viernes, 24 de diciembre de 2010

NOTHING ELSE MATTERS


Por Bernardo Reyes, miércoles 24 de dieciembre 2010.

A David, Pablo, Diego, y Emilia Paz Reyes. Navidad 2010.

En algún momento de la balada el desgarro de la voz coincide con la primera guitarra, que se abre y conecta con sutileza y fiereza a un dolor hondo, a un hoyo negro donde la muerte y su vórtice terrible parecen devorar toda posibilidad de sobrevivencia.
La ola mansa de la derrota, entendida también como un triunfo: la resignación sublimada en un arpegio tan elemental como dramático.

James Hetfiel, el guitarrista, escucha a su abuela en el lecho de muerte quien apenas alcanza a balbucear “nothing else matters” (nada más importa). Y luego el silencio, el aire que ya no penetra ni despenetra su cuerpo, la muerte de la ternura, la evidencia del dominio del incendio inverso de la vida.
Así nace la canción, homónima al balbuceo que parece diluirse en las antípodas de la realidad.

Sin traducir la letra, el lenguaje musical es suficientemente elocuente para conectarse con lo que trasciende a la existencia. En síntesis, a la ternura de la furia.
Y fueron mis hijos, David y Pablo, que gran aprecio tienen por la música heavy metal de Metálica, quienes hace años me señalaron esta melodía, que recién ahora noté lo hondo que había calado en mí.
James, al ángel caído, el alcohólico irredento, escupe su bronca a esas sombras que le arrancan su vínculo con la ternura.

Viene al caso esta balada, con ocasión de esta puta fecha, en que los ladinos vendedores de caridad repletan sus bolsillos con descaro, utilizando como armas, discursillos patéticos, ramplones, y masas de gente idiotizada comprando cuanta fantasía de plástico se les cruce en el camino.

Ya veníamos con el estómago bastante revuelto de tanta caridad vinagre, a propósito de la Teletón, cuestión con la que nadie podría estar en contra, por cierto.

Pero nadie, absolutamente nadie, dijo al respecto que bastaría un 1% de las ganancias de los grandes grupos económicos para resolver el tema de la Teletón en forma permanente, junto con el de toda la salud chilena.

Toda esta supuesta ternura, repleta de codazos por aparecerse en la pantalla de la televisión, todo este puterío, no hacen sino dejar en descubierto que lo que verdaderamente importa es ganar bonos para vender imagen al mejor postor, explotando hasta niveles superlativos un morbo descomunal.

La verdadera ternura y su prima hermana la caridad, por el contrario, vienen desde una zona alada y taciturna. Se aferran a ella hadas o sirenas prostituidas por la pedofilia de un sistema corrupto, asfixiadas por la lujuria de quienes quieren pagar por ver el sexo que su hibridaje esotérico no permite exponer, ni comprender, salvo con la inocencia plena, y un asombro rotundo.

Y se aferran a ella también los rudos, los que en otras reencarnaciones fueron duendes enviciados en asustar sueños de tiranos y salamandras erotizadas con el goce de quemar los castillos de la infamia.

James, el furioso, invoca a su abuela. Y quizás si en esta despedida esté fundando un canal de conexión con el mas allá, para intentar que por intermedio de la furia le sea devuelta la ternura que la vida le robó.

Nada mas importa, dice la voz. Y efectivamente, el fin, que es también un comienzo, deja libre a un pájaro de atardecer que vuela hasta las sombras de la noche, para desde ahí esperar a que amanezca.

Dioses de algún infierno se apoderaron de la libertad, para dejar una ubicua resignación cristiana, una bobería de yeso mediocre, una hipocresía mística, un alma de bótox que impide gesticular las emociones.

Y a los desvalidos, los marginales, los olvidados, los minusválidos por la pena y la miseria, se les chantajea a aceptar la resignación religiosa, para anestesiar cualquier intento de que el alma se rebele, y vomite, y escupa, y patee, y se cague en los malditos altares de los falsos místicos, donde pululan y se hacen fuertes curas profesionales del autoerotismo y del abuso de menores, y monjas cabronamente cómplices, a nombre del esposo Dios, que dicen tener y con el que llenan el vacío de sus vacíos corazones y sus vacías alcancías carmesí.

Jesús, el hombre que llegó a ser un Cristo, estadio que según los orientalistas es inclusive superior al de Buda, nace en una noche como la de hoy.
Y luego el mito y la historia convocan al misterio, a llenar de voces al silencio de lo inexplicable.
Un pesebre acoge al recién nacido y su madre parturienta.
Alguien habrá cortado un cordón umbilical, alguien habrá sido testigo de un primer resuello.
Un padre, mirando al recién nacido habrá entendido el rito de la vida, como un acto de rescate desde la muerte.

Nada más importa.
Nada más importa.
Nada más,
importa.

sábado, 6 de noviembre de 2010

AL SUR DE TRAPANANDA


Por Bernardo Reyes (6/nov/2010)

Esto dicen que sucedió al sur de Trapananda, antes de que el territorio cayera en el olvido, y el difuso relato de su existencia fuera apenas recordado por nombres de perros ovejeros bautizados por arrieros borrachos o entumidos.

Y por raro que parezca, hubo una mina, y en ella mineros atrapados, aunque no existiera en ese idioma la palabra minero, pero sí la apetencia por una cantidad enorme de piedras de ónix depositadas en el fondo de temibles vericuetos, perfectamente pulidas y afiladas por las aguas marinas.
Por decirlo en una palabra, fue la avaricia la que empujó a esos hombres a internarse en laberintos oscuros y húmedos, hasta que después de un quejido de huesos, la montaña se desplomó.
Por años los parientes encendieron fogatas junto al mar noche tras noche, recordando a los que nunca volvieron desde el fondo de la tierra.
Todos habían percibido la pelvis rocosa hablando con su voz de roca moribunda y resentida por los años y la humedad. Las estalactitas se desplomaban sin motivo aparente y los murciélagos en masa habían emigrado. Solo llegaban a morir viejos lobos marinos heridos mortalmente por las fauces de las orcas, o ballenas miopes, que con las mareas altas confundían la entrada del túnel con la entrada a un refugio del cual no saldrían. Sin embargo, nadie dijo basta, primero la vida, y después el ónix.
Así fue que las minas, que pasaban de un bando a otro, llevaban pues tatuada en sus sombras, una maldición.

La guerra por la subsistencia, o contra tribus rivales, hacían que la pertenencia de esas piedras fueran el bien más preciado en esas latitudes: para cazar tiernas focas lechonas, ya no bastaba el garrote preciso; para defenderse de la agresión, no bastaba la lucha cuerpo a cuerpo.
Fue el miedo el que fundó la distancia inaugural entre los seres y que podía cubrirse en los escasos segundos que una flecha certera se demorara en poner fin a la disputa.
Y luego fue la avaricia la que permitió que mediante el uso esas finas, mortales y silenciosas flechas, pudieran acumular más carne de ñandúes, o de guanacos que los que podían comer.

