martes, 4 de septiembre de 2007

EL ENIGMA DE MALVA MARINA LA HIJA DE PABLO NERUDA (*)

Por Bernardo Reyes.
(Especial para “El Nuevo día”, San Juan, Puerto Rico. Publicado el 4 de noviembre de 2007)
Malva Marina Trinidad Reyes Hagenaar, hija de María Antonia Hagenaar y Pablo Neruda, nació en Madrid un 18 de agosto de 1934, y fallece en Gouda, Holanda, un 2 de marzo de 1943.
Nueve años sumida en un sueño espeso que le impide hablar, pero no cantar. Lo asegura el escritor Luis Enrique Délano, a la sazón canciller de Gabriela Mistral y de Neruda, en el consulado de Madrid.
Para esta niña -que cantaba las canciones que su madre le enseñaba, mimada por el poeta Miguel Hernández o Federico García Lorca, quien le escribe versos para celebrar su nacimiento- no existe en toda la biografía nerudiana un estudio que aborde el hecho de que su existencia debió tener incidencia en el poeta y su entorno familiar.
Neruda, herido hasta la médula, se refirió a su hija en algunos poemas de atroz expresividad de dolor. Y después, calló para siempre.
La Casa de las Flores del poeta, en Madrid, no fue por tanto solo un lugar de tertulias literarias y políticas, sino un lugar en donde coexistieron además dolores silenciados de su vida privada, en donde su obra crece estimulada por los timbales de la muerte, en la danza siniestra de España en llamas.
Un par de lugares comunes son utilizados para definir o justificar malamente el eventual abandono a la niña, y la muerte precoz como único destino y razón para alguien aquejado de hidrocefalia, mal incurable por aquellos años.
En la búsqueda de antecedentes de esta niña, hace un par de años, fuí a dejar flores en la tumba de Miguel Hernández, en Alicante, para agradecer la ternura dirigida a uno de los míos. Luego seguí sus huellas hasta su Orihuela natal, para tocar su casa, mirar el huerto familiar y el cerro La Muela, que nace casi vertical desde el fondo del huerto. ¿Desde ahí escribiría a su amigo Pablo, invitándolo junto a su hijita, para pasar un tiempo en la isla de Tabarca, con la esperanza poética de que esos aires mediterráneos recuperarían al poeta y su hija de tanto dolor?¿En sus sueños habrá pensado en enseñarle a escuchar a la niña, cómo circula la leche en las ubres de las cabras acercando el oído y riendo con su rostro de patata, como dijera Neruda?

Sombras y más sombras rodean la existencia de Malva Marina y su madre, pese a que ambas, tienen relación cronológica con procesos escriturales de importancia mayor en la literatura en castellano: Residencia en la tierra y España en el corazón.
Referencias vagas, aunque abundantes, y fotografías, cohabitaban con un gran abismo, cuya exploración significaba una suerte de descenso a los infiernos. Entendido este descenso literalmente, y no como figura literaria.
Así al menos creo demostrarlo en este libro que ya se apresta a caminar por sí solo: la historia resultó diferente a la mala caricatura del vate insensible, que abandona a su hija en la Europa bombardeada por el fuego nazi, o la indigerible imagen del poeta al que se le deban tolerar sus errores por una supuesta complicidad con la fastuosidad de su obra poética.
Pese a que nadie podría arrancarme del corazón la imagen del hombre tierno y atento a los niños, que visitaba la casa de mis padres, allá en mi Temuco natal, Neruda es para mí motivo de estudio que no es complaciente con la falta de objetividad.
Pero al sumirme en la historia de Malva, Pablo y María Antonia, resulta claro que indago en la historia que me conforma: la descripción de emociones afectivas, que abundan en mi libro, podrían parecer defensa cerrada, pero nada más lejano a mi persona, contrario como soy a cualquier forma de instrumentalización o endiosamiento.

Aleixandre y otros notables intelectuales, se refirieron a esta niña como un monstruo deforme y terrorífico. Sin embargo las fotos de la niña, descubiertas recién en 2004, nos muestran la imagen de una niña de ojos y risa dulces. Cabe preguntarse si acaso la llegaron a conocer, y si lo hicieron, a qué se debieron estas descripciones tan absurdamente equivocadas. Pero, sobre todo, por qué las omisiones.
Alguien sostuvo que un minusválido con estas características, no representa para su entorno inmediato más que el dolor. La muerte entendida como instancia liberadora de la enorme angustia inicial, y de un proceso vergonzante y piadoso, que justifica omisiones y silencios de diversas estirpes. Pero estos juicios más que constituirse en una defensa, parecen un oblicuo discurso nazista, que extermina las presencias físicas de los deficientes, además de los judíos, gitanos y homosexuales.
Ni Neruda ni nadie, está exento de errores, y el torpe ejercicio de la mitificación a partir por ejemplo de la estrategia stalinista, dada en promover una imagen sin mácula, para cultivar el culto al personaje, me parece una extemporánea forma de abordar el tema.
Los seres tienen una función única e irrepetible, nos dicen las reservas morales de la humanidad. Los peros, sin embargo, terminan por relativizar todo.

En la isla de Tabarca –lo recuerdo como si fuese hoy- honramos la memoria de Hernández y Neruda. Lanzamos rosas al Mediterráneo, y sentimos que en la complicidad de este silencio que nos habla, la muerte fue también un sueño, al que Malva siempre perteneció, porque de sueños somos y en sueños nos hemos de convertir.
Oteamos el aire que nos regala Tabarca: voces indefinibles de otros tiempos, sin impostar, y lenguajes ajenos a lo políticamente correcto brotan entre las olas mansas. Luego quedan los legados, los hechos, los documentos, y una niña que supo leer de los labios de su madre, viejas canciones que otras madres seguramente usaron para apaciguar a sus hambreados hijos camino a la cámara de gases, en esos terribles días en que la guerra y la esperanza eran fantasmas que recorrían Europa.


* El presente artículo, recibe el título del libro de Bernardo Reyes en proceso de edición, el que en apretada síntesis, aborda una de las aristas menos exploradas de Neruda y su hija, Malva Marina, en una etapa histórica de enorme complejidad.