miércoles, 9 de enero de 2008

UN MONUMENTO A LA ESTUPIDEZ

Por Bernardo Reyes

Suelen los recuerdos perderse en las aguas del tiempo hasta ser anegados completamente.
Al final uno no sabe a ciencia cierta si el recuerdo es químicamente puro, o tiene genes de la cruza medio incestuosa entre lo imaginado, lo leído y lo escuchado.

El sueño suele hacer el resto: es entonces cuando quedamos ante la evidencia que somos parte de una bruma, desde donde solo a veces, podemos divisar el camino.
Esto es, me parece, lo que llamamos memoria.

Temuco se me presenta en este sentido como ambivalente: la ciudad que conforma mis primeros recuerdos afectivos, y la ciudad que detesto cuando se transforma en un enclave que reniega de sus raíces.

Cornelio Saavedra, con un cinismo desbordante, nos dejó dicho que la conquista de la Araucanía le costó “más mosto que pólvora”.
A la brutalidad de la guerra de la mal llamada Pacificación de la Araucanía, le siguió un sistemático saqueo, implementado por tinterillos zurrunos, que permitieron el despojo de las tierras mapuche. Esto dicho por boca de casi todos los historiadores que se conocen.

Un destacado antropólogo, autoridad en ejercicio, trabajando en su tesis acerca del origen de las fortunas en la IX región, hace no tantos años, recibió la “sugerencia” de que no le convenía seguir adelante con su investigación.

Pablo Neruda, hijo de un obrero ferroviario, era un colono mas en aquel Temuco con alrededor de 10.000 habitantes para 1906, cuando llega desde Parral. Pertenecía inequívocamente a la cultura dominante, pero sabemos que finalmente se transformó en el más grande defensor de los indígenas de América y el primer intelectual de Chile que planteara la necesidad de fundar una universidad mapuche.

Los elementos que componen la cosmovisión mapuche están presentes en su obra. El sur aparece hasta en el momento en que se le entrega el premio Nóbel.

La memoria de ese hombre fue la que en algún momento quisimos honrar en la casa de otro poeta amigo, cuando hiciéramos flamear la bandera nerudiana por primera vez en avenida Estadio, que después de mucho tiempo, logró llamarse Pablo Neruda. ¿Será necesario agregar que por milagro la policía no nos llevó a todos presos?

La cualidad de recordar olvidando, para efecto de homenajes y reivindicaciones, es una característica que permite entender la idiosincrasia regional, como es lo que ha ocurrido por estos días con la demolición de unas tablas sin ninguna importancia en lo que fuera la casa de mi abuela paterna, Teresa Toledo, la misma casa de infancia de Neruda.

Los gestores de poner una placa de mal gusto en el lugar, nunca supieron o no quisieron saber que nada de esa casa perteneció a Neruda, ni siquiera la puerta que algunos quieren rescatar del olvido como si se tratara de una pieza de enorme valor arqueológico.
Me negué a participar en aquél acto, ya que me sigue pareciendo una de las más elocuentes muestras de mediocridad y esnobismo cultural.

En 1908, ocurrió un gran incendio en Temuco. Es el que Neruda recuerda como uno de los primeros hechos dramáticos de su vida.
Pero hay un segundo incendio, y que debe haber ocurrido alrededor de 1920.
Ese fue el que se consumió el segundo piso, donde se ubicaba el dormitorio del joven Neftalí. Luego vinieron las infaltables y progresivas modificaciones que se hicieron hasta la muerte de mi abuela.

El tema del contexto y entorno familiar tiene su historia, y es la que he narrado en mi libro “Retrato de familia, Neruda 1904-1920”, que evidentemente nadie se ha tomado el trabajo de leer.
Pude hablar con propiedad de esta casa, puesto que con mis hermanos nos criamos en ese patio que albergara en otras generaciones a otros niños de mi familia, desde comienzos del siglo pasado. Y pude reconstruir parte de las atmósferas dado a que pasé toda una vida escuchando el testimonio de protagonistas vivos.

Mi libro, que a la fecha lleva ya tres ediciones, ha permitido modificaciones a la biografía nerudiana que ya nadie discute, y sirvió además como base para construir una miniserie basada en mi texto, que al parecer tampoco nadie vio.