Con los años surgieron otras interpretaciones para esas minas míticas y esos años iniciales. Quizás la más delirante fue que esos túneles llevaban hasta el fondo de la tierra, y en que esa tierra inversa, con una gravedad inversa, se desarrollaba una esplendente vida, con sol inverso, con pájaros de cantos inversos, con amor inverso.
Miguel Serrano sitúa la llegada de submarinos nazis en esas crípticas geografías, por donde el mismísimo Hitler habría llegado, sobreviviendo del desprecio y las balas de todo el mundo.

Pero qué fue de las inexpugnables minas de Trapananda, qué relatos creer más que los consabidos lugares comunes de antropólogos o historiadores, que suelen caer en la tentación de nombrar lo innombrable, y así regionalizar el mito sureño, en vez de ver al arquetipo universal en donde se funda la pugna fundacional para establecer el dominio de los unos sobre los otros?
Casi nada.

Solo se puede decir que los fuegos fatuos de las hogueras milenarias siguen iluminando los rostros de los nuevos victimarios y víctimas, que se acercan y alejan en un aquelarre fantasmal de luces y de sombras pugnando por establecer su dominio.
Y, junto a ellos, por cierto, los renovados ropajes del heroísmo y de la usura.

viernes, 24 de septiembre de 2010

LOS MAS ANTIGUOS CHILENOS


Por Bernardo Reyes (24 sep. 2010)

Treinta y tres hermanos mapuches en huelga de hambre, ya se aprestan a enfrentar la muerte. En el mejor de los casos, a daños irreparables en su salud.

“Los más antiguos chilenos”, según palabras de José Saramago. “El problema mapuche”, según palabras del estado chileno.
Es decir, de invadidos y usurpados, los mapuches pasaron a ser un “problema”.

Hace años que dejé mi tierra sureña, aunque de los sueños uno nunca se va. La vida es siempre un regreso.
Mi abuela materna, Rosa Rodríguez Marinao, por ejemplo, siempre quiso regresar a su Polul amado, desde donde fue arrancada por mis tías arribistas, embobadas por algunas brisas de bonanza que duraron pocos años.

Acercándose a su muerte centenaria, hizo signos de asfixia y resignación. Lloraba en silencio, y en respuesta, mofándose de su dolor, le hablaban gritando como se les suele hablar a los sordos, a los necios, y a los indios.
Porque eso nos enseñaron, que a los indios había que hablarles fuerte, pues eran sordos. No que eran bilingües.

Su esposo, don Armando Herrera, mi abuelo, era el prototipo del colono español, y seguramente lo fue, ya que el origen de sus tierras corresponden justamente a fines del siglo diecinueve, cuando el estado chileno les entregaba a los colonos unas pocas hectáreas, algunas tablas, y una yunta de bueyes para comenzar a hacer su vida.

Haberse encontrado a una “champurria” como mi abuela, fue algo que siempre agradeció don Armando, y así lo demostraba. Era una mujer sabia, excelente oradora, con don de mando, respetada por su comunidad, y a la que se le consultaba acerca de complicaciones de la vida, ya fuera que se tratara de problemas familiares o de venta de animales.

Años después que falleciera, pasé en auto por fuera del campo de mis abuelos. Ya la “cuesta del diablo” la habían domado los buldózer y sus nuevos dueños habían transformado los bosques en peladeros. La sombra de los hualles, donde mi padre solía dormir la siesta, los ecos de las voces transmutados en misteriosos sonidos del bosque, donde el tambor del escape de las liebres, se confunde con el sigiloso escape de los pidenes bajo las faldas del follaje, son parte del sueño que desde entonces habito y al que regreso una y otra vez.

Don Armando, quien falleciera finalizando la década del cincuenta del siglo pasado, ya no estaba para defender a mi abuela de la estupidez gallinácea de la familia, y terminaron `por convencerla que debía morir en la ciudad, y que para pagar los gastos de su enfermedad, había que rematar al mejor postor esos bosques repletos de vida.

Neruda cuando pernoctaba en la casa de mis padres, en sus regresos al sur, solía hablar con mi abuela y otra tía abuela, igualmente centenaria. Los ojos se le empequeñecían de atención, y el relato fluía preciso sobre los años fundacionales de Temuco y la región: de cómo fue destroncada la plaza de armas de sus árboles nativos, para luego plantar árboles extranjeros; de cómo cruzaban a nado, cuando niñas, el río Cautín, o el Quepe, o el Donguil. De las veces en que para defender sus tierras se tuvieron que agarrar a balazos con los vecinos. Algunos primos aún mantienen alojados en sus cuerpos balas, bastante contemporáneas, y un tío tuvo que matar a un vecino prepotente que llegó a amenazarlo a él y su familia, crimen que pagó con años de cárcel, pese a tratarse de legítima defensa.

Porque los estatutos de la usura han sido siempre los mismos. Muchos colonos, no se resignaron jamás a las ochenta y tantas hectáreas correspondientes a su condición de colonos, y muy luego empezaron las corridas de cercos, los arriendos usureros, la compra de tierras mediante el fraude a los mapuches que no conocían la escritura. Los latifundios de la región de la Araucanía, pese a los discursos de insulsa “chilenidad”, como se le denomina a esa caricatura dulcificada del patrón buena gente, provienen de actos abusivos que sus descendientes se empeñan en esconder o negar.

Muchos sureños provenimos de una mixtura cultural semejante. Y es desde esa dicotomía, de este mestizaje del que no siempre nos hacemos cargo, desde donde miramos y sentimos el dolor y determinación de los hermanos mapuches que hoy ya casi pueden sentir la inmensidad del mar donde toda su agua sería contenida.

Es difícil determinar entre la gama de imbecilidades que hoy copan los medios de información, cuál es la mayor imbecilidad que desde esta chilenidad podemos concebir.
Pero, quizás elevar a la categoría de ilegal una huelga de hambre, sea la más inhumana, la más cruel, la más prepotente.

Recuerdo cuando se estrenó en el mundo la película “Gandhi” y de cómo la llamada no violencia era algo que absolutamente todos propugnaban como alternativa y solución a los conflictos humanos y políticos en el mundo. Había filas frente a las salas de cine, y hasta hoy, más de dos décadas después, sigue siendo vista como una lección de ética. Sin embargo, treinta y tres mapuches, haciendo uso de su cuerpo para expresar su indignación por un sistema que ha permitido la perpetuación del abuso, son prácticamente ignorados. Y directamente, vilipendiados por los voceros del gobierno.

Mucho más cobertura puede tener el accidente de alguna putita televisiva a la que se le arranca su seno de silicona, o de algún mocoso al que se lo manipula para hacerlo hablar imbecilidades; o es motivo de largas horas de debate la imagen de un futbolista mediocre masturbándose frente al espejo; o del marica de turno explayándose en detalles innecesarios de las formas de penetración a las que ha sido expuesto por sus parejas.

