sábado, 13 de junio de 2009

SIMULACROS

Por Bernardo Reyes

A Luis Enrique Romero y David Ortiz


Se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo.

John Fitzgerald. Kennedy


Un oscuro día de invierno el rostro flaco y aindiado con una cara inexpresiva de opa o de máscara, fue detectado como foráneo, en aquél olvidado pueblito del Chaco.

Esto ocurrió, según Borges, en julio de 1952, justo cuando la noticia de la muerte de Evita Perón, ya se había desparramado por todos los rincones del país, y el rostro acongojado del general, era conocido hasta por las piedras.

A poco de llegar, con ayuda de algunas creyentes y dolidas señoras, construye un desarrapado altar: una tabla sobre dos caballetes, y encima una caja de cartón con una muñeca rubia, rodeada de cuatro velas encendidas, que eran renovadas por campesinos, gente pobre en general.

- Mi sentido pésame, general-, le decían sacándose el sombrero y tendiéndole la mano, al tiempo que en un tarro, a modo de alcancía, depositaban dos pesos que por alguna razón alguien estableció que había que donar.

-Era el destino, se hizo lo humanamente posible, contestaba parsimonioso, sentado como un Buda en la cabecera del altar, mientras miraba, para no aburrirse, el río cantarino allá abajo, lejos de la precariedad de su choza de emergencia.

Por cierto todos sabían que este personaje no era Perón, partiendo por el mismo, y no obstante todos aceptaban representar el absurdo papel, en donde a cambio de un par de monedas, les era permitido expresar el cariño por Eva Perón, representada en esa muñeca rubia. Y no se trataba de candidez, sino mas bien de un pacto, en que unos y otros aceptaban representar el papel de lo que no son.

Este arquetipo de la simulación, que pareciera no tener más posibilidad de existencia que en el limbo de la ficción, desgraciadamente sigue practicándose con diversos matices y formatos en nuestra sufrida Latinoamérica que se resiste a abandonar el condicionamiento colonialista y arcaico, que dobla la cerviz con una facilidad asombrosa ante quienes tienen o dicen tener, el poder sobre los recursos económicos que al parecer también los hace de paso dueños de la ética y la verdad.

De sebastianes, arturos, agustines y georges está llena nuestra historia cotidiana: algunos tienen, y otros simulan tener, aunque ni unos ni otros tengan cabal conciencia de que para el otro lado no se lleva ni un centavo

Hablamos permanentemente, y con razón, de la memoria histórica y su olvido, pero solemos olvidar la memoria atávica de los días comunes y corrientes que se olvidan y diluyen en la mente, esos que se construyen con impostaciones e impostores, que aseguran jugar un papel protagónico en el funcionamiento de la sociedad, ignorando al precio que sea, que como norma son olvidados y acaso no directamente, despreciados.

Nada raro en los pobres ricos nuestros. Al menos es lo que tozudamente nos demuestran los actos públicos de personajes como Juan Agustín Figueroa – el presidente vitalicio de la Fundación Pablo Neruda-, convencido de estar cumpliendo un rol relevante en la cultura y la política de nuestro país.

Su último papelón tuvo lugar antes que terminara marzo, cuando llamó a votar a la derecha por el ahora ignorado postulante radical, José Antonio Gómez, autor de una mise en scene política, de predecibles resultados: la inmaculada Concertación por la democracia, ya en el poder casi por veinte años, necesitaba dar una majadera lección de estar obrando en el juego democrático de manera irreprochable, y por tanto, presenta a la postulación a un jamelgo cojo y sin convicción de sus dichos, y pasa lo que tenía que pasar. Gómez, como precandidato termina siendo basureado en la proclamación de Eduardo Frei, insultado por el arrogante presidente del partido socialista en el “irreprochable acto” de proclamación del candidato de la concertación. Recientemente Figueroa como addenda de sus desatinos, nos dio una lección de ética en “La revista del sábado” de “El Mercurio”, en donde con una sapiencia incontrarrestable nos asegura que “es peor ser traidor que ladrón”.

En fin, este supuesto acto de deliberación política es directamente una mierda que hastía, en donde a poco andar todo vuelve a fojas cero, como fue lo ocurrido con el llamado político del locuaz ubérrimo, que como casi todos sus actos públicos, jamás terminan importándole a alguien. Payasos convocando a payasos, sin capacidad para constituir un circo de verdad, en el que al menos por unos instantes uno se entregue a la risa, a la evasión de días difíciles.

Con personajes así está hecha la argamasa política, que presume de bastión de luz, cuando apenas suelen ser instrumentos de las grandes empresas, de ricos y pseudos ricos, de demócratas y quienes presumen serlo, enceguecidos por la ilimitación de su avaricia que pareciera no tener límites.

Hace unos años, en Río Piedras, Puerto Rico, tuve la ocasión de conversar y entrevistar largamente a Francisco Matos Paoli, viejo poeta independentista que pasó más de dos décadas en prisión. Su Canto de la locura da cuenta de su dolor y su esperanza. Me conmovió conocer al amigo, que por cierto supo al igual que otros independentistas boricuas, que el libro Canción de Gesta de Pablo Neruda, fue originalmente dedicado a Puerto Rico, gracias a una visita que hiciera a Chile, Antonio Santaella Blanco, gran independentista puertorriqueño, que encontró la solidaridad de un Neruda conmovido por el ansia de libertad de los isleños. En esa ocasión prometió culminar este libro dedicado a Puerto Rico, promesa incumplida ya que finalmente el libro fue dedicado a la isla de Cuba, recién rebelada de los dictados abusivos y colonialistas.

