miércoles, 22 de agosto de 2007

RAMIRO INSUNZA FIGUEROA, EL DESCONOCIDO ARQUITECTO DE NERUDA

La Manque,
la casa inconclusa del poeta.

El poeta no alcanzó a terminar la obra que, junto a un par de arquitectos, proyectó en un lugar de Lo Curro. Así, su «nido de cóndores» quedó en el olvido y fue adquirida por un privado. A diferencia de sus otras viviendas, esta vez Neruda compró el sitio desnudo; sólo aquí pudo ser, plenamente, «arquitecto». Hoy permanece la obra gruesa y la privilegiada vista, que lo transforman en uno de los mejores miradores del valle de Santiago.

Texto: Miguel Laborde / Fotografías: Ramiro Insunza


Con la colaboración de un joven arquitecto entonces sin título –Ramiro Insunza, hijo del abogado del poeta–, Neruda pudo proyectar sus fantasías. Necesitó, además, la asistencia de Carlos Martner, quien revisó y firmó los planos en la Dirección de Obras local, para la casa habitación Pablo Neruda, ubicada en Vía Azul N° 4640, Lo Curro, que tenía una superficie de 225 m2.


Ambos arquitectos, sin embargo, afirman que las ideas originales eran del poeta. Para La Manque, Neruda compró el sitio a la familia Gellona en 1956, cuando comenzaban a lotear esos terrenos; por ello, pudo escoger una vista notable, espectacular. Su posición en el Valle de Santiago es única. Al llegar, los españoles se encontraron con que los indígenas habían dividido el río en tres tramos: el actual valle de La Dehesa, del cacique Huara Huara; Vitacura, del curaca incásico de ese nombre, que tenía ahí el centro administrativo de la región, y las tierras del cacique Huelén Huara, en el tramo donde se fundó la ciudad. El sitio de Neruda entrega vistas a los tres sectores; es, tal vez, el mirador más completo del valle. Desde aquí, seguramente, los españoles contemplaron el escenario para escoger el lugar de sus asentamientos. Neruda guardó el sitio muchos años, pero diseñó el proyecto y construyó la obra gruesa en los meses finales de su vida. Pensó la casa para morir y para que fuera luego un museo; se sabía un poeta inmortal y las bodegas, los muros, se calcularon con ese fin conmemorativo. Sería de interés que el municipio o el gobierno la compraran (ahora es de un particular). Era un sueño de Neruda: las vistas son de alto valor turístico parta contemplar el Valle del Mapocho y también la Cordillera de los Andes, todo en una.


La construcción misma fue una epopeya: los materiales escaseaban, eran difíciles de conseguir, al grado que Neruda dio el nombre de «Cuentas y cuentos de Ramiro» al cuaderno donde registraba gastos y avances (era ordenado: «Soy poeta pero no tanto», dijo una vez ante la idea de un negocio absurdo).


En cuanto al proyecto mismo, a su creación, la libertad de Neruda aquí –en La Chascona, Isla Negra, Michoacán y La Sebastiana tuvo que adaptarse a un programa ajeno– permitió que surgiera el arquitecto, un sentido espacial que afloró desde la elección del sitio y la intención que quería imprimirle a la casa: que se sintiera como cuando los cóndores, o manques, inician el vuelo con el aire ascendente de El Portezuelo, ese «instante profundo» en que la cordillera y los valles se poseen y dominan.


Es su homenaje admirativo «al ave más grande del mundo», un símbolo carente de sentido para muchos chilenos pero muy significativo para el poeta, y presente en su obra (incluso, a su casa en la Normandía francesa la bautizó como La Manquel). Ése fue el único encargo que le dio al joven arquitecto, aunque más tarde lo hiciera viajar a Isla Negra muchas veces, para cambiar los planos una y otra vez: una casa donde pudiera sentirse cóndor.


El dormitorio que domina La Dehesa de Huara Huara, en línea directa con el Cerro La Paloma,según exigió (desde la cama volaría a su alta cumbre al morir); la sala que contempla Vitacura, el dominio incásico, para sentir, junto a la chimenea, la lluvia que golpea la cubierta de cristal en el invierno, y el comedor ligeramente curvo y abovedado que entrega como un telescopio la vista del cerro Huelén y toda la ciudad con un millón de luciérnagas nocturnas, sumando en total 250 grados de visión, quedaron truncos en septiembre de 1973, sin que Neruda terminara ni ocupara esta inconclusa obra.


Artículo Publicado en Revista Universitaria Nº84, Julio- septiembre 2004.
(Publicación de la Univ. Católica de Chile)