sábado, 6 de noviembre de 2010

AL SUR DE TRAPANANDA


Por Bernardo Reyes (6/nov/2010)

Esto dicen que sucedió al sur de Trapananda, antes de que el territorio cayera en el olvido, y el difuso relato de su existencia fuera apenas recordado por nombres de perros ovejeros bautizados por arrieros borrachos o entumidos.

Y por raro que parezca, hubo una mina, y en ella mineros atrapados, aunque no existiera en ese idioma la palabra minero, pero sí la apetencia por una cantidad enorme de piedras de ónix depositadas en el fondo de temibles vericuetos, perfectamente pulidas y afiladas por las aguas marinas.
Por decirlo en una palabra, fue la avaricia la que empujó a esos hombres a internarse en laberintos oscuros y húmedos, hasta que después de un quejido de huesos, la montaña se desplomó.
Por años los parientes encendieron fogatas junto al mar noche tras noche, recordando a los que nunca volvieron desde el fondo de la tierra.
Todos habían percibido la pelvis rocosa hablando con su voz de roca moribunda y resentida por los años y la humedad. Las estalactitas se desplomaban sin motivo aparente y los murciélagos en masa habían emigrado. Solo llegaban a morir viejos lobos marinos heridos mortalmente por las fauces de las orcas, o ballenas miopes, que con las mareas altas confundían la entrada del túnel con la entrada a un refugio del cual no saldrían. Sin embargo, nadie dijo basta, primero la vida, y después el ónix.
Así fue que las minas, que pasaban de un bando a otro, llevaban pues tatuada en sus sombras, una maldición.

La guerra por la subsistencia, o contra tribus rivales, hacían que la pertenencia de esas piedras fueran el bien más preciado en esas latitudes: para cazar tiernas focas lechonas, ya no bastaba el garrote preciso; para defenderse de la agresión, no bastaba la lucha cuerpo a cuerpo.
Fue el miedo el que fundó la distancia inaugural entre los seres y que podía cubrirse en los escasos segundos que una flecha certera se demorara en poner fin a la disputa.
Y luego fue la avaricia la que permitió que mediante el uso esas finas, mortales y silenciosas flechas, pudieran acumular más carne de ñandúes, o de guanacos que los que podían comer.

Con los años surgieron otras interpretaciones para esas minas míticas y esos años iniciales. Quizás la más delirante fue que esos túneles llevaban hasta el fondo de la tierra, y en que esa tierra inversa, con una gravedad inversa, se desarrollaba una esplendente vida, con sol inverso, con pájaros de cantos inversos, con amor inverso.
Miguel Serrano sitúa la llegada de submarinos nazis en esas crípticas geografías, por donde el mismísimo Hitler habría llegado, sobreviviendo del desprecio y las balas de todo el mundo.

Pero qué fue de las inexpugnables minas de Trapananda, qué relatos creer más que los consabidos lugares comunes de antropólogos o historiadores, que suelen caer en la tentación de nombrar lo innombrable, y así regionalizar el mito sureño, en vez de ver al arquetipo universal en donde se funda la pugna fundacional para establecer el dominio de los unos sobre los otros?
Casi nada.

Solo se puede decir que los fuegos fatuos de las hogueras milenarias siguen iluminando los rostros de los nuevos victimarios y víctimas, que se acercan y alejan en un aquelarre fantasmal de luces y de sombras pugnando por establecer su dominio.
Y, junto a ellos, por cierto, los renovados ropajes del heroísmo y de la usura.

No hay comentarios: