viernes, 30 de abril de 2010

MATILDE



Por Bernardo Reyes (30/04/2010)

Casi sin pestañear estuve pendiente del Rayo Verde del ocaso, especie de alarido cromático en el momento del orgasmo crepuscular, cuando el sol penetra la nada y el horizonte se inflama de arreboles.

Pero esa petit mort no llegó ni ese día ni en los días siguientes.

Quien sí llegaba era Matilde, siempre dispuesta a conversar o escuchar a veces hasta la madrugada.

El bar de Isla Negra era el sitio ideal para hacer un recuento del día, de las esperanzas, y con algunos tragos, de los dolores.

Por eso es que asumía con alegría mi misión de barman ocasional, preparando algún trago que la dueña de casa me hubiera encomendado.

El Rayo Verde debió ser una broma del poeta, ya que jamás lo ví. Pero intentando verlo, entre el crepúsculo y mi persona, se interpusieron esas botellas de colores, gatos, delfines, ninfas, que todavía iluminan la memoria con algarabía.

Me pareció adecuado entonces encender las luces de la taberna que las iluminaban. Craso error.

Matilde, dolida, apagó las ampolletas y me hizo notar que en ese lugar no había ni un solo motivo de fiesta desde que Pablo partió.

Luego hablamos, como invocando, de su amante, de mi tío abuelo.

En esa suerte de velorio retroactivo, fueron aflorando los chistes, los poemas, las carcajadas, las emociones.

En todo velatorio que se precie, debe haber risas irreprimibles, es un deber mofarse del muerto tanto como de los vivos.

Así los vivos tenemos la sensación de que el muerto nada más anda por ahí y ya vuelve, y los muertos tienen la certeza de que jamás partieron, pues aún se les recuerda.

Matilde era una mujer terca, como son todos los regidos por el signo Tauro. Embestidora, a veces, sin objeto.

Hasta hoy en día se le considera una rota, sobre todo por conspicuas damas expertas en nada, salvo en lucir sus insufribles joyas “de familia” en cuanto cóctel de “caridad” que organice la gente bien. Sobre todo la gente bien culta, se entiende.

También la familia del poeta, mi familia, no tiene buenos recuerdos de ella. Se le acusa de no permitir el libre acceso de la familia para tomar contacto con uno de los suyos.

Lo propio dicen los escritores, pese a que cuando estuvo viva la adulaban hasta que les dio hipo.

He visto las contradicciones de Matilde, y que yo sepa uno no es un apologista de los amigos. Se es amigo no más por obra y gracia de abrir el corazón y de abrazar.

Pese a ello, intrigado, en una oportunidad seguí las pistas que hiciera públicas el escritor Sergio Gómez, donde se demostraría que ella estaría ligada a la trata de blancas en El Callao, Perú. Era ciertamente una oleosa mácula derramándose por el siempre decadente mundo de los corrillos sociales, que de paso salpicaba a San Neruda. Porque resulta claro que en Chile la vocación deportiva por la beatería, es a estas alturas una institución mas poderosa que los partidos políticas, las religiones, o las secretas cofradías.

Como un boliche decadente, describe Sergio, el lugar donde Matilde para 1944 cantaba boleros con su precario grupo, el Oper Ballet, hasta que los shows nocturnos y de baja calaña, tuvieron que llegar a su fin al ser embarcadas hasta Chile de regreso las 31 muchachas obligadas a prostituirse.

Sin embargo en la Memoria Anual de 1944 de la cancillería –documento mencionado como prueba irrefutable de sus aseveraciones-, nada de esto existe.

Tampoco en todos y cada uno de los papeles relacionados con diversos consulados como el de Lima, Callao, Tacna, etc., etc.

Y para cerciorarme revisé los años 1942, 1943, 1944, 1945, 1946 y 1947, si no me equivoco. Demoré en esta faena dos meses trabajando con autorización de una ministra, en el sótano de la cancillería en Santiago.

Conozco a Sergio, y sé que es una persona seria. Pero en este caso la fuente documental mencionada en su artículo, no existe.

Y no porque hubiese sido arrancado el documento de extradición de las muchachas, para hacerlo desaparecer: el mismo sostiene que en la Memoria Anual, dichos antecedentes están. Pero no están. No existen.

Ciertamente Matilde es un ser que no deja indiferente. A veces por su arrogancia que agrede, otras por su indiferencia que cercena en dos el espacio que la separa de los otros.

