viernes, 16 de julio de 2010

NERUDA, EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE, en sus 106.


Por Bernardo Reyes. Julio 2010.

Nada de cánticos: conservar lo ganado. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi rostro, y no tengo cosa alguna tras de mí, ¡fuera de ese horrible arbolillo!... El combate espiritual es tan brutal como las batallas de los hombres; pero la visión de la justicia es sólo el placer de Dios. Entre tanto, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y a la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.

De “Una Temporada en el infierno”
Jean Arthur Rimbaud (Abril- agosto 1873)


El muchacho conoció a Rimbaud en Temuco. Quizás si el primer ejemplar fuera prestado por Augusto Winter, fundador y director de la biblioteca pública de Puerto Saavedra y lo leyera escuchando el coro monocorde de las olas. También es posible que Juvencio Valle, su pequeño compinche, le hubiera prestado el ejemplar de “Una temporada en el infierno”. Juvencio siempre fue el más intelectual de los dos, aunque desde siempre supiera, que Pablo era un “místico de la materia”, como lo definiera Gabriela Mistral años más tarde.
Neruda tendría unos trece o catorce años, y no olvidaría esta lección de luz. Vuelve sobre Rimbaud en Oriente a los 24 o 25 años, y lo recuerda nuevamente en 1954, cuando recibe en Chile el Premio Stalin por el fortalecimiento de la Paz entre los pueblos, en su memorable “Oda a Jean Arthur Rimbaud”, parte de su libro “Nuevas Odas Elementales” escrito por ese entonces. Y luego lo hace de manera muy notoria en su discurso cuando recibe el Premio Nóbel.
Qué hacía que Neruda encontrara tan atractivo al poeta salvaje y disoluto, que recorre las calles de París con su amante Paul Verlaine, completamente embriagado de ajenjo y hachís?

La decadencia y el esplendor del visionario tienen relación directa con el abismo en donde se funde al ansia de sobrevivencia, el vuelo, y la secuencia veloz de la memoria que busca asirse a lo que fue: la condición humana vista no como definición deslumbrante a partir de ciertas convicciones filosóficas o éticas, sino como el acto de respirar y la inminencia de dejar de hacerlo.

Neruda emula a Rimbaud, primero en sus primeros años en Santiago, a los 17 ó 18 años, cuando la eufemísticamente llamada bohemia nerudiana convivía casi a diario, peligrosamente, con el alcohol y la morfina.
Luego en Oriente, cuando consume opio con frecuencia.

La anécdota podría perfectamente ser parte de la crónica amarilla del personaje que tiene que calzar con la indumentaria de poeta bohemio, dentro de los cánones de la caricatura definida previamente en los bailables del poder.
Pero este descenso al infierno nerudiano, distó mucho de ser un acto de impostación de la vida y voz poética rimbaudiana, y es su propia obra la que lo demuestra.
El sobreviviente de lo que él llamó la “soledad luminosa”, emerge de la asfixia y escribe Residencia en la Tierra, obra que le vale el reconocimiento de los poetas españoles con apenas treinta años, cuando llega a la península Ibérica a cumplir con sus funciones consulares.
Se trata de un testimonio palpitante de un proceso, de un bautismo con aguas nocturnas, donde el ángel caído quiere dejar testimonio de haber sobrevivido.

Sin embargo a 106 años de nacido, este proceso visceral con la soledad y los límites, se deja de lado para hacer flamear las banderas multicolores del supermercado nerudiano, ese que vende al mejor postor el verso adaptado a cualquier circunstancia.
El poeta puede contar con el auspicio oficial y oficioso, de todos los que reniegan de su poesía con tintes ideológicos tanto como de su poesía críptica, siempre y cuando “el poeta del amor” o “el vate de las cosas simples” prevalezca.

La Fundación Pablo Neruda para el desarrollo de la poesía, nace para el cincuentenario del poeta y su primera piedra se coloca en el patio de su casa Michoacán (1954, calle Linch Nº 164, comuna de La Reina, Santiago). El poeta cincuentón, que recibe el Premio Stalin de la Paz, era funcional al culto a la personalidad, y eso es de una evidencia total.
Sin embargo, en los 70, el poeta realiza la donación de un terreno aledaño a Isla Negra y establece las bases de la Fundación Cantalao.
Cantalao, es el nombre del pueblo mítico de El habitante y su esperanza, con que bautiza la institución encargada de propagar las letras, las artes y las ciencias. La construcción tendría que disponer de dependencias para huéspedes, teatros, acuarios etc. Toda una estructura al servicio del estímulo a la creación.

Sin embargo, y por paradójico que resulte, la actual Fundación Pablo Neruda, haciendo caso omiso de la voluntad del poeta, potencia una estructura staliniana, verticalista, centrada en la beatificación del ídolo inmaculado.

Este 12 de julio la fundación no celebró el cumpleaños del poeta. Su aporte a la cultura entretenida estuvo centrado en abrir gratuitamente las puertas del museo, un día antes.

*En la fotografía, el poeta junto a Volodia Teitelboim y Salvador Allende en su casa de Isla Negra, hoy museo.

No hay comentarios: