martes, 20 de noviembre de 2007

Programa radial "Semáforo Cultural" 20/nov./2007

MALVA MARINA, un enigma nerudiano. (Radio U. de Chile 102.5FM)
Por Mario Valdovinos

La publicación, el mes pasado, del libro de Bernardo Reyes sobre Malva Marina, la única hija de Pablo Neruda, trae al presente una etapa aún no develada en la biografía del vate.

Por otro lado, Reyes es uno de los pocos parientes vivos de Neruda y es, además, poeta y ensayista.

El ensayo, fruto de cinco años de investigaciones y de historias que escuchó desde pequeño, abrevia los torrenciales datos de la agitada existencia de Neruda y comienza con alusiones a la vida bohemia de los artistas en los años veinte, en el barrio chino de las calles Bandera y Mapocho de la capital, para continuar planteando una tesis desafiante: la primera esposa de Neruda, la holandesa María Antonia Hagenaar y la hija de ambos, Malva Marina, constituyen un núcleo decisivo en la composición de la obra nerudiana más celebrada: “Residencia en la Tierra”. El modo en que conoció a Maruca, como todos la llamaban, y el nacimiento de su hija enferma de hidrocefalia, están en el centro de la atmósfera lúgubre y funesta de los poemas residenciarios.

Además, Bernardo Reyes añade que también buena parte del clima espiritual que envuelve al libro de las “Residencias”, temple anímico diríamos, usando el lenguaje del análisis literario, proviene del uso de sustancias alucinógenas, como el opio y sus derivados.

Al respecto, el propio Neruda reconoce haber probado, unas tres o cuatro veces, no más, el opio en Birmania (hoy este país, ex colonia británica, se llama Tyanmar). La experiencia dio pie a un episodio alucinante en sus memorias, “Confieso que he vivido”, en el que Neruda relaciona la droga con la explotación de que eran víctimas los nativos por parte de los jabalíes coloniales de Inglaterra.

Lo fumaban no para expandir su conciencia, como lo hacían los poetas malditos en Europa para acceder a otros mundos y abrir de par en par las puertas de la percepción. No y no, simplemente el opio los adormecía y aletargaba para soportar el horror del trabajo esclavo, la brutalidad de las doce o más horas diarias de jornada laboral, pagada con un salario miserable.

Continúa Bernardo Reyes: a la primera esposa de Neruda, con la que al parecer se casa por soledad y desarraigo, porque su amada Albertina Azócar, la musa de los “Veinte Poemas”, lo desdeñó y no se atrevió a viajar al Oriente para encontrarse con él, los biógrafos del poeta, ya numerosos, en general la han tratado con cierto desdén, como una figura muy poco aportadora en la creación nerudiana. Avala esta opinión el hecho de que no existe ni un solo poema dedicado a ella, y cuando el propio poeta la recuerda en su autobiografía lírica, “Memorial de Isla Negra”, publicada en 1964, señala con escepticismo: “Así, pues, me fui a titular de caballero caminante; comí arena, comí sardinas y me casé de cuando en cuando”

Después nació Malva Marina, con una malformación genética y eso ya es otro capítulo de esta fascinante y enigmática historia.