domingo, 15 de abril de 2018

EL GUARDAESPALDAS DE FIDEL

Próximamente se empezará a distribuir mi libro "EL GUARDAESPALDAS DE FIDEL". Una reseña de su contenido se publica hoy en "El Mercurio".

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jueves, 11 de enero de 2018

¡NO ACUSEN A SOTO, HIJOS DE PARRA!

Si en un momento la palabra solidaridad, emergió entre las cenizas de un país con su alma y cuerpo heridos por la desmesura de la violencia militar, propiciada por el poder de la avaricia, estos días, estos últimos tiempos, la palabra que está de moda y que se llevaría el máximo galardón sería IMPUNIDAD.
Han surgido como callampas venenosas quienes quedan impunes, en todos los lugares imaginables: las colusiones del papel confort y su ridícula compensación; las clases de ética de los ejecutivos de las farmacias; el perdonazo a empresas de Impuestos internos, que han permitido que los mas ricos lo sean aún mas. Etc.
Ahora surge el nombre de César Soto, mi amigo entrañable, el bibliófilo mas importante del país.
Se le acusa de robo, y conozco hace rato que esta situación especulativa tiene los mas increíbles autores.
Como ya el asunto es público y está judicializado, no se puede hablar todo. Pero aquí estoy de pié abrazando a mi amigo, agradeciéndole compartir a ratos su biblioteca con incunables. Por haber traído al país los mas increíbles manuscritos.
Soto es un sabio en estas materias, y ofender su dignidad por parvularias e infundadas acusaciones hiere también el corazón de quienes sentimos de cerca la generosidad y sabiduría de este poeta bibliófilo. Espero esta vez la justicia aplique justicia, y que esta legión de nuevos oportunistas queden al descubierto. Por todo ello reproduzco con autorización el texto del poeta Miguel Lahsen.
Bernardo Reyes

Texto
Miguel Lahsen



No acusen a don César Soto.
No acusen al bibliófilo que, en su intrepidez,
rescata los libros que a los siglos se les pierden
e, invirtiendo la entropía del universo, los condensa en bibliotecas en las que
los tiempos de Bernardo Morliacense y Juan de Patmos se intersectan en el espacio del anaquel y
el nombre de la rosa (stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos)
es verbo hecho carne (kai o LogoV sarx egeneto kai eskhnwsen en hmin)
como cientos de nombres adoptan materia en el Serguéi Krikaliov de César Soto y
“los quantum de lux en los ojos de Hildegard von Bingen” o
“el multiverso de holografías fractales
de Juan de Dios Martínez Holger”.
No acusen a don César Soto, ni a ningún bibliófilo pronto a extinguirse:
déjenlos proteger la luz que al Creador se le escurre.


No acusen a don César Soto, pequeños ladrones.
Los manuscritos primigenios del antipoeta centenario se han extraviado
y la sensación mediática habla de un hurto.
Pero ¿pueden los hijos robar los libros de sus padres?
La ley no lo contempla, así que más verosímil resulta la injuria a
un viejo anticuario de la ajena literatura –y ¿qué letras no son ajenas?–,
y quien es además un poeta sesudo, de los que amenazan a la sociedad.
No acusen a don César Soto, falsos vanidosos herederos:
no le carguen a un apólogo de la escultural sinceridad
los saqueos regularizados con que ustedes, descendientes de Nicanor Parra,
han burlado al monarca que medio siglo atrás forjara un imperio versado
asaltando la tribu de Ezra Pound y remedando el humor de T. S. Eliot.
No acusen al rescatador de libros, ah codiciosos que intentan llenarse el bolsillo
vaciando las riquezas que los bibliófilos desempolvan.
No lo acusen, porque en el futuro nadie sabrá de
generaciones entregándose a la noble labor de ser
arqueólogos de códices y legajos ancestrales,
desenterrando los huesos prehistóricos en los cuales
resiste el eslabón perdido de la memoria.