Las formas de negación de lo que somos, y de hipocresía disfrazada de torpes eufemismos, tiene en Chile próceres que superan la norma. Hace pocos meses, la huelga de hambre del cubano Guillermo Fariñas tenía al borde de los sollozos a políticos ambiguos como el senador Ignacio Walker.
Quería el senador democratacristiano, ser el portavoz de Latinoamérica de las aberraciones de un sistema oprobioso que tenía al borde de la muerte a un disidente cubano. Pero, ante treinta y tres mapuches en huelga de hambre, por aplicárseles una ley represiva con agravamiento de sus penas, apenas se le escucha un balbuceo inaudible, insulso, bobo, cobardón.

La memoria nuestra es bastante extraña. Si ya olvidamos los ajetreos políticos oportunistas de Walker, con mayor razón habremos olvidado los de Juan Agustín Figueroa Yávar, presidente vitalicio de la Fundación Pablo Neruda, y quien fuera el primero en aplicar la ley antiterrorista creada por Pinochet.

Es más, por inverosímil que parezca, se le recuerda en sectores cercanos a ciertas simulaciones neoprogresistas, como un prometedor y conspicuo personaje de la Concertación, que con su sapiencia y lucidez serviría al estímulo de futuras coaliciones políticas en gestación.
Los comentarios y conclusiones, puede sacarlos cada cual, con la cuota de náusea que desee. O con ausencia de ella, según sea el caso.

Yo me quedo mientras tanto con este regreso al mar, con este sueño doloroso, con este grito libertario mil veces cercenado de los compañeros, de los hermanos mapuches.

*Foto tomada de la red, no se señala autor. Avisar para retirarla en caso de vulnerar el copyright.

viernes, 16 de julio de 2010

NERUDA, EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE, en sus 106.


Por Bernardo Reyes. Julio 2010.

Nada de cánticos: conservar lo ganado. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi rostro, y no tengo cosa alguna tras de mí, ¡fuera de ese horrible arbolillo!... El combate espiritual es tan brutal como las batallas de los hombres; pero la visión de la justicia es sólo el placer de Dios. Entre tanto, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y a la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.

De “Una Temporada en el infierno”
Jean Arthur Rimbaud (Abril- agosto 1873)


El muchacho conoció a Rimbaud en Temuco. Quizás si el primer ejemplar fuera prestado por Augusto Winter, fundador y director de la biblioteca pública de Puerto Saavedra y lo leyera escuchando el coro monocorde de las olas. También es posible que Juvencio Valle, su pequeño compinche, le hubiera prestado el ejemplar de “Una temporada en el infierno”. Juvencio siempre fue el más intelectual de los dos, aunque desde siempre supiera, que Pablo era un “místico de la materia”, como lo definiera Gabriela Mistral años más tarde.
Neruda tendría unos trece o catorce años, y no olvidaría esta lección de luz. Vuelve sobre Rimbaud en Oriente a los 24 o 25 años, y lo recuerda nuevamente en 1954, cuando recibe en Chile el Premio Stalin por el fortalecimiento de la Paz entre los pueblos, en su memorable “Oda a Jean Arthur Rimbaud”, parte de su libro “Nuevas Odas Elementales” escrito por ese entonces. Y luego lo hace de manera muy notoria en su discurso cuando recibe el Premio Nóbel.
Qué hacía que Neruda encontrara tan atractivo al poeta salvaje y disoluto, que recorre las calles de París con su amante Paul Verlaine, completamente embriagado de ajenjo y hachís?

La decadencia y el esplendor del visionario tienen relación directa con el abismo en donde se funde al ansia de sobrevivencia, el vuelo, y la secuencia veloz de la memoria que busca asirse a lo que fue: la condición humana vista no como definición deslumbrante a partir de ciertas convicciones filosóficas o éticas, sino como el acto de respirar y la inminencia de dejar de hacerlo.

Neruda emula a Rimbaud, primero en sus primeros años en Santiago, a los 17 ó 18 años, cuando la eufemísticamente llamada bohemia nerudiana convivía casi a diario, peligrosamente, con el alcohol y la morfina.
Luego en Oriente, cuando consume opio con frecuencia.

La anécdota podría perfectamente ser parte de la crónica amarilla del personaje que tiene que calzar con la indumentaria de poeta bohemio, dentro de los cánones de la caricatura definida previamente en los bailables del poder.
Pero este descenso al infierno nerudiano, distó mucho de ser un acto de impostación de la vida y voz poética rimbaudiana, y es su propia obra la que lo demuestra.
El sobreviviente de lo que él llamó la “soledad luminosa”, emerge de la asfixia y escribe Residencia en la Tierra, obra que le vale el reconocimiento de los poetas españoles con apenas treinta años, cuando llega a la península Ibérica a cumplir con sus funciones consulares.
Se trata de un testimonio palpitante de un proceso, de un bautismo con aguas nocturnas, donde el ángel caído quiere dejar testimonio de haber sobrevivido.

Sin embargo a 106 años de nacido, este proceso visceral con la soledad y los límites, se deja de lado para hacer flamear las banderas multicolores del supermercado nerudiano, ese que vende al mejor postor el verso adaptado a cualquier circunstancia.
El poeta puede contar con el auspicio oficial y oficioso, de todos los que reniegan de su poesía con tintes ideológicos tanto como de su poesía críptica, siempre y cuando “el poeta del amor” o “el vate de las cosas simples” prevalezca.

La Fundación Pablo Neruda para el desarrollo de la poesía, nace para el cincuentenario del poeta y su primera piedra se coloca en el patio de su casa Michoacán (1954, calle Linch Nº 164, comuna de La Reina, Santiago). El poeta cincuentón, que recibe el Premio Stalin de la Paz, era funcional al culto a la personalidad, y eso es de una evidencia total.
Sin embargo, en los 70, el poeta realiza la donación de un terreno aledaño a Isla Negra y establece las bases de la Fundación Cantalao.
Cantalao, es el nombre del pueblo mítico de El habitante y su esperanza, con que bautiza la institución encargada de propagar las letras, las artes y las ciencias. La construcción tendría que disponer de dependencias para huéspedes, teatros, acuarios etc. Toda una estructura al servicio del estímulo a la creación.

Sin embargo, y por paradójico que resulte, la actual Fundación Pablo Neruda, haciendo caso omiso de la voluntad del poeta, potencia una estructura staliniana, verticalista, centrada en la beatificación del ídolo inmaculado.

Este 12 de julio la fundación no celebró el cumpleaños del poeta. Su aporte a la cultura entretenida estuvo centrado en abrir gratuitamente las puertas del museo, un día antes.

*En la fotografía, el poeta junto a Volodia Teitelboim y Salvador Allende en su casa de Isla Negra, hoy museo.

viernes, 30 de abril de 2010

MATILDE



Por Bernardo Reyes (30/04/2010)

Casi sin pestañear estuve pendiente del Rayo Verde del ocaso, especie de alarido cromático en el momento del orgasmo crepuscular, cuando el sol penetra la nada y el horizonte se inflama de arreboles.

Pero esa petit mort no llegó ni ese día ni en los días siguientes.

Quien sí llegaba era Matilde, siempre dispuesta a conversar o escuchar a veces hasta la madrugada.

El bar de Isla Negra era el sitio ideal para hacer un recuento del día, de las esperanzas, y con algunos tragos, de los dolores.

Por eso es que asumía con alegría mi misión de barman ocasional, preparando algún trago que la dueña de casa me hubiera encomendado.

El Rayo Verde debió ser una broma del poeta, ya que jamás lo ví. Pero intentando verlo, entre el crepúsculo y mi persona, se interpusieron esas botellas de colores, gatos, delfines, ninfas, que todavía iluminan la memoria con algarabía.

Me pareció adecuado entonces encender las luces de la taberna que las iluminaban. Craso error.

Matilde, dolida, apagó las ampolletas y me hizo notar que en ese lugar no había ni un solo motivo de fiesta desde que Pablo partió.

Luego hablamos, como invocando, de su amante, de mi tío abuelo.

En esa suerte de velorio retroactivo, fueron aflorando los chistes, los poemas, las carcajadas, las emociones.

En todo velatorio que se precie, debe haber risas irreprimibles, es un deber mofarse del muerto tanto como de los vivos.

Así los vivos tenemos la sensación de que el muerto nada más anda por ahí y ya vuelve, y los muertos tienen la certeza de que jamás partieron, pues aún se les recuerda.

Matilde era una mujer terca, como son todos los regidos por el signo Tauro. Embestidora, a veces, sin objeto.

Hasta hoy en día se le considera una rota, sobre todo por conspicuas damas expertas en nada, salvo en lucir sus insufribles joyas “de familia” en cuanto cóctel de “caridad” que organice la gente bien. Sobre todo la gente bien culta, se entiende.

También la familia del poeta, mi familia, no tiene buenos recuerdos de ella. Se le acusa de no permitir el libre acceso de la familia para tomar contacto con uno de los suyos.

Lo propio dicen los escritores, pese a que cuando estuvo viva la adulaban hasta que les dio hipo.

He visto las contradicciones de Matilde, y que yo sepa uno no es un apologista de los amigos. Se es amigo no más por obra y gracia de abrir el corazón y de abrazar.

Pese a ello, intrigado, en una oportunidad seguí las pistas que hiciera públicas el escritor Sergio Gómez, donde se demostraría que ella estaría ligada a la trata de blancas en El Callao, Perú. Era ciertamente una oleosa mácula derramándose por el siempre decadente mundo de los corrillos sociales, que de paso salpicaba a San Neruda. Porque resulta claro que en Chile la vocación deportiva por la beatería, es a estas alturas una institución mas poderosa que los partidos políticas, las religiones, o las secretas cofradías.

Como un boliche decadente, describe Sergio, el lugar donde Matilde para 1944 cantaba boleros con su precario grupo, el Oper Ballet, hasta que los shows nocturnos y de baja calaña, tuvieron que llegar a su fin al ser embarcadas hasta Chile de regreso las 31 muchachas obligadas a prostituirse.

Sin embargo en la Memoria Anual de 1944 de la cancillería –documento mencionado como prueba irrefutable de sus aseveraciones-, nada de esto existe.

Tampoco en todos y cada uno de los papeles relacionados con diversos consulados como el de Lima, Callao, Tacna, etc., etc.

Y para cerciorarme revisé los años 1942, 1943, 1944, 1945, 1946 y 1947, si no me equivoco. Demoré en esta faena dos meses trabajando con autorización de una ministra, en el sótano de la cancillería en Santiago.

Conozco a Sergio, y sé que es una persona seria. Pero en este caso la fuente documental mencionada en su artículo, no existe.

Y no porque hubiese sido arrancado el documento de extradición de las muchachas, para hacerlo desaparecer: el mismo sostiene que en la Memoria Anual, dichos antecedentes están. Pero no están. No existen.

Ciertamente Matilde es un ser que no deja indiferente. A veces por su arrogancia que agrede, otras por su indiferencia que cercena en dos el espacio que la separa de los otros.

Sin embargo, dudo que hubiese sido indiferente a la poesía. Se transformó ella misma en un animal poético, desde los tiempos de brama del poeta amante.

Y como animal poético actuó regidas por pasiones que la llevaron a comprometerse con la Resistencia a la dictadura. Fui testigo muchas veces de la confrontación con la violencia policial, intentando acallarla.

Era, por otra parte, un verdadero cedazo en las lecturas que Neruda haría de las obras de las nuevas generaciones de poetas, que materialmente resultaba imposible de ser leídas. En las estanterías de Isla Negra ví decenas de libros que el poeta no alcanzó ni siquiera a hojear.

Sin mencionar la labor editorial de la obra inédita del poeta, labor que desempeñó con irreprochable profesionalismo. Sólo bastaría mencionar la publicación de las Memorias, Confieso que he vivido, y después agregar unos diez títulos, para dimensionar en parte su legado al servicio de la poesía de su esposo.

Por mucho que se empeñen en oficializarla como la señora Neruda, Matilde no olvidó jamás su condición de amante, de apaciguadora del volcán, de musa arrolladora.

Quizás sea la única de las mujeres del poeta que hubiese sido capaz de patear en el culo y mechonear al fantasma de Jossie Bliss la birmana, que afiebrada por los celos quiso asesinar a Neruda en Oriente.

Neruda temía tanto como deseaba y amaba a esta birmana, de pasiones amorosas aún mas desmesuradas que las suyas. Pero creo que Matilde representó un temor mayor, una pasión mayor, y sobre todo, una esperanza mayor.

El poeta subió y subió por la escarpada casi sin darse cuenta. Luego desde la altura miró el vacío y quiso llamar a sus amigos. Pero ya era mas fácil seguir subiendo que retroceder. Entonces surgió Matilde en su retaguardia, obligándole con fiereza a centrarse en lo que hacía, pues ya quedaba poco. Hasta que finalmente el poeta llegó.

Porque para amar a Neruda, había que tener también la capacidad de odiarlo sin medida. Como cuando lo encontró acostado in fragantti en Isla Negra con su sobrina Alicia Urrutia.

De esas pasiones, de esos dolores, se nutrió Matilde, y es por ello que apologistas y detractores suelen sentirse perturbados para clasificarla. La opción de convertirla en un ícono decorativo e inocuo, parece ser la opción que unos y otros han tomado y, al parecer, seguirán tomando.

Recuerdo que en la dictadura ella cancelaba sueldos políticos, muchas veces con sus propios recursos. Sin embargo el partido comunista sabía que ella no era uno de los suyos, prueba de esto es la feble representación que tuvo el partido en el primer directorio de la Fundación Pablo Neruda.

Sus apologistas en cambio permanentemente se esmeran en renovar la naftalina discursiva sosa, de la musa inocua y algo boba, que se pulió con el poeta.

La sombra del poeta es cosa seria. En mi familia es difícil salir indemne, y creo que en Matilde algo parecido ocurrió.

Pero lo real es que cada persona tiene una vida propia, y Matilde la tuvo.

Será interesante algún día sumirse en su vida, saber de sus amores, frustraciones, de sus errores, no para redactar una adenda de Mi vida junto a Pablo Neruda, hecha sin duda para contar y cantar loas al vate, sino para saber la historia de Matilde Urrutia, la mujer, la revolucionaria que había que tratar con pinzas, un ser complejo, trascendente, que estuvo en primera línea luchando en contra de la dictadura, cuando su esposo ya no estaba con ella.

Es quizás por todas estas razones, que talvez se reduzcan a nada, que valoro el libro Cartas de amor[1] , compilación de cartas dirigidas por el amante sucesivo que fue el poeta Neruda.

Quizás si al leer entre las líneas de estas cartas, podamos vislumbrar algo más que la caricatura en que esta mujer se fue transformando por obra y gracia de la beatería nerudiana, tan tremendamente contagiosa e inútil.

Darío Oses, impecable editor, se encarga de demostrar, sin rebuscamientos, que se puede ser riguroso sin dejar de ser ameno, ni querer dar examen de lumbrera, y sobre todo haciendo de la edición una mirada afectiva para acercarnos a fantasmas que solemos convocar para intentar ver –ahora sí- el alarido del rayo verde de los amantes de Isla Negra.


[1] “Cartas de Amor, cartas a Matilde Urrutia (1950-1973)”, Seix Barral, 2010, Edición Darío Oses.

martes, 27 de abril de 2010

EGO TE ABSOLVO A PECCATIS TUIS IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SANCTI



Por Bernardo Reyes. 27 abril/2010.

Era otoño, y el viejo nazi me pidió que lo llevara en mi taxi hasta Chillán. La oferta era buenísima, considerando esos atroces años de la dictadura.

No era exactamente a Chillán, sino cerca de Parral, me explicó a los días siguientes. Se trataba de un hospital para alemanes, ubicado en un fundo, donde tendría que operarse. Unos trescientos cincuenta kilómetros de Temuco.

En el barrio todos sabíamos que era nazi, además de aficionado a la pornografía, y que había huido de la guerra por Italia, y que en Colonia Dignidad, recibía completa atención en salud, y una pensión en dinero como joven oficial.
Nadie inventaba. El hablaba de estos hechos a quien quisiera escucharlo, sobre todo en las comidas o asados del barrio, donde solían invitarlo.

No obstante esta familiaridad, y de saber que no era un delator, el viaje finalmente no se hizo. Inventé –creo-, un compromiso trucho para ocultar dignamente el miedo de ir a meterme a las patas de los caballos.

Recordé al amigo nazi y a su necio hijo, compañero de universidad en ingeniería, estos días en que se celebra festivamente la muerte del más grande pedófilo de la historia, según dicen algunos diarios. Puede ser, me digo, aunque tengo mis dudas, ya que la competencia es seria, partiendo por los sacerdotes católicos.

En Temuco y el país, la historia de curas pedófilos es de antigua data, y el procedimiento cuando los descubren es siempre el mismo: al abusador lo mandan al extremo opuesto de la región, a purgar sus penas con rosarios que le anestesien la culpabilidad, en el silencio de la cordillera por ejemplo, sintiendo como el frío le devuelve algo de cordura a su alma calentona, hasta que nuevamente se inicie el ciclo, y tenga que partir hacia alguna parroquia de mierda, ahora mirando al mar.

Mi esposa me hablaba de un obispo que en la casa de retiro les tiraba las manos a niñas pequeñas, hace ya más de cuarenta años, y las monjas del colegio Providencia, negándose a escuchar sus voces inocentes, como vulgares tapaderas o alcahuetas. Y no ha sido solo mi esposa la que hablaba de estos hechos, sino todas sus compañeras, pero claro, el guardar silencio cómplice en Chile es una institución.

Nunca he creído en los sacerdotes, aunque mi obispo amigo –George - bendijera mi departamento cuando lo compramos, tal vez con algún rito. El profesa la religión mormona, y su universidad hace años tuvo la deferencia de invitarme a leer mis poemas a los jóvenes mormones que tanto estigmatizamos. Soy amigo de varios sacerdotes mormones, todos cultos, y bastante amplios de mente.

Fue justamente el mismo grupo –Estado de UTAH- el que acogió a Gonzalo Rojas por once años, aunque el poeta no se refiera mucho a esta interesante etapa de su vida donde su obra fuera motivo de estudios por avezados lingüistas a quienes conozco. Gonzalo me contó que a veces le llevaban una botella de whisky, ocultamente, para capear el frío invernal.

En una reunión con jóvenes parejas, promedio veinte años, todos casados, me sorprendió la naturalidad con que se asumía el sexo, como parte vital de lo cotidiano.

Me sigue pareciendo harto mejor que la abstención inhumana, la expresión natural del sexo y en esto mis amigos mormones llevan por harto la delantera.

Parece ser que lo retorcido de la mente nace del muro que se construye en soledad, ladrillo a ladrillo, hasta solo queden paupérrimas rendijas por donde logran pasar insuficientes hilitos de luz al alma. Pero ya cuando es tarde, y la ceguera inevitable, y cuando ya los manoteos del desesperado se aferran a lo que sea, en medio de esa oscuridad autoimpuesta.

Nada tiene que ver Dios en este cuento: una invención mental de una divinidad que permita justificar lo que se hace a ciegas, no tiene porqué ser sinónimo de bondad. Hombres que en busca de una supuesta santidad empiezan a enfermarse de abstinencia, y en su ceguera delirante cometen los más atroces actos, deberían llevar a actuar con cierta decisión de un cambio profundo a los jerarcas religiosos.

No puede negarse que pese a que muchos casos de violaciones de derechos humanos y homicidios calificados, no estén resueltos, los jóvenes miembros de la Colonia Dignidad han dado pasos significativos para permitir que los miembros de esa especie de secta esté mutando a un grupo de creativos alemanes que mucho tienen que aportar a la sociedad chilena, como siempre lo habían hecho. Los mea culpa hechos en la televisión, no solo me parecen valientes, sino dignos de imitar por la sociedad religiosa chilena, con manipuladores y perversos “Operadores de Dios”.

Lo propio puede decirse de las declaraciones últimas de los obispos chilenos, que han creado sistemas contralores para estudiar las acusaciones de pedofilia en sus curas. Sin olvidar, desde luego, que fue la iglesia católica que estuvo en primera línea en la defensa de los derechos humanos durante la dictadura, acción que el país les agradece, aunque el argumento no tendría porqué ser usado ad aeternum como una suerte de chantaje moral, para inhibir la denuncia.
Se trata de mecanismos que funcionan con la velocidad de una carreta a bueyes, es verdad, pero capaz de arrastrar un gran volumen de carga. Solo por eso uno podría pensar de que no todo está perdido.

Existe la inevitable sensación de que las catedrales -talvez de todas las religiones-, están en franca decadencia y derrumbe. No hay ni tendría por qué haber una diferencia sustantiva entre un pedófilo de extracción nazi, que otro de extracción cristiana. Se trata de un mismo acto abusivo y denigrante, y sanseacabó.

Recuerdo esos días de otoño en la casa de mi padre, cuando era invitado el amigo nazi que las mujeres detestaban por calentón. Y cómo, a medida que el vino endulzaba los rostros y enredaba las lenguas, el gringo nos hablaba de esa patria utópica, socialista y ancestral que un loco creyó fundar matando a millones, y de cómo los jóvenes fueron arrastrados a esta guerra para cambiar el mundo, y de su huída por diversos países de Europa hasta llegar a países que nunca aprendieron a pronunciar sus nombres.

Da lo mismo quien desde su particular mirada se niegue a reconocer los fantasmas que le habitan: en el fondo de todo esto relincha y piafa el mismo caballo viejo y solitario, añorando esos días de potreros aledaños a los manzanos, donde podía escucharse palpitar el lentísimo corazón del amado huerto en otoño con la caída de los frutos, y vislumbrar, oculta entre los árboles, las decisivas ancas de una expectante caballita azul en edad de merecer, mirándonos con ojos de tórtola. Y es natural que así sea.
Amén.

* Imagen tomada de internet, al parecer de uso libre. Si existiese titularidad, dar aviso para retirarla.

miércoles, 17 de marzo de 2010

NIVIA PALMA Y LA ÉTICA PROCAZ

(17/03/2010)

Más que un telegrama de la pachamama ofuscada con el comportamiento de sus hijos irresolutos, me parece que los terremotos tienen una lectura literal que no necesita del auxilio de videntes clamando piedad a sus dioses en particular.

El pavor ante la evidencia del fin, de ver la muerte rugirnos esas puteadas viscerales desde un abismo inexpugnable, nos hacen ver la inutilidad de los discursos.

Lo interesante viene después, cuando el miedo se diluye, y de nuevo la lengua vuelve a soltarse, como es el caso. Ahí en medio de la Babel de voces, todas conteniendo verdades absolutas, surgen los más inverosímiles atajos para llegar al cielo lo más pronto posible. Es decir, al proceso de reconstrucción del país derrumbado.

Una de ellas, la de la directora de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y museos, ha planteado una brutal amputación a los fondos destinados a cultura, sugiriendo la redestinación de $2.125 millones existentes para la implementación del Maletín Literario, de $300 millones, de la primera etapa del Museo de Isla de Pascua, y otros $200 millones destinados a proyectos patrimoniales de la DIBAM, y finalmente el 70% de los fondos concursables de los fondos de cultura.

Con esta misma lógica, desde hoy mismo debería comenzarse sin más tardanza a ahorrar agua, comenzando –por ejemplo- con la destinada a los riegos de los jardines del barrio alto. ¿Cuántos pueblos, carentes de agua, podrían satisfacer sus demandas con esa agua destinada a los jardines de los ricos?

O bien, disponer de los parques, paseos peatonales, y otros espacios inservibles, como terrenos aptos para la construcción de casas de emergencia.

Lo dicho entonces por Nivia Palma, debe tratarse de una visionaria propuesta que desde nuestra pequeñez intelectual no podemos entender, pero que con el paso de los años, cuando el juicio de la historia sea saldo disponible a nuestro favor, podremos llegar a comprender en plenitud.

Lo propio me ocurrió con esta dama, hace ya unos once años, cuando con mi amigo Guido Eytel denunciáramos a un descarado SEREMI de la IX Región, que utilizando testaferros, e implementando jurados en que los jueces eran juez y parte, se ganaban millones de pesos de fondos concursables.

En la ocasión la Contraloría, determinó la prohibición del funcionario de ejercer cargos públicos por cinco años, y por cierto el intendente tuvo que pedir la renuncia del funcionario. Y de paso demostró que nosotros, sus denunciantes, teníamos total y absoluta razón.

En esa ocasión fue también Nivia Palma la que dijo públicamente que ella ponía las manos al fuego por el SEREMI, y pasado el tiempo jamás nadie vio ni la más modesta magulladura en sus manos.

Porque ese es el punto, hablar con tono profético las sandeces más arrogantes que pueda permitirse un empleado público, y pretender no solo salir indemne, sino más encima, pasar a la posteridad.

sábado, 13 de marzo de 2010

ALMACÉN ESPERANZA


En cosa de un año desaparecieron los traficantes y los borrachos. El barrio se veía lindo, y la lluvia de otoño favoreció que brotara maleza. El musgo pronto cubrió los muros de grafitis absurdos y feos y la gente comenzó a tener confianza.
En la población tampoco supieron qué ocurrió con los gatos y los perros hasta ese día que los vecinos se percataron que don Pelayo tenía una leona africana, una gorda felina mansa y silenciosa, detrás de su pequeño almacén.
Hubo, claro, un escándalo mayúsculo. El hombre tranquilo y solitario fue exhibido esposado y el Servicio Agrícola y Ganadero, en conjunto con grupos de defensa animal, llamaron esa misma tarde a una conferencia de prensa para explicar los alcances del abuso, sin tocar siquiera el origen de la pellejería de las mascotas por todos lados.
Hubo ternura en esa última mirada que se dieron la felina y su protector, antes de partir cada cual a celdas diferentes.

domingo, 7 de marzo de 2010

MUJICA Y GONZÁLEZ LTDA.


Mujica y González no siente ni pena, ni bronca. Jamás envejece. Existe no más, pese a que no tiene alma. Oficina sí tiene. Pero nadie lo ha visto en esa oficina. Ni siquiera pertenece al directorio. Sin embargo, el precioso letrero dice clarito: Mujica y González Limitada. El no conoce, no sabe, lo que es multitud. Tampoco lo que es soledad. Sorprendentemente se le asocia al éxito y como si fuera poco, a valores morales, pese a tratarse de un ente abstracto. Y como no tiene alma, Mujica y González no puede tener culpabilidad. Puede, por ejemplo, hacer edificios. Mejor dicho, representa a quienes los hacen, es decir a obreros, ingenieros, arquitectos. Mujica y González es absolutamente inocente de reducir las especificaciones de los fierros de las construcciones, de disminuir la calidad de los cementos, de poner un panel de mierda, en vez de ladrillos o concreto, pese a que en el plano dice clarito que ahí habría que poner un muro divisorio. Es, en una palabra, una fantasía, una abstracción, pero su nombre flamea en cada nuevo edificio que se construye, en donde fluyen los dineros de los bancos, de los inversionistas, y los pequeños grupos de multimillonarios que tienen el dinero acumulado, hasta que nosotros los ineptos, sepamos que somos pobres de puro imbéciles que somos. A Mujica y González se le quiere. Se le aprecia en la recepción de obras municipales. En su nombre se invita a comer y a tomar buenos tragos a los inspectores municipales. A nadie le importa que no tenga rostro. Lo único que de verdad importa es que su rostro represente eso que podríamos llegar a ser. Porque es claro que Mujica y González representa un camino. Nadie podría culparlo de usura, inhumanidad, u homicidio premeditado, por no cumplir con las normas de construcción antisísmica estipuladas en la ley, disminuyendo las especificaciones técnicas. Finas terminaciones, piscina temperada, cámaras de seguridad, todo un paraíso, o un mini paraíso de unos pocos metros cuadrados, son el gancho, la miel, que atrae a quienes quieren acceder a la felicidad, que se llama Mujica y González Limitada. Y cuando ese mundo -el mundo de Mujica y Gonzalez Limitada- se derrumba, por mas que se diga otra cosa, se derrumba también parte de nosotros mismos, ya que Mujica y Gonzaléz, somos nosotros mismos. Aunque lo neguemos.

