domingo, 6 de julio de 2008

LA RESIDENCIA EN ARGÜELLES

Especial para la Revista de Libros del diario "El Mercurio", 6 de julio en 2008.

Por Bernardo Reyes.

Rodolfo Reyes no entendía cómo era que en la extensión de un fundo podía caber una ciudad entera. Hombre de silvestre inocencia, conectado indisoluble- mente al lenguaje de la foresta y la lluvia del sur, solía buscar a su hermano menor, perdido en alguna pensión de mala muerte de la urbe doblegada por el invierno.

Eran viajes esporádicos, en días desencantados en la vida de los hermanos: a la golpiza paterna, por el descaro de pretender ser becado por el Conservatorio de Música de Santiago, en atención a su voz esplendente, se sumaba la suspensión de ayuda económica a Neruda, por el desatino de su deserción a los estudios de pedagogía en francés, en aras de su vocación poética: don José del Carmen, el padre brusco -como lo definiera eufemísticamente el poeta-, deseaba hombres productivos, y no artistas viciosos y libertinos.

Rodolfo se alojaba donde Orlando Mason, el hermanastro no reconocido de ambos, fundador del diario “La Mañana” de Temuco y poeta. Desde esa casa, salían los hermanos a recorrer la noche de Santiago, cuando la bohemia artística era habitada por ciertos hijos pródigos del infierno y la esperanza.

Sabido es que la generación del 20, fue diezmada por el alcohol y la morfina. Jorge Edwards, en su última novela, añade fumaderos de opio santiaguinos a la escena.
Las calles olían al gas del alumbrado, y pasado el atardecer, un efluvio de tabaco y tango señalaba el sendero hasta el mundo chambreado del sueño. Rodolfo regresaba al sur enamorado de buenas samaritanas, que transmutaban lágrimas en carcajadas, en esos antros generosos de calle Eyzaguirre, o de Bandera, o San Pablo.

Era el mundo de El habitante y su esperanza, antes de ser escrito, y antes de la partida de Neftalí a los paupérrimos consulados de Oriente, verdadera salvada de los excesos que a muchos llevó volando a la tumba, parafraseando sin rigor al poeta en su elegía al autoinmolado compañero de juegas, Alberto Rojas Jiménez.

Ya por esos días varios de los poemas de Residencia en la tierra, habían sido publicados, y presumimos que la mayor parte de las primeras versiones del resto de los poemas ya existían.
La presencia silenciosa de Rodolfo en Santiago, no es mencionada en las múltiples biografías del poeta.
Para ser sinceros, casi siempre la vida familiar de Pablo Neruda ha sido omitida, salvo cuando es útil a las particulares convicciones de biógrafos, más empeñados en difundir su propia interpretación que una mirada objetiva. O, como señaló Manuel Vázquez Montalbán refiriéndose a un infalible nerudiano que se encaramó a los hombros del poeta para que lo vieran de más lejos.

Una figura impoluta, no relacionada con una familia pobre del sur, en la que el discurso revolucionario es una suerte de excentricidad, más que convicciones éticas, es por cierto funcional. Sobre todo a los requerimientos del mercandishing interesado en difundir una imagen domesticada e inocua del poeta.

En calle Maturana, cerca del Instituto Pedagógico, Rodolfo y Neftalí trepaban por alguna ventana de la casa de Orlando Mason, a horas imprudentes.
Repuestos ya de la resaca, Rodolfo tomaba el tren de retorno a Temuco. Neftalí lo hacía a una miserable pensión en calle Argüelles, primera pieza independiente alquilada por el poeta, ensoberbecido de su independencia y su pereza.

Pablo movía la cabeza recordando cuando Rodolfo le hablaba de cubrir en bicicleta el tramo Temuco-Valparaíso, cuando la carretera aún no se construía. Rodolfo miraba comprensivamente desde la ventana del vagón a su hermano empeñado en irse a Oriente. Cuando se abrazaron en el andén de la Estación Central, aún no sabían que ambos darían cumplimiento a sus sueños.
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© Fotografía de Rodolfo Reyes (Archivo Bernardo Reyes)
© Fotografías publicadas en "El Mercurio" (Archivo Bernardo Reyes)

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