lunes, 25 de enero de 2010

1974/ ENERO 23.

Por Bernardo Reyes

Los rostros transeúntes son como vientos que acercan o alejan a la embarcación del puerto de la nada. Pero el rostro de un hijo recién nacido es una bandera flameando en el fondo de una gruta inexpugnable, una brisa exiliada de las brisas de otros días y noches, que refresca y espabila para poder ver aquella luz al final del túnel oscuro: una ausencia y un llamado: la soledad de la rompiente que retrocede en busca de la inmensidad de su mar.

Ese día la cámara lenta del rostro de nuestro hijo, la mueca inerme, nos hablaba en el ininteligible idioma de los sueños, esa patria de todos, lejana y presente, de la que llegaban noticias que tendríamos que descifrar.
La sala de espera de la clínica estaba casi vacía, excepto por un militar retrocedido de sí mismo, con el que no cruzamos palabra.
Las radios repetían los bandos anunciando el toque de queda, amenazando con disparar a matar a quienes circularan por las calles de Temuco.
De pronto la matrona me anuncia que ha nacido David, que ha medido no sé cuántos centímetros, y que es robusto y sano. Y que su madre se encuentra bien.

Marycruz era una crisálida vacía.
La sangre extraviada de su cuerpo buscaba la luz en aquellos ojos que aún no sabían que miraban.

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