Luego mi amigo Luis Enrique Romero me invitó a participar en un evento que reunía a connotados actores puertorriqueños, entre los que se cuenta el mismo, y que tienen y han tenido mucha presencia en el cine norteamericano además del teatro y la televisión. El acto, de un impecable protocolo, que incluía elegantes y bellísimas miss universe isleñas, tenía la doble misión de realizar un reconocimiento a algunos de sus pares, -como nuestro humilde Premio Altazor- pero, al mismo tiempo, cumplía una función como agente aglutinador del gremio, para seguir sensibilizando a la comunidad boricua por medio de sus artistas, acerca de lo extemporáneo e injusto que es mantener como feudo del imperio a la nación de Puerto Rico.

Luis Enrique, muchas veces se arrodilló en protesta frente a los tanques en la Isla de Vieques, su tierra natal, donde hoy los marines tienen emplazada una base de gran poderío. Otras tantas, arriesgó su vida cruzando alguna escuálida embarcación a las poderosas y enormes naves norteamericanas, protestando por la intromisión gringa en la tierra de sus antepasados.

Creo ya olvidó cuántas veces se lo han llevado preso, pese a tratarse de una figura pública querida, que todos los días está en los hogares de la isla por las pantallas de los televisores.

Así fue que aprendí a asombrarme y emocionarme con mis amigos puertorriqueños, descubriendo en detalles que la historia Latinoaméricana se construye también con silencios y omisiones, pese a caminar por la misma senda de esperanza. A veces, en correspondencia privada, me llega la noticia de la encerrona a algún rebelde insurrecto, que cae abatido en algunos de esos pueblos que están en la colinas como nos lo recuerda el himno mítico de Feliciano. Pueblos donde la gente pasa el calor jugando al ludo y tomando cerveza en la plaza, y en donde al forastero se le acoge con los brazos abiertos, y uno se duerme narcotizado por el canto de los coquis.

En el viejo San Juan, frente al barrio de La Perla con otro de mis queridos amigos isleños, el poeta, actor y director David Ortiz, me señalaba ese mundo perdido en el bajío, al lado del océano caribeño donde se encuentra una de las fosas abisales mas hondas del mundo.

Allí, -me decía David señalando los caseríos que comenzaban a los pies de su casa- solían los narcos ajusticiar a sus enemigos y los cuerpos ser tirados al mar, para ser devorados por los tiburones, o por las morenas hambreadas.

Sin embargo el no temía vivir al lado de sus hermanos desposeídos. Por el contrario, se respiraba belleza y paz en esa casa amiga de la música.

En esos días La Perla ni se conocía a nivel masivo, cuestión que revirtió recientemente Rubén Blades con su emotivo homenaje emotivo a este barrio estigmatizado por el odio y la violencia, pero en cuyo interior se ha desarrollado la esperanza y la fraternidad.

Hace poco tiempo me avisaron que Luis Enrique Romero, mi amigo y hermano, fue detenido nuevamente en el Congreso, en Washington DC. Me llegan las fotos suyas en el Capitolio junto a cinco camaradas artistas, que reclamaban lo que reclamaron hace tiempo otros luchadores por la independencia de Puerto Rico, cuando el ansia de libertad se desataba en las islas del caribe, y los hermanos venían a Chile buscando la solidaridad del poeta de Isla Negra.

Poca importancia tiene lo que Luis Enrique les dijo a los jueces: los medios escasamente lo dirán en su país, y en Chile no merecerá ni una nota.

Parece poco probable que en su calidad de actor conocidísimo de la televisión, el cine y el teatro, se ejecute el arreglo extrajudicial de pegarle un tiro y que todos se olviden de el, como ha sucedido tantas veces en la Isla del Encanto. De manera que todo quedará como si no hubiera pasado nada: los jueces volverán a sus bellas casas, y con sus lindas familias tendrán la convicción plena de estar sirviendo con sus vidas para propósitos nobles, mientras dejan que la tarde desoville sus hilos húmedos y cálidos.

Por cierto nada sabremos de este juicio en los informativos nacionales: parecerá que todo está dormido en ese San Juan donde los fantasmas se repliegan, como cuando los enormes y fastuosos cruceros se hunden en la noche del Caribe, donde solemos ser invisibles para esa alagarabía que traslada de un lado a los prepotentes del planeta.

2 comentarios:

David dijo...

Mi querido Hermano Bernardo: No sabes cómo agradezco tus comentarios del 13 de junio. Lo agradezco por el esfuerzo patrio de mi otro Hermano, Luis. Lo agradezco porque la solidaridad que a traves de tu comentario viene a pasos de gigante viene tu palabra rompiendo el silencio impuesto a tu pueblo y sus poetas por reptiles que le roban su palabra y su abrazo. Lo agradezco en lo que a mi respecta y en lo que a tantos a quienes se les ha callado la voz por los propiearios del "orden". Bernardo, Saludos a tu familia y a todo el silencioso pueblo chileno que a través de ti nos envía su caluroso "Viva América". "Solidaridad quiere decir estoy contigo; solidaridad quiere decir estás conmigo". Hasta Siempre,
david

Vitalia Ardiles dijo...

Sigue adelante ......hacia el infinito ,libres y felices.