Por tanto estos gestos destemplados, como el emocionado relato de un periodista arrobado de emoción ante un cañón de cocina, que jamás fue de la época de Neruda, permiten ubicar dentro del ranking de las sandeces, al loco afán de intentar recuperar esta casa para albergar la memoria del poeta y su poesía.

Todos los días, en mis años de escolar, pasaba frente a la Ferretería El Arado, en calle Rodríguez con Matta. Era amigo de los empleados.
A pocos días del golpe militar, recuerdo haber recibido la mofa de uno de ellos, que me enrostró mi condición de familiar del poeta, en momentos en que el negocio de mi padre era allanado con los mas inverosímiles pretextos.
Nunca olvidé su gesto prepotente, y jamás me imaginé que sería el mismo personaje que con el tiempo dejaría de ser empleado para pasar a ser propietario, emplazando su propia ferretería en la propiedad de mi abuela.

El dueño de aquella ferretería, por su parte, empapado del más alto sentido de patria, donó sus joyas conyugales para el loable propósito de la reconstrucción nacional, sin el yugo marxista. Mi padre, que era su amigo, lanzó estruendosas carcajadas al ver su dedo ennegrecido por una argolla de cobre, colocada en reemplazo de la joya donada a Pinochet.

Ya para entonces de la casa original quedaba poco o casi nada, pero aún hubiese sido posible realizar esta restauración con recursos mínimos.
Personalmente intenté convencer al municipio, universidades e instancias privadas, la importancia que tendría haber hecho un museo y un espacio cultural, que honrando al difunto poeta, permitiera acoger a los artistas e intelectuales en cierne.

Sobre lo que fuera nuestro patio de infancia, se instaló una bodega enorme. Lo mismo ocurrió con el resto de las habitaciones.

Es extraño añorar lo que nunca se ha tenido. Pero intentar ver lo que jamás existido es francamente irrisorio.
Se conserva la puerta, y algunas paredes, dicen por ahí.

Digámoslo francamente: esta casa nunca significó nada para la ciudad y justificar los olvidos mediante ardides absurdos, disfrazados de rescate cultural, es una oblicua forma de no parecer más necios.

Otro alcalde ofreció en comodato una propiedad del municipio, hace ya varios años, y nadie tuvo mayor interés en hacer nada. Esta fue la oportunidad que tuvo la ciudad para destacar a uno de sus hijos ilustres.

Mientras tanto, este intento por hacer de este recuerdo vago un lugar para restaurar lo que nunca existió, es por lejos el mejor monumento a la estupidez que alguien hubiera podido concebir.


martes, 1 de enero de 2008

UNA LECCIÓN DE DIGNIDAD (A 81 días de la huelga de hambre de los presos mapuche)

Amigos y amigas,


El pueblo mapuche representa al valor de la defensa de la tierra por antonomasia. Trescientos años de resistencia al avance de las fuerzas conquistadores españoles, así lo avalan.
Lautaro, el General Lautaro, como fuera denominado por Pablo Neruda, fue un genio militar precoz muy poco conocido. Expertos en asuntos bélicos, han hecho comparaciones entre los grandes estrategas de la historia contemporánea del hombre y han descubierto que el único que proviene de una cultura ágrafa, es este joven general. Su genio ha sido comparado con el de Napoleón, Alejandro y otros ilustres.
Y es posible la comparación ya que los conquistadores representaban el más alto desarrollo bélico en esa época. Y es esa fuerza la que fue puesta en jaque, hasta tener que ser aceptada la nación mapuche, delimitada por el río Bío Bío por el norte y Toltén por el sur.

De ese pedazo de tierra austral provengo.

Pero el pueblo mapuche es esencialmente pacífico. Lo sé, pues mi abuela materna era medio mapuche. Mis tías abuelas y mi abuela, todas fallecidas pasada la centuria, eran personas respetadas. Sabias mujeres y hombres, que construyeron una red de respetos y afectos, en base a la multiplicación de la palabra hablada.

Muchos, en forma equivocada han querido representarnos a los mapuche en un estado de inferior evolución, al decirnos que son una cultura que no desarrolló una arquitectura propia y pocas artes visuales, escasa música y que no tuvieron una desarrollo de mucha complejidad en lo filosófico y en las artes.

Veamos: efectivamente la música mapuche es monocorde, reiterativa, igual como lo son todas las expresiones de música religiosa, tendientes a provocar un apaciguamiento, un estado de meditación trascendente. El kultrún, toca una y otra vez una letanía, con mucho de saudade y otro tanto de tono litúrgico. Lo hace una mujer, que está colocada en el centro de la cultura mapuche.

Es ella, por estas condiciones sabidas de facultades para la intuición, la que ha sido llamada para conectarse con la divinidad. Es ella la gran sanadora, la médico, el chamán. En algunas ciudades de mi sur natal, estas mujeres sabias, son autorizadas para colaborar con los médicos en los hospitales, dadas sus innumerables pruebas en la sanación de diversas enfermedades.

Han existido pugnas encolerizadas con grandes laboratorios que mediante los más diversos ardides, han intentado robar los secretos de la medicina mapuche. A veces lo han logrado.
Efectivamente no tuvieron un desarrollo de su arquitectura y no desarrollaron un alfabeto escrito.
Pero son pocos los que se han detenido a pensar que fueron los propios españoles los que cuando no pudieron pasar por los territorios mapuche, tuvieron que establecer relaciones comerciales equivalentes a dos naciones europeas de aquel entonces.

Es decir, sus cálculos en materia contables eran efectivos. También su cálculo de los días del año y su observación exacta de los equinoccios y solsticios.

Interesantes estudios antropológicos nos han hecho notar que la recolección y la caza, no son solo concepciones que sirvan para definir en forma arbitraria que se entiende por ser más o menos evolucionado: se trata de una opción de respeto, de relación armoniosa con un entorno, con un planeta. Su arquitectura, su filosofía, su palabra, tendrá que ser el resultado de quien se acerca y obedece la sugerencia de la madre, que es el planeta que acoge al ser.
La cosmovisión mapuche es hasta ahora estudiada. Y para sorpresa de muchos se han encontrado con un sistema filosófico complejo, semejante a los que existen en oriente.

Todo esto que aquí se dice son apenas esbozos. Estoy hablando un poco en voz alta para señalarme a mí antes que a nadie, el tremendo sentido que tiene observar lo que este pueblo milenario ha hecho.
Quedarse con la caricatura de que un pueblo que está en la etapa del paleolítico o neolítico, es primitivo, es un simplismo que no merece un mayor comentario. Si bien la recolección y la caza pudo haber sido una etapa, en el largo camino que llevó a la sobreproducción de bosques, es necesario pensar que quienes recolectaban los frutos y cazaban lo hacían con el gran sentido de considerar a los bosques como sagrados.

El sentido de lo sagrado, es inevitablemente el sentido de lo poético. Grandes oradores, grandes sabios, grandes poetas en acción, son el pueblo mapuche, también parte de mi sangre. Lejano, pero presente en determinados momentos de mi vida.

Independiente de las convicciones políticas, es necesario ver que estos hermanos y hermanas, en este instante están luchando en el sur al que pertenezco -pero en cual ya no vivo-, por defender sus tierras, asediadas por quienes tienen la bandera de la usura en alto. Las transnacionales de la industria maderera difícilmente podría establecer una relación afectiva con la foresta, y avanzan hacia su extinción.

Multiplico mi afecto para Hector Llaitul Carillanca y Patricia Troncoso Robles, que hoy ya han completado 81 días en huelga de hambre. Independiente de las convicciones políticas, hay algo que debe llamarnos a la cordura: quienes arriesgan su vida en este instante no están defendiendo grandes extensiones de tierra.

Son ciudadanos pobres de este Chile querido, que quieren la dignidad básica para los suyos (nuestros). No defienden intereses ni cargos públicos. Son simplemente ciudadanos chilenos dándonos, una vez más, una lección de dignidad y de afecto.
Adjunto para uds. declaraciones de Patricia Troncoso, quien al igual que su compañero de huelga, han sobrepasado la barrera de aquél poeta irlandés, Bobby Sands, que muriera en las mazmorras desde donde Margaret Thatcher le impidiera salir con vida. Él murió, si la memoria no me falla, a los 66 días.

Fraternalmente les saluda,





Bernardo Reyes



DECLARACIONES DE PATRICIA TRONCOSO

INFORME MÉDICO AL DÍA DE HOY