viernes, 27 de julio de 2007

- CUANDO TODO ERA UNA FIESTA EN EL SAFICO. Neruda y Lorca, Buenos Aires, 1933-1934.*

*El presente artículo fue publicado por primera vez en la revista Nomada Nº 3, febrero 2007, Buenos Aires, con el título de "El Buenos Aires bohemio de Neruda y Lorca". La mencionada publicación es dirigida por el destacado poeta Jorge Boccanera, y pertenece a la Universidad Nacional de San Martín. En una segunda oportunidad fue publicada por la publicación electrónica Notiziario Nº 24 , junio 2007, dependiente de la Universidad de Milán, Italia. En dicha ocasión Giuseppe Bellini añadió una introducción en italiano.
** Este texto es un extracto de un capítulo del libro POR UNA SONRISA QUE NO CRECE. El enigma de Malva Marina, la hija de Pablo Neruda, libro en proceso de edición y que saldrá a circulación en septiembre del presente año (aprox.).

Bernardo Reyes

Ciertamente el cuerpo desnudo que vió el poeta español no era de una belleza cautivante. La figura blancuzca tanteando el agua de la tina con un pie, investida de una alegre obesidad, parecía un querubín de Botero ejecutando un imposible paso de ballet.
En aquel mediodía de Buenos Aires, bañista y observador, copa de whisky en ristre, se acomodaron uno hundiéndose en el agua y el otro en un taburete, para proseguir la charla de la regada noche anterior y reponerse de la leve resaca con exactos dos dedos de licor, mientras María Luisa y María Antonia[1], vitrineaban por calle Corrientes, al tiempo que compraban lo necesario para un eventual almuerzo, si acaso el dueño de casa no determinaba un mejor destino y materializaban el almuerzo en el Signo, mezcla de bar, restaurante y punto de encuentro de escritores y artistas, cercano al departamento.
En el piso veinte el aire marino primaveral arrastraba en su fuerte brisa una transparencia desmesurada: la visión de la enorme ciudad en que se había convertido el antiguo Puerto de Nuestra Señora Santa María de Buen Aire, nombre dado por el Adelantado español Pedro de Mendoza en 1536, y que pasados los siglos todos habían olvidado, era por cierto desafiante en su magnitud y, sobre todo, convocadora de una cautivante fascinación, allá abajo, donde el flujo de los transeúntes no cesaba en momento alguno.
Para 1933, Buenos Aires gozaba de una estabilidad económica privilegiada. Pese a las dificultades de esos años, no paraban de llegar inmigrantes, que de la mudez idiomática inicial, pasaban a la locuacidad animada y los recuerdos de sus países natales pronto ocupaban un lugar en el polvoriento baúl de la memoria.
Buenos Aires, para un lego cualquiera, olía a esencia de alegría fundacional: inmigrantes escapando de la exasperante ansiedad de la miseria, reproduciendo las lejanas arquitecturas de sus ciudades originarias.
El edificio Safico, hoy todavía majestuoso, fue uno de los primeros intentos no fallidos de imitar lo foráneo, alejándose un poco de la elegancia arquitectónica europea, para adoptar la funcionalidad específicamente neoyorkina.
Se emplazó en calle Corrientes 456 y sus cien metros de altura con veinticinco pisos llamaron la atención de los porteños, por ser uno de los primeros rascacielos de la urbe. Se construyó por encargo de una casa de renta denominada Sociedad Anónima Financiera y Comercial (SAFICO) y realizado por el ingeniero civil Walter Moll que concibió la obra como un volumen rectangular de diez pisos, sobre el que se alza desafiante el resto de los pisos en forma piramidal escalonada.
El manifiesto estilo racionalista de su constructor, contrasta con el vestíbulo de entrada y hall, frente a los ascensores, que presenta arreglos Art Decó.
Pese a que fue oficialmente inaugurado en 1934, para 1933 gran parte de los departamentos habitacionales se encontraban ocupados y su arrendamiento implícitamente relacionaba a los ocupantes con estar en posesión de cierto status económico que permitiera acceder a lujo semejante.
Sin embargo el matrimonio ocupante de uno de los departamentos, con evidentes carencias económicas, habían tenido que solicitar un préstamo incluso para poder viajar desde Santiago a Buenos Aires: el nombre de la prestamista, Amalia Alviso, y el del solicitante Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, nombrado Cónsul Particular de Elección, adscrito al Consulado General de Chile en Buenos Aires el 10 de julio de 1933, ciudad a la que llega recién el 28 de agosto, luego de una detención en Mendoza, en donde realiza una conferencia y lectura poética.
En carta enviada desde Santiago, por encargo del cónsul Reyes a su padre, don José del Carmen el 25 de agosto de 1933[2], le expresa su pesar por no haber podido viajar a despedirse de la familia a Temuco, al tiempo de señalarle su gran fortuna al haberse encontrado con Amalia, su amiga y ya lejano amor de juventud, la que junto a su esposo deciden realizarle un préstamo de mil pesos, a devolverse cuando ya esté instalado en Buenos Aires.
El cónsul Neftalí Reyes (el seudónimo de Pablo Neruda se legaliza el 8/12/1946, doce años después de su estadía en Buenos Aires) y su esposa María Antonia Hagenaar, es acogido en casa de Sócrates Aguirre Bernal entre fines de agosto y los primeros días de octubre, cuando se traslada al piso 20º del moderno edificio SAFICO. Aguirre además de ser su jefe -Cónsul General de Chile- se convirtió en una especie de ángel tutelar, otorgándole todo tipo de facilidades para que el poeta realizara sus actividades intelectuales.
Una instantánea de aquellos días la encontramos en las memorias de María Flora Yánez, nacida en el seno de una familia aristocrática chilena, hija de Eliodoro Yánez, fundador del diario La Nación y hermana del afamado escritor Juan Emar -llamado por Neruda como el Kafka chileno- uno de los más destacados y olvidados narradores nacionales: martes 3 de octubre (1933). A las siete de la tarde se efectuó el coctel en mi honor que ofrecía Pablo Neruda. Vive en un departamento ultramoderno en el piso veinte de un rascacielos. Me recibió con una amabilidad exquisita. Con su voz baja y su lento hablar de predicador procedió a las presentaciones[…][3]. Con distintas variantes, varios de los asistentes a la reunión coinciden en señalar que se encontraban presentes González Carvalho; Pablo Rojas Paz y su esposa Sara Tornú; Norah Lange y Oliverio Girondo; Alfonsina Storni entre muchos otros escritores o poetas, y desde luego Neruda, el anfitrión y dueño de casa y su esposa María Antonia Hagenaar.
Al grupo se agregaba una actriz chilena que estaba radicada en la casa del poeta, la futura y excepcional narradora María Luisa Bombal. Y abundantes personajes variopintos, candidatos a ser socialmente considerados.
Entre los brindis generosos, Flora Yánez recuerda una figura patética: Yo no volvía de mi decepción, clavado mi pensamiento en una sola figura: esa era Alfonsina Storni […]tenía ante mí a una especie de cocinera de pacotilla, con gestos y vocabulario muy vulgares y cabellos gris-sucios, tirando al blanco. El hada se transformaba en una figura burda, gemela del espantapájaros[…] [4]
La descripción que Flora Yánez hace de Alfonsina, no era alejada de la realidad. La gran poeta argentina, contaba con la amistad y anuencia absoluta de Neruda pese a su manifiesto sentido autodestructivo: en esa ocasión Flora registra los avances indisimulados de la poetisa hacia un atractivo traductor, a quien sin previa advertencia comenzó a besarlo con pasión: a medida que comíamos, la pasión de la Storni por el traductor de Apollinaire, aumentaba. De vez en cuando le gritaba “¡Te besaría el sexo![…] [5]


Desde comienzos de octubre los diarios bonaerenses venían anunciando la llegada a la ciudad de Federico García Lorca, que arriba un 13 de octubre [6], es decir apenas instalado Neruda en su departamento nada de modesto. Como el poeta chileno, se instala en el mismo corazón de la ciudad, en el hotel Castelar ubicado en Av. de Mayo, a unas quince cuadras del edificio Safico. Desde la habitación 704, dormitorio tan reducido que parecía un camarote [7], Lorca puede observar la vida intensa fluyendo a todas horas. El día siguiente a su llegada, Lorca y Neruda se conocen en casa del escritor Pablo Rojas Paz y su esposa Sara Tornú, que acaparaban la atención de la intelectualidad argentina. El encuentro sella un inmediato pacto de afecto, alegría y afinidades. Como en otras ocasiones en esta tertulia estaban Oliverio Girondo y Norah Lange; María Luisa Bombal; Raúl González Tuñón y su esposa Amparo Mom, etc. Un grupo nada de hermético, donde entraban y salían los que quisieran.
Conocidos y repetidos como lugares comunes son los hechos que protagonizan ambos poetas entre octubre de 1933 y la partida de Lorca el 27 de marzo de 1934[8]. El respeto mutuo, el cariño profesado sin reservas, la complicidad.
Hay sin embargo dos situaciones que fueron modificadas, con completa conciencia. La primera, narrada magníficamente por Neruda en sus memorias, tiene como protagonistas a una poetisa alta y vaporosa, de ojos verdes escrutando los del poeta; a Lorca como convidado de piedra en lo que sería o fue un sacrificio a Afrodita, en una torre de una elegante casa, que termina con el poeta español rodando por los escalones al cumplir con su función de celestino, fustrando la aventura erótica cósmica.
Años más tarde la escritora uruguaya Blanca Luz Brum, futura pareja del pintor mexicano Siqueiros y de quien se fabulaba había sido amante de Perón, echó por tierra la fértil recreación poética de Neruda, señalando con detalles cómo ocurrieron los hechos: Neruda y Lorca habían sido invitados para ser homenajeados por Natalio Botana, dueño del diario Crítica y uno de los hombres ricos de Argentina. En la ocasión el poeta chileno se emborrachó hasta no saber con certeza lo ocurrido, salvo del accidente de Lorca por la cojera posterior.
El llamado a rebato acatado por la pasión desbordada del poeta, fue un inicial, concluyente y muy poco poético pellizco nerudiano en las contundentes nalgas de Blanca mientras bajaban a un sótano a conocer un fresco pintado por David Siqueiros y Lino Spilimbergo, donde Blanca Luz emergía como una deidad marina en su esplendente desnudez.
Sin embargo difieren del relato hecho por Neruda detalles fundamentales: la ninfa que erotizaba al poeta chileno por aquel entonces no era rubia, sino de pelo negrísimo armado en una trenza; no existían las centenares de jaulas de coloridos faisanes; y como si fuera poco, no existía torre alguna: todo ocurrió después de la comida, en que el vivo recuerdo del fresco, permitía desnudar a la azorada escritora. En un momento, Neruda, Lorca y Blanca, salen al jardín y ya el ataque fue frontal: Neruda intenta abrazar a la poeta uruguaya, al tiempo que ésta pide ayuda a Lorca, quien intenta separar al ardiente y algo enloquecido poeta chileno. Lorca, a pedido de Blanca, se interpone entre ellos y con mala fortuna tropieza y cae por una escalinata que bajaba hasta la fuente del jardín.
Botana, según el testimonio de Blanca Luz, le dijo después de este incidente: lo que me gusta de estos locos de mierda es la absoluta libertad que tienen. A lo que ella contestó:
- ¿le llamás libertad a la de ese borracho?- refiriéndose a Neruda. [9] Obviamente la transmutación poética de los hechos, quedó para la posteridad como alta expresión lírica de una suerte de venganza cifrada en códices reconocibles solo por los protagonistas y más cercana de la ironía que de la bronca.
Porque si hay algo que jamás existió entre Lorca y Neruda, fue la bronca.
La segunda situación está basada en un testimonio inédito, recogido por la familia de Neruda y un círculo muy estrecho de amigos. En él se da cuenta que la complicidad de ambos poetas no era un mero floreo retórico, avalado por poemas laudatorios de uno y otro.
Pese a que el vate hizo infructuosos intentos porque su relato no fuera asociado a una ciudad en específico, tanto su sobrino de Temuco, Raúl Reyes, como su ahijado Ramiro Inzunza, repitieron con ligeras variantes lo sucedido en un departamento de un edificio, particularmente parecido al Safico.
Cuando Lorca llega a Buenos Aires, habían pasado cuatro años de su visita a Nueva York y aunque su homosexualidad no era un tema para nadie, en su obra se manifestaba a veces de forma oblicua: El cielo tiene playas donde evitar la vida/ y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora. [10]
Pese a que las estructuras de ambos poetas son diferentes, hay ocasiones en que las afinidades son completas como es el caso de la enorme fascinación por Whitman.
Pero el murmurado relato aquél de Neruda, desarrollado mientras tomaba un baño, tenía relación con una inequívoca y recíproca aceptación mutua en la diversidad, más que a cuestiones de predilecciones literarias o estéticas.
Por eso fue que la declaración amorosa de Federico a Pablo, fluyó con toda la serenidad del mundo. Con la misma serenidad Neruda la escuchó, sin juicios, como cuando se escuchan en un bosque las vertientes que se bifurcan.
Planteadas las diferencias, no quedó del incidente ni la más mínima huella, aunque sí un secreto pactado sin palabras.
María Luisa Bombal, con quien escribían en la misma mesa de la enorme cocina del departamento del edificio Safico –cada uno acodado en cada punta- seguramente supo de este fallido intento de seducción. Y por ella, tal vez María Antonia, su esposa, ya en inicial estado de gravidez de Malva Marina, la única hija que llegó a tener el poeta.
El melancólico varón varonil [11]anuncia al mundo que los hospitales se pintarán de azul después del asesinato macabro del poeta andaluz, recordando su risa de arroz huracanado [12].
En el modesto cáliz de greda de la hilaridad y no en el grial ostentoso del menosprecio, el relato se mantuvo vivo saciando la sed de curiosidad de unos pocos. Las circunstancias, el tiempo, la vida, pudieron haber inferido modificaciones, pero en lo esencial Federico y Pablo, seguirán guiñándonos un ojo, desde allá, cuando todo era una fiesta en el Safico.[13]

Notas
[1] Se refiere a María Luisa Bombal, quien es acogida por el matrimonio Reyes- Hagenaar, mientras permanecen. Y María Antonia Hanenaar, primera esposa de Neruda.
[2] En Pablo Neruda, Cartas a Laura. Hugo Montes. Ed. Andrés Bello, 1978.
[3] En Historia de mi vida. María Flora Yánez. Ed. Nascimento 1980, Chile.
[4] Idem anterior
[5] Idem anterior
[6] En Vida pasión y muerte de Federico García Lorca 1898-1936. Ian Gibson. Plaza & Janés Ed., 1998.
[7] En Vida pasión y muerte de Federico García Lorca 1898-1936. Ian Gibson. Plaza & Janés Ed., 1998.
[8] David Schidlowsky en Las furias y las penas:Neruda y su tiempo Wissenschaflitcher Verlag Ed. 2003, señala que el 26/03/1934, se efectúa la despedida de Lorca en casa de Neruda. Y el día siguiente se va de B.Aires. Estos datos Schidlowsky los toma de Federico García Lorca, Vol 2, Ed.Grijalbo,Barcelona 1987.
[9] En Falsas memorias Blanca Luz Brum. Hugo Achúgar. Coedición LOM y Ed. Trilce, 2001. El mismo incidente es documentado por David Schidlowsky en Las furias y las penas:Neruda y su tiempo Wissenschaflitcher Verlag Ed. 2003.
[10] En Poeta en Nueva York, versos de Oda a Walt Witman. Federico García Lorca. O.C.. Aguilar, 1960, Madrid.
[11] En Residencia en la Tierra II. Versos de Oda a Federico García Lorca. Pablo Neruda. Ed. Losada, 1971.
[12] Idem anterior.
[13] El presente artículo es una recreación del testimonio dado al autor por su padre, Raúl Reyes Toledo, sobrino de Neruda, radicado hasta su muerte en Temuco, coincidente con ligeras modificaciones con el de Ramiro Inzunza, ahijado de Neruda, también escuchado en la intimidad de su núcleo familiar. Inzunza fue quien primero recordó los vagos detalles, al autor.