viernes, 24 de septiembre de 2010

LOS MAS ANTIGUOS CHILENOS


Por Bernardo Reyes (24 sep. 2010)

Treinta y tres hermanos mapuches en huelga de hambre, ya se aprestan a enfrentar la muerte. En el mejor de los casos, a daños irreparables en su salud.

“Los más antiguos chilenos”, según palabras de José Saramago. “El problema mapuche”, según palabras del estado chileno.
Es decir, de invadidos y usurpados, los mapuches pasaron a ser un “problema”.

Hace años que dejé mi tierra sureña, aunque de los sueños uno nunca se va. La vida es siempre un regreso.
Mi abuela materna, Rosa Rodríguez Marinao, por ejemplo, siempre quiso regresar a su Polul amado, desde donde fue arrancada por mis tías arribistas, embobadas por algunas brisas de bonanza que duraron pocos años.

Acercándose a su muerte centenaria, hizo signos de asfixia y resignación. Lloraba en silencio, y en respuesta, mofándose de su dolor, le hablaban gritando como se les suele hablar a los sordos, a los necios, y a los indios.
Porque eso nos enseñaron, que a los indios había que hablarles fuerte, pues eran sordos. No que eran bilingües.

Su esposo, don Armando Herrera, mi abuelo, era el prototipo del colono español, y seguramente lo fue, ya que el origen de sus tierras corresponden justamente a fines del siglo diecinueve, cuando el estado chileno les entregaba a los colonos unas pocas hectáreas, algunas tablas, y una yunta de bueyes para comenzar a hacer su vida.

Haberse encontrado a una “champurria” como mi abuela, fue algo que siempre agradeció don Armando, y así lo demostraba. Era una mujer sabia, excelente oradora, con don de mando, respetada por su comunidad, y a la que se le consultaba acerca de complicaciones de la vida, ya fuera que se tratara de problemas familiares o de venta de animales.

Años después que falleciera, pasé en auto por fuera del campo de mis abuelos. Ya la “cuesta del diablo” la habían domado los buldózer y sus nuevos dueños habían transformado los bosques en peladeros. La sombra de los hualles, donde mi padre solía dormir la siesta, los ecos de las voces transmutados en misteriosos sonidos del bosque, donde el tambor del escape de las liebres, se confunde con el sigiloso escape de los pidenes bajo las faldas del follaje, son parte del sueño que desde entonces habito y al que regreso una y otra vez.

Don Armando, quien falleciera finalizando la década del cincuenta del siglo pasado, ya no estaba para defender a mi abuela de la estupidez gallinácea de la familia, y terminaron `por convencerla que debía morir en la ciudad, y que para pagar los gastos de su enfermedad, había que rematar al mejor postor esos bosques repletos de vida.

Neruda cuando pernoctaba en la casa de mis padres, en sus regresos al sur, solía hablar con mi abuela y otra tía abuela, igualmente centenaria. Los ojos se le empequeñecían de atención, y el relato fluía preciso sobre los años fundacionales de Temuco y la región: de cómo fue destroncada la plaza de armas de sus árboles nativos, para luego plantar árboles extranjeros; de cómo cruzaban a nado, cuando niñas, el río Cautín, o el Quepe, o el Donguil. De las veces en que para defender sus tierras se tuvieron que agarrar a balazos con los vecinos. Algunos primos aún mantienen alojados en sus cuerpos balas, bastante contemporáneas, y un tío tuvo que matar a un vecino prepotente que llegó a amenazarlo a él y su familia, crimen que pagó con años de cárcel, pese a tratarse de legítima defensa.

Porque los estatutos de la usura han sido siempre los mismos. Muchos colonos, no se resignaron jamás a las ochenta y tantas hectáreas correspondientes a su condición de colonos, y muy luego empezaron las corridas de cercos, los arriendos usureros, la compra de tierras mediante el fraude a los mapuches que no conocían la escritura. Los latifundios de la región de la Araucanía, pese a los discursos de insulsa “chilenidad”, como se le denomina a esa caricatura dulcificada del patrón buena gente, provienen de actos abusivos que sus descendientes se empeñan en esconder o negar.

