lunes, 4 de junio de 2018

LOS ZAPATOS DE LOS FANTASMAS DE PUERTO RICO

©Bernardo Reyes

Por estos días quizás no exista una imagen mas dramática que la de los zapatos, colocados a modo de protesta, frente al Capitolio de San Juan, sede de la legislatura isleña.
El calzado silente de 4.645 fallecidos por el huracán María que devastó Puerto Rico en septiembre del 2017, hablaron mas que mil discursos y constituyeron un tapaboca gigantesco al mas arrogante e imbécil mandatario que ha dirigido los destinos del país norteamericano: la imagen despectiva del presidente tirando rollos de papel higiénico a una multitud de desesperados, al lado de la primera dama estirando en su rostro una sonrisa boba, constituirán un ícono irrefutable de los límites a los que puede llegar el desprecio por el dolor ajeno.

Según cifras oficiales los fallecidos fueron apenas 64. Pero estos zapatos dijeron algo muy diferente. Y quizás aún falte agregar a los que optaron por el suicidio. 
La mezquindad del país mas poderoso de la tierra, la manipulación de situaciones dramáticas por la destrucción, es realmente casi imposible de creer.

Hace años conocí dos islas: la del encanto artificial y artificiosa, y la de los pueblos interiores, llenos de morenidad, de hombres y mujeres viviendo con alegría y escasos recursos. Llenos de música, de solidaridad, de sabiduría.
Allí donde no hay dinero para aire acondicionado, las casas optan por confrontar las puertas de entrada con las interiores para que el aire se anime a refrescar las habitaciones. Y, en vez de vidrios en las ventanas, que se destrozarían con las frecuentes tormentas, se protegen con tormenteras, una especie de sólidas persianas. 

Pero qué es esto de Estado Libre Asociado no incorporado con status de autogobierno. Pues nada. Un eufemismo parvulario para hacer creer a los isleños que ellos tienen autodeterminación. 
Por decir algo: siendo territorio norteamericano, no pueden votar en USA por no estar “incorporados”, contradicciones difíciles de entender. 

Fue Gabriela Mistral la que quizás primero nos advirtió de la importancia de las Antillas, de sus mixturas, y de nuestra pertinacia cultural en querer mirar primero a Europa ignorando al esplendor y sonoridad de estas islas aún, por estos días, colonias extranjeras. Además con una enorme densidad poblacional.

En 1932 la poetisa, invitada por la Universidad de Puerto Rico, nos dejó recados y señales que han sido estudiados y siguen siendo estudiados con atención. 
Sin embargo de una u otra forma Puerto Rico ha estado vinculado a dos de nuestros poetas mas ilustres: en 1958, Antonio Santaella Blanco, conocido y admirado independentista puertorriqueño, había viajado a Chile para participar a un congreso masónico.
En esa ocasión Silvia Thayer, hermana de Álvaro Hinojosa -el entrañable amigo de Neruda quien lo acompaña en ese larguísimo y mítico viaje a Oriente en 1927-, le presenta a Santaella Blanco.

Neruda tuvo una gran impresión de ese encuentro, al punto de llegar a comprometerle escribir sobre la situación de la Isla de Puerto Rico. Pero los sucesos de Cuba, lo llevan a replantearse esta obra poética, conocida mas tarde como “Canción de Gesta”, inicialmente concebida como una obra dirigida a la emancipación de los pueblos del Caribe, y que se conoce hasta hoy como el primer homenaje poético que se realiza a la revolución cubana.
Pero no habría que olvidar que la gestación de esta obra tuvo sus orígenes en los sucesos dolorosos y abusivos de la Isla de Puerto Rico, que perviven hasta estos días.

Por cuatrocientos años la isla fue territorio de la Corona Española. Existió en esos siglos un contacto directo entre el puerto de San Juan y Cádiz. Y las huellas que dejaron quedaron reflejadas en la arquitectura de manera indeleble: los fuertes, las casas, los palacios, los faros, son de origen español.

La historia isleña es milenaria y la presencia de Cristóbal Colón vista con los años, fue como el comienzo de una especie de maldición que exterminó con sus enfermedades y avaricias, a los indígenas taínos. Los actuales isleños tienen la vieja sangre taína, pero también la africana gracias a los esclavos, y naturalmente la española.

Comenzando el siglo pasado, recién la isla de Puerto Rico pasó a ser territorio norteamericano, y desde entonces perviven en forma vergonzante las mas insólitas formas de mantener subyugada una cultura muy propia, con una bella sonoridad en el lenguaje castellano.

Sé que en el viejo San Juan existe un templo Antonio Santaella Blanco, del gran Oriente, de P.R., en honor a este ilustre masón. Y hay escritos suyos, como su libro “La Masonería en la Revolución Cubana”, tema del cual poco o nada se habla.

Supe también que en ese templo se han realizado homenajes al poeta Francisco Matos Paoli (fallecido el 2000).
En uno de los viajes que hice a la isla lo entrevisté para un programa radial que fugazmente tuve, en su casa de Río Piedras, la misma que allanaron para acusarlo de traición a la patria y condenarlo a veinte años de prisión.

Mucha historia, mucho dolor tiene la causa de la independencia de Puerto Rico. 

Sin embargo han sido zapatos de fantasmas recientes los que han dado la vuelta al mundo los que han dejado en descubierto la impunidad y el abuso colonialista, quizás recordándonos a tantos y tantos fantasmas que al igual que estos, también se fueron de este mundo sin que nadie les recordara.

viernes, 1 de junio de 2018

POESÍA SIN FIN

©Bernardo Reyes

Alejandro Jodorowsky, tuiteó alguna vez que el dolor envejecía por sí mismo. Es posible que así sea, sobre todo teniendo en cuenta situaciones dolorosas de su biografía.

Por ejemplo con la muerte de su hijo Teo, de apenas 24 años, quien falleció en 1995 por una sobredosis de drogas. O con la brutalidad de su padre narrada en su bellísima película autobiográfica “Poesía sin fin” en que se refiere a su violento progenitor.

Tengo vivo el recuerdo de aquellos años de su duelo, cuando Juan Carlos Sáez, editor de DOLMEN Ed., quien publicaba por ese entonces la obra de Alejandro, me llamó a Temuco para pedirme que le sirviera de guía en la región. 
Por alguna razón no pude hacerlo y fue otro amigo quien lo llevó frente a una machi buscando consuelo.

La sabia machi -dijo Jodorowsky- solo pronunció dos palabras, quizás como agregado de algún rito celebrado frente a su Rehue: “Dios” y “valor”.

Me pregunto sin ninguna ironía -y sé que mi pregunta no tiene respuesta-, si su propio dolor, su duelo, comenzó en ese rito, a envejecer. ¿O todo es un ardid de la mente, una desconocida anestesia compinche del olvido, una especie de glaucoma del alma?

Otro amigo, un ferroviario muy cercano al MIR, tanto como al budismo, me decía en los años del asco, que rezar servía de nada, que la reiteración de una palabra, de cualquier palabra, producía aquietamiento mental: podríamos repetir cocacola, una y otra vez, y tener el mismo efecto narcótico de un rosario completo. 
Así, la música ancestral y monocorde, que reitera ritmos y melodías, explicaría ese adormecimiento, que solemos denominar como religión.

Siempre he tenido sospechas de la palabra sagrado. Que el azul; que una imagen determinada; que una cruz; runa; mantra; mudra. 
Y esto me lleva a otro asunto, tan inconexo como los anteriores comentarios: un amigo sicólogo, me dijo que lo mejor para tratar mi ansiedad crónica era una sesión de reiki. Terminada la sesión me preguntó cómo me sentía, y con sinceridad de amigo le dije que sentía nada.

Pasado el tiempo, en una sesión de apiterapia, con que trataba mis dedos algo adormecidos por el tecleteo en el computador, sí sentí y fuerte, el pinchazo de la lanceta palpitante. 
Me dijo la apiterapeuta, que también tendría beneficios en el campo emocional, sicológico. La verdad es que lo único que recuerdo fue el pinchazo, el ardor, y después nada.

Mi padre, en materia de sobrevivencias, optó por un extraño agnosticismo místico. Decía “yo no creo en Dios, pero sí creo en el vino, y por eso doy gracias al vino porque me estoy emborrachando”. Tengo la sospecha que plagiaba a Omar Khayyam, autor del que tenía una copia escondida debajo de su colchón por encontrarla inapropiada para niños.

El dolor se envejece, se añeja en sí mismo, dice Jodorowsky. 
Puede ser, me digo, pensando en Pablo, mi hijo que también se fue para alguna parte a una edad temprana, hace ya dos años, dejándome maletas de emociones, de preguntas, y de sugerencias bostezadas por damas buenas para el dominó, las misas y el guasap: “Dios así lo quiso”; “el los está cuidando”; “es un angelito”; “¿sientes como un perfume que te ronda?, es el”. 

Escucho llover sobre la noche de Santiago. Parece que estuviera en el sur, en Temuco: siento que no soy de aquí, ni de allá. 

La cordillera hoy está nevada y repite como yo, recordando una canción, un lenguaje de palabras inconmensurables y blancas que fluirán hacia el océano cuando regrese el calor del sol.

domingo, 15 de abril de 2018

EL GUARDAESPALDAS DE FIDEL

Próximamente se empezará a distribuir mi libro "EL GUARDAESPALDAS DE FIDEL". Una reseña de su contenido se publica hoy en "El Mercurio".

VER EN EL ENLACE SIGUIENTE. LINK

jueves, 11 de enero de 2018

¡NO ACUSEN A SOTO, HIJOS DE PARRA!

Si en un momento la palabra solidaridad, emergió entre las cenizas de un país con su alma y cuerpo heridos por la desmesura de la violencia militar, propiciada por el poder de la avaricia, estos días, estos últimos tiempos, la palabra que está de moda y que se llevaría el máximo galardón sería IMPUNIDAD.
Han surgido como callampas venenosas quienes quedan impunes, en todos los lugares imaginables: las colusiones del papel confort y su ridícula compensación; las clases de ética de los ejecutivos de las farmacias; el perdonazo a empresas de Impuestos internos, que han permitido que los mas ricos lo sean aún mas. Etc.
Ahora surge el nombre de César Soto, mi amigo entrañable, el bibliófilo mas importante del país.
Se le acusa de robo, y conozco hace rato que esta situación especulativa tiene los mas increíbles autores.
Como ya el asunto es público y está judicializado, no se puede hablar todo. Pero aquí estoy de pié abrazando a mi amigo, agradeciéndole compartir a ratos su biblioteca con incunables. Por haber traído al país los mas increíbles manuscritos.
Soto es un sabio en estas materias, y ofender su dignidad por parvularias e infundadas acusaciones hiere también el corazón de quienes sentimos de cerca la generosidad y sabiduría de este poeta bibliófilo. Espero esta vez la justicia aplique justicia, y que esta legión de nuevos oportunistas queden al descubierto. Por todo ello reproduzco con autorización el texto del poeta Miguel Lahsen.
Bernardo Reyes

Texto
Miguel Lahsen



No acusen a don César Soto.
No acusen al bibliófilo que, en su intrepidez,
rescata los libros que a los siglos se les pierden
e, invirtiendo la entropía del universo, los condensa en bibliotecas en las que
los tiempos de Bernardo Morliacense y Juan de Patmos se intersectan en el espacio del anaquel y
el nombre de la rosa (stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos)
es verbo hecho carne (kai o LogoV sarx egeneto kai eskhnwsen en hmin)
como cientos de nombres adoptan materia en el Serguéi Krikaliov de César Soto y
“los quantum de lux en los ojos de Hildegard von Bingen” o
“el multiverso de holografías fractales
de Juan de Dios Martínez Holger”.
No acusen a don César Soto, ni a ningún bibliófilo pronto a extinguirse:
déjenlos proteger la luz que al Creador se le escurre.


No acusen a don César Soto, pequeños ladrones.
Los manuscritos primigenios del antipoeta centenario se han extraviado
y la sensación mediática habla de un hurto.
Pero ¿pueden los hijos robar los libros de sus padres?
La ley no lo contempla, así que más verosímil resulta la injuria a
un viejo anticuario de la ajena literatura –y ¿qué letras no son ajenas?–,
y quien es además un poeta sesudo, de los que amenazan a la sociedad.
No acusen a don César Soto, falsos vanidosos herederos:
no le carguen a un apólogo de la escultural sinceridad
los saqueos regularizados con que ustedes, descendientes de Nicanor Parra,
han burlado al monarca que medio siglo atrás forjara un imperio versado
asaltando la tribu de Ezra Pound y remedando el humor de T. S. Eliot.
No acusen al rescatador de libros, ah codiciosos que intentan llenarse el bolsillo
vaciando las riquezas que los bibliófilos desempolvan.
No lo acusen, porque en el futuro nadie sabrá de
generaciones entregándose a la noble labor de ser
arqueólogos de códices y legajos ancestrales,
desenterrando los huesos prehistóricos en los cuales
resiste el eslabón perdido de la memoria.


No acusen a don César Soto, ustedes que abisman el fulgor en la sombra.
La vanidad nunca podrá atrapar lo que los vientos han soplado;
y los manuscritos extraviados de Nicanor Parra, para gloria de lo humano,
ya han sido salvados de la ambición de sus vástagos.
Todas las cosas deben salir a la luz, todas:
incluso los símbolos universales trazados en las servilletas que
la hija de Juan Luis Martínez me ha confiado para el porvenir.
No acusen a don César Soto, el único amigo a quien Martínez le reveló:
“Los poetas, por muchos libros que escriban, no escriben más que uno”.
No lo incriminen por resguardar los textos que los herederos de los poetas malversan.
Y que todas las cosas emerjan a la luz, que ninguna se pierda en la sombra.
Ezra Pound, desde una jaula de dos por dos en Pisa,
empezó a trazar su “Canto 74” en la pobre extensión de un rollo de papel higiénico:
“The enormous tragedy of the dream in the peasant’s bent shoulders”.
El resto de los Cantos pisanos luego le valdrían el Bollingen.
Y Pound recordó a Odiseo, y accedió a ser Nadie y, así,
relegó su yo en función de la poesía:
“‘I am noman, my name is noman’”.
Entonces resucitó del cementerio mitológico de la Australia aborigen a
Wanjina, el dios que creó el mundo de las cosas
nombrándolas (“thereby created the named”)
pero habló tanto que hizo mucho caos (“thereby making clutter”)
y, para que no creara más, hubo que borrar su boca (“and so his mouth was removed”).
Pound lo llamó el “Ouan Jin”, en chino el “erudito educado”.
Pero Pound, desde su celda, con aire de maestro taoísta,
llenando de palabras su sucio rollo, mantuvo la cordura:
“in principio verbum
paraclete or the verbum perfectum: sinceritas
from the death cells in sigh of Mt. Taishan @ Pisa”.
Y la precisión de su escritura no admitía vanidad, así que
ciertos nombres medievales de autores que hilvanaron los tejidos de la Antigüedad
tapizaron de sabiduría las anotaciones del encarcelado:
“in the light of light is the virtù
‘sunt lumina’ said Erigena Scotus”.
Toda esa luz fue rescatada sobre papel higiénico.
Y el antipoeta Nicanor Parra ha descreado los mitos del verbo, pero aun así
don César Soto mantendrá sus garabatos, consagrado a la conjunción de
los cuerpos ignotos que flotan en el cosmos de la poesía y
todas las cosas que siguen sin brotar al Sol:
“Light tensile inmaculata
the sun’s cord unspotted
‘sunt lumina’ said the Oirishman to King Carolus,
‘OMNIA,
all things that are are lights’”.
Kung-tse trazó su saber en hojas de bo, y Meng-tse, su discípulo más populista,
formó con eso un libro que hoy, tras dos mil años,
los gobiernos de China continúan releyendo.
Parra ha escrito en un soporte profano:
en las hojas de parra de olvidados cuadernos que
los vientos ya han soplado hasta la Torre de Babel de don César Soto.


