martes, 27 de abril de 2010

EGO TE ABSOLVO A PECCATIS TUIS IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SANCTI



Por Bernardo Reyes. 27 abril/2010.

Era otoño, y el viejo nazi me pidió que lo llevara en mi taxi hasta Chillán. La oferta era buenísima, considerando esos atroces años de la dictadura.

No era exactamente a Chillán, sino cerca de Parral, me explicó a los días siguientes. Se trataba de un hospital para alemanes, ubicado en un fundo, donde tendría que operarse. Unos trescientos cincuenta kilómetros de Temuco.

En el barrio todos sabíamos que era nazi, además de aficionado a la pornografía, y que había huido de la guerra por Italia, y que en Colonia Dignidad, recibía completa atención en salud, y una pensión en dinero como joven oficial.
Nadie inventaba. El hablaba de estos hechos a quien quisiera escucharlo, sobre todo en las comidas o asados del barrio, donde solían invitarlo.

No obstante esta familiaridad, y de saber que no era un delator, el viaje finalmente no se hizo. Inventé –creo-, un compromiso trucho para ocultar dignamente el miedo de ir a meterme a las patas de los caballos.

Recordé al amigo nazi y a su necio hijo, compañero de universidad en ingeniería, estos días en que se celebra festivamente la muerte del más grande pedófilo de la historia, según dicen algunos diarios. Puede ser, me digo, aunque tengo mis dudas, ya que la competencia es seria, partiendo por los sacerdotes católicos.

En Temuco y el país, la historia de curas pedófilos es de antigua data, y el procedimiento cuando los descubren es siempre el mismo: al abusador lo mandan al extremo opuesto de la región, a purgar sus penas con rosarios que le anestesien la culpabilidad, en el silencio de la cordillera por ejemplo, sintiendo como el frío le devuelve algo de cordura a su alma calentona, hasta que nuevamente se inicie el ciclo, y tenga que partir hacia alguna parroquia de mierda, ahora mirando al mar.

Mi esposa me hablaba de un obispo que en la casa de retiro les tiraba las manos a niñas pequeñas, hace ya más de cuarenta años, y las monjas del colegio Providencia, negándose a escuchar sus voces inocentes, como vulgares tapaderas o alcahuetas. Y no ha sido solo mi esposa la que hablaba de estos hechos, sino todas sus compañeras, pero claro, el guardar silencio cómplice en Chile es una institución.

Nunca he creído en los sacerdotes, aunque mi obispo amigo –George - bendijera mi departamento cuando lo compramos, tal vez con algún rito. El profesa la religión mormona, y su universidad hace años tuvo la deferencia de invitarme a leer mis poemas a los jóvenes mormones que tanto estigmatizamos. Soy amigo de varios sacerdotes mormones, todos cultos, y bastante amplios de mente.

Fue justamente el mismo grupo –Estado de UTAH- el que acogió a Gonzalo Rojas por once años, aunque el poeta no se refiera mucho a esta interesante etapa de su vida donde su obra fuera motivo de estudios por avezados lingüistas a quienes conozco. Gonzalo me contó que a veces le llevaban una botella de whisky, ocultamente, para capear el frío invernal.

En una reunión con jóvenes parejas, promedio veinte años, todos casados, me sorprendió la naturalidad con que se asumía el sexo, como parte vital de lo cotidiano.

Me sigue pareciendo harto mejor que la abstención inhumana, la expresión natural del sexo y en esto mis amigos mormones llevan por harto la delantera.

Parece ser que lo retorcido de la mente nace del muro que se construye en soledad, ladrillo a ladrillo, hasta solo queden paupérrimas rendijas por donde logran pasar insuficientes hilitos de luz al alma. Pero ya cuando es tarde, y la ceguera inevitable, y cuando ya los manoteos del desesperado se aferran a lo que sea, en medio de esa oscuridad autoimpuesta.

Nada tiene que ver Dios en este cuento: una invención mental de una divinidad que permita justificar lo que se hace a ciegas, no tiene porqué ser sinónimo de bondad. Hombres que en busca de una supuesta santidad empiezan a enfermarse de abstinencia, y en su ceguera delirante cometen los más atroces actos, deberían llevar a actuar con cierta decisión de un cambio profundo a los jerarcas religiosos.

No puede negarse que pese a que muchos casos de violaciones de derechos humanos y homicidios calificados, no estén resueltos, los jóvenes miembros de la Colonia Dignidad han dado pasos significativos para permitir que los miembros de esa especie de secta esté mutando a un grupo de creativos alemanes que mucho tienen que aportar a la sociedad chilena, como siempre lo habían hecho. Los mea culpa hechos en la televisión, no solo me parecen valientes, sino dignos de imitar por la sociedad religiosa chilena, con manipuladores y perversos “Operadores de Dios”.

Lo propio puede decirse de las declaraciones últimas de los obispos chilenos, que han creado sistemas contralores para estudiar las acusaciones de pedofilia en sus curas. Sin olvidar, desde luego, que fue la iglesia católica que estuvo en primera línea en la defensa de los derechos humanos durante la dictadura, acción que el país les agradece, aunque el argumento no tendría porqué ser usado ad aeternum como una suerte de chantaje moral, para inhibir la denuncia.
Se trata de mecanismos que funcionan con la velocidad de una carreta a bueyes, es verdad, pero capaz de arrastrar un gran volumen de carga. Solo por eso uno podría pensar de que no todo está perdido.

Existe la inevitable sensación de que las catedrales -talvez de todas las religiones-, están en franca decadencia y derrumbe. No hay ni tendría por qué haber una diferencia sustantiva entre un pedófilo de extracción nazi, que otro de extracción cristiana. Se trata de un mismo acto abusivo y denigrante, y sanseacabó.

Recuerdo esos días de otoño en la casa de mi padre, cuando era invitado el amigo nazi que las mujeres detestaban por calentón. Y cómo, a medida que el vino endulzaba los rostros y enredaba las lenguas, el gringo nos hablaba de esa patria utópica, socialista y ancestral que un loco creyó fundar matando a millones, y de cómo los jóvenes fueron arrastrados a esta guerra para cambiar el mundo, y de su huída por diversos países de Europa hasta llegar a países que nunca aprendieron a pronunciar sus nombres.

Da lo mismo quien desde su particular mirada se niegue a reconocer los fantasmas que le habitan: en el fondo de todo esto relincha y piafa el mismo caballo viejo y solitario, añorando esos días de potreros aledaños a los manzanos, donde podía escucharse palpitar el lentísimo corazón del amado huerto en otoño con la caída de los frutos, y vislumbrar, oculta entre los árboles, las decisivas ancas de una expectante caballita azul en edad de merecer, mirándonos con ojos de tórtola. Y es natural que así sea.
Amén.

* Imagen tomada de internet, al parecer de uso libre. Si existiese titularidad, dar aviso para retirarla.

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