Otros seudónimos de Mujica y González puede encontrarlos pinchando aquí.

domingo, 14 de febrero de 2010

LA DES-CONCERTACIÓN







Por Bernardo Reyes (14/02/2010)


Manuel Vázquez Montalbán, fue célebre también por sus frases que surgían como expresión de síntesis y lucidez.

Era amigo de Volodia Teitelboim, quien en más de alguna ocasión me habló de su gracia y de su chispa.

Por ejemplo, se refirió a Jorge Edwards, nuestro infalible intelectual, como el hombre que “se subió a los hombros del poeta para que lo vean a él mismo de más lejos”, aludiendo a su autobiografía Adiós Poeta” que de paso incorpora a un personaje secundario: un tal Pablo Neruda.

Volodia no comentó el juicio de Montalbán más que entre sus cercanos, quizás por una especie de decencia de caballero a la antigua. De haberlo hecho, quizás sí se hubiera podido entender con más elementos de juicio al personaje que hoy se palmotea la espalda con colaboradores de la dictadura.

Sin embargo se equivocan, a mi parecer, quienes ven a nuestro galardonadísimo escritor solo como a un servil instrumento de la derecha reaccionaria. La condición humana no se divide en dos bandos como la obvia repartija de jugadores en una pichanga de barrio: Edwards ha tenido actos de decencia en su vida, como fue su renuncia a la Fundación Pablo Neruda, aún habitada por socialités bastante desacreditados.

Dijo en la ocasión que consideraba rascas a sus directores, en cuanto a gestión cultural, juicio que no comparto del todo, pues hay gente valiosa como Manuel Jofré, por ejemplo.

Otra de las frases de Montalbán, que nos viene como anillo al dedo por estos días, es la que hace referencia a la desilusión de los intelectuales españoles en la posguerra: “Contra Franco estábamos mejor”, a pesar que la frase se le ha atribuido también al cineasta Luis Buñuel, y a otros.

En estos días estivales, en que parece haber muerto todo el viento del sur que suele refrescarnos la ciudad, tiene uno la sensación de que solo están ellos -los que jamás dejaron de estar-, programando una nuevo reparto del botín, el tristemente célebre goteo, que tendría que empezar a producirse cuando los embalses de la usura, groseramente enormes, ya estén repletos.

Nosotros desde acá, al lado afuera, perfectamente podríamos parafrasear a Montalván diciendo “contra Pinochet estábamos mejor”, no porque quisiéramos retrotraernos en el tiempo, sino por la necesidad de evocar esos años en que tuvimos conciencia de quién era el enemigo.

Nada de eufemismos técnicos, de índices macroeconómicos escritos en códices solo interpretables por iluminados obispos de Harvard: acción frente al abuso; acción frente a la usura; acción frente a la colusión de precios de los medicamentos.

Por cierto, no se puede ser ciego: se ha hecho justicia pese a todo, aunque a ratos la timorata reverencia a los militares, que aún ocultan los nombres de los asesinos, más parezca un favor que les hacen a las víctimas del fascismo, que un derecho constitucional.

Hoy cuando deambulan tantos lloriqueantes, que se han quedado sin sus cargos de funcionarios mediocres, y recogen y reordenan su querido y obvio tablero de damas del poder, que alguien les ha pateado; que se reflotan vanguardias políticas con rostros renovados, jóvenes líderes que les soplan al oído qué decir; que el miedo sigue haciendo de las suyas persiguiendo a los perseguidos; que se sigue creyendo en partidos de izquierda serviles a la usura; que seguimos impávidos frente a la idiotización sistemática de la población por los medios de información, ya sería hora de concluir que estamos des - concertados.

lunes, 25 de enero de 2010

1974/ ENERO 23.

Por Bernardo Reyes

Los rostros transeúntes son como vientos que acercan o alejan a la embarcación del puerto de la nada. Pero el rostro de un hijo recién nacido es una bandera flameando en el fondo de una gruta inexpugnable, una brisa exiliada de las brisas de otros días y noches, que refresca y espabila para poder ver aquella luz al final del túnel oscuro: una ausencia y un llamado: la soledad de la rompiente que retrocede en busca de la inmensidad de su mar.

Ese día la cámara lenta del rostro de nuestro hijo, la mueca inerme, nos hablaba en el ininteligible idioma de los sueños, esa patria de todos, lejana y presente, de la que llegaban noticias que tendríamos que descifrar.
La sala de espera de la clínica estaba casi vacía, excepto por un militar retrocedido de sí mismo, con el que no cruzamos palabra.
Las radios repetían los bandos anunciando el toque de queda, amenazando con disparar a matar a quienes circularan por las calles de Temuco.
De pronto la matrona me anuncia que ha nacido David, que ha medido no sé cuántos centímetros, y que es robusto y sano. Y que su madre se encuentra bien.

Marycruz era una crisálida vacía.
La sangre extraviada de su cuerpo buscaba la luz en aquellos ojos que aún no sabían que miraban.

miércoles, 20 de enero de 2010

SE NOS LLENÓ DE RUBIAS LA CIUDAD



Por Bernardo Reyes

Se nos llenó de rubias la ciudad.
Incluso ya avanzada la noche aún se las podía ver pululando por las calles del bulevar.
Ni los pacos, nada. Solo ellas, haciendo flamear una banderita de mierda, y en su frente el cintillo de plástico con el nombre mágico del cambio.
Ya no se escuchaban bocinazos, ni caravanas delirantes de vehículos frente a La Moneda: la celebración había terminado: la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal.

Ellas, rubias entre rubias, aguardaban la micro, una luz lejana que parecía acercarse por la ancha Alameda, como un mandala diminuto.