No acusen a don César Soto, parásitos del antipoeta.
¿Osarían ustedes entregarse a la ardua tarea de pronunciar
la Palabra inicial del Poema que nos convoca a existir?
Y ¿Quién trama el Libro de Stéphane Mallarmé?
Sólo los bibliófilos han sido capacitados por los espíritus para concernir
esa pregunta ineludible, esa sospecha definitiva.
No acusen a don César Soto, nómada de distancias literarias que
cuando los hijos de Nicanor Parra en Chile hacían dinero con las letras de su padre
se hallaba en Italia en diálogo con Umberto Eco,
renombrando otras rosas, o acaso descifrando
los arquetipos originales de las cosas que han perdido sus nombres.
Pero todo manuscrito extraviado a través de los siglos y los países
ya es entelequia: ha abandonado la autoría de su creador,
como un Adán que se autoexilia del Edén, para acomodarse por sí solo
a la Biblioteca de Babel borgesiana en que los protectores bibliófilos
defienden la voluntad de ser de las obras sin imprenta ni esperanza.
El verbo volverá a devenir carne.
Albert Einstein advirtió que el Dios de Baruch Spinoza no juega a los dados con el universo;
pero, aunque Dios según Stephen Hawking sí nos jugara esa broma y
a veces lanzara los dados adonde nadie pudiera verlos,
Soto los hallaría y los pondría en el tablero para conjugar
la cifra que fundó la perfección matemática de lo dicho y lo hecho.
El verbo volverá a devenir carne, y ésta no se hará polvo.
El texto hecho libro, de lumínicos renglones, escindirá las tinieblas:
ningún hilo suelto volará en el aire y, oh Mister Marshall Berman, oh Herr Karl Marx,
hasta las pelusas serán tejidas a la solidez de su destino.
Es que todas las cosas deben salir a la luz.
Steven Weinberg se sirvió de la ciencia para afirmar que Dios era irreal;
Abdus Salam apeló a la misma evidencia para confirmar lo contrario;
pero el Nobel de Física los honró a ambos.
Y a cualquiera que desempolve aunque sea una chispa de luz
se le encomendará la salvaguarda de lo cognoscible:
la sabiduría inherente al Poema y al Libro inefables, en los que,
desde algún secreto anaquel de la inmemorial Biblioteca,
reservados para ojos agrietados de inagotables inventarios,
los fragmentos del todo se compaginan y
se constelan en una sola sustancia universal.


¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
No lo culpen por poseer las riquezas de un Simbad el Marino libresco:
la carta con que la Academia Sueca le avisó a Neftalí Reyes del Nobel de Literatura,
con la glosa del poeta aclarando su identidad, “Pablo Neruda”;
o un cuaderno temprano de Lucila Godoy anterior a asumir el nombre de
“Gabriela Mistral”, el primero de los nobeles literarios de Chile.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
Cuando en Argentina el viejo Ludwig Lehmann le confió al joven César Soto
una primera edición del Quijote, Dios ya urdía la trama:
le adjudicaba al recién nacido bibliófilo el derecho a portear
los tesoros ocultos de los mares líricos hasta alcanzar los confines y,
conquistada la experiencia, regresar a trocarle a Lehmann
un original de Martín del Barco Centenera por uno de Neruda al que, durante décadas,
el intrépido ha sumado el resto de la infinitud de la poesía de Chile.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!
Porque ¿qué saben ustedes del ético trueque de libros con Umberto Eco?;
y ¿de la audacia de comprar un antiguo Sidereus nuncius de Galileo Galilei?
¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!
Ustedes han sacudido más pelusas de sus ombligos que de las páginas de
Norte de la navegación de Antonio de Gaztañeta e Iturribalzaga y
Carta de un americano al español de Servando Teresa de Mier.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!
Ninguno de ustedes ha recorrido las latitudes transando lo incunable.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
Respeten la travesía del Simbad el Marino de Nicanor Parra que César Soto recuperó
del naufragio mercantil al que ustedes, en su codicia, lo arrojaron:
ese poemario sin porvenir surcó las aguas desde la prehistoria antipoética
hasta la Biblioteca de Babel borgesiana de César Soto, quien
al ofrecerle al antipoeta devolverle el manuscrito
recibió en respuesta la sincera, resignada expresión de un
“Quédatelo, en tu hogar está más a salvo que en el mío”.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
No lo envidien por proteger los escritos de los que Parra
en algún poemario dedicado “A mi amigo César Soto” le confesaba
“Estas hojas, que deberían ser quemadas”.
¡No acusen a Soto, no lo acusen!
Ustedes, hijos de Parra y reflujo del siglo de Kafka,
pero unos hamletianos egolátricos del imperio paterno,
¿pretenden incendiar en avaricia toda la obra parriana?
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
Que no se juzgue a los meticulosos bibliófilos, astrónomos frutrados que,
mapeando en el cosmos terrenal el fuego universal,
sacrifican su mirada en minúsculas letras y
descubren en los libros las estrellas que el Demiurgo olvidó enroscar en
los enigmáticos escondrijos del imperturbable espaciotiempo.
¡No acusen a Soto, hijos de Parra!
No lo condenen por intentar impedir que la luz se extinga.
No acusen a don César Soto.
No lo acusen, porque, aunque ya ningún Salvator Mundi de Leonardo da Vinci
se instalará en los anaqueles de don César Soto, él,
a la manera de un “Salvator Libri”, de un maestro cósmico de la esfera verbal,
persistirá sin embargo en desestimar los oscuros dólares y

fijar en el horizonte las reliquias del Logos.