trabajador, amigo de Mason desde los días en que viviera en Parral. Ortega, había sido invitado a ser su colaborador cercano, en la época que Mason exploraba en distintas iniciativas, que iban desde una incipiente panadería hasta un molino, pasando por un precario almacén, que desde entonces se llamó “La llave”, y terminó transformándose en su brazo derecho, y en su concuñado por accidente.
El hijo – Orlando Mason Candia- adoptó los apellidos de sus padres adoptivos, es decir de Carlos Mason y Micaela Candia, y terminó siendo el fundador del diario “La Mañana”, uno de los primeros diarios de Temuco.
Este periodista y poeta, fue en realidad hermanastro de mi abuelo por parte de madre, cuestión reafirmada por su gran parecido físico. Y por otro lado, hermanastro político de Neruda.
Mason Candia no solo se transformó en el más importante mentor de Neruda, publicando los primeros textos de Neruda en el diario “La Mañana”, sino también representó el arquetipo poético del niño aspirante a poeta.
Sabido era en la familia que el declamador oficial en las reuniones sociales era Orlando Mason, en las ocasiones que los Reyes, los Candia, los Mason, y los Ortega, eran una sola gran familia asentada frente a la estación de ferrocarriles de Temuco, con casas cuyos patios se interconectaban.
El niño, admiraba a su “tío”, que en estricto rigor era tan hermano suyo como Rodolfo, y va forjando la idea de ser también un poeta, un declamador capaz de disfrazarse de mendigo, y desgarrar sus disfraces en cada representación teatral y poética.
La postal que imagino de esos días, mirando en el espejo de la memoria, se construye en un patio en donde nos criamos, dos generaciones después: una fragancia de lilas inundando los rincones; un fastidioso perro negro mostrándonos los colmillos, quizás nieto de otro perro negro, enterrado junto a esas lilas moradas y blancas; un parrón donde la familia se siguió juntando los días domingos para el asado y el vino ritual.
Solía el poeta regresar al sur en cada regreso al país. Así nos relacionamos con él. Yo lo conocí cuando su esposa era Matilde Urrutia, pero hasta no hace mucho algunos parientes lo recordaban con nitidez junto a Delia del Carril. Los que ya se fueron inclusive lo recordaban junto a su primera esposa, María Antonia Hagenaar, cuando en 1933, regresó desde la isla de Java con el poeta.
Existe más de alguna película donde aparecen algunos de mis hermanos de la mano del tío, recorriendo las calles y la vieja y pobre casa de infancia, en esos días temucanos en que era asediado con ferocidad por la prensa y esas enormes máquinas filmadoras.
Dentro de los hornos de la panadería de mi padre, la policía anduvo buscando al poeta fugitivo cuando en 1948 huyera hacia la Argentina, perseguido por todo el país por orden de Gabriel González Videla. La casa permaneció por meses vigilada.
Los nuestros -los míos-, estuvieron en la hora primera, cuando se bebía agua de los ríos, antes que los contaminara la usura, y los bosques que rodeaban la ciudad eran los parajes naturales para que anidaran pájaros y poemas. Todo era precario, inaugural. Todo era áspero y ausente. Pero desde esas soledades, desde esa familia el poeta recibió las herramientas básicas para el sostenimiento de la emoción, muchas veces refugiado en la modesta casa de calle Lautaro Nº 1436, a metros de la estación de ferrocarriles, que después fuera de mi abuela paterna, y a la que finalmente puede uno regresar, cuando lo desee, al país de la memoria, utilizando para ello los intactos rieles de la poesía.

* Fotografía archivo Bernardo Reyes © Todos los derechos reservados. Tomada en la casa paterna, Temuco 26 de abril de 1932, calle Lautaro 1436.

* El presente artículo añade datos complementarios a mi ensayo "Retrato de familia, Neruda 1904-1920)" que se incorporarán en las impresiones sucesivas.

* Publicado en "Personario", de Gunther Castanedo Pfeiffer, Ed. Siníndice, España. 2011.