No acusen a don César Soto, ustedes que abisman el fulgor en la sombra.
La vanidad nunca podrá atrapar lo que los vientos han soplado;
y los manuscritos extraviados de Nicanor Parra, para gloria de lo humano,
ya han sido salvados de la ambición de sus vástagos.
Todas las cosas deben salir a la luz, todas:
incluso los símbolos universales trazados en las servilletas que
la hija de Juan Luis Martínez me ha confiado para el porvenir.
No acusen a don César Soto, el único amigo a quien Martínez le reveló:
“Los poetas, por muchos libros que escriban, no escriben más que uno”.
No lo incriminen por resguardar los textos que los herederos de los poetas malversan.
Y que todas las cosas emerjan a la luz, que ninguna se pierda en la sombra.
Ezra Pound, desde una jaula de dos por dos en Pisa,
empezó a trazar su “Canto 74” en la pobre extensión de un rollo de papel higiénico:
“The enormous tragedy of the dream in the peasant’s bent shoulders”.
El resto de los Cantos pisanos luego le valdrían el Bollingen.
Y Pound recordó a Odiseo, y accedió a ser Nadie y, así,
relegó su yo en función de la poesía:
“‘I am noman, my name is noman’”.
Entonces resucitó del cementerio mitológico de la Australia aborigen a
Wanjina, el dios que creó el mundo de las cosas
nombrándolas (“thereby created the named”)
pero habló tanto que hizo mucho caos (“thereby making clutter”)
y, para que no creara más, hubo que borrar su boca (“and so his mouth was removed”).
Pound lo llamó el “Ouan Jin”, en chino el “erudito educado”.
Pero Pound, desde su celda, con aire de maestro taoísta,
llenando de palabras su sucio rollo, mantuvo la cordura:
“in principio verbum
paraclete or the verbum perfectum: sinceritas
from the death cells in sigh of Mt. Taishan @ Pisa”.
Y la precisión de su escritura no admitía vanidad, así que
ciertos nombres medievales de autores que hilvanaron los tejidos de la Antigüedad
tapizaron de sabiduría las anotaciones del encarcelado:
“in the light of light is the virtù
‘sunt lumina’ said Erigena Scotus”.
Toda esa luz fue rescatada sobre papel higiénico.
Y el antipoeta Nicanor Parra ha descreado los mitos del verbo, pero aun así
don César Soto mantendrá sus garabatos, consagrado a la conjunción de
los cuerpos ignotos que flotan en el cosmos de la poesía y
todas las cosas que siguen sin brotar al Sol:
“Light tensile inmaculata
the sun’s cord unspotted
‘sunt lumina’ said the Oirishman to King Carolus,
‘OMNIA,
all things that are are lights’”.
Kung-tse trazó su saber en hojas de bo, y Meng-tse, su discípulo más populista,
formó con eso un libro que hoy, tras dos mil años,
los gobiernos de China continúan releyendo.
Parra ha escrito en un soporte profano:
en las hojas de parra de olvidados cuadernos que
los vientos ya han soplado hasta la Torre de Babel de don César Soto.


No acusen a don César Soto, parásitos del antipoeta.
¿Osarían ustedes entregarse a la ardua tarea de pronunciar
la Palabra inicial del Poema que nos convoca a existir?
Y ¿Quién trama el Libro de Stéphane Mallarmé?
Sólo los bibliófilos han sido capacitados por los espíritus para concernir
esa pregunta ineludible, esa sospecha definitiva.
No acusen a don César Soto, nómada de distancias literarias que
cuando los hijos de Nicanor Parra en Chile hacían dinero con las letras de su padre
se hallaba en Italia en diálogo con Umberto Eco,
renombrando otras rosas, o acaso descifrando
los arquetipos originales de las cosas que han perdido sus nombres.
Pero todo manuscrito extraviado a través de los siglos y los países
ya es entelequia: ha abandonado la autoría de su creador,
como un Adán que se autoexilia del Edén, para acomodarse por sí solo
a la Biblioteca de Babel borgesiana en que los protectores bibliófilos
defienden la voluntad de ser de las obras sin imprenta ni esperanza.
El verbo volverá a devenir carne.
Albert Einstein advirtió que el Dios de Baruch Spinoza no juega a los dados con el universo;
pero, aunque Dios según Stephen Hawking sí nos jugara esa broma y
a veces lanzara los dados adonde nadie pudiera verlos,
Soto los hallaría y los pondría en el tablero para conjugar
la cifra que fundó la perfección matemática de lo dicho y lo hecho.
El verbo volverá a devenir carne, y ésta no se hará polvo.
El texto hecho libro, de lumínicos renglones, escindirá las tinieblas:
ningún hilo suelto volará en el aire y, oh Mister Marshall Berman, oh Herr Karl Marx,
hasta las pelusas serán tejidas a la solidez de su destino.
Es que todas las cosas deben salir a la luz.
Steven Weinberg se sirvió de la ciencia para afirmar que Dios era irreal;
Abdus Salam apeló a la misma evidencia para confirmar lo contrario;
pero el Nobel de Física los honró a ambos.
Y a cualquiera que desempolve aunque sea una chispa de luz
se le encomendará la salvaguarda de lo cognoscible:
la sabiduría inherente al Poema y al Libro inefables, en los que,
desde algún secreto anaquel de la inmemorial Biblioteca,
reservados para ojos agrietados de inagotables inventarios,
los fragmentos del todo se compaginan y
se constelan en una sola sustancia universal.


¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
No lo culpen por poseer las riquezas de un Simbad el Marino libresco:
la carta con que la Academia Sueca le avisó a Neftalí Reyes del Nobel de Literatura,
con la glosa del poeta aclarando su identidad, “Pablo Neruda”;
o un cuaderno temprano de Lucila Godoy anterior a asumir el nombre de
“Gabriela Mistral”, el primero de los nobeles literarios de Chile.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
Cuando en Argentina el viejo Ludwig Lehmann le confió al joven César Soto
una primera edición del Quijote, Dios ya urdía la trama:
le adjudicaba al recién nacido bibliófilo el derecho a portear
los tesoros ocultos de los mares líricos hasta alcanzar los confines y,
conquistada la experiencia, regresar a trocarle a Lehmann
un original de Martín del Barco Centenera por uno de Neruda al que, durante décadas,
el intrépido ha sumado el resto de la infinitud de la poesía de Chile.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!
Porque ¿qué saben ustedes del ético trueque de libros con Umberto Eco?;
y ¿de la audacia de comprar un antiguo Sidereus nuncius de Galileo Galilei?
¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!
Ustedes han sacudido más pelusas de sus ombligos que de las páginas de
Norte de la navegación de Antonio de Gaztañeta e Iturribalzaga y
Carta de un americano al español de Servando Teresa de Mier.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!
Ninguno de ustedes ha recorrido las latitudes transando lo incunable.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
Respeten la travesía del Simbad el Marino de Nicanor Parra que César Soto recuperó
del naufragio mercantil al que ustedes, en su codicia, lo arrojaron:
ese poemario sin porvenir surcó las aguas desde la prehistoria antipoética
hasta la Biblioteca de Babel borgesiana de César Soto, quien
al ofrecerle al antipoeta devolverle el manuscrito
recibió en respuesta la sincera, resignada expresión de un
“Quédatelo, en tu hogar está más a salvo que en el mío”.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
No lo envidien por proteger los escritos de los que Parra
en algún poemario dedicado “A mi amigo César Soto” le confesaba
“Estas hojas, que deberían ser quemadas”.
¡No acusen a Soto, no lo acusen!
Ustedes, hijos de Parra y reflujo del siglo de Kafka,
pero unos hamletianos egolátricos del imperio paterno,
¿pretenden incendiar en avaricia toda la obra parriana?
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
Que no se juzgue a los meticulosos bibliófilos, astrónomos frutrados que,
mapeando en el cosmos terrenal el fuego universal,
sacrifican su mirada en minúsculas letras y
descubren en los libros las estrellas que el Demiurgo olvidó enroscar en
los enigmáticos escondrijos del imperturbable espaciotiempo.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
No lo condenen por intentar impedir que la luz se extinga.
No acusen a don César Soto.
No lo acusen, porque, aunque ya ningún Salvator Mundi de Leonardo da Vinci
se instalará en los anaqueles de don César Soto, él,
a la manera de un “Salvator Libri”, de un maestro cósmico de la esfera verbal,
persistirá sin embargo en desestimar los oscuros dólares y

fijar en el horizonte las reliquias del Logos.