viernes, 24 de diciembre de 2010

NOTHING ELSE MATTERS


Por Bernardo Reyes, miércoles 24 de dieciembre 2010.

A David, Pablo, Diego, y Emilia Paz Reyes. Navidad 2010.

En algún momento de la balada el desgarro de la voz coincide con la primera guitarra, que se abre y conecta con sutileza y fiereza a un dolor hondo, a un hoyo negro donde la muerte y su vórtice terrible parecen devorar toda posibilidad de sobrevivencia.
La ola mansa de la derrota, entendida también como un triunfo: la resignación sublimada en un arpegio tan elemental como dramático.

James Hetfiel, el guitarrista, escucha a su abuela en el lecho de muerte quien apenas alcanza a balbucear “nothing else matters” (nada más importa). Y luego el silencio, el aire que ya no penetra ni despenetra su cuerpo, la muerte de la ternura, la evidencia del dominio del incendio inverso de la vida.
Así nace la canción, homónima al balbuceo que parece diluirse en las antípodas de la realidad.

Sin traducir la letra, el lenguaje musical es suficientemente elocuente para conectarse con lo que trasciende a la existencia. En síntesis, a la ternura de la furia.
Y fueron mis hijos, David y Pablo, que gran aprecio tienen por la música heavy metal de Metálica, quienes hace años me señalaron esta melodía, que recién ahora noté lo hondo que había calado en mí.
James, al ángel caído, el alcohólico irredento, escupe su bronca a esas sombras que le arrancan su vínculo con la ternura.

Viene al caso esta balada, con ocasión de esta puta fecha, en que los ladinos vendedores de caridad repletan sus bolsillos con descaro, utilizando como armas, discursillos patéticos, ramplones, y masas de gente idiotizada comprando cuanta fantasía de plástico se les cruce en el camino.

Ya veníamos con el estómago bastante revuelto de tanta caridad vinagre, a propósito de la Teletón, cuestión con la que nadie podría estar en contra, por cierto.

Pero nadie, absolutamente nadie, dijo al respecto que bastaría un 1% de las ganancias de los grandes grupos económicos para resolver el tema de la Teletón en forma permanente, junto con el de toda la salud chilena.

Toda esta supuesta ternura, repleta de codazos por aparecerse en la pantalla de la televisión, todo este puterío, no hacen sino dejar en descubierto que lo que verdaderamente importa es ganar bonos para vender imagen al mejor postor, explotando hasta niveles superlativos un morbo descomunal.

La verdadera ternura y su prima hermana la caridad, por el contrario, vienen desde una zona alada y taciturna. Se aferran a ella hadas o sirenas prostituidas por la pedofilia de un sistema corrupto, asfixiadas por la lujuria de quienes quieren pagar por ver el sexo que su hibridaje esotérico no permite exponer, ni comprender, salvo con la inocencia plena, y un asombro rotundo.

Y se aferran a ella también los rudos, los que en otras reencarnaciones fueron duendes enviciados en asustar sueños de tiranos y salamandras erotizadas con el goce de quemar los castillos de la infamia.

James, el furioso, invoca a su abuela. Y quizás si en esta despedida esté fundando un canal de conexión con el mas allá, para intentar que por intermedio de la furia le sea devuelta la ternura que la vida le robó.

Nada mas importa, dice la voz. Y efectivamente, el fin, que es también un comienzo, deja libre a un pájaro de atardecer que vuela hasta las sombras de la noche, para desde ahí esperar a que amanezca.

Dioses de algún infierno se apoderaron de la libertad, para dejar una ubicua resignación cristiana, una bobería de yeso mediocre, una hipocresía mística, un alma de bótox que impide gesticular las emociones.

Y a los desvalidos, los marginales, los olvidados, los minusválidos por la pena y la miseria, se les chantajea a aceptar la resignación religiosa, para anestesiar cualquier intento de que el alma se rebele, y vomite, y escupa, y patee, y se cague en los malditos altares de los falsos místicos, donde pululan y se hacen fuertes curas profesionales del autoerotismo y del abuso de menores, y monjas cabronamente cómplices, a nombre del esposo Dios, que dicen tener y con el que llenan el vacío de sus vacíos corazones y sus vacías alcancías carmesí.

Jesús, el hombre que llegó a ser un Cristo, estadio que según los orientalistas es inclusive superior al de Buda, nace en una noche como la de hoy.
Y luego el mito y la historia convocan al misterio, a llenar de voces al silencio de lo inexplicable.
Un pesebre acoge al recién nacido y su madre parturienta.
Alguien habrá cortado un cordón umbilical, alguien habrá sido testigo de un primer resuello.
Un padre, mirando al recién nacido habrá entendido el rito de la vida, como un acto de rescate desde la muerte.

Nada más importa.
Nada más importa.
Nada más,
importa.

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