Sin embargo, dudo que hubiese sido indiferente a la poesía. Se transformó ella misma en un animal poético, desde los tiempos de brama del poeta amante.

Y como animal poético actuó regidas por pasiones que la llevaron a comprometerse con la Resistencia a la dictadura. Fui testigo muchas veces de la confrontación con la violencia policial, intentando acallarla.

Era, por otra parte, un verdadero cedazo en las lecturas que Neruda haría de las obras de las nuevas generaciones de poetas, que materialmente resultaba imposible de ser leídas. En las estanterías de Isla Negra ví decenas de libros que el poeta no alcanzó ni siquiera a hojear.

Sin mencionar la labor editorial de la obra inédita del poeta, labor que desempeñó con irreprochable profesionalismo. Sólo bastaría mencionar la publicación de las Memorias, Confieso que he vivido, y después agregar unos diez títulos, para dimensionar en parte su legado al servicio de la poesía de su esposo.

Por mucho que se empeñen en oficializarla como la señora Neruda, Matilde no olvidó jamás su condición de amante, de apaciguadora del volcán, de musa arrolladora.

Quizás sea la única de las mujeres del poeta que hubiese sido capaz de patear en el culo y mechonear al fantasma de Jossie Bliss la birmana, que afiebrada por los celos quiso asesinar a Neruda en Oriente.

Neruda temía tanto como deseaba y amaba a esta birmana, de pasiones amorosas aún mas desmesuradas que las suyas. Pero creo que Matilde representó un temor mayor, una pasión mayor, y sobre todo, una esperanza mayor.

El poeta subió y subió por la escarpada casi sin darse cuenta. Luego desde la altura miró el vacío y quiso llamar a sus amigos. Pero ya era mas fácil seguir subiendo que retroceder. Entonces surgió Matilde en su retaguardia, obligándole con fiereza a centrarse en lo que hacía, pues ya quedaba poco. Hasta que finalmente el poeta llegó.

Porque para amar a Neruda, había que tener también la capacidad de odiarlo sin medida. Como cuando lo encontró acostado in fragantti en Isla Negra con su sobrina Alicia Urrutia.

De esas pasiones, de esos dolores, se nutrió Matilde, y es por ello que apologistas y detractores suelen sentirse perturbados para clasificarla. La opción de convertirla en un ícono decorativo e inocuo, parece ser la opción que unos y otros han tomado y, al parecer, seguirán tomando.

Recuerdo que en la dictadura ella cancelaba sueldos políticos, muchas veces con sus propios recursos. Sin embargo el partido comunista sabía que ella no era uno de los suyos, prueba de esto es la feble representación que tuvo el partido en el primer directorio de la Fundación Pablo Neruda.

Sus apologistas en cambio permanentemente se esmeran en renovar la naftalina discursiva sosa, de la musa inocua y algo boba, que se pulió con el poeta.

La sombra del poeta es cosa seria. En mi familia es difícil salir indemne, y creo que en Matilde algo parecido ocurrió.

Pero lo real es que cada persona tiene una vida propia, y Matilde la tuvo.

Será interesante algún día sumirse en su vida, saber de sus amores, frustraciones, de sus errores, no para redactar una adenda de Mi vida junto a Pablo Neruda, hecha sin duda para contar y cantar loas al vate, sino para saber la historia de Matilde Urrutia, la mujer, la revolucionaria que había que tratar con pinzas, un ser complejo, trascendente, que estuvo en primera línea luchando en contra de la dictadura, cuando su esposo ya no estaba con ella.

Es quizás por todas estas razones, que talvez se reduzcan a nada, que valoro el libro Cartas de amor[1] , compilación de cartas dirigidas por el amante sucesivo que fue el poeta Neruda.

Quizás si al leer entre las líneas de estas cartas, podamos vislumbrar algo más que la caricatura en que esta mujer se fue transformando por obra y gracia de la beatería nerudiana, tan tremendamente contagiosa e inútil.

Darío Oses, impecable editor, se encarga de demostrar, sin rebuscamientos, que se puede ser riguroso sin dejar de ser ameno, ni querer dar examen de lumbrera, y sobre todo haciendo de la edición una mirada afectiva para acercarnos a fantasmas que solemos convocar para intentar ver –ahora sí- el alarido del rayo verde de los amantes de Isla Negra.


[1] “Cartas de Amor, cartas a Matilde Urrutia (1950-1973)”, Seix Barral, 2010, Edición Darío Oses.

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