Fotografia tomada de internet/ autor desconocido. Se ruega informar eventual titularidad, si la hubiera, para proceder a bajarla.

miércoles, 6 de enero de 2010

OMAR ROBERTO VENTURELLI LEONELLI


Especial para El Clarín, publicado el 06/01/2010
Por Bernardo Reyes

Ese día llegaron los milicos al domicilio de don Víctor, tal vez un segundo o tercer piso de un edificio pequeño ubicado en Av. Alemania casi esquina de la calle Doctor Carrillo.
De un comienzo intentaron denigrar al hierático rector: ametralladoras empujándole el trasero y la espalda, fue un lenguaje suficientemente claro para expresar que los días del cambio habían llegado a Temuco, a su querida Universidad Católica donde el oficiaba de rector.
Un par de cuadras separaba su domicilio del Campus Menchaca Lira, y hasta ahí llegó tembloroso, conminado por la fuerza de las armas en su espalda, a abrir la universidad.
Sostiene Raviola en una declaración realizada ante la esposa de Venturelli, y luego ratificada ante la policía, que su nerviosismo le impidió abrir la puerta.
También Raviola le expresó que el uniformado a cargo del operativo, armado hasta los dientes, le había increpado groseramente, diciéndole que si no era capaz de abrir una puerta, como iba a pretender dirigir una universidad.
A continuación ordenó a su tropa derribar a patadas la puerta de la universidad, para enseñarle de una buena vez de qué manera el cambio era posible de materializar en un corto período de tiempo.

El encargado de hacer cumplir las órdenes de Pinochet a partir del golpe militar, era Alfonso Podlech Michaud, fiscal militar del Regimiento Tucapel de Temuco. Y vestía uniforme militar, a pesar que por estos días lo niegue, como también negara con descaro que alguna vez fuera siquiera fiscal militar.

Podlech, detenido el 26 de julio de 2008, en el aeropuerto Barajas de Madrid, miró con perplejidad a sus captores ese inimaginable día de su detención. Mientras leen sus derechos, que de sobra el conocía en su calidad de jurisconsulto, le informan que actúan por una orden de aprehensión vigente proveniente de Italia, una orden de captura internacional originada en la causa de la desaparición de Omar Venturelli Leonelli, profesor de aquella pequeña universidad en donde el dio la orden de derribar la puerta principal para que entrara a establecerse el fascismo.

Venturelli, ciudadano italiano, era un hombre de izquierda reconocido en la región mapuche donde floreciera la poesía de Neruda.
Vinculado a lo que hoy se denomina la recuperación de tierras mapuches, en un movimiento político denominado Cristianos por el socialismo, era ciertamente identificado por la derecha golpista como un agitador del marxismo internacional, un cura rojo, que abandonó el sacerdocio para vivir en amancebamiento con Fresia Cea, ex alumna del Colegio Providencia de Temuco.

Nadie recuerda el legado político del ex sacerdote, ni siquiera la prensa de izquierda, como si su sola virtud hubiera sido ser simpatizante de izquierda y haber unido su vida a la de Fresia.
Víctor Raviola, fue uno de los invitados a aquél matrimonio de Omar y Fresia. Ese día fue personalmente a entregar su regalo al domicilio de los recién casados.
Todos, de una u otra forma, eran personas cristianas. Inclusive don Víctor, a quién muchos durante la dictadura lo consideraron un delator, fue obligado a firmar decretos de expulsión de profesores de la Univ. Católica, como lo acreditan sus firmas al pie de cada documento.
Su legado es más bien modesto: profesor de literatura; probable simpatizante político bastante pasivo; un ser que para sobrevivir en la vida ocupó la decente estrategia de la omisión, con la que nunca nadie podría cuestionarlo seriamente.
Su testimonio referido a Alfonso Podlech, en la investigación del caso de Omar Venturelli Leonelli, es prueba de ello, cuestión que la propia viuda ratifica.

“Ámbito” era el nombre de una de las clases que el ex cura hacía en la universidad Católica de Temuco. Era un ramo extraño, con mucho de asistencia social cristiana, unido a una formulación de preceptos básicos para entender el extremo mundo de la pobreza. Los alumnos y alumnas tenían que ir a las poblaciones marginales de Temuco y relacionarse con un mundo ocultado por el sistema, y a partir de esa experiencia, ser evaluados.
Marycruz, mi esposa, era una de sus conmovidas alumnas, y en algún momento le manifestó a Venturelli no poder comprar el libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” del célebre coautor de Marx, Friedrich Engels, el cual debían leer. Por cierto Venturelli se lo prestó.

Eso sucedió más o menos en junio o julio de 1973, mientras David, nuestro primogénito, crecía en su vientre menudo. Así fue que el libro, que siempre me lateó leer, llegó a nuestra biblioteca en cierne.

Dos o tres meses después llegó el maldito golpe militar, ese flato asqueroso de la historia, que aún la derecha se esfuerza en justificar.

A los días después, casi finalizando septiembre, Marycruz y mi cuñado, curiosamente también llamado Omar, en Av. Prat esquina de San Martín, se encuentran con el espectáculo de ver a Omar Venturelli Leonelli, su profesor, maniatado a la espalda y vigilado por dos milicos, cruzando la plaza con destino al Regimiento Tucapel.

Llegando a nuestra casa, en rigor nuestra pieza, Marycruz conmovida me dice que tenemos que esconder nuestros libros comprometedores entre los que estaba naturalmente el libro de Engels, prestado por Omar.
Por años así estuvieron, ocultos entre los pliegues de una puerta, hasta que pudimos rescatarlos, destruyendo la puerta que los ocultaba, ya inservible como la dictadura.
Cuando lo hicimos, la imagen de Omar maniatado y apuntado por adolescentes soldados que podrían haber sido sus alumnos, afloró.
Este testimonio, que siempre consideramos superficial, de pronto, juntando fechas y atando cabos, pudo al fin ser parte de un todo.

Fresia Cea, ex alumna del Colegio Providencia de Temuco, -al igual que Marycruz-, ha llegado hasta nuestro domicilio treinta y seis años después.
Cuando Fresia toma ese pequeño retazo de su historia, llorosa denuncia que Omar Venturelli Leonelli, el esposo, el profesor que aún muchos esperan que regrese, había roto con el compromiso familiar de no prestar libros.

Ese día Omar Venturelli iba vestido de azul, una chaqueta tal vez de pana, unos jeans, una camisa en el mismo tono.
Fresia así lo recordaba saliendo de su casa para nunca volver.

Lo que ella no sabía, no tenía cómo saber, era que una alumna de su esposo, lo vio maniatado y apuntado por dos milicos siguiendo las ordenanzas del fiscal del Regimiento Tucapel de Temuco, y vestido de azul con la misma sobriedad con la que asistía a hacer clases en la Universidad Católica de Temuco.




Foto: Matrimonio de Omar Venturelli Leonelli y Fresia Cea Villalobos, 30 de Octubre de 1970 en Temuco. Archivo de Fresia Cea Villalobos. La novia tenía 21 años. El novio 28 años.