Muchos sureños provenimos de una mixtura cultural semejante. Y es desde esa dicotomía, de este mestizaje del que no siempre nos hacemos cargo, desde donde miramos y sentimos el dolor y determinación de los hermanos mapuches que hoy ya casi pueden sentir la inmensidad del mar donde toda su agua sería contenida.

Es difícil determinar entre la gama de imbecilidades que hoy copan los medios de información, cuál es la mayor imbecilidad que desde esta chilenidad podemos concebir.
Pero, quizás elevar a la categoría de ilegal una huelga de hambre, sea la más inhumana, la más cruel, la más prepotente.

Recuerdo cuando se estrenó en el mundo la película “Gandhi” y de cómo la llamada no violencia era algo que absolutamente todos propugnaban como alternativa y solución a los conflictos humanos y políticos en el mundo. Había filas frente a las salas de cine, y hasta hoy, más de dos décadas después, sigue siendo vista como una lección de ética. Sin embargo, treinta y tres mapuches, haciendo uso de su cuerpo para expresar su indignación por un sistema que ha permitido la perpetuación del abuso, son prácticamente ignorados. Y directamente, vilipendiados por los voceros del gobierno.

Mucho más cobertura puede tener el accidente de alguna putita televisiva a la que se le arranca su seno de silicona, o de algún mocoso al que se lo manipula para hacerlo hablar imbecilidades; o es motivo de largas horas de debate la imagen de un futbolista mediocre masturbándose frente al espejo; o del marica de turno explayándose en detalles innecesarios de las formas de penetración a las que ha sido expuesto por sus parejas.

Las formas de negación de lo que somos, y de hipocresía disfrazada de torpes eufemismos, tiene en Chile próceres que superan la norma. Hace pocos meses, la huelga de hambre del cubano Guillermo Fariñas tenía al borde de los sollozos a políticos ambiguos como el senador Ignacio Walker.
Quería el senador democratacristiano, ser el portavoz de Latinoamérica de las aberraciones de un sistema oprobioso que tenía al borde de la muerte a un disidente cubano. Pero, ante treinta y tres mapuches en huelga de hambre, por aplicárseles una ley represiva con agravamiento de sus penas, apenas se le escucha un balbuceo inaudible, insulso, bobo, cobardón.

La memoria nuestra es bastante extraña. Si ya olvidamos los ajetreos políticos oportunistas de Walker, con mayor razón habremos olvidado los de Juan Agustín Figueroa Yávar, presidente vitalicio de la Fundación Pablo Neruda, y quien fuera el primero en aplicar la ley antiterrorista creada por Pinochet.

Es más, por inverosímil que parezca, se le recuerda en sectores cercanos a ciertas simulaciones neoprogresistas, como un prometedor y conspicuo personaje de la Concertación, que con su sapiencia y lucidez serviría al estímulo de futuras coaliciones políticas en gestación.
Los comentarios y conclusiones, puede sacarlos cada cual, con la cuota de náusea que desee. O con ausencia de ella, según sea el caso.

Yo me quedo mientras tanto con este regreso al mar, con este sueño doloroso, con este grito libertario mil veces cercenado de los compañeros, de los hermanos mapuches.

*Foto tomada de la red, no se señala autor. Avisar para retirarla en caso de vulnerar el copyright.

2 comentarios:

volcan dijo...

mil gracias en nombre de muchos, Bernardo.
mañana sabado 25.9.haremos un acto en oberhausen, Alemania, en apoyo a los hermanos mapuches en huelga de hambre.
llevare alli tu texto.
fuerte abrazo!

Isabel

elisa...lichazul dijo...

excelente entrada los 34 mapuches ya han levantado su huelga
y están en conversaciones para que sus reivindicaciones se hagan realidad.