miércoles, 15 de agosto de 2007

RECADO DE LLUVIA

Malva Marina Trinidad Reyes Hagenaar,
hija de María Antonia Hagenaar y Pablo Neruda, nació en Madrid un 18 de agosto de 1934, y fallece en Gouda, Holanda, un 2 de marzo de 1943.
Este sábado 18 de agosto de 2007, habría cumplido 73 años.
Pero fue un sueño su vida y pretendieron que su muerte careciera de cualquier significación para la biografía de Neruda, pese a estar ligada tan estrechamente al proceso quizás mas complejo de la lírica nerudiana, como es Residencia en la Tierra.
Como escritor y como familiar, reivindico el derecho de cualquier ser humano para ser respetado por el papel que le toque representar por el azar de la divinidad. No comparto que los minusválidos no tengan ninguna función en este mundo, ni que deban ignorarse y hasta exterminarse, de acuerdo al discurso nazi, torpe, obcecado, inhumano. Pese a ello, no son pocos los intelectuales "progresistas" que han visto en este rescate de este ser y de la incidencia sobre la biografía de su padre, un acto intrínsecamente inservible.
El lenguaje de Malva es el silencio, y si no sabemos entender estos códigos, no es problema del idioma, sino de nuestra capacidad para entenderlo.
Malva Marina, la eterna niña, es pues mi tía a la que rescato de su anominato publicando después de años de investigación el libro Por una sonrisa que no crece, el enigma de Malva Marina la hija de Pablo Neruda, cuya primera edición aparecerá el próximo mes de septiembre en Chile, de paso intentando que la edición en holandés sea una realidad mas temprano que tarde.
Un abrazo a la distancia a Gien Klatser-Oedekerk y Antonio Reynaldos, ella holandesa, el chileno radicado en Holanda, investigadores afectuosos que han colaborado para que este proyecto de libro y de sueño sea una realidad. También para Fred Julsing y su familia, que acogieron a este miembro de mi familia con una ternura cuyos ecos aún se escuchan reverberar. También a Neil Leys, quien cuidara a la niña, cuando ella era algo mas que una niña, en aquellos días grises de la Holanda ocupada.
El presente artículo fue difundido el año 2005 con ocasión de la conmemoración realizado en Gouda, Holanda, de la muerte de Malva, que contó con la asistencia de escritores e intelectuales, de España, Chile, Alemania, Inglaterra y Bélgica.

BERNARDO REYES

Estimadas amigas y amigos. Hace ya un año, un correo electrónico de Antonio Reynaldos me comunicó la feliz noticia de la aparición de algunas fotos de Malva Marina en Gouda, finalmente publicadas en una revista.
Poco tiempo antes, desde Alemania, Isabel Liptahy, había publicado, también en una revista chilena un emocionado artículo, una crónica de un viaje hasta la imprecisa zona del asombro y la alegría, al concurrir al descubrimiento, justo casi coincidente con el centenario de Pablo Neruda, de un retazo ignorado de su biografía: la tumba de su única hija.

No conozco la voz de Isabel, pero ví las fotos del homenaje en el cumpleaños de este especie de duendecito que escapó a toda expresión de odio, de guerras, de hambrunas, en una Europa recorrida por un fantasma demente y su guadaña ensangrentada.

De manera que posteriormente al reconocer rostros e imaginarme la voz de Isabel cantando sus canciones junto a su esposo, pude sentir en mi ser una emoción y gratitud muy grande, en la celebración del cumpleaños de esta criatura tan ligada a mi familia.
Seguramente en esta ocasión nuevamente se reencuentren los amigos y amigas venidos de Alemania, España y Chile, para añadir una sonrisa mas al rostro, convocados en forma extraña y tierna, sin que medie otra pretensión que conmemorar una muerte desde la vida, o, como dijo su padre en alguna ocasión, acudir al acto de renacer desde la muerte.

Sentí y siento que en esa ternura expresada por ejemplo en el rostro de ese magnífico español Marcos Ana -el niño que va al frente de batalla con apenas quince años y que conoce todas las expresiones de la crueldad del franquismo- se reflejaba también el triunfo del amor y del afecto:
el hermano mayor en las letras, que se conjura en un pacto con amigos desconocidos, acudiendo hasta un pequeño y modesto cementerio de Holanda, para sumarse al tributo en recuerdo a la hijita de su amigo Pablo Neruda, como cualquier familiar, representa para mí, para algunos, entrar en comunión con los fantasmas, siempre que lo admitan a uno. En ese breve intersticio de los misterios que rodean todas las vidas, hay siempre posibilidad de ver lo que no se ve.

Sin embargo, esta pequeña y oculta tumba, en estricto rigor yo la había conocido por las fotos y el corazón grande de mi querida amiga Gien Klatser, y por respeto a su dedicación y a su infranqueable lealtad, no me había permitido a hacer pública la noticia.

Pero como fuera, el hecho es que no es menor ser convocados física o imaginariamente a saludar a esta criatura dada por desaparecida hacía ya demasiadas décadas. Y honestamente siento que hay algo misterioso que se añade en esta reunión, fuera del obvio hecho de tratarse de la hija de un personaje tan célebre como Neruda.

Permítanme una breve disquisición: estas palabras nacen como el rumor de un agua que misteriosa se desliza desde su despeñadero, por caminos imprecisos, para formar parte de un todo mayor, de un océano sin nombre que contiene las estructura de los cuerpos y los sueños. Un rumor de agua sobre una vieja casa del sur del mundo, desde donde nacen y se nutren mis propias raíces y las de mis antepasados. En ella veo perros y palomas, en ella veo a mi abuela Teresa, a mi abuelo Rodolfo, a mi tía Laura, a mis bisabuelos José del Carmen y Trinidad, y regocijados a mi tío Pablo y a Raúl, mi padre. Entre ellos veo a mis hermanos, y siento como ayer, el aroma de las lilas, el color de las elegantes azucenas, de los geranios. Veo madurar un durazno medio debilucho, y, sobre todo, siento el olor inconfundible de las habitaciones inconclusas y oscuras, construídas quien sabe con qué propósitos.

En este caso, el espejo de agua que se formará en el país de la memoria y que amable acogerá los zorzales en la madrugada del sur del mundo, es movido por el pie de una niña, que canta aunque su eco apenas se escuche por pájaros que vuelan anunciando que la tierra ya ha dado la orden perentoria de florecer.
Me refiero a nuestro Año Nuevo Mapuche, Zugutragum, casi coincidente con la celebración de San Juan, en nuestro calendario occidental, y que los sabios milenarios, nuestros hermanos mapuche, han guardado en lo mas hondo de sus secretos como una joya dispuesta a ser develada a quienes quieran mirarla, oirla, hacerla suya.

Y es por vocación de silencio que declaro e invoco para este día, un recado de lluvia y de ternura para este ser cuya pequeña historia no permitió algún espacio para el rencor, o la esperanza, o la posibilidad de que en su corazón entrara el mal.

Solo así puedo hundirme dientes adentro de tu sonrisa, niña dulce, niña de Holanda, de Madrid y de Temuco, tomando entre mis manos el daguerrotipo guardado con cariño por tantos años, sólo para reconocerte como uno de los míos, de la misma manera como siempre nos acercamos al poeta como un familiar mas. Nunca pudimos aprender a reconocer al hombre de fama inconmensurable.
Llegaba a la casa de mis padres en Temuco, como un familiar mas, y naturalmente el tema de su hija Malva, como varios otros, siempre fue un tema tratado tras las cortinas del murmurar de las tías.

Sin embargo, en algún momento se hace necesario indagar lo que hay tras el hecho consumado de la muerte, y muchos hemos aceptado la invitación de investigar con el propósito de dilucidar a partir de ciertas omisiones biográficas, una interpretación de ciertos acontecimientos, de la vida del autor de una de las obras mayores del idioma español, ligados de manera indisoluble con la historia de Malva Marina. Para permitirnos, desde nuestros particulares puntos de vista y antecedentes, mirar estos los hechos y formarnos los juicios mas diversos que nos permita nuestra capacidad de estudio, u observación.

En ese contexto este año fui favorecido por el Consejo de la Cultura y las Artes, con una beca que me permitirá concretar parte de estas indagaciones que ya, debo confesar, se arrastran algunos años, en donde se confrontarán documentos, hechos dispersos y vagos, pero sobre todo antecedentes guardados sin ninguna otra pretensión mas que el cariño de muchos, que han abierto sus archivos personales, y desde luego de las queridas hemerotecas que guardan como ancianas frescas, historias para aquellos que aún no teníamos rostro cuando sucedieron los hechos.

Extravié un poco el rumbo, casi involuntariamente, ya que lo central, el motivo de estas palabras, es que intento explicar como el misterio de un ser logra convocar a tantos, descartando la consabida fama de su padre.
Retomo entonces la idea, evocando para ello ciertas imágenes que guardo diluídas en mi memoria, allá en el Sur del Mundo, en La Frontera, en la tierra de mi familia Reyes y de mi familia medio mapuche, mi abuela materna y mis tías abuelas, todas centenarias que vivían entre dos culturas: la impuesta por una cultura dominante, y la cultura indígena mapuche.

Se trata esta imagen de una pequeña caravana de niños pueblerinos encabezados por un lugareño, caminando un par de leguas entre los bosques ancestrales, talados posteriormente, desde la casa de mi abuela Rosa Rodríguez Marinao en una localidad cercana al lago Villarrica, hasta la casa de alguien que debió ser pariente nuestro.
Luego de sortear esteros, bosques y precarios cercos hechos de las ramas caídas de los árboles, llegamos hasta una modesta casa antecedida por una olorosa quinta repleta de manzanos en flor.
Nos recibe una señora, quien luego de un tiempo breve para los saludos imprescindibles, saca hasta el exterior a un niño o niña en un carrito de madera. Su piel es cenicienta y sus manos y todo su cuerpo parece dormido, salvo unos ojos grandes que nos miran en silencio.
Todo lo que nos permite nuestra osadía es apenas tocarle alguna de sus manos, o quizás tocar a este ser con una varilla, tomando distancia, como si fuese a morder. No hay mas que eso. Ya saciada nuestra curiosidad infantil, nuevamente esta criatura regresará al lado de la cocina a leña, su lugar habitual que le permite la sobrevivencia.
Después regresamos en silencio. Hay temor, hay asombro, hay una sensación que no se puede definir que raya entre la lástima y la esperanza de que esa criatura por algún motivo, quizás en la primavera próxima, ya se pueda levantar de esa especie de urna móvil.

Luego de esta imagen aparecen mezcladas también las conversaciones del poeta con mis abuelas medio mapuche. La historia fundacional de los territorios de la nación mapuche usurpados en una desigual y genocida batalla, de la que aún perviven contradicciones que no se condicen con nuestra democracia aún un poco coja.
Yo escuchaba como sucedieron algunas situaciones de todo el proceso fundacional de nuestra patria sureña, que segmentaba al territorio nacional, por la existencia de la Nación Mapuche, delimitada por lo poderosos ríos Bio-Bio y Tolten, y que criterios geopolíticos sentían debía adosarse al resto del país.
Todo esto luego de mas de trescientos años de resistencia de nuestros hermanos mapuche al paso de los conquistadores españoles. Y, naturalmente, incluso para el poeta de Canto General, que construyó el mas grande homenaje a los indígenas americanos, constituía una sorpresa, por cuanto el mismo cuando habitó en el sur, sufrió la dicotomía de no saber a qué bando pertenecía, si a los vencidos en la gesta o al de los vencedores. Sabemos por cierto que posterior al proceso de España, esta dicotomía se resuelve y el poeta definitivamente siente que es parte de España tanto como de un pobre pedazo de tierra austral. Y tuvo que ver en esto, justamente el entender de una manera intuitiva algunos aspectos importantes de la cosmovisión mapuche, al recorrer y tocar y hacer suyo toda una geografía que traspasa toda su obra literaria.

De esta manera natural, descondicionada de cualquier elemento de juicio, trasmitida por el poderoso poder de la palabra conversada al calor de una familia, y gracias a la generosidad de algunos hermanos mapuche, he ido aprendiendo algunas cosas mínimas que me permiten entender una mínima porción de esta vasta cultura ancestral.

Traté infructuosamente estos días de buscar una palabra que me nombró una respetada machi, amiga de una tía abuela materna. No la encontré en mi memoria, pero sí me reencontré con la emoción de recordar vívidamente, que en las rucas (viviendas mapuche) era de uso habitual que en una parte de la construcción se conservara el feto de una criatura nacida con algún defecto, que según entendí a veces se trataba de un ser vivo con alguna carencia mental o física, que le impedía ser funcional en el mundo.
Este ser cumplía la función de ser el guardián astral, el protector de la familia, el que impedía que los intrusos pudieran hacer algún mal a los moradores. Y era cuidado con esmero y respeto, sabiendo a ciencia cierta que el mundo de los sueños es parte del mundo real, sin que existieran disociaciones entre ambos mundos.

Vale decir, estos seres que debido a su sueño espeso, pudieran ser motivo de vergüenza o molestia, para los mapuche representaban un lujo, una bendición que les permitía la protección frente al mal.

Pues bien: con respeto a todos los estudiosos que estarán presentes, con respeto a todas las interpretaciones que racionalmente puedan desarrollarse o colegirse a partir de la premisa de ciertos antecedentes, quisiera hablarles con el corazón y no con la mente.
Permítanme que sea la memoria ligada a los sueños y lo difuso de mi propia constitución la que hable, y reciban, les ruego, estas palabras mas bien como la sensación de alguien que despierta de un sueño.

En ese acto de despertar veo a la condición humana sumergida en un mar, anhelando respirar, ver la luz, salir a flote. Y en ese despertar veo que no hay grandes diferencias entre los seres, ni cuanto saben, ni cuanto suman. Ni cuanto temen, ni cuanto anhelan.

Solo respirar y dejar de respirar, como nos señaló mi hermano poeta Jorge Teillier, quien también estará presente en esta hora en que añoramos el mundo de los sueños para poder vislumbrar nada mas que el día común, en que la familia humana despierte de una pesadilla ya demasiado larga.

Ahí quizás si la suerte nos acompaña, y queremos volver la vista hacia lo alto de la construcción humana, veremos que en verdad existen los ángeles, o duendes, los espíritus del bosque de los que tanto nos habló Juvencio Valle, el poeta amigo de infancia de Neruda.

Y el rostro que tendrá, será el rostro dulce de una niña que no pronuncia palabras, y que solo canta, para que nosotros dejemos de sufrir. Quizás si entonces entendamos que el propósito de la estadía fugaz de Malva Marina, sea el de protegernos sin esperar nada. Pero para ello, primero tendremos que aprender a hablar en su idioma.
Ya lo estamos haciendo, ya estamos balbuceando las primeras sílabas del silencio.

Finalmente en nombre de mi familia, quisiera trasmitir todo mi afecto a la familia Julsing, en especial a Fred, quien ha tenido la fraternidad de preservar el legado de la ternura y del recuerdo, a través de fotos y testimonios. Nosotros, estimado Fred, somos dados al abrazo: recibe estas palabras como un abrazo que te da un pariente lejano, me sentiría honrado si lo aceptas.
También a la sra. Neil Leys, quien cuidó a esta criatura que evoca con ternura.

Y por cierto a mi querida amiga Giny Klatser, quien junto a Antonio Reynaldos, e Isabel Lipthay, se han prodigado por mantenerme informado acerca de estos acontecimientos y actos, en los cuales me honra estar presente.
Pese a que puedo olvidar a personas o entidades, no quisiera dejar pasar la oportunidad de expresar mi gratitud al municipio de Gouda, tal vez relacionada con alguna instancia del gobierno de Holanda cuyo nombre desconozco y que permitió la preservación por años de esta pequeña tumba recordando a uno de los nuestros, sin saber de quien se trataba.
Estos gestos de la burocracia holandesa creo ennoblecen, máxime cuando sabemos que muchos de los nuestros encontraron en su territorio un nuevo hogar.

Desde Santiago de Chile, en este invierno que de algun modo nos anuncia el advenimiento de la primavera, del florecer y renacer, reciban todos los presentes un saludo fraternal de este nuevo amigo, el que junto a los ausentes, son parte de un mismo sueño, de una misma sangre, de una misma familia.

Gracias.

Santiago, Chile. Invierno